.
Discusiones en el matrimonio
Familias Católicas /Amor y Comunicación

Por: Eduardo Armstrong |

La convivencia familiar no parece una tarea sencilla, y su cuidado es materia de preocupación para muchas madres y padres. El que así sea es una maravilla, ya que nos permite actuar en forma más consciente y con mayor prudencia a la hora de resolver las naturales diferencias o conflictos que se presentan durante la vida matrimonial o familiar.

Uno de los problemas que se deben enfrentar son las diferencias valóricas y de formación entre los miembros de la pareja casada. Se empiezan a notar luego de un tiempo, y a veces son como gotas de desagrados que se van acumulando hasta el día en que aparentemente por algo de menor importancia, producen una explosión de sentimientos encontrados.

Es frecuente que algunos padres dedicaran poco tiempo al conocimiento de sus parejas antes del matrimonio, tal parece que el estado de enamoramiento encandila y hace menospreciar aspectos que pueden ser importantes para la convivencia futura. A pesar de ello, no es menos cierto que todo ser humano tiene una capacidad plena de amar a toda persona, y de resolver cualquier conflicto, cuando se lo propone.

Por lo tanto, el clásico argumento de “es que yo no te conocía ese aspecto de tu personalidad”, no es razón ni justificación para acciones irracionales, violentas o que causen alguna forma de daño a la pareja. Por otro lado somos seres en permanente estado de cambio (al menos es lo esperado), y es natural que en ocasiones alguno de estos cambios pueda ser causa de conflictos reales o infundados, ya que siempre los propios cambios son apreciados, pero no ocurre lo mismo frente a los cambios que afectan a otras personas.

Cuando es necesario discutir o entablar una conversación franca y honesta sobre materias sensibles, es indispensable mantener la mínima prudencia de realizarlo en la forma, el lugar y el momento adecuado para tener la tranquilidad necesaria que permita arribar a destino, y no ser mal interpretado por algún oído indiscreto.

Los hijos jamás deben ser involucrados, ya que no cuentan con la capacidad de comprensión necesaria, ni serán capaces de dimensionar la situación. Ellos pueden ser severamente afectados en sus sentimientos de seguridad y valoración personal, ya que es natural que por su inocencia sientan algún grado de culpabilidad o de responsabilidad por el hecho de que los padres discutan (por ejemplo: “si yo no existiera, no habría este problema...”).

La experiencia demuestra que jamás se debe reaccionar en estado de alteración, ni siquiera cuando uno se siente herido. Es mejor callar, evitar gestos desagradables o de reproche, para dar y darse un tiempo (a veces dias). Luego, crear la situación y el momento que permita tratar de resolver el problema. Sólo entonces, cuando estamos sin acaloramientos, es posible mostrar al otro nuestras legítimas preocupaciones y el efecto que nos ha producido alguna herida que consideramos injusta.

El sentido común recomienda que a mayor seriedad del asunto, mayor la demostración de preocupación demostrada con afecto. Esto es: plantear la inquietud y el deseo de conversarlo con tranquilidad; ofrecer para ello una invitación a un lugar especialmente grato; el día elegido, preocuparse de recordar a la pareja que “saldrán a comer” (o a la actividad elegida); antes de salir preguntarle si está todo en orden en la casa, en el sentido de ofrecer ayuda, no de controlar.

Luego, hablarlo todo pero con prudente afecto, cuidando de no herir en nada y que las razones de ambos logren ser planteadas con la tranquilidad y confianza necesaria. Finalmente, esto no es una guerra, por lo que no debe haber un solo ganador (lo que en este caso sería como perder ambos); necesariamente ambos deberán ceder en algo para alcanzar un feliz acuerdo (para ello hay que preocuparse de qué cedo yo y no de qué cede el otro).

El amor es más fuerte, y todo lo puede. Sin amor, o cuando no se cuida el que tenemos, todo está perdido.

Comenarios al autor: earmstrong@usec.cl