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De cómo la fe se hace cultura
Educadores Católicos /La Escuela Católica y la Educación

Por: Pedro Morandé | Fuente: www.elsentidobuscaalhombre.com




Pedro Morand. El Decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Catlica de Chile

Desde que asumi el ministerio pontificio, Benedicto XVI no ha cesado de hablar del valor de la razn cuando ella se abre a la fe y quiere dialogar con ella, es decir, cuando no se encierra en el positivismo de las ciencias empricas, sino que se abre a la tradicin sapiencial de las culturas. Me parece que con su enseanza, est indicando un camino que deben recorrer las universidades en dilogo con el pensamiento moderno, por una parte, y con la educacin personalizada y la transmisin de la cultura, por otra. La razn humana necesita purificarse de sus cegueras ticas (DCE n.28 a), necesita ser ampliada en su apertura para llegar al umbral del misterio, a la consideracin de lo trascendente y del ser humano como portador de la trascendencia de la persona. Esta enseanza es la continuacin del camino abierto por Juan Pablo II en Fides et ratio, en que la fe y la razn eran definidas como las dos alas de que dispone el ser humano para elevarse a la contemplacin de la verdad, de Dios mismo (cfr. proemio).
Quisiera, en consecuencia, invitarlos a explorar algunas dimensiones de este camino abierto por ambos pontfices. Desde el Concilio Vaticano II se ha acentuado incansablemente la idea del dilogo de la Iglesia con el mundo, con su cultura y, de modo especial, con el conocimiento cientfico-tecnolgico, tan determinante del presente y del futuro de la humanidad. Sin embargo, no se trata de cualquier dilogo, sino de uno que perciba en profundidad la verdad del hombre y de su vocacin a participar de la vida divina. En su discurso ante la UNESCO de 1980, Juan Pablo II puso las bases antropolgicas de este dilogo, que defini como la humanidad del ser humano, "nico sujeto ntico de la cultura", "causa eficiente" de la misma, su fin y su trmino. Posteriormente, en la encclica Fides et ratio, acentuaba esta misma idea sealando que "es necesaria una filosofa de alcance autnticamente metafsico, capaz de trascender los datos empricos para llegar, en su bsqueda de la verdad, a algo absoluto, ltimo y fundamental... Deseo afirmar que la realidad y la verdad transcienden lo fctico y lo emprico, y reivindicar la capacidad que el hombre tiene de conocer esta dimensin trascendente y metafsica de manera verdadera y cierta, aunque imperfecta y analgica... La persona, en particular, es el mbito privilegiado para el encuentro con el ser y, por tanto, con la reflexin metafsica" (n.83).
En su conferencia en Ratisbona, el Papa Benedicto, apoyndose en la frase pronunciada por el emperador bizantino del siglo XIV Manuel II: "No actuar segn la razn, no actuar con el logos, es contrario a la naturaleza de Dios", proclama precisamente la capacidad de la razn de conocer lo absoluto, an dentro de su limitacin, siempre y cuando la razn no se auto limite al conocimiento de las ciencias empricas, como de hecho lo hace, sino que se ample ms all de los lmites de las ciencias naturales o sociales y abrace la filosofa y la teologa en busca del significado ltimo de la realidad. Y terminaba sus palabras sealando: "En el dilogo de las culturas invitamos a nuestros interlocutores a este gran logos, a esta amplitud de la razn. Redescubrirla constantemente nosotros mismos es la gran tarea de la universidad".
Sobre estas mismas bases el Papa se ha referido al necesario dilogo con las ciencias naturales, cuya razn se basa, a su juicio, en "una sntesis entre platonismo (en cuanto presupone la estructura matemtica de la materia) y empirismo" (en cuanto a su orientacin hacia la eficacia prctica y tcnica). Con posterioridad a ellas, tambin las ciencias humanas y sociales habran intentado aproximarse a este mismo canon cientfico, con la consiguiente exclusin del "problema de Dios, presentndolo como un problema a-cientfico o pre-cientfico". Desde esta posicin reductivista de la razn no puede surgir un dilogo entre las culturas y las religiones del mundo, puesto que a su juicio, "precisamente esta exclusin de lo divino de la universalidad de la razn constituye un ataque a sus convicciones ms ntimas". A su vez, las mismas ciencias quedan privadas de pensar sus fundamentos, puesto que el elemento platnico que asume su racionalidad "conlleva un interrogante que la trasciende, como trasciende las posibilidades de su mtodo". Lo razonable, en consecuencia, es que las ciencias naturales dejen a la filosofa y a la teologa responder lo que ellas slo pueden presuponer: "la estructura racional de la materia y la correspondencia entre nuestro espritu y las estructuras racionales que actan en la naturaleza". La condicin para ello, agrega, es tener "la valenta para abrirse a la amplitud de la razn y no a la negacin de su grandeza"1.

