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Del mal Dios sabe sacar el bien
Laicos en la Iglesia /Artículos de interés

Por: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.net

No hay hecho tan desgraciado ni situación tan adversa de la que no se pueda extraer una lección para la vida, es más, a veces las grandes conversiones a nivel personal y la profundas trasformaciones sociales, han tenido como origen acontecimientos trágicos y ahí está la historia para demostrarlo. Estamos asistiendo a uno de ellos, que sin duda va a dejarnos marcados, sin que sepamos todavía cual va a ser su alcance tanto a nivel personal como a nivel social; lo que si sabemos es que podría ayudarnos a descubrir verdades de nuestra realidad humana, que desde hace tiempo veníamos falseando y convendría tener los ojos bien abiertos, si es que aún nos queda capacidad de distinguir lo blanco de lo negro.

Sin pretenderlo, incluso contra nuestra voluntad, se nos ha convocado a un confinamiento de muchas semanas que está siendo como un prolongado retiro, una especie de ejercicios espirituales que cuando menos nos va a permitir escapar por un tiempo del bullicio, de las prisas y quién sabe si tal vez sea también motivo para una interiorización en toda regla, que nos deja a solas con nosotros mismos, que buena falta nos estaba haciendo para poder poner en orden algunos asuntillos olvidados y rememorar no pocas preguntas que vagaban por el subconsciente. Hasta se podía pensar que esta desgracia nos ha llegado en un momento de fatídico aburrimiento en que la trivial vulgaridad, la voluptuosidad y la molicie, comenzaban a hacerse insoportables.

Todo el mundo parece estar de acuerdo en que el siniestro coronavirus nos ha pillado de improviso, con el pie cambiado y cuando menos lo esperábamos… ¡toma, ahí va eso! Como si de repente un enjambre de avispas nos hubiera despertado de un apacible siestear en medio del campo. Desconcertados nos hemos refugiado en nuestras casas y cuando hemos acabado de leer el libro que teníamos empezado, hemos rematado las tareas domésticas, rendidos ya de ver tanta televisión, cuando ya cansados y aburridos no sabíamos que hacer, nos hemos puesto a pensar, ejercicio peligroso donde los haya. A nuestra mente han ido aflorando un aluvión de cuestiones, que han acabado por desbordarnos.

No acertamos a comprender que un simple virus microscópico haya sido capaz de  poner de rodillas al mundo entero, nos han asaltado serias dudas; preocupados por lo que está pasando nos hemos dicho a nosotros mismos, a lo mejor hemos pecado de soberbia y ese hombre, que creíamos que era la medida de todas las cosas, no es más que un pobre peregrino errante que  ni mucho menos tenía bajo su control las fuerzas de la naturaleza, tal como imaginábamos. A lo mejor no somos más que débiles sujetos menesterosos y contingentes, tan frágiles como las flores del campo que hoy son y mañana se marchitan. A ver si ahora resulta que es más lo que ignoramos que lo que sabemos, que nuestro poder es más ficticio que real. En fin, estamos hechos un lío, tristes, apenados y totalmente desconcertados, pero a la vez este severo correctivo pudiera servirnos como una cura de humildad, de todo punto necesaria, ya que sin duda alguna la soberbia, tal como muestra la historia, ha sido uno de los pecados capitales que más estragos ha causado a la Humanidad. Si después de tanta tribulación lográsemos salir de ésta con menos arrogancia y más humildad algo positivo habríamos sacado en limpio, haciendo bueno el dicho popular de que “no hay mal que por bien no venga”.

Abrumados estamos por haber perdido la paz y la tranquilidad que creíamos tener bien amarrados, con mil pólizas de seguros. De la noche a la mañana, hemos quedado mortalmente heridos en nuestras ansias de seguridades, ni siquiera el sistema de alarmas ha funcionado correctamente. Miramos en nuestro interior en busca de sustitutos para el futuro que se avecina y nos encontramos con que en nuestro interior lo único que hay es un vacío desolador, porque todo lo habíamos confiado al momento presente y no habíamos previsto que podían llegar tiempos difíciles en que íbamos a necesitar de alternativas, por eso la actual pandemia nos está resultando tan dura de sobrellevar. Hace tiempo que se viene hablando de que, en el fondo, el gran problema de nuestro tiempo tiene su origen en la falta de esperanza. Eutropio, que sabía mucho de estas cosas, dejó dicho que “la peste surge cuando las desesperanzas son mayores”. De haber tenido reservas espirituales no cabe duda que la epidemia hubiera sido menos epidemia.

