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A cerca de la Castidad
Educadores Católicos /La Escuela Católica y la Educación

Por: Mons. Jorge Medina Estévez, Obispo de Valparaíso | Fuente: multimedios


Presupuestos para entender plenamente la castidad


No es fcil entender el significado profundo de la castidad, sobre todo en un mundo en que se hace poca mencin de esta virtud y no se le concede gran aprecio. Para percibir ciertos objetos es preciso crear condiciones favorables, y esto es tanto ms necesario cuanto el objeto es ms delicado.

Para percibir el delicado entorno e identidad de la castidad se requieren algunas condiciones bsicas:

a)Creer en Dios, adorarlo como nico Seor, tener la conviccin profunda que todo debe estar referido a El, y que lo que no se puede referir a El no tiene valor alguno. La castidad, como hemos visto en no pocos textos de la S. Escritura, tiene una profunda dimensin religiosa y no se comprende a cabalidad sino de cara a Dios. Para quien no cree en Dios es posible entender algo de lo que significa la castidad, pero jams llegar a apreciar plenamente su ms profundo sentido y alcance.

b)Creer en la vida eterna, estar firmemente persuadidos de que nuestra existencia terrenal no es sino una etapa, la primera, -provisoria y transitoria- de nuestro ser personal, y que despus de ella viene la segunda, definitiva y sin ocaso, cuando alcanzaremos la plenitud de nuestro ser y de nuestro destino.

c)Creer que nuestra vida terrenal slo tiene sentido cabal en funcin de la vida eterna. No son dos realidades yuxtapuestas, autnomas la una con respecto a la otra, sino que la primera es camino, instrumento y preparacin para la segunda; medio con respecto a un fin.

d)Vivir y pensar con limpieza de corazn, porque quien no vive conforme a lo que piensa, acaba pensando de acuerdo a lo que vive. Es difcil que la persona que no vive castamente llegue a tener aprecio por la castidad. Quien vive entregado a la malicia y a la lujuria no est en condiciones de entender lo que es la castidad.

e)Creer que la sexualidad es una obra de Dios, que tiene una finalidad no slo biolgica, sino espiritual, y que su ejercicio debe estar marcado por esa finalidad y jams independizarse de ella.

f)Tener presente que la naturaleza humana, obra de Dios, est herida por el pecado original. Esto significa que hay en ella un desorden en las apetencias que produce impulsos que tienden a hacerse autnomos y a realizar acciones que no son coherentes con la finalidad de la naturaleza. Consciente de poseer una naturaleza "herida", el hombre puede comprender que su regla de conducta no puede ser la de "dejarse llevar" por sus impulsos, como si fueran siempre buenos, sino que debe vivir alerta, vigilante, ejercitando el seoro de su razn, iluminada por la fe, sobre sus apetencias.

g)En toda accin humana el cristiano sabe que interviene la gracia de Dios, esa fuerza misteriosa, y no por ello menos real, que lo impulsa a obrar en conformidad a la voluntad de Dios, sanando el desorden causado por el pecado original y los pecados personales, devolviendo al hombre a la amorosa familiaridad con Dios y rehaciendo en la creatura la imagen y semejanza del Creador. La gracia de Dios ejerce su poder tanto en nuestra inteligencia, a fin de hacernos capaces de juzgar segn la sabidura de Dios, como sobre nuestra voluntad, hacindole posible imponer su decisin sobre las apetencias desordenadas y querer lo que Dios quiere.

Los siete "presupuestos" anteriores no deben concebirse como los eslabones de una cadena, de modo que cada uno derivara del anterior y el precedente pudiera prescindir del que lo sigue, sino que son las facetas de una misma realidad total, aspectos que se condicionan los unos a los otros, y de tal modo que no se puede prescindir de ninguno, so pena de amagar el equilibrio y la armona del conjunto.

