Zenaida Llerenas

Autor: Luis Alfonso Orozco
La gloriosa epopeya cristera donó a nuestra Patria un martirologio propio, con sus hijos e hijas que dieron su sangre generosa por proclamar y defender los derechos de Cristo Rey, en las difíciles décadas de los veinte y treinta del siglo veinte. Entre las mujeres mexicanas defensoras de la fe católica ocupan un lugar de honor las heroicas muchachas de las llamadas Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco. Esta admirable organización surgió para proveer, ayudar y auxiliar a los cristeros combatientes, con pertrechos, medicinas, ropa y alimentos.

Muchas de aquellas mujeres valientes eran sencillas campesinas, quizá iletradas, pero de una fe sólida y de un temple espiritual generoso. Pero en muchos casos se trataba también de distinguidas señoritas de buena posición social, que vestían ropas elegantes y eran instruidas. Todas ellas sabían muy bien a lo que se comprometían en caso de ser descubiertas, pero tenían muy claro que en los momentos de bonanza, como sobre todo en los momentos difíciles, lo primero era servir a Dios y dar la vida por Él si fuera necesario.

Las muchachas de las Brigadas se organizaban en batallones, formados con tres escuadras cada uno. Cada miembro de la brigada tenía su grado y, para iniciarse en ella, se requería un juramento de fidelidad y de amor a Cristo Rey y a la Patria, por cuya causa luchaba. En ese acto, cada muchacha recitaba el juramento propio de los cristeros libertadores, en el cual ante un Crucifijo y de rodillas, la brigadista solemnemente prometía: “Luchar por la noble causa de Cristo y de la Patria, hasta vencer o morir; subordinación a los jefes; fraternidad cristiana con los compañeros; no manchar con actos indignos la santa Causa que se defendía, y preferir la muerte antes que denunciar o entregar a algún compañero cristero o de la Brigada”.

Este ejército de mujeres, casi todas muchachas jóvenes, estuvo a la altura del heroísmo en aquellos tiempos de persecución y odio contra la religión. Con abnegación, alegría y santo empeño, sin medir fatigas ni peligros, tomaron a cuestas el encargo de proveer al ejército defensor de la Patria, los soldados cristeros, de cuanto fuera más necesario: armas, municiones, ropa y medicinas.

Ellas mismas se ingeniaban para trasladar las provisiones hasta los campamentos cristeros en bosques y montañas, cuando no había arrieros que pudieran hacerlo. Forradas bajo el vestido con chalecos dobles de grueso paño, que las cubrían desde el pecho hasta las piernas, llevaban en ellos una gran cantidad de cartuchos y balas; todos los que cupieran en aquel molesto chaleco pegado a la piel. Treinta, cuarenta o más kilos de peso encima, y así se trasladaban en trenes de tercera, en tranvías, en carretas, o montadas en mulas para efectuar las incómodas travesías a través de cañadas, lomas llenas de güizaches; bajo el sol ardiente o bajo aguaceros que las calaba por completo y hacían de los senderos un martirio de lodo y barro; al filo de la fría madrugada o en medio de la noche. Lo que importaba era cumplir su misión por amor a Cristo Rey y a la Patria.

Descubiertas en más de una ocasión, fueron torturadas, ultrajadas en su virtud y en su moral, sin que jamás el dolor del tormento les hiciese descubrir los secretos que guardaban, ni de su organización, ni de sus compañeros de lucha, ni de las personas que cooperaban en la cruzada cristera con dinero, ropa o medicinas. Para algunas, el castigo terminó en la muerte; para otras, el destierro y la prisión en la horrenda cárcel de las islas Marías. Estas intrépidas mujeres mexicanas de las beneméritas Brigadas Santa Juana de Arco merecen un destacado lugar de honor en nuestra historia y sentimientos de gratitud perenne entre las heroínas cristianas de todos los tiempos.

