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Ya ven que nos estamos dirigiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado
Hispanos Católicos en Estados Unidos /Homilías Mons. Enrique Díaz

Por: Mons. Enrique Díaz | Fuente: Catholic.net

En las frecuentes visitas a las comunidades y en los diálogos, sobre todo con los jóvenes, me ha sorprendido que cada vez les es más difícil encontrarle sentido a la vida. Si el mundo nos presenta como único valor la riqueza y el poder, al percibir el grave contraste entre lo que se ofrece y lo poco que se puede conseguir, se tiene la sensación de vacío y de frustración.

Los suicidios, el alcoholismo, las drogas o la indiferencia, son las respuestas que muchos de ellos dan a los graves problemas que tienen que enfrentar. Sienten que no valen nada y prefieren el camino “fácil”. Hoy San Pedro en la primera lectura nos asegura que cada persona tiene un valor infinito ya que no hemos “sido comprado con bienes efímeros, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo”.

Si lográramos experimentar este gran amor de Cristo, si  los jóvenes y  quienes se sienten decaídos,  contemplaran a Jesús dando su vida por ellos y ofreciéndoles una nueva vida, quizás viviríamos con mayor entusiasmo y buscaríamos los valores que no terminan. Los mismos discípulos de Jesús muestran, ya desde aquel tiempo, que la ambición invade el corazón de todos y que todos estamos expuestos a sentirla. Los hijos del Zebedeo piden un lugar especial.

La respuesta de Jesús es una invitación al servicio y un desenmascarar las ambiciones de quienes utilizan el poder para su propio beneficio. Y da una recomendación que puede dar sentido a la vida: quien quiera ser grande que se haga el servidor de todos. Qué gran sabiduría de Jesús y qué forma de enseñarla. No hay nada que dé más sentido a una vida que el saberse útil, que el ayudar y que el servir.

Varios grupos en esta verdad basan sus terapias: cuando ayudas, sales fortalecido; cuando enseñas, aprendes más; cuando amas, das sentido a tu vida. Dos grandes fortalezas para vivir con entusiasmo en la vida: saberse amado y valorado por Dios al grado de costar la sangre de Cristo; y encontrar en el servicio el verdadero sentido de nuestro camino.