Estas consideraciones muestran que la castidad no puede ser comprendida correctamente sino en el conjunto de la vida cristiana. Es una virtud, entre otras: ni es la nica virtud, ni se la puede entender aislndola de las dems. El "organismo espiritual" es una delicada trama en la que se ejercitan distintas funciones en forma que cada una estimula a las dems y depende de las otras. Sera tan ilusorio pensar que se puede ser cristiano sin apreciar y ejercitar la castidad, como pensar que un discpulo de Cristo pudiera contentarse con ser casto, haciendo caso omiso de las dems virtudes. En los tiempos que corren pareciera ms frecuente el caso de los que piensan poder ser buenos cristianos sin amar ni practicar la castidad.

La concupiscencia

La palabra "concupiscencia" pertenece al lenguaje bblico. San Pablo nos dice que "el pecado suscit en m toda suerte de concupiscencias... Me complazco en la ley de Dios segn el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razn y me esclaviza a la ley del pecado que est en mis miembros" (Rm 7, 8.22s). Es lgico que el Apstol recomiende a los cristianos que "no reine el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcis a sus concupiscencias" (Rm 6, 12). San Pedro nos amonesta a huir "de la corrupcin que hay en el mundo por la concupiscencia" (2 Pd 1, 4) y nos advierte del castigo "en el da del Juicio, sobre todo a los que andan tras la carne con concupiscencias impuras" (2Pd 2, 10). Santiago ensea que "cada uno es probado por su propia concupiscencia que le arrastra y le seduce.

Despus la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado, y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte" (St 1, 14s). El Apstol San Juan, en el contexto de la acepcin negativa que suele emplear en el uso de la palabra "mundo" dice que "todo lo que hay en el mundo -la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas-, no viene del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 Jn 2, 16s). El "mundo" es en este texto toda realidad que est bajo el poder de Satans y de sus engaos y de el dice San Juan que "el mundo entero yace en poder del Maligno... en tanto que nosotros estamos en el Verdadero, en el Hijo de Dios, Jesucristo" (1Jn 5, 19s). Todos estos textos ilustran la advertencia de Jess en la parbola del sembrador, cuando seala, como una de las causas por las que la Palabra de Dios no da fruto en algunos, que; "... las preocupaciones del mundo, la seduccin de las riquezas y las dems concupiscencias los invaden y ahogan la Palabra" (Mc 4, 19). De ah que la carta a los Glatas presente la vida cristiana como una denodada lucha entre el espritu y la carne, advirtindonos que el espritu y la carne tienen apetencias antagnicas irreductibles, de tal manera que los que verdaderamente "son de Cristo Jess, han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias" (Gal 5, 16-24). Esta lucha y esfuerzo para dominar las concupiscencias implican constancia y negaciones: "los atletas se privan de todo, y eso para alcanzar una corona perecedera; nosotros en cambio, para lograr una corona incorruptible... golpeo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que habiendo alertado a los dems, resulte yo mismo descalificado" (1 Cor 9, 25.27). Ciertamente, cuando Jess dice que "si alguno quiere venir en pos de mi, que se niegue a s mismo, tome su cruz cada da, y sgame" (Lc 9, 23), est incluyendo la lucha contra el desorden interior o concupiscencia, y as debe haberlo entendido San Pablo cuando habl de "crucificar la carne con sus pasiones y concupiscencias".

La enseanza de la Sagrada Escritura acerca de la concupiscencia indica que es un desorden, que su origen est en el pecado, que contradice al espritu, que no es en s misma pecado, pero que induce a l, y que hay que sostener contra ella una dura y permanente lucha.

De la lectura de los textos bblicos acerca de la concupiscencia, aparece que ella se manifiesta en el apetito sexual, pero no nicamente en ese campo, aunque sea mencionado con frecuencia (ver Jn 2, 16). Hay tambin un apetito desordenado de poseer bienes materiales, y lo hay tambin en la bsqueda de honores o de poder. En todos los casos se trata de un bien creado que es intensamente apetecido, y en forma desordenada, al punto que la apetencia ya no es coherente con el papel que ese determinado bien tiene en los designios de Dios, los que coinciden con la dignidad y la santidad del hombre. Puede decirse que los bienes apetecidos en forma desordenada llegan a convertirse en dolos que intentan ocupar el lugar que slo le corresponde a Dios. As como la Verdad es la que establece al hombre en su correcta relacin con Dios, as los dolos son intrnsecamente falsos porque nacen de un engao y falsean la relacin con Dios.