Una mártir colimense

Son varias las mexicanas, dignas hijas de Santa María de Guadalupe, que dan un toque de delicado perfume a nuestra invicta epopeya cristera. Una de ellas era apenas una jovencita llamada Zenaida Llerenas, a quien le tocó vivir en el heroico estado de Colima durante los años más crudos de la persecución religiosa. El jueves de Corpus, 7 de junio de 1928, la señora Rosalía Torres viuda de Llerenas y su hija Zenaida fueron hechas prisioneras, en la ciudad de Colima, por el gran delito de ser hermana y sobrina, respectivamente, del coronel cristero Marcos Torres, uno de los valientes defensores de Cristo Rey que operaban en la zona del volcán.

Los soldados del gobierno de Calles, el perseguidor de la Iglesia, estaban furiosos, pues el Coronel cristero hacía frecuentes incursiones en la ciudad y siempre había podido burlar su vigilancia. Era Jueves de Corpus Christi de aquel año y aquellos perseguidores, varias veces burlados, pensaron en dar un golpe de escarmiento a los católicos, precisamente el día de esta gran fiesta.

—¿Es usted la hermana de Marcos Torres? —preguntó bruscamente el jefe del piquete de soldados que irrumpió de improviso en el pacífico domicilio de la familia Torres.
—Sí, yo soy Rosalía viuda de Llerenas, para servir a Dios y a usted. ¿Qué se les ofrece y por qué han allanado mi casa gritando y apuntando con sus fusiles? —le respondió al militar la digna señora a quien acompañaba su joven hija Zenaida.
—Con nosotros no se resuelve nada. Al jefe tendrá que responderle de algunas acusaciones contra usted. ¡Así que jálele p’a fuera usted y su hija también!

Satisfechos de su “hazaña” de detener de malas maneras a dos indefensas mujeres, los perseguidores llevaron presas a doña Rosalía y a Zenaida, y para mayor escarnio, se les recluyó en el departamento de la cárcel destinado a las mujeres de mala vida, para confundirlas con ellas. Mas la pobres mujeres presas, que purgaban sus delitos en la cárcel, bien sabían la virtud y buena fama de que gozaba la familia Torres, muy conocida en Colima, y la del valiente coronel Marcos, que pasaba por ser uno de los más piadosos jefes cristeros. De manera que las mismas prisioneras se alejaban respetuosas de las dos nuevas compañeras de prisión e incluso procuraban moderar su lenguaje y acciones cuando pasaban cerca de ellas.

Doña Rosalía y Zenaida se mantenían unidas y serenas, y rezaban el rosario en honor de la Santísima Virgen, pidiendo en la oración lo mismo por los defensores cristeros que luchaban en las zonas del volcán y del Nevado de Colima, que por los perseguidores de la Iglesia en México y por las pobres presas de la cárcel para que Dios moviera sus corazones a la conversión.

Un lento y doloroso martirio moral

Pero para hacerlas sufrir más y tratar de romper su serenidad espiritual, al poco tiempo las separaron, cada cual en una bartolina inmunda, maloliente, oscura y estrecha, donde apenas si podían dar cuatro o cinco pasos. Había comenzado el martirio moral de las dos inocentes mujeres.

La señora Rosalía escribió tiempo después los sufrimientos a los que las sometieron:
“Es imposible describir los sufrimientos de esos días de prisión. Estábamos separadas, Zenaida y yo, sin posibilidad de comunicarnos y sin ninguna noticia del exterior. Cada día iban varias veces a tomarnos declaración y nos molestaban con muchas impertinencias. A mí me decían que ya mi hija había sido fusilada y a ella le decían lo mismo de su madre, y en la angustia no sabíamos si era o no verdad. Los dos primeros días se dio orden de que no nos dieran de comer, pero Dios, que obra en todo, nos mandó personas caritativas que nos diesen algo.”

Probablemente alguna de las otras presas, compadecida, les llevaba algo de la comida que recibían.

Una de las primeras noches se presentó de improviso ante la señora Rosalía, en su celda de prisión, el general federal Heliodoro Chaires, jefe de operaciones en Colima, para interrogarla. Sin mayores rodeos, le preguntó:
—¿Dónde está su hermano Marcos?
—No lo sé, General. Debe andar por el volcán con otros cristeros

Chaires era uno de los militares más interesados en apresar al coronel Marcos Torres para vengar las varias derrotas que los soldados federales habían sufrido ante las fuerzas de los cristeros, entre ellas, la que les proporcionó el general cristero Jesús Degollado cuando atacó Manzanillo. Chaires no olvidaba aquello, y por eso quería vengar su humillación en la persona del jefe cristero o en sus familiares, a quienes mandó apresar cobardemente porque era algo mucho más fácil de hacer. ¿Qué podían dos indefensas mujeres contra él?