Me parece que estas afirmaciones arrojan un haz de luz a la sorprendente y misteriosa afirmacin de Juan Pablo II en Fides et ratio, cuando seala que "no hay motivo de competitividad alguna entre la razn y la fe: una est dentro de la otra, y cada una tiene su propio espacio de realizacin" (n.17). Personalmente, no he encontrado entre los comentaristas de esta encclica una explicacin suficiente respecto a qu significa este estar "dentro" de la razn en la fe y de la fe en la razn y, no obstante, cada una con su propio espacio. La lectura de la conferencia de Benedicto XVI en Ratisbona me sugiere que este "dentro" bien podra definirse como "la correspondencia entre nuestro espritu y las estructuras racionales que actan en la naturaleza", donde la expresin "naturaleza" bien podra sustituirse por la expresin "realidad", para incluir no slo aquella realidad que es dada al ser humano en su ser biofsico, sino tambin aquella que es descubierta, creada, transmitida, y constantemente recreada por la cultura.
En efecto, me parece que lo que el Papa quisiera transmitirnos es que el cristianismo es razonable por el realismo con que mira la realidad del ser humano y del mundo desde la revelacin de un Cristo-Logos que asume la naturaleza humana. Por una parte, porque esta Sabidura de Dios hecha carne corresponde y satisface sobreabundantemente las exigencias ms hondas de verdad, de bondad, de belleza y de justicia que surgen de la condicin racional del espritu humano. Por otra, porque esta misma Sabidura se manifiesta "en el principio" como el Espritu creador que llama a toda realidad desde la nada a la existencia, sostenindola en ella en virtud "de las estructuras racionales que actan" en su interior. En consecuencia, la fe en la revelacin no anula en absoluto las preguntas de la razn ni tampoco las censura, antes por el contrario, las proyecta en su dimensin sapiencial a la bsqueda del sentido ltimo de todo. Tal sentido ltimo se corresponde, justamente, con ese llamado interior o exhortacin inicial que nos pone en el camino del pensar y que descubre su libertad. Como seala Heidegger con mucha profundidad, "lo que nos llama al pensamiento, nos da por primera vez la libertad de lo libre, para que all pueda habitar lo humanamente libre. La esencia inicial de la libertad se esconde en el mandato que da a pensar a los mortales lo ms merecedor de pensarse"2.

Esta es la "amplitud de la razn" y "su grandeza", como dice Benedicto XVI, y si en su primera encclica, siguiendo a San Juan, este llamado inicial que moviliza toda la capacidad de comprensin del ser humano lo identifica con el Amor, en Ratisbona lo precisa del siguiente modo: "Ciertamente el amor, como dice San Pablo, rebasa el conocimiento y por eso es capaz de percibir ms que el simple pensamiento (cf. Ef 3, 19); sin embargo, sigue siendo el amor del Dios-Logos". Es decir, amor y verdad no se contraponen, y podra decirse del mismo modo que Fides et ratio lo hace de la razn y de la fe, que uno est dentro de la otra donde encuentran cada cual su espacio propio de crecimiento. El amor a la verdad y la verdad del amor son dos realidades que se corresponden y se llaman recprocamente en la unidad del ser personal tanto de Dios como de los seres humanos. Quien ama slo lo puede hacer con la totalidad y unicidad de su ser personal y la verdad que busca la sabidura "en el principio", ilumina la totalidad del significado de la realidad en el conjunto de todos sus factores. No reside en esta misma correspondencia entre amor y verdad, la esencia de la vocacin universitaria?