Conviene hacer an un ulterior anlisis acerca de la concupiscencia.

Es, ante todo, una apetencia, una inclinacin del hombre hacia un objeto que se le presenta como un bien capaz de complacer su deseo. Esta apetencia se produce antes de que la razn alcance a juzgar sobre la rectitud o el desorden del deseo, y puede ser ms o menos vehemente. En este sentido se dice que la concupiscencia es "antecedente". Si el juicio de la razn establece que la apetencia es bsicamente correcta y que, en consecuencia, la voluntad puede adherir al objeto deseado, el impulso del apetito sigue hacindose sentir y acompaa el movimiento de la voluntad. Es, pues, "concomitante".

Si el juicio de la razn califica el objeto como incorrecto, e indica a la voluntad que debe ser rechazado y sta de hecho lo rechaza, no por eso desaparece automticamente la apetencia: sigue inclinando hacia el objeto deseado an contra el juicio de la razn y el rechazo de la voluntad, lo que exige del hombre una lucha mediante diversas estrategias para dominar la apetencia no deseada ni consentida, pero que no est a su alcance hacer desaparecer por el solo imperio de su rechazo. Es la concupiscencia "subsiguiente".

Todo cristiano debe ser consciente de la fuerza que la concupiscencia lleva en s y contra la que habr de luchar hasta el da de su muerte. Es un error pensar que la concupiscencia se aquieta satisfacindola en todas sus apetencias: la conducta cristiana frente a ella exige ascesis, lucha, "dominio de s" (Gal 5, 23).

La concupiscencia despierta ante lo que puede ser un objeto de su apetito. No siempre est en nuestras manos evitar la presencia de estmulos de nuestras concupiscencias, pero es un deber moral evitar los que pueden serlos. La espiritualidad cristiana habla de la "guarda de los sentidos", es decir de soslayar la presencia o no fijar la atencin en de objetos que pueden ser motivo de apetencias ms o menos violentas y contrarias a la virtud cristiana, a las que se podra ceder o que al menos pondran en peligro la limpieza del corazn.

Precisando Algunos Terminos

En el tema que nos ocupa hay trminos cuya significacin est relacionada y que conviene distinguir.

a)Virginidad

Es un concepto que tiene originalmente una acepcin biolgica, y que indica la integridad fsica de una mujer. La hija de Jeft llor por los montes su virginidad porque consideraba una deshonra morir sin haber tenido hijos (ver Jue 11, 29-40). La virginidad tiene tambin una acepcin religiosa, y significa en tal caso la renuncia voluntaria al matrimonio por amor al Reino de los cielos. Estamos aqu ante un hecho enraizado en una motivacin religiosa. En esta segunda acepcin se aplica ms frecuentemente a mujeres, aunque no falta en la misma S. Escritura algn caso en que el trmino se aplica a varones que, por motivos religiosos, renunciaron al matrimonio (ver Ap 14, 4). Los Padres de la Iglesia escribieron tratados sobre la virginidad y elogios sobre las santas vrgenes. La liturgia catlica contiene, tanto en el Misal, como en la Liturgia de las Horas, formularios para la celebracin de las memorias o fiestas de las santas Vrgenes. El Pontifical Romano contiene un solemne rito, normalmente presidido por el Obispo, para consagrar vrgenes al Seor. El Concilio de Trento declar que la virginidad consagrada constituye en s un estado de vida superior al matrimonio, (Sesin 24, 11 nov. 1563, canon 10), lo que no significa que por el hecho de la consagracin en virginidad quien la ha realizado sea ya santo o santa, o ms santo que un casado que vive con perfeccin en el estado matrimonial. San Ignacio de Loyola seala como signo de "sentir con la Iglesia" la actitud de quienes alaban y aprecian la virginidad, an cuando no hayan sido llamados por Dios a servirlo en ese estado (ver Ejercicios Espirituales, 4 regla para sentir con la Iglesia).

b)Celibato.

