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Llamados a experimentar la misericordia divina
Celebraciones /La cuaresma

Por: Pbro. José Manuel Suazo Reyes | Fuente: Semanario Alégrate

Ha comenzado LA CUARESMA, un periodo litúrgico que dura 40 días y que nos prepara en la Iglesia Católica para celebrar la Pascua de Cristo. La Cuaresma es un tiempo privilegiado de gracia para hacer un alto en la vida personal o comunitaria, revisar atentamente nuestro estilo de vida, confrontarlo con la propuesta que nos hace Jesús en el evangelio y entrar en un proceso de conversión para que al término de ese periodo no sólo celebremos la pascua de Jesús como un acontecimiento calendarizado sino como una experiencia personal y transformadora del paso de Dios por nuestra vida; la preparación de estos 40 días busca que celebremos no sólo la pascua de Cristo sino que unidos a él, celebremos también nuestra propia pascua.

Durante el tiempo de Cuaresma escucharemos frecuentemente la invitación a arrepentirnos y a convertirnos. El arrepentimiento y la conversión no son sólo un esfuerzo humano, suceden también gracias a la presencia de Dios y del bien en nuestra vida. Como decía San Agustín, “Dios y su bondad están más dentro de nosotros que nosotros mismos”. El arrepentimiento viene del hecho de darse cuenta de que algo no se está haciendo bien. Uno se arrepiente cuando toma conciencia de que lo que hizo lastimó a alguien, afectó a los demás, provocó algún daño o causó un malestar.

Sucede también cuando nos damos cuenta de que el rumbo de nuestra vida o algunas cosas que estamos haciendo no nos están conduciendo hacia el bien que esperamos, sino que algo uno está haciendo mal. Es importante observarse, evaluarse y recomponer el camino. El arrepentimiento es incompleto si se queda solo en el pesar interior y no nos lleva a dar un paso más. Este paso se realiza cuando se busca la conversión. Durante la Cuaresma resonarán en nuestra interior las palabras con las cuales Jesús quiso iniciar su misión: “El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca: Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,14-20).

Convertirse (metanoia) significa cambiar de mentalidad, cambiar el modo de ver y juzgar las cosas y por consiguiente en el plano operativo, significa cambiar de conducta de vida y del modo de proceder. En este sentido la conversión sigue al arrepentimiento; cuando uno comete un mal puede ser que sienta arrepentimiento por lo que ha hecho o causado, puede ser que lamente lo que sucedió pero ahí queden las cosas. Ese paso de sentirse incómodo por el mal que uno haya hecho, debe reforzarse con la conversión, que es lo que nos propone Jesús para recibir el Reino de Dios.

Si uno nada más se arrepiente pero no busca la conversión, una vez que pasa ese sentimiento de culpa, casi será seguro que vuelva a caer en lo mismo; por eso uno debe también convertirse, y eso significa que con la ayuda de la gracia, uno tome la firme decisión de separarse de las cosas que ha hecho mal y busque la comunión con Dios. Se trata de un cambio radical de orientación, algo que Jesús requiere de nosotros para nuestro bien. Cada uno de nosotros debe sentirse interpelado por lo que dice Jesús en su Palabra. En la cuaresma Dios nos invita a corregir algo de nosotros.

Puede ser el modo de vivir nuestra fe cristiana, las formas de orar, de trabajar o de vivir las relaciones con los demás. Por ello, la Cuaresma es un tiempo de gracia, un tiempo para recomponer nuestra relación con Dios y con los hermanos; es tiempo de reconciliación y de vuelta a Dios. La invitación a la conversión tiene una motivación, la misericordia divina revelada en Jesús. Dios quiere que todos los hombres se salven y por eso nos envió a su hijo Jesús y nos invita a la conversión. Dios no se complace en la muerte del pecador; Dios desea que todos sus hijos tengan vida en abundancia. El pecado es lo que nos conduce a la muerte y lo que nos roba la vida; el pecado nos despersonaliza y nos divide; nos aleja de nuestros hermanos y nos quita la vida de Dios.

El pecado nos hace estériles en obras buenas. El camino para la conversión comienza con la escucha atenta de la Palabra de Dios, sigue con la experiencia de encuentro con él y se alimenta con los sacramentos y las obras buenas.