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Desde el recuerdo a nuestros muertos que están vivos
Belleza del patrimonio cristiano /Fe y cultura

Por: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.net

La festividad de los Fieles Difuntos nos brinda la ocasión de reflexionar sobre la muerte, tema tabú en nuestra actual cultura occidental, que es necesario desmitificar. En un bello poema, profundo y lleno de sentido, José Luis Martín Descalzo, nos decía:

“Morir solo es morir, morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba”. 

El miedo a la muerte procede de la sospecha de que detrás de esa puerta no haya nada y que después de que el telón haya bajado todo acabe para siempre. Por eso la idea de la muerte resulta tan perturbadora en unos tiempos donde todo lo queremos tener cubierto y bien cubierto, con seguros de todo tipo para que no haya el menor riesgo, la ocultamos y no queremos saber nada de ella, hasta llegar a pensar que es un trance que solo afecta a los demás.

Sin solución de continuidad hemos pasado de un extremo al otro. De vivir obsesionados con estos temas de las postrimerías, hemos pasado a olvidarnos de ellos por completo, centrándonos en el presente, diciendo alegremente “a vivir que son dos días y olvidémonos de lo demás”, pero nada cambia por cerrar los ojos a la realidad y no querer verla, haciendo como si no existiera. Nos sucede como a los niños que piensan que cerrando los ojos las cosas desaparecen y dejan de existir.  La verdad es que de nada sirven nuestras prevenciones, al final habremos de reconocer que pocas cosas hay tan ciertas como la muerte, la cual, tarde o temprano, acabará llamando a nuestra puerta, aunque no sepamos el cómo ni el cuándo. Metafóricamente nos lo recuerda Unamuno en estos versos:

“Vendrá de noche, sí, vendrá de noche,
su negro sello servirá de broche
que cierra el alma”.

No deja de ser curioso, hasta qué punto la cultura actual occidental se muestra deudora de Epicuro en su actitud frente a la vida, pero sobre todo frente a la muerte. Para Epicuro la clave del arte de vivir está en saber gozar a tope del momento presente sin miedo a verse perturbado por preocupación alguna y la mejor forma de conseguirlo es prescindir del pasado y del futuro. Hay que aprender a vivir como si no tuvieras nada de lo que tienes, pues de esta forma no tendrás miedo a perderlo. Fuera los remordimientos del pretérito, fuera también los temores por lo que haya de venir, incluida la muerte. ¿Cómo librarnos del temor a ella? La respuesta nos la da el propio Epicuro. Nadie, nos dice, debiera tener miedo a la muerte, porque nunca nos encontraremos con ella, ya que mientras yo esté la muerte no estará todavía y cuando la muerte se haga presente ya no estaré yo para recibirla, de modo que no tiene sentido inquietarse por una desconocida con la que nunca habré de encontrarme cara a cara. Esta reflexión epicúrea la traduce Antonio Machado en unos exquisitos versos:

“...¡Mi hora! –grité–. ...El silencio
me respondió: – No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla”.

El filósofo griego demuestra una gran agudeza en su razonamiento, pero no podemos por menos de reconocer que prescindir en nuestras vidas del pasado y del futuro equivale a deshumanizarnos y si queremos llevar una existencia auténtica y no falseada, tenemos que asumir, por duro que resulte, que la muerte forma parte de nuestra existencia, siendo una realidad que a todos nos acecha y desde el momento que nacemos, ya podemos decir que somos lo suficientemente viejos como para morir. Con ser doloroso saber que un día tenemos que dejarlo todo, lo verdaderamente tétrico sería vernos obligados a pensar que a la vuelta de la esquina solo nos espera el sepulturero, tal como piensa el grosero materialismo evolucionista, pero no es éste el caso, porque después de que todo haya pasado existen sobradas razones para pensar en un estado de reposo eterno, que nos anima a afrontar la muerte como un tránsito obligado para entrar en otro mundo mejor que el que dejamos.  De no ser así, si la nada fuera nuestra última posibilidad, tendríamos que comenzar a pensar que todo había sido absurdo y que no merecía la pena haber nacido. Que del más allá no tenemos una evidencia inmediata, pues claro que no, pero hay tantas cosas que no son evidentes….. y sin embargo ahí están.