Su virtud se ve amenazada

No pudiendo obtener mejor respuesta de la madre, trató de conseguirla de la joven hija. Su madre, intuyendo las malas intenciones del General, entre tanto, se puso a rezar por su hija, desde su propia celda para que Dios la auxiliara en la prueba.

Pero Zenaida era del mismo temple que su digna mamá y que su tío, el coronel cristero Marcos Torres, y el General tampoco pudo obtener de ella nada ante sus negaciones y firmeza. Entonces, montando en cólera por verse vencido por una muchachita, el indigno militar la amenazó:
—Eres una orgullosa, y tu orgullo está en que eres virgen; pero si insistes en tu silencio te entregaré a estos soldados, en este mismo momento, para que hagan contigo lo que les venga en gana. Los soldados entre gritos y risotadas obscenas aprobaban la decisión y decían:
—Sí, sí, mi General... ¡ya la haremos hablar!
Pero Zenaida logró contenerse, y con toda su confianza puesta en Dios, con serenidad, respondió a Chaires:
—General, ¿ese es el honor de un militar? Bella honra debe tener, si así sabe castigar. Ahí tiene su pistola; sáquela y dispare, pues prefiero ahora mismo la muerte.

El soldadote, confuso por aquella respuesta valiente y justísima, salida de los labios de una jovencita, no supo qué responder. Dio la vuelta y ordenó a los soldados que la dejaran en paz.

¡Dios nunca abandona a los que en Él confían!
Zenaida quedó a solas en su estrecha y maloliente celda, y de rodillas dio gracias en su corazón a Dios por haberle dado la fortaleza necesaria para no desfallecer durante la dura prueba que acababa de pasar.

—Gracias, Dios mío. ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío! Virgen Santísima de Guadalupe, protege a mi querida mamá y protege a mi tío Marcos y a los demás cristeros de caer en las manos de sus enemigos.

A continuación, más serena, se puso a rezar el santo rosario a la espera de los nuevos acontecimientos, por si el militar quisiera renovar sus amenazas contra su virtud.

Otro día volvió el General a la celda de Zenaida, casi seguro de que el miedo y el hambre iban haciendo mella en el ánimo de la valiente jovencita para obligarla a hablar sobre el paradero de los cristeros y de su tío, el coronel Marcos Torres, de quien Chaires buscaba especialmente vengarse. Él era un general del ejército, ¡cómo iba a permitir que dos mujeres pudieran más que él!

—Ya mandé fusilar a tu madre. ¿Por qué no respondes a lo que se te pregunta? ¿Qué es lo que esperas? ¿Quieres que te mate a ti también?
—¿Por qué se tarda, pues, general? Lléveme a donde está muerta mi mamá y máteme ahí también.
—Pos ahora verás, mocosa ¿Tú crees qu’estamos aquí p’a jugar contigo?

Los soldados acompañantes de Chaires, que huían ante la vista de los cristeros del volcán, se mostraron ahora sí muy “valientes” y amenazadores con Zenaida. Para asustarla, le echaron una soga al cuello y entre risotadas y malas palabras simularon que en ese momento la iban a ahorcar.
—General —dijo entonces la jovencita—, no me ahorque; ¡saque su pistola y máteme de un disparo!
—No, porque el parque me cuesta.
—Pues entonces, ¡yo le pago el cartucho que gaste en matarme..! Dispare de una vez, para reunirme con mi madre, de quien usted dice que ya está muerta. ¡Si tiene algo de humanidad, ya no me haga sufrir y acabe de una vez por todas!
Dicho esto, Zenaida rompió a llorar, más dolida por el sufrimiento de su corazón que por los malos tratos e insultos que recibía de esos bárbaros contra su frágil persona

Pero nuevamente la valiente actitud de la muchacha desconcertó al brusco militar, quien se daba cuenta de que ni las amenazas de muerte eran capaces de amedrentarla. La dejó en la celda, y en los días sucesivos volvieron en más de una ocasión con la misma macabra simulación de que iban a ahorcarla en el acto si no revelaba a los cristeros. Pero Zenaida se encontraba cada día más resuelta y firme, porque en ningún momento dejaba de rezar a Dios y a la Santísima Virgen de Guadalupe, de quienes recibía consuelo espiritual y la fortaleza para la durísima prueba. Su mamá, confinada en otra oscura celda, con la angustia en su alma por la suerte de su hijita, velaba y rezaba también intensamente.