Como socilogo quisiera sealar que la misma problemtica que el Papa analiza en relacin al pensamiento moderno y su autorreduccin al empirismo, se despliega tambin en el seno de la organizacin social misma con su reduccin funcionalista. Desde los inicios del mundo moderno, pasando por la revolucin industrial y la revolucin postindustrial de las comunicaciones, la sociedad ha comenzado a organizarse con criterios funcionales para delimitar los riesgos y operar establemente, no obstante los niveles de alta contingencia e incertidumbre que surgen del entorno y de la complejidad de la sociedad as organizada. Esta forma de codificacin de las comunicaciones al interior de la sociedad, que resulta, por una parte, razonable por su eficiencia y especializacin muestra, por otra, altos niveles de irracionalidad cuando se quiere reducir toda la realidad social y humana slo a aquello que se acomoda a los parmetros funcionales. El principio bsico de la organizacin funcional es que todo elemento de la realidad es sustituible en su funcin por algn tipo de equivalente funcional. El valor de la eficiencia depende justamente de esta sustituibilidad.
Cuando esta forma de observar la realidad se hace dominante, lo que desaparece de su ngulo de visin es la realidad personalizada del ser humano insustituible, como tambin el equilibrio ecolgico necesario para la preservacin de recursos naturales no renovables y tambin insustituibles. La despersonalizacin de las relaciones sociales, la crisis demogrfica que trae consigo la cada de la fertilidad y el envejecimiento de la poblacin y la depredacin del entorno natural se corresponden y se amplifican recprocamente. Mientras nos esforzamos por definir reglas procedimentales en el plano jurdico, poltico, econmico, educacional, y tantos otros, que garanticen el funcionamiento de la sociedad con pluralismo, diversidad y tolerancia tanto en el plano nacional como internacional, descuidamos la originalidad histrica de cada pueblo y cultura, su identidad, su soberana, su patrimonio, su tradicin y, en ltima instancia, su libertad para valorar y respetar su experiencia original en la realizacin de la comn vocacin humana.
La cultura es, precisamente, ese espacio abierto a la amplitud de la razn en las circunstancias histricas especficas de cada vida humana y de cada sociedad. Si los pueblos pierden esa referencia esencial a la tradicin sapiencial que los ha constituido, debilitan la solidaridad intergeneracional que sostiene la vida. La organizacin funcional de los asuntos humanos puede resultar muy eficaz y razonable en la distribucin de los riesgos en el corto plazo, pero es algo miope para el mediano plazo y casi ciega para el largo plazo. La actual estructura demogrfica de occidente as lo demuestra de manera irrefutable. No existe ningn algoritmo, ni ningn arreglo funcional capaz de dotar a las personas de un significado que les proporcione tal gusto por la vida, que su deseo ms ntimo sea transmitirla a otros como don y bendicin. Antes por el contrario, como parece generalizarse en nuestra poca, la vida de cada ser humano es considerada como un difcil problema a resolver desde el punto de vista del trabajo que significa sostenerla, del esfuerzo que representa educarla, de la constante atencin preventiva que significa la aparicin de enfermedades y de la muerte. Y mientras la sociedad se esfuerza por mejorar cada vez ms las condiciones sanitarias para aumentar la esperanza de vida al nacer, el cambio en la estructura demogrfica representado por el aumento de los ancianos y la disminucin de los jvenes, augura para el futuro una creciente vejez solitaria y abandonada.

