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El Pacto Educativo Global: un llamado de urgencia
Educadores Católicos /Destacados

Por: Ramón López González | Fuente: Semanario Alégrate

El Pacto Educativo Global es una llamada de urgencia del Papa Francisco dirigido a todos los actores comprometidos en el ámbito educativo que requieren hacer frente a la crisis del mundo contemporáneo y a la construcción del futuro como humanidad; Edgar Morin y Ulrich Beck son sólo algunos de los nombres de quienes advirtiendo la crisis actual se han lanzado a dar respuestas desde categorías relacionales y globales. El Pacto Educativo Global tiene el propósito de realizar en la cultura una transformación profunda que responda a los problemas del hombre de hoy, un cambio permanente e integral que ofrezca sentido y dirección tanto a las naciones como a los individuos.

Su Santidad refiere que el Pacto Educativo Global tiene su raíz en la encíclica Laudato Si’. Quiero referirme ahora al numeral 13 donde dice: “El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar. […] La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común.” Y es que la preocupación gira en torno al futuro del planeta y sus desafíos, pues hay crisis ecológicas y de medio ambiente, económicas, de guerra, la mala distribución de la riqueza, la extrema pobreza, así como las ojivas nucleares en diversos lugares del mundo. Todo lo anterior hace despertar la conciencia sobre nuestra existencia y propósito para con los seres creados, el sentido de corresponsabilidad y participación para con ellos y la persona humana como su centro.

El Pacto Educativo requiere de la construcción de una “aldea de la educación”, la cual será condición de posibilidad para educar. Y es que en las aldeas se vive bajo principios comunes en las que no hay individuos atomizados sino más bien personas en relación intersubjetiva, en donde los bienes se expresan como “nuestros” y no como “míos” o “tuyos”. La aldea está sujeta a las tradiciones y costumbres regionales, pero abiertas a los procesos de cambio, se privilegia la persona, el sentido de la hospitalidad y la fraternidad.

Todos estamos implicados en este proyecto, creyentes y no creyentes, pues tenemos una casa en común que requerimos cuidar, y juntos compartimos un momento decisivo de nuestra historia: el futuro de la humanidad, de nuestro humus, es decir de nuestra Tierra como lo más originario que compartimos.