Comencemos por el principio
Conoce tu fe /Antropología Filosófica

Por: María Verónica Vernaza | Fuente: Capsulas de Verdad

El Génesis nos relata la creación de todas las cosas, hechas por la mano generosa de Dios para que el ser humano las administrara con rectitud y sabiduría.

Para los conocedores, el libro del Génesis describe realmente dos relatos de la creación. El primero es llamado sacerdotal, porque posee un esquema litúrgico donde la palabra crea. El segundo relato es llamado yavista, pues es la primera vez donde se nombra a Dios como Yahvé.

En el primer relato observamos paso a paso la creación de todas las cosas: el cielo y la tierra, el día y la noche, las plantas, los animales y por último el ser humano. El Creador miraba su obra y decía “es bueno”, pero intuía que faltaba algo. Leemos seis “es bueno” antes de encontrarnos con la creación del hombre. Al día sexto la inspiración le llegó, pues leemos que su última creación “es muy buena”.

Vemos, además, en este relato inicial la primera señal de la Trinidad: “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. No se habla de la semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios, y a continuación, en un solo versículo encontramos la palabra creó escrita tres veces: “Y creó Dios al hombre, a imagen de Dios los creó, varón y mujer los creó”. El número tres es significativo -así como el número siete-, es la plenitud de todo lo creado.

Como decía, es interesante que el escritor de Génesis nos recuerde que fuimos creados a imagen de Dios. A veces queremos darle a Dios características humanas, antropomórficas, cuando la realidad es que nosotros, en nuestra esencia, tenemos características divinas.

Luego de crear al ser humano, Dios le dice que debe “creced, multiplicarse y llenar la tierra”. Es para muchos el primer mandato de Dios, que luego será confirmado en el segundo relato de la Creación. Pero además, Dios le pide al hombre que someta la tierra y la domine. Es decir, le entrega toda la tierra como si fuera de su propiedad para que sea él el administrador, y como buen administrador, también debe cuidarla y protegerla.

En el segundo relato encontramos más detalles de la creación de la mujer. Al parecer el primero habla del ser humano como unidad, pero en este segundo relato ya vemos más pormenores de esta dualidad: hombre y mujer, creados en la misma igualdad como Hijos de Dios. Pero antes de crear a la mujer, leemos que Dios forma al hombre con polvo de la tierra y lo coloca en el Jardín del Edén para que lo trabajara y lo cuidara. Es decir, hace al hombre garante de la creación.

Luego pasan ante el hombre todos los seres del campo y todas las aves del cielo y él va poniendo nombre a cada ser vivo. Poner nombre es señal de posesión. El hombre se hace una vez más responsable de las cosas que Dios coloca ante él. Pero encuentra que no hay una ayuda adecuada, alguien igual al hombre. Por eso Dios hace que éste entre en un profundo sueño y así como del costado abierto de Cristo nace la Iglesia, así del costado del hombre es creada a la mujer, esto es en igual dignidad.

Vemos entonces como la mujer es donada por el Creador al hombre, y éste la acepta, tanto es así que expresa su alegría al gritar jubiloso: “esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Adán encuentra en Eva alguien a quien amar más que a sí mismo. Dios es una comunidad de amor y el ser humano está llamado a buscar esa comunidad. Podríamos decir que ambos eran ministros del amor de Dios.

¡Qué bonito cuando al estudiar las escrituras encontramos enunciados que esclarecen o confirman otras frases! “Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne”. El mandato del matrimonio está indicado aquí, como célula primordial de la sociedad. Es ahí donde la familia se educa y se fortalece. El lugar indicado donde se desarrollan los sueños personales y donde se construyen lasos de cooperación entre unos y otros. El espacio donde hemos sido llamados a donarnos, donde aprendemos lo que significa amar a los otros más que a uno mismo. Donde se protege la vida desde la concepción hasta la muerte natural.

Dios, a través de nuestra experiencia como ser humano -varón y mujer- quiere enseñarnos cómo Él nos ama. Por eso la narración del Génesis tiene un significado importantísimo para entender esta realidad en el plan salvífico de Dios.