Pasaron doce días de aquel inhumano martirio en que tanto padecieron las admirables doña Rosalía y su hija Zenaida, cual nuevas Macabeas; madre e hija que sufrían el martirio por su fidelidad a Cristo y a su santa causa, a la que ellas defendían con todo su ánimo. Fueron entonces sacadas de la prisión y conducidas ante el juez de distrito, y entre la sorpresa y las lágrimas de felicidad volvieron a abrazarse madre e hija nuevamente. El juez no pudo obtener de ambas ninguna denuncia ni retractación de su catolicismo, y las envió otra vez a la cárcel, pero ya no separadas sino juntas en una misma estrecha y maloliente celda de la prisión de mujeres.
—¡Mamita, yo creí que ya estabas muerta! Los soldados se burlaron de mí y me hicieron sufrir lo indecible diciéndome que ya te habían fusilado, y que eso mismo iban a hacer con los cristeros.
—También así lo creí yo, hija querida, porque el mal corazón de esos hombres inventó esa mentira para hacernos sufrir. ¡Pero ya vez cómo Cristo Rey nos ha protegido; Él y su Madre Santísima nunca abandonan a los que confían en ellos. Ningún día he dejado de rezar el santo rosario a la Virgen, encomendándote.

Entre las presas que unos días antes las habían visto llegar a la cárcel, y que conocían los sufrimientos a que madre e hija eran sometidas, iba creciendo no sólo el respeto sino la admiración, por el testimonio de fe y valentía sobrehumana que estaban dando en la prisión y en toda Colima, que seguía el caso muy de cerca y rezaba por ellas y por toda la familia Torre

No faltó un Judas traidor

El 14 de agosto de 1928, madre e hija continuaban recluidas juntas en la inmunda bartolina de la cárcel. Mientras tanto, ese mismo día había caído asesinado en una emboscada el coronel Marcos Torres junto con su asistente José Plascencia. El Coronel cristero se encontraba en una hacienda, distante 7 kilómetros de Colima, y pensaba regresar cuanto antes hacia el volcán, en donde podrían oír misa y comulgar el día 15 en honor de la Asunción de la Santísima Virgen, con todos sus aguerridos soldados de Cristo Rey. Mas antes había de recibir en aquella hacienda la cantidad de doscientos pesos, que se le habían prometido para las tropas de los libertadores cristeros.
Al rayar el alba, Marcos Torres se presentó en el lugar señalado y la persona que había prometido el dinero, le con-firmó que se lo entregaría, pero le suplicó que volviese más tarde y solo, porque el dueño del dinero no quería comprometerse delante de los soldados, que entonces acompañaban al Coronel. Marquitos, como le llamaban cariñosamente al Coronel los demás cristeros, de ordinario tan astuto y listo, en esa ocasión no sospechó que aquello fuera una celada del enemigo.

Dio órdenes a sus soldados, los llevó a un sitio lejano de la hacienda, camino del volcán, y los dejó en aquel lugar donde esperaban reunirse al cabo de unas horas, cuando trajese el dinero prometido para las tropas cristeras. Volvió, pues, solamente acompañado de su asistente, José Plascencia, un joven colimense piadoso, valiente defensor de la causa de Cristo Rey y de los derechos de los católicos colimenses.

