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Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas.
Celebraciones /Tiempo ordinario

Por: Roque PĂ©rez Ribero | Fuente: Catholic.net

«Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas». Y desde aquel momento quedó curada su hija» (Mt 15,28).

En este domingo XX del Tiempo Ordinario nos regala el Señor una Palabra impresionante en la que vuelve a revelar la grandeza de su amor y la eficacia de la oración cuando se hace con fe y humildad.

Desde la primera lectura que se proclama revela el Señor el mensaje que nos desea transmitir hoy, que queda resumido perfectamente en el versículo que rezamos en el Salmo Responsorial: «¡Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben!» (Sal 66,4). Así, toda la Palabra de hoy nos hace presente la fiesta de la Epifanía del Señor, en la que el Señor se manifiesta como Salvador del mundo entero, como un Dios que no hace acepción de personas (Rm 2,11).

Así, la Palabra de hoy hace una llamada a la conversión, sobre todo en la frase que le dice Cristo a la mujer cananea: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas» (Mt 15,28), ya que hace resonar en mi corazón otra frase de Cristo: «Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande. Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos, mientras que los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes» (Mt 8,10-12).

Es impresionante ver cómo una mujer que no pertenece al pueblo de Dios, que presumiblemente no conoce la historia de Israel y con ello la actuación de Dios en esa historia, advierte en Cristo lo mismo que advirtieron los Magos de Oriente en Belén: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» (Mt 2,2).

Digo que es una Palabra de conversión porque uno se acostumbra a estar cerca del Señor, a tener los sacramentos, su Palabra, la Iglesia, que llega uno a no valorar lo que Dios nos ha regalado y que no todo el mundo tiene. Por eso el Señor hace una llamada a valorar tantas gracias y dones que Dios nos ha concedido; ya el haber experimentado su amor y su misericordia es la mayor de ellas. Y ojalá el Señor no diga de nosotros lo que dijo en Nazaret: «Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe» (Mt 13,58).

Por otra parte, me impresiona la humildad de la mujer cananea, que recibe lo que dice el mismo Cristo: «El que se ensalce será humillado y el que se humille será ensalzado» (Lc 14,11). Esta mujer no se viene abajo ante la actitud que Cristo toma hacia ella cuando le pide la sanación de su hija, sino que acepta la humillación y no cesa de pedirle, sabiendo que Cristo sanaría a su hija, haciendo que resuenen en mi interior las palabras que otro hombre pagano le dice a Cristo: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano» (Mt 8,8).

Porque hay veces en que el maligno no sólo engaña tentando para cometer pecado sino que después utiliza el pecado para alejarnos más de Dios, acusando y sugiriendo que lo mejor es que tras el pecado, ni atreverse a acercarse al Señor: «Ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche delante de nuestro Dios» (Ap 12,10). Uno, sumido en la soberbia, obedece y da crédito al maligno (Gn 3), pero la actitud de la mujer cananea de hoy muestra lo que dice el salmo: «Pues no te agrada el sacrificio, si ofreciera un holocausto, no lo querrías. El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias» (Sal 50,18-19).

De la misma forma que el maligno no soporta la humildad, porque es Cristo el que le destruye, la humildad es la «debilidad de Dios.» Dios se derrite ante un corazón humilde. No puede remediarlo. Por ello, hoy le dirá el mismo Cristo a la mujer cananea: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas» (Mt 15,28).

Por tanto, el Señor nos regala hoy una Palabra de salvación con la que hace hincapié en valorar las gracias que tenemos, que no tiene todo el mundo, y una invitación a rezar con fe y humildad. Feliz domingo.