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Papa Francisco, corazón, gestos, misericordia
Hablemos de Misericordia /La Vida Cristiana, Camino de Misericordia

Por: José María Montiu de Nuix | Fuente: Catholic.net

En la obra literaria “Cuore”, del escritor italiano Edmondo de Amicis, se encuentran tantos personajes que meten tanto el corazón en el servicio a los demás. Dentro de esta corriente de afecto están padres y madres para los que su vida son sus hijos. También, soldados que ya en la flor de su vida han dado ésta para bien de los demás.

También, maestras vocacionales, maternales, cuyo corazón late intensamente por las vidas de sus pequeños alumnos, de modo que, día a día, están dando la vida por ellos. Y, así, sucesivamente. Esta cascada de bondad termina creando una hermosa y bella corriente mutua de simpatía, de cordialidad, de gran humanidad. Así, el niño pequeño, que tras haberse dado cuenta de cuántos cuidados le ha tenido su maestra, le dice, con encantador candor, que, mientras viva, no la olvidará nunca, y que siempre que oiga que alguna maestra está dando clases, pensará en ella.

El actual vicario del Papa para la diócesis de Roma, Monseñor Angelo de Donatis, en una homilía, pronunciada el 8 de abril de 2018, en el santuario romano de la divina misericordia, contó la bella anécdota que acto seguido se refiere. Una mujer devota manifestó que tenía gran necesidad de Nuestro Señor Jesucristo. Recibiendo esta respuesta: soy yo, Jesucristo, el que tengo necesidad de ti. La mujer quedó perpleja. La explicación de esto se encuentra en que es la persona que ama, Jesucristo, la que tiene necesidad de la persona amada, ella. El Señor, al amarnos, mete el corazón, el afecto, la cordialidad, el latido hermoso, el deseo, ¡nos necesita!

Del 8 al 11 de abril ha tenido lugar el encuentro mundial de los Misioneros de la Misericordia con el Papa Francisco: dos concelebraciones de la Santa Misa con el Santo Padre, un discurso del Papa,… Pero hay gestos que dicen más que mil palabras. En efecto: el Papa, tras habernos recibido en grupo,…, quiso saludarnos, uno a uno, ¡a los casi seiscientos Misioneros de la Misericordia allí presentes!

Esto ha dado al encuentro un tono muy personal, afectuoso, cariñoso, familiar, de corazón. Así como Cristo, en la Última Cena, aún siendo el Señor, lavó los pies a sus discípulos, así, el Papa, el Vicario de Cristo, el que hace las veces de Cristo en la Tierra, se ha puesto a servirnos, acogiéndonos uno a uno, saludándonos uno a uno. Es una misericordia del Papa, un afecto de su corazón paternal, una delicadeza, un latido, una cordialidad, una bondad, una proximidad, que nos conforta y alienta, y deja nuestro corazón aún más unido al suyo. Además, el reto está servido. Esto es, también los sacerdotes, que en el sacramento de la misericordia, actuamos “in persona Christi”, debemos meter más el corazón, el afecto, la cordialidad, para con el penitente.

El corazón del sacerdote es el corazón de Cristo. De hecho, la misión principal de los Misioneros de la Misericordia es administrar el sacramento del perdón, sacramento del abrazo de Dios. ¡Qué hermoso en la parábola del hijo pródigo el abrazo del Padre celestial con el hijo arrepentido! ¡Corazón del Padre que late fuerte, fuerte! ¡Cuántos, gracias a una confesión bien hecha, han experimentado gran alegría, paz, felicidad, luz, consuelo, ganas de mejorar, ilusión, nuevos impulsos! ¡Canta y camina! ¡Bendita confesión que tanto bien hace a las almas!