El traidor que los esperaba en la hacienda había calculado bien su plan y, disimulando muy bien su felonía, le suplicó a Marcos que entrara en una de las dependencias

de la hacienda para firmarle un recibo de la cantidad que se le entregaba. Marcos dejó a Plascencia a la entrada y pasó al interior que le señalaron; y como en el cuarto no había mesa alguna, se dispuso a firmar el papel apoyado sobre la pared, de espaldas a la puerta.
—¡Ahora! —gritó el traidor—, y al instante, sin que Marcos Torres se percatara de lo que estaba sucediendo, unos soldados del gobierno aparecieron por otra puerta y sin decir una palabra acribillaron a balazos por la espalda al coronel Marquitos, mientras que del mismo modo otros asesinaban a Plascencia. Así, cayeron muertos vilmente otros dos valientes defensores de Cristo Rey en Colima.

Los soldados callistas se sintieron muy ufanos por haber eliminado al Coronel cristero y quisieron alardear a todo mundo de su cobarde triunfo. Mas para eso fue preciso que hubiera un traidor que se vendiera al enemigo para entregarlo. Por desgracia, la historia se repite: nunca han faltado los judas que están dispuestos a vender nuevamente a Cristo y a sus fieles seguidores, por una ganancia miserable. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su alma?

Llevaron los dos cadáveres a Colima, atados con cuerdas a lomos de sendas mulas y los tiraron en el empedrado, frente al Palacio de Gobierno. Después mandaron traer una banda de música que estuvo tocando dianas y otras piezas ruidosas, a fin de que la gente se congregara para presenciar aquel espectáculo macabro

—Miren, fíjense bien cómo terminan los malhechores y bandidos que no respetan las leyes del gobierno. ¡Así irán cayendo todos los ji... cristeros y quienes los encubren! Sépanlo muy bien.

Pero la gente no hacía caso a las vociferaciones del militar, pues sólo tenían ojos para ver los cadáveres de dos valientes cristeros muertos cobardemente. Al verlos, las buenas personas se persignaban, daban la vuelta y se retiraban rezando en silencio y con los ojos nublados por las lágrimas.

—¡Ya nos mataron al valiente coronel Marquitos! ¡Ya cayó otro heroico defensor de nuestra santa causa! ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva santa María de Guadalupe!

Mientras, en la cárcel de mujeres, apenas llegó la noticia de la muerte del coronel Marquitos, los mismos guardianes irrumpieron en la celda de las asustadas mujeres para darles la terrible noticia, entre risotadas, burlas y sarcasmos innobles.

—Mire, “vieja”, dónde está su Cristo Rey. ¿De qué le sirvió la protección a su hermano, si ya se lo echaron los soldados de mi general Chaires? ¡Ja, ja, ja..!

Ya los perseguidores habían conseguido aquello que les sirvió de pretexto para apresar a la hermana y a la sobrina del Coronel martirizado. ¿Por qué entonces no les devolvían la libertad? Chaires y los demás perseguidores de la Iglesia pretendían dar una “lección ejemplar” a todos los católicos de Colima, ensañándose contra aquellas dos heroínas de la fe. Así pues, no iban a dejar pasar la oportunidad de sus manos.

La muerte del querido hermano y tío, del valiente defensor cristero, llenó de tristeza a la señora Rosalía y a su hija, quienes se resignaron cristianamente y continuaron fortaleciéndose en la oración, mientras permanecían presas a la espera de lo que el destino dispusiera para ellas.

—Hija, ¡que se cumpla la santa Voluntad de Dios con nosotras! No sabemos si nos devolverán la libertad o también nos matarán como a mi querido hermano Marcos. Vamos a ofrecérselo todo a Cristo Rey por el triunfo de su Reino, por el bien espiritual de nuestra Patria mexicana, por todos los valientes defensores cristeros y también por los que persiguen a nuestra madre la Iglesia católica, para que Dios nuestro Señor se apiade de ellos y les conceda la gracia de la conversión antes de que los llame a su juicio eterno

—Sí, mamá. Aunque yo no volviese a abrazar nuevamente a mis demás familiares ni a mis amigas, por estar aquí encerradas injustamente, todo se lo ofrezco gustosa a Cristo Rey, por el triunfo de su Reino en las almas

Pasaron las semanas y pasaron tres meses completos de reclusión y de martirio lento e innoble. En aquellas terribles circunstancias, solamente la fortaleza que Dios da puede levantar y sostener el ánimo de las personas.