Venimos de unos tiempos en los que a la muerte se la revestía de unos ropajes fúnebres y se cargaban las tintas sobre un juicio severísimo, al que casi nadie podía resistir y esa fue una pedagogía inadecuada. Se hizo, seguramente, para intimidar a las conciencias, pensando que de esta forma los buenos serían mejores y los malos se arrepentirían, pero el tiempo ha ido mostrando que los efectos han sido otros muy distintos; por eso tendremos que seguir hablando de la muerte, sí, pero de forma más esperanzada, como lo hacían los santos. Noviembre nos invita a darnos una vuelta por la paz de los cementerios y desde allí reflexionar de que no estamos abandonados a nuestra suerte, ni somos presa de un fatal destino, sino que todos estamos llamados a ser hijos de la luz y que nos encontramos en las mejores manos, por ello la muerte puede ser vista como la embajadora de un destino luminoso, más allá de nuestro espacio y nuestro tiempo, que se pierde en el océano de la inmortalidad sin fondo y sin orillas. No son supercherías lo que estoy diciendo sino la expresión de un misterio escatológico que, aunque por el momento no acabamos de comprender, forma parte de nuestro personal existir. Nos lo recordaba muy claramente Benedicto XVI al decir: «También hoy es necesario evangelizar sobre la muerte y la vida eterna, realidades particularmente sujetas a creencias supersticiosas y sincretismos, para que la verdad cristiana no corra el riesgo de mezclarse con mitologías de diferentes tipos».

Por experiencia sabemos que nacemos para morir, pero contamos con la promesa del Vencedor de la muerte que recorrió ya este camino, quien nos asegura que morimos para volver a nacer. Se equivocan quienes ven en el cristianismo una religión del miedo y a los cristianos les hacen pasar por unos  predicadores de la muerte, al contrario su misión es la de ser embajadores de la vida y de la esperanza al haber sido testigos de la tumba vacía, hecho rigurosamente histórico y comprobado, de donde  arranca la Teología Escatológica que da cobertura a las esperanzadoras palabras de Cristo: “ Yo te resucitaré en el día final”.

En la fecha señalada para honrar a todos los difuntos, tristemente todos tenemos a alguien que recordar y encontramos el mejor consuelo al pensar que nuestros seres queridos no se fueron para siempre, sino simplemente que nos precedieron en el camino, por lo que esperamos encontrarnos con ellos un día. Esta sigue siendo una creencia generalizada, aunque sean distintos los motivos en los que se funda, puede ser incluso que en muchos casos la motivación poco tenga que ver con la religiosidad, en una sociedad caracterizada por el agnosticismo, pero lo cierto es que todavía seguimos aferrados a una tradición secular que tiene marcados en el calendario estos días otoñales y nostálgicos para dedicar un recuerdo entrañable a nuestros seres queridos, con el convencimiento de que desde alguna parte nos están viendo y siguen en contacto con nosotros. Nos olvidamos por un momento de nuestras ocupaciones cotidianas para volcar en ellos nuestro cariño y aunque no están ya entre nosotros les hablamos como si estuvieran vivos y llevamos flores a su tumba, en una especie de ritual esotérico, que nos hace sentir su misteriosa presencia. Este es un fenómeno social que nadie puede discutir. En estos días,  nos sentimos más próximos que nunca a los que un día tuvimos a nuestro lado y que ya no están con nosotros. De forma un tanto difusa e imprecisa nos los imaginamos inundados de luz, disfrutando de una paz eterna, al modo de esas representaciones que nos ofrecen quienes dicen haber vuelto a la vida después de haber  sentido el abrazo de la muerte. Todas estas creencias arraigadas en el pueblo, nos remite a uno de los dogmas básicos del cristianismo, que nos habla de la resurrección de los muertos, ofreciéndonos pistas más concretas y precisas para vislumbrar el misterio. Nuestra aventura humana según la fe no acaba en la nada, sino en la Casa del Padre como último destino, a la que todos estamos llamados. Ella será la morada eterna para quienes se durmieron en la paz de Dios.

Ya no es solamente que un día nos encontraremos con nuestros muertos, hay más, estamos constantemente en línea directa con ellos. Cuando queramos, en este mismo momento, por ejemplo, podemos conectar con ellos y pedirles que nos ayuden, que nos iluminen, que nos consuelen, que nos hagan compañía, que intercedan por nosotros como si fueran nuestros protectores; conocen como nadie nuestra situación y nuestras necesidades y por supuesto su cariño hacia nosotros se aún mayor que el que nos demostraron aquí abajo. Motivo de gozo para los santos de Dios es seguir ayudando a los que quedamos en la tierra, por lo que Sta. Teresita de Lisieux pudo decir:” Yo quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra”. También nosotros podemos serles útiles pidiendo por ellos en el caso de que necesitaran nuestra ayuda, es lo que la Iglesia conoce como “La Comunión de los Santos” considerado un dogma fundamental, recogido en el Credo y es que en realidad, entre el cielo y la tierra lo que nos separa no es un abismo sino un puente y lo que nosotros llamamos muerte no es más que el tránsito de una ribera a la otra.