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┬┐Ha crecido mi confianza en Dios?
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Por: Cardenal Carlos Aguiar Retes | Fuente: arquidiocesismexico.org.mx

La necesidad de la oración. Entendida no solamente como la expresión de la súplica confiada a Dios para invocar y recibir su ayuda, sino para aprender a reconocer la ayuda recibida de parte de Dios.

El gesto de levantar las manos que realiza Moisés para dirigirse a Dios significa que, tanto en la mente y en el corazón, como en la misma vida, es decir en la cotidianidad de nuestra conducta y acciones, debemos descubrir la presencia del Espíritu Santo, que acompaña al creyente para lograr adecuar su comportamiento al cumplimiento de la voluntad de Dios Padre.

De la misma manera debemos aprender a descubrir como Moisés, que al conectar nuestras acciones con la voluntad divina causa inmensa alegría y una profunda satisfacción de nuestro proceder.

Pero hay muchas ocasiones en las que nuestra voluntad flaquea ante las atracciones y seducciones para buscar solo nuestro propio bien, descuidando la repercusión de las mismas, que causa a los demás. Esto significa el cansancio de Moisés de tener las manos levantadas tanto tiempo. Ante esta situación, muy humana y frecuente, necesitamos como Moisés, quién nos ayude a mantener nuestra mirada y nuestro corazón levantado hacia Dios, nuestro Padre.

¿Preguntémonos de qué manera, o de quién, podremos auxiliarnos en nuestros cansancios y agotamientos, ante el constante esfuerzo de cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida?

San Pablo ofrece la respuesta, al compartirla a su discípulo Timoteo: “Permanece firme en lo que has aprendido y se te ha confiado, pues bien sabes de quiénes lo aprendiste y desde tu infancia estás familiarizado con la Sagrada Escritura, la cual puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación”.

Evidente, que no todos la han aprendido desde niños, pero si consideramos nuestra ignorancia sobre la Palabra de Dios y la reconocemos que está en un nivel inicial, y acudimos a quienes pueden acompañar el aprendizaje para conocer las Sagradas Escrituras, adquiriremos “la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación”.  De aquí se desprende que así como recibimos ayuda, así también la deberemos ofrecer posteriormente, a quienes nos lo pidan, o a quienes veamos propicio compartirla.

Nuestra convicción al adentrarnos en la escucha de la Palabra de Dios, y en el discernimiento para la toma de decisiones, que sin duda nos conducirá su aplicación a nuestra vida, nos irá manifestando la verdad de lo afirmado por San Pablo: “Toda la Sagrada Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté enteramente preparado para toda obra buena”.  Así nos convertiremos no solo en discípulos de Jesucristo, sino pasaremos a ser Apóstoles, es decir transmisores de sus enseñanzas a nuestros prójimos.

En esto consiste la evangelización, y es lo que necesita la Iglesia para prolongar la presencia del Reino de Dios en medio de nosotros.

En el Evangelio, Jesús advierte a sus discípulos que los desafíos provocan de ordinario el desencanto y sentimientos de frustración cuando no se alcanzan los objetivos planteados, y por eso les propone la Parábola de la viuda necesitada de justicia, y que no encontraba respuesta del Juez injusto.

“En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario; por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando”.

La paciencia acompañada de la constancia todo lo alcanza, y mueve montañas, que bien sabemos es posible con la ayuda de Dios. Además Jesús les anima diciéndoles: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar”.

Pero también debemos advertir que Jesús deja en claro, que Dios respetará nuestras decisiones, y no obligará por la fuerza de una imposición, la manera de actuar y de relacionarse. ¡Nos deja en plena libertad!

Por eso, lanza una duda extremadamente dolorosa, que está en la posibilidad de suceder: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. Preguntémonos a la luz de esta advertencia:

– ¿Ha crecido mi confianza en Dios, y levanto mis manos en oración, pidiendo la ayuda divina?
_ ¿Soy consciente de la libertad que me ha dado Dios para elegir el bien o el mal?
_ ¿Respeto a los demás, y evito imponerle lo que yo creo?

– ¿Descubro que he realizado la experiencia de ayudar a alguien en la búsqueda
de la Voluntad de Dios Padre, y en el conocimiento de las enseñanzas de Jesucristo acompañándolo, pero dejándolo en libertad para dar sus respuestas?

En un breve momento de silencio presentemos a nuestra Madre, María de Guadalupe nuestras aspiraciones y necesidades, confiando en su amor y su auxilio.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa, haznos valientes para generar y promover los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Con tu cariño y ternura trasforma nuestro miedo y sentimientos de soledad en esperanza y fraternidad, para lograr una verdadera conversión del corazón, y generemos una Iglesia Sinodal, aprendiendo a caminar juntos; así seremos capaces de escuchar y responder al clamor de la tierra y al clamor de los pobres.

Madre de Dios y Madre nuestra, conscientes de la dramática situación actual, llena de sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, ayúdanos para que todos estos sufrimientos sean los dolores del nacimiento de un mundo más fraterno y sostenible.

Nos encomendamos a ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.