A partir de ahora los anhelos van a ser ingredientes imprescindibles en nuestra existencia. Después de haber sido testigos en primera línea de que a la vuelta de la esquina nos espera el sepulturero, ya va a ser difícil permitirnos el lujo de vivir sin esperanzas. Hasta ahora veníamos poniendo el mayor cuidado en ocultar la muerte, relegándola a los lugares donde no pudiéramos verla, pensábamos como los niños pequeños que con tal de cerrar los ojos las realidades desaparecen; pero no, la muerte está ahí y no desaparece con solo ponernos una venda delante de los ojos. El coronavirus por mucho tiempo habrá de recordarnos que la muerte forma parte de la vida y a ello tendremos que acostumbrarnos en un contexto en el que tiene cabida el tema de la trascendencia, que cada cual habrá de interpretar desde su personal situación.

Otra de las preocupaciones que en estos días nos asaltan y aparecen en primera línea de reflexión es la que hace referencia a la interrelación personal. Tendremos que plantearnos si hemos de continuar siendo fieles al “individualismo”, que es uno de los rasgos característicos de nuestra cultura y si queremos seguir con “Sálvese el que pueda” que ha venido siendo el lema de una sociedad egolátrica, en la que todo el mundo va a lo suyo. Nuestro “ego” ha venido ocupando los espacios reservados para los demás. Hemos ido dejando de creer en el otro, centrándonos sobre nosotros mismos, pero la pandemia ha venido a decirnos que todos navegamos en el mismo barco y una de dos, o nos salvamos todos o todos pereceremos. A lo mejor no éramos lo suficientemente conscientes de que nos necesitamos los unos a los otros y la desgracia nos ha hecho comprender que mejor que vivir aislados es estar unidos y compartir con los demás.

A nivel social, estos difíciles días del coronavirus están dando ocasión para el que más y el que menos saque sus propias conclusiones sobre la forma de actuar, tanto del gobierno como del resto de las fuerzas políticas, en el marco de una partitocracia que es el régimen en que nos ha tocado vivir. Puede que nos encontremos ante una prueba de fuego para la clase política y no estaría mal tener los ojos bien abiertos, poniendo en práctica nuestra capacidad de crítica. Según reflejan las encuestas, lo que a la ciudadanía le hubiera gustado es ver remando a todos los políticos en la misma dirección y este deseo tiene mucha lógica, porque si en un asunto como éste, en que nos va la vida, no se unen todas las fuerzas de la nación. ¿Cuándo se van a unir?  Lo que estamos viendo en cambio es algo distinto. Los partidos están haciendo la guerra desde su propia trinchera y no se sabe muy bien si lo que les preocupa es el Covid-19 o la rentabilidad política que pueden sacar de la situación. El hecho cierto es que España se está desangrando por los cuatro costados y necesita ayuda, naturalmente todos los políticos siempre tienen su coartada perfecta para justificar lo que hacen.  ¿Quiere esto decir que lo que está fallando es el sistema?

Se está agotando el periodo de confinamiento y con el habrá acabado también el tiempo para las meditaciones trascendentales, antes de que el virus peligrosísimo de la conciencia crítica haga su aparición y comiencen a cuestionarse algunos de los dogmas políticos hasta ahora intocables. La clase política tiene miedo a que se produzca una alarma social y presumiblemente ésta no se va a producir, porque en esto todos los políticos están de acuerdo por la cuenta que les tiene, pero motivos para la preocupación ciudadana seguirá habiendo por mucho que digan que “esto pasará y todo volverá a ser como antes”. Por cierto que, mensajes como éste, a mí me llenan de profunda tristeza y no es que yo no tenga ganas de que este infierno acabe pronto, lo que me decepciona es pensar en la posibilidad de que todo vuelva a ser como antes y la prueba que hemos pasado no haya servido para nada. Yo no quiero que las cosas vuelvan a ser como antes. Qué pena haber pasado por este suplicio para volver a las andadas. Yo espero y deseo que esto no sea así. Llevamos mucho tiempo esperando ese mundo mejor que nunca acaba de llegar. Nos merecemos que algo comience a cambiar ¿Por qué no podía ser éste el momento?