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El atractivo de la paz interior
Humanismo Cristiano /Humanismo Cristiano

Por: Llucià Pou Sabaté | Fuente: Catholic.net

La paz es un don y una conquista, porque en la tierra siempre podemos tener más, es incompleta, como una prenda de algo precioso que habrá luego (Apocalipsis 7,9-17; 21,3-7). Y esta paz será la que permita llevarla a los demás: ser sembradores de paz (Mateo 10,12; Romanos 10,15) en todo el mundo. La paz social no vendrá por unas leyes solamente, sino de un respeto a la dignidad de la persona, no podrá ser realidad dejando de lado aspectos esenciales de la persona (como la libertad de expresión, libertad de elección, libertad religiosa, etc.) y por eso los regímenes autoritarios no pueden conseguir una verdadera paz aunque digan que la buscan. Y eso depende del nivel espiritual, de consciencia, de los que forman la comunidad, de ese orden interior dirigido al bien al que llamamos paz, y que hemos de promover en la educación. Por eso, la paz personal está unida a la paz social.  

Ese nivel de comprensión de la consciencia, es el amor. Si Dios es amor, es también paz, porque la paz, junto al gozo, son los dos principales frutos del amor. Así lo señala Dionisio Areopagita, quien afirmó que Paz es uno de los nombres propios de Dios, como lo es Luz y Amor1. Y si Dios es paz, todo el orden de la creación es fuente de ella y nos invita a vivir con la armonía propia de la paz. La paz es orden del amor, claridad de luz y don de Dios por excelencia. Es don y tarea, necesitamos un aprendizaje que es el camino, y así vamos teniendo resultados, fruto de ese esfuerzo humano. Por eso, Jesucristo llama bienaventurados a los que construyen la paz en el mundo, es decir, a quienes se empeñan en alcanzarla e irradiarla generosamente (Mateo 5,9).

Cuando un ser humano vive en amor y ve la realidad desde los ojos de la contemplación, ha comenzado ya a recorrer la senda que conduce a la verdadera paz. La paz nada no es algo meramente interior de “ande yo caliente y ríase la gente”, una imperturbabilidad que viene de una armonía de introspección, nada tiene que ver con la mera tranquilidad egoica de quien se aísla de los problemas o consigue que todo fluya a su gusto; sino que va unida a una dedicación a los demás: la familia, las relaciones sociales, el trabajo, etc. Por otra parte, al tratarse de una ausencia, la paz es, por definición, neutra y, por tanto, puede y debe llegar a ser imperturbable. 

La persona que vive en paz tiene un gran atractivo porque su amor es puro y comunicativo, fruto de su personal anonadamiento, y esto provoca esa fuerza de atracción. La paz brota de lo más profundo del ser, de aquella zona del alma donde lo divino se une con lo humano, como el océano con la tierra. Cuando se alcanza la paz interior, se eleva la vibración de la energía vital lo que permite el acceso a las profundidades más insondables de la consciencia y del alma. El ego desaparece, como la sal en el agua, y ya solo perdura la intención espiritual, el propósito donacional de servicio desinteresado. Lo demás parece sobrar, como explica el Tao Te Ching: “Los colores ciegan la vista; los sonidos ensordecen el oído; los sabores embotan el gusto; los pensamientos debilitan la mente y los deseos marchitan el corazón”2. Y es que el deseo egoico perturba la mente y ésta perturba el espíritu. 

Dios regala como fruto de su Espíritu la paz, armonía interna que nos permite estar libre de conflictos interiores y exteriores, estar serenos, tranquilos, sin agobiarnos. Y es un fruto del Espíritu que va unido a otros como son: amor, alegría, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí. Esto nos permite dejarnos guiar por el Espíritu Santo con espontaneidad. La paz nos hace menos temerosos, nos libera de ansiedades malas y nos libera de apegos. Nos permite disfrutar con intensidad cada momento y ver todo cuanto sucede como una oportunidad de crecimiento. 

La paz produce grandes frutos en la vida de las personas. Algunos de ellos son: la pérdida de interés en criticar y juzgar a los demás y a uno mismo, la falta de preocupaciones (no de ocupaciones, por supuesto), el aquietamiento del cuerpo emocional, una mayor conexión con la naturaleza, una mayor facilidad para que las cosas fluyan sin interferencias innecesarias ni cortocircuitos. La paz incrementa la confiabilidad con los demás, despierta el sentimiento de servicio, aumenta la claridad contextual de las facultades superiores del alma, desarrolla la intuición, dispara el interés por mejorar interiormente, así como la creatividad. 

La paz da el arte de entender y explicar cosas complejas de modo sencillo; valora el silencio, que se hace cada vez más lleno de contenido. La paz nos hace más amables en los modos de decir y corteses en las formas de comportamiento con el fin de evitar daños emocionales a los demás. La paz, en definitiva, nos ayuda a respetar la vida en su totalidad y a ver a todos los seres vivientes como criaturas de Dios.

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1. Pseudo Dionisio Areopagita, De los nombres divinos XI, 1.
2. Lao Tzu, Tao Te Ching, 12.