Tambin esta palabra tiene al menos dos acepciones: una que se refiere al simple hecho de no haber contrado matrimonio, y, una segunda que mira a la motivacin religiosa que puede tener ese hecho. En algunas lenguas la palabra "celibatario" es equivalente, en el lenguaje comn, a "soltero", pero tal uso del trmino no es equivalente a "casto". En el uso religioso catlico, la palabra "celibato" tiene una connotacin religiosa y se refiere especialmente al varn que, con vistas a recibir el ministerio sacerdotal en la Iglesia latina, promete solemnemente mantenerse sin contraer matrimonio y llevar consiguientemente una vida de castidad celibataria. As como el trmino "virgen" se aplica preferentemente a la mujer, as el de "celibato" se aplica preferentemente a los varones. Puede consagrarse en celibato un varn despus de su viudez, o despus de haber llevado una vida desarreglada; en cambio no puede recibir la consagracin de vrgenes la mujer que ha sido casada o que ha perdido voluntariamente su virginidad, pero puede prometer para el porvenir la castidad propia de los celibatarios.

c)Castidad

La castidad es una forma de la virtud de la templanza, la que consiste en el seoro sobre las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana, de modo que no obstaculicen la meta de la existencia humana y cristiana que es "vivir para Dios", sin permitir que nada creado se sobreponga a El, se constituya en finalidad independiente de El o, en una palabra, impida amarlo con todo el corazn, con toda el alma y con toda las fuerzas (ver Dt 6,5; Mt 22, 37) . La templanza se refiere al recto uso de los bienes terrenales y es necesaria al hombre para que dichos bienes conserven su calidad de medios al servicio de la finalidad ltima del ser humano, sin erigirse nunca en objetivos autnomos. Frente a diversos bienes temporales, la naturaleza del hombre, herida por el pecado, reacciona con violenta apetencia: apetencias de dinero, de poder, de gloria o vanagloria, de placer sexual (ver 1 Jn 2,16). La templanza y la castidad ayudan al hombre a mantenerse en la verdad de su ser y de su finalidad, sin que las apetencias desordenadas adquieran dimensiones de dolos y disputen a Dios el lugar y el amor a que slo El tiene derecho. En concreto la castidad permite al hombre mantener el seoro sobre su sensualidad, respetando la finalidad del sexo y haciendo que se ejercite sin menoscabar el amor a Dios y sin aprisionar la libertad que compete a los hijos de Dios.

La virtud de la castidad es pluriforme y tiene matices propios de los diversos estados del hombre cristiano. Es diferente lo que exige la castidad a quien se ha consagrado en virginidad o celibato, a quien est unido en legtimo matrimonio, o a quien, sin estar an unido en matrimonio, tiene el propsito o deseo de contraerlo ms adelante. En todas las formas de castidad hay algo comn: el seoro sobre el apetito sexual, como expresin de la bsqueda de Dios por sobre todo otro bien, y la bsqueda de cualquier bien slo en la perspectiva de la bsqueda de Dios y de su amor. De modo que la castidad no es una actitud negativa, sino que, si impone renuncias y vencimientos, los exige con miras a un bien supremamente positivo: el amor a Dios. Se es casto para amar a Dios. As se entiende la bienaventuranza que proclama dichosos a los puros o limpios de corazn, porque vern a Dios (Mt 5,8): quien es puro, en el ms amplio sentido de la palabra, est en condiciones de "ver" a Dios, de amarlo, de decirle con verdad que nada hay tan importante como El, en ninguna situacin o hiptesis.



La castidad es una virtud


Conviene ahora detenernos en esta actitud cristiana que es la castidad y analizar su naturaleza.

La castidad es una virtud. Qu significa esto? Una virtud es una disposicin estable para actuar bien, es un "hbito" que perfecciona a quien lo tiene, dndole cierta connaturalidad con el bien obrar en su propio campo. Son ciertamente meritorios los actos que corresponden a una virtud, pero puede haber actos buenos ocasionales sin que exista la "virtud", o sea la disposicin firme y estable para actuar siempre bien.