Pero tantos sufrimientos, la falta de aire libre, la escasez de alimentos sanos, los insultos de los perversos guardianes y las amenazas continuas contra la pureza de Zenaida, acabaron con su salud. El 23 de noviembre ya no pudo levantarse de su miserable camastro. Su debilitado organismo estaba ardiendo en fiebre, y doña Rosalía, en su angustia, no tenía a la mano ninguna medicina que menguara, aunque fuera un poco, los sufrimientos de su querida hija.

Alguien dio a la buena señora un poco de linaza, y el guardián de la prisión, con un gesto de humanidad, le permitió que con una escoba vieja hiciera un poco de lumbre y le prestó un jarrito con agua, donde coció la linaza, para dar a Zenaida la pobre infusión. Aquello resultó inútil.

¡La pobre señora no podía hacer más!, y así llegó el 27 de noviembre. Zenaida se moría sin remedio mientras doña Rosalía, quien deseba tanto que su hija recibiera los santos Sacramentos, tuvo que resignarse a ayudarla ella misma a bien morir. Le rezó el acto de contrición, la comunión espiritual, repetidas Avemarías a la Reina del cielo, el acto de consagración a Cristo Rey.

Cuando ya entraba en agonía Zenaida, le hizo repetir muchas veces la jaculatoria que estaba en labios de todos los cristeros, y que gozaba de indulgencia plenaria: ¡Viva Cristo Rey!
Con ella en los labios, a las tres y media de la mañana del 28 de noviembre de 1928, entregó Zenaida su alma virginal a Dios, coronada con los nardos de la pureza y los laureles del martirio. Se unía en el cielo con todos los mártires de Cristo Rey, de todas las épocas, y dejaba en la tierra un ejemplo admirable de fortaleza cristiana y de fe inquebrantable en el poder y el amor de Dios, que es la fuerza de los débiles, sobre todo en los momentos de prueba y de mayor sufrimiento

La mártir logró conversiones

Muchas de las mujeres en la cárcel, que habían sido testigos del lento martirio por la fe de Zenaida y de su mamá, se arrepintieron de su anterior vida de pecados, gracias al testimonio admirable y heroico de aquellas dos cristianas heroínas, dignas de ser conocidas e imitadas en sus virtudes por todas las mujeres mexicanas y de todas las naciones.

La joven Zenaida es mártir de la fe católica y de la virtud de la pureza, pues como otra, María Goretti, ella también se resistió valientemente antes de verse deshonrada por aquel grupo de salvajes, que no merecían llevar el nombre de soldados de la Patria. Ella prefirió la muerte antes que ver manchada la bella azucena de su virginidad, que es uno de sus títulos de mayor gloria en el cielo donde se encuentra.

¡Qué ejemplo hermoso! ¡Digno de ser imitado por toda joven cristiana en nuestros tiempos, cuando tanto se menosprecia y se pisotea la bella flor de la pureza en las almas de nuestros jóvenes!
El pueblo devoto de Colima acudió al día siguiente en masa a la cárcel, exigiendo se le abrieran las puertas para entrar y llevarse el cuerpo bendito de la niña mártir Zenaida, quien tendida en su pobre camastro de la prisión parecía sonreír.

Tras las duras pruebas que la Iglesia pasó en México en aquellos convulsos años, hoy los cristianos mexicanos, alentados por el testimonio de estos testigos de la fe, pueden vivir en paz y armonía, aportando a la sociedad la riqueza de los valores evangélicos. La Iglesia crece y progresa, siendo crisol donde nacen abundantes vocaciones sacerdotales y religiosas, donde se forman familias según el plan de Dios y donde los jóvenes, parte notable del pueblo mexicano, pueden crecer con esperanza en un futuro mejor. Que el luminoso ejemplo de Cristóbal Magallanes y compañeros mártires os ayude a un renovado empeño de fidelidad a Dios, capaz de seguir transformando la sociedad mexicana para que en ella reine la justicia, la fraternidad y la armonía entre todos.


Palabras de Su Santidad, el Papa Juan Pablo II. Homilía durante la canonización de 25 mártires mexicanos, Plaza San Pedro, 21-V-2000


Este artículo es parte del libro "Madera de Héroes" Semblanza de algunos
héroes mexicanos de nuestro tiempo, de Luis Alfonso Orozco.

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