La estrechez de una visin poco razonable que reduce todo el conocimiento a su valor de informacin en el presente, provoca mil formas de violencia y exclusin social: la corrupcin de los espacios pblicos, el trfico de drogas, la esclavitud de la prostitucin y de la pornografa, la violencia intrafamiliar, el abandono de los hijos en hogares de padre ausente o desconocido, la delincuencia, la pobreza y tantas otros problemas sociales que la sociedad se esfuerza apenas por controlar puesto que parece ya resignada a no poder superar. Mientras se despliegan toda clase de esfuerzos tcnicos sobre estos problemas, se descuida el nico esfuerzo razonable que no es otro que proporcionar a las personas una cultura viva, en la cual los valores derivados de la dignidad humana sean el patrimonio ms valioso que ella transmite y que puedan ser verificados cotidianamente por la experiencia de cada una de las personas que se integran a una comunidad de pertenencia que las acoge y las invita a trascender sus necesidades y deseos en el servicio al bien comn de todos quienes la integran.

Es sta, justamente, la vocacin ms honda de la universidad, como "comunidad de maestros y discpulos" que comparten el gozo de buscar la verdad y de comunicarla de manera personalizada. La Constitucin Ex Corde Ecclesiae sobre las universidades catlicas seala que "sin descuidar en modo alguno la adquisicin de conocimientos tiles, la Universidad Catlica se distingue por su libre bsqueda de toda la verdad acerca de la naturaleza, del hombre y de Dios. Nuestra poca, en efecto, tiene necesidad urgente de esta forma de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre." (n.4).

Cuando las culturas hablan de Dios, refieren la experiencia humana a la totalidad de la realidad, a su origen y destino. Buscan aquella sabidura que es capaz de considerar el conjunto de todos los factores, incluida la sabidura del propio saber acerca del mundo. Buscan aquella dimensin esencial de la libertad humana determinada por el acto de escuchar la exhortacin primera e inicial del ser de todo lo que existe y que pone a las personas en el camino del pensar y del actuar conforme a la naturaleza racional del espritu humano. Cuando por cualquier motivo se censura este acto fundacional de la libertad del espritu se oscurece inevitablemente la razonabilidad de alguna dimensin de la experiencia. Lo que el Papa Benedicto nos recuerda en Ratisbona es que el cristianismo, como religin del Dios-Logos, es una pasin por la realidad humana tal como ella es, tal como ha sido diseada por la Inteligencia primera que est en el origen de todo y que se revela como el Misterio que nos asombra y nos pone en camino hacia nuestra propia autorrealizacin y cumplimiento.

Siguiendo esta misma lnea argumental, en su discurso inaugural de la Conferencia de Aparecida, el Papa se preguntaba: "Qu es lo real? Son realidad slo los bienes materiales, los problemas sociales, econmicos y polticos?... El gran error de las tendencias dominantes en el ltimo siglo, error destructivo... [es que] falsifican el concepto de realidad con la amputacin de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de "realidad" y, en consecuencia, slo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas. La primera afirmacin fundamental es, pues, la siguiente: Slo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano".

"Pero surge inmediatamente otra pregunta: Quin conoce a Dios? Cmo podemos conocerlo?... Para el cristiano el ncleo de la respuesta es simple: Slo Dios conoce a Dios, slo su Hijo que es Dios de Dios, Dios verdadero, lo conoce. Y l, "que est en el seno del Padre, lo ha contado" (Jn 1, 18). De aqu la importancia nica e insustituible de Cristo para nosotros, para la humanidad. Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad... Dios es la realidad fundante, no un Dios slo pensado o hipottico, sino el Dios de rostro humano; el Dios-con-nosotros".
Al considerar a Dios como la realidad fundante, es decir, como la "realidad de la realidad" el Papa eleva el tradicional discernimiento tico-crtico del "ver, juzgar y actuar" a un plano ontolgico / teolgico. Con ello, preserva, por una parte, a la razn de su reduccionismo al plano del positivismo empiricista, como tambin a la tica del "relativismo" actualmente dominante que busca fundarla no en la realidad sino en el consenso social o en el contrato entre personas. Ofrece, al mismo tiempo, un punto de referencia ms objetivo y amistoso para el dilogo con quienes no son cristianos, a condicin de que no renuncien a plantearse la pregunta por el sentido ltimo de todo.
Esta mirada del Papa fue ampliamente recogida en todo el Documento de Aparecida. Tambin en su diagnstico sobre la realidad. Por ello, aunque se detiene tambin en la descripcin de mbitos especficos de la vida social, define los desafos introducidos por la globalizacin, la ciencia, la tcnica y el uso de medios masivos de informacin como un gran desafo cultural, es decir, transversal, que atraviesa todas las esferas de la vida humana. La realidad aparece a los ojos de las personas como una realidad fragmentada, con sentidos parciales, pero sin sentido unitario. "La sociedad que coordina sus actividades slo mediante mltiples informaciones, cree que puede operar de hecho como si Dios no existiese. Pero la eficacia de los procedimientos lograda mediante la informacin, an con las tecnologas ms desarrolladas, no logra satisfacer el anhelo de dignidad inscrito en lo ms profundo de la vocacin humana. Por ello, no basta suponer que la mera diversidad de puntos de vista, de opciones y, finalmente, de informaciones... resolver la ausencia de un significado unitario para todo lo que existe. La persona humana es, en su misma esencia, aquel lugar de la naturaleza donde converge la variedad de los significados en una nica vocacin de sentido... La persona busca siempre la verdad de su ser, puesto que es esta verdad la que ilumina la realidad de tal modo que pueda desenvolverse en ella con libertad y alegra, con gozo y esperanza" (n.42).