Las virtudes se van adquiriendo bajo el influjo de la gracia de Dios. Se adquieren a medida que se reiteran los actos propios de cada una: su repeticin va "arraigando" la virtud . Junto con la reiteracin de los actos de virtud es importante, para adquirirla, que haya una motivacin fuerte que induzca a los actos. Dicho en otros trminos el inters y la conviccin existentes en quien desea adquirir una virtud, son factores muy importantes para adquirirla. Por el contrario, quien concede poca importancia o aprecio a una virtud, no la adquirir por la sola reiteracin de actos ms o menos maquinales.

La virtud de la castidad es una expresin de la virtud de la templanza. Otras expresiones de la templanza son la sobriedad en la comida y en la bebida, la moderacin en el descanso, la generosidad para dar ayuda a quien la necesita, la austeridad en el uso de los bienes materiales, la mortificacin del deseo inmoderado de saber novedades o de la curiosidad, la sencillez -segn su propio estado- en el estilo de vida, etc...

El ejercicio de la castidad se nutre, ante todo, de la mirada puesta en Dios, de la reiterada expresin de amor a El, y de la bsqueda de El y de su gloria por sobre toda creatura. Nada hay tan purificador ni nada puede conducir tanto al recto aprecio y uso de las cosas de este mundo, como el amor de Dios, autor de toda creatura. En cierto sentido la castidad es una condicin y una expresin del verdadero amor a Dios.

Toda virtud es ante todo interior, es decir es una actitud del corazn antes que un comportamiento exterior. Pero es indudable que no puede haber una actitud interior verdadera y sincera sin que tenga una expresin exterior.

As, la castidad se hace visible en variados de actos externos que denotan la delicadeza, la rectitud de intencin, el respeto y la reverencia hacia Dios presente en sus creaturas, especialmente cuando el impulso sensual puede empaar el amor verdadero.

El aspecto positivo del afianzamiento de una virtud no puede separase del lado que podra decirse "negativo" y que consiste en el rechazo de todo lo que es contrario o puede amagar la virtud. Este rechazo es indudablemente una "mortificacin", algo que cuesta y que implica un vencimiento, una renuncia a algo que resulta atrayente. Es imposible ejercitar la castidad sin rechazar lo que es incompatible con ella o que de un modo u otro la pone en peligro. El "dominio de s mismo" implica diversas expresiones que deben manifestar el seoro del espritu sobre la carne y en definitiva la preeminencia del amor a Dios por sobre cualquier otro afecto o complacencia.

El vencimiento de s mismo en el mbito de la castidad no es sino uno de los aspectos de la renuncia a s mismo y del cargar la cruz que compete a todo cristiano. Quienes "viven...como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdicin, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria est en su vergenza, que no piensan ms que en las cosas de la tierra" (Fl 3, 18s), no son verdaderos discpulos de Seor precisamente porque no llevan su cruz y no van en pos de Jess (Lc 14, 27). La mortificacin es una expresin de la conciencia de nuestra condicin de peregrinos: "nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Seor Jesucristo, el cual transfigurar este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a s todas las cosas" (Flp 3, 20s). En la tierra, la cruz, signo del seoro de Cristo, es instrumento a travs del cual todo nuestro ser va siendo sometido al poder del espritu y va alcanzando as la verdadera libertad, al paso que se va liberando de la esclavitud del pecado (Jn 8, 34).

El vencimiento de nosotros mismos a fin de que la castidad se arraigue profundamente en nuestro corazn se ejercita de variadas formas. Desde luego en las miradas, apartando nuestra vista y curiosidad de lo que es incentivo de la concupiscencia carnal. Tambin renunciando a lecturas y espectculos que transmiten mensajes contrarios a la castidad cristiana. Obviamente evitando palabras o conversaciones en las que est ausente el sentido de la pureza. La moderacin en la bebida tiene especial significacin para el ejercicio de la castidad, ya que el hombre que se encuentra bajo la influencia del alcohol pierde, al menos en parte, el control sobre s mismo en todo sentido, tambin en el de las apetencias sexuales. Delicado es el campo del autocontrol en materia de caricias. Sabemos que las hay perfectamente legtimas y puras, pero hay otras que son un poderoso incentivo a la impureza. La caricia es en s una expresin de afecto, de cario, pero puede ser, a la vez, un estmulo a reacciones desordenadas que, aunque no sean directamente deseadas, pueden introducir la apetencia incorrecta que es una forma de tentacin. Quienes se preparan al matrimonio, sea en la etapa del "pololeo", sea en la del noviazgo, deben estar muy atentos a fin de que el natural deseo de expresar el afecto por medio de caricias no exceda los lmites de la pureza y no llegue a constituir una ocasin de pecado de deseo o de accin. Es indudable que tambin en las etapas que preceden al matrimonio la cruz de Cristo debe estar presente en la forma de vencimientos que mantengan la relacin de afecto en el marco que corresponde a quienes no son an marido y mujer y no pueden, por tanto, expresar su amor en la forma que corresponde a quienes han unido sus vidas para siempre en el sacramento del matrimonio y han llegado a ser "una sola carne" (Mt 19, 16). Ni humana ni cristianamente es lo mismo ser pololos, o novios, que esposos: ni son iguales los deberes, ni las responsabilidades, ni el grado de compromiso, ni, por tanto, los derechos. A quienes tienen el propsito de contraer matrimonio, la castidad cristiana no slo les exige abstenerse de la relacin sexual completa, sino de toda caricia ntima que por su propia naturaleza excite la fuerza de la concupiscencia y pueda conducir a un pecado aunque sea slo de deseo.

El cuidado de la virtud de la castidad exige evitar lo que sea una ocasin de pecado. Entre las ocasiones pueden enumerarse ciertos lugares y ambientes, determinadas personas, algunas amistades. Al momento de cuidar el afianzamiento y crecimiento de la castidad no es justo pensar slo en nosotros mismos, sino que debemos reflexionar acerca del dao que nuestras actitudes pueden causar en otras personas. Supuesto que algo no constituye un peligro para m, debo an preguntarme si no lo es para otros. La provocacin de las pasiones ajenas es un pecado para quien la produce. El "escndalo", en el sentido moral de la palabra, es una accin que constituye un tropiezo para otro en su caminar hacia Dios. Son severas las palabras de Jess a este respecto: "... al que escandalice a uno de estos pequeos que creen en m, ms le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueve un asno, y lo hundan en lo profundo del mar. Ay del mundo por los escndalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escndalos, pero, ay de aquel hombre por quien viene el escndalo!" (Mt 18, 6s). La extrema gravedad de escandalizar a un nio no significa que carezca de importancia escandalizar a una persona joven o adulta. Quien causa escndalo, poniendo impedimento para que otro hombre avance hacia Dios, da muestras de no pensar en que la propia responsabilidad moral no slo toca a nuestra persona sino tambin, en cierta forma, a nuestros hermanos. Jams puede un cristiano repetir las palabras de Can: "quin me ha hecho custodio de mi hermano?" (Gn 4, 9): cada uno es responsable del mal que con sus palabras, consejos, obras u omisiones cause a sus hermanos.

Queda an por decir una palabra acerca del pudor. El pudor es garanta, defensa, proteccin y resguardo de la castidad. Preserva la intimidad de la persona y designa la negativa a exhibir lo que debe permanecer velado. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas. Invita a la paciencia y a la moderacin en la relacin amorosa conyugal. El pudor es modestia y debe inspirar la eleccin de la vestimenta. Mantiene silencio o reserva all donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana. Existe un pudor de los sentimientos, como tambin un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, las exhibicionismos del cuerpo humano, propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de publicidad a hacer pblica toda confidencia ntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presin de las ideologas dominantes. Es un error grande pensar que el pudor es una especie de mojigatera, o la expresin de tabs psicolgicos. Es, por el contrario, la delicadeza que requiere un campo de la vida humana particularmente sensible al desorden interior que el pecado introdujo al hombre.


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