Este fenmeno no slo afecta a la persona individual, sino tambin a la solidaridad intergeneracional que da sustentabilidad a la sociedad en el tiempo. Por ello, llaman la atencin los obispos latinoamericanos sobre el hecho de que "las tradiciones culturales ya no se transmiten de una generacin a otra con la misma fluidez que en el pasado. Ello afecta, incluso, a ese ncleo ms profundo de cada cultura, constituido por la experiencia religiosa, que resulta ahora igualmente difcil de transmitir a travs de la educacin y de la belleza de las expresiones culturales, alcanzando aun la misma familia que, como lugar del dilogo y de la solidaridad intergeneracional, haba sido uno de los vehculos ms importantes de la transmisin de la fe" (n.39). Llaman, en consecuencia, a "recomenzar desde Cristo... Sabidura de Dios (cf. 1 Cor 1, 30), [para que] la cultura pueda volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se pueda mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discernindolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensin adecuada" (n.41).

Este diagnstico nos urge a tomar renovada conciencia de la vocacin propia de las universidades catlicas como lugar de integracin del saber y de dilogo intergeneracional. Pero nos recuerda tambin la dificultad que tenemos con nuestros propios alumnos de transmitirles la nobleza de nuestra cultura, su sentido religioso y, en ltima instancia, la misma fe. Favorecer el dilogo con la cultura actual desde la tradicin metafsica de la razn y desde la tradicin sapiencial de la fe en una sntesis que, sin confundir las diferencias, muestra su recproca correspondencia, puede llegar a ser un ambicioso programa de trabajo para las universidades catlicas. Puede reunir interdisciplinariamente a especialistas de los diferentes mbitos del saber. Pero no alcanzar profundidad sino hasta que se haga cultura, es decir, hasta que la sntesis revele su sabidura y sta pueda ser acogida personalmente por quienes participen del dilogo. Estamos recargados de informacin sobre los aspectos funcionales de la vida social y de la propia vida universitaria. Pero ello no basta para descubrir los desafos culturales que nos presentan nuestras sociedades en la poca actual. La medida de toda cultura es el cultivo de s mismo como sujeto personal. Si nuestros estudios acerca de la realidad no logran despertar en las personas el deseo de cultivarse para comprender mejor su vida y su historia, es que no han encontrado todava la profundidad necesaria. Desde el horizonte de la sabidura, toda la realidad nos interpela hacia el desarrollo de la propia vocacin y nos persuade a ponernos en camino para su realizacin y cumplimiento.

Pero tambin es necesario que la universidad catlica tenga un lugar destacado en el espacio pblico de la sociedad. Los conceptos antropolgicos tradicionales de la metafsica, como son el bien, la verdad y la belleza, han ido desapareciendo progresivamente del espacio pblico, dominado por los medios de comunicacin de masas, los cuales clasifican toda la realidad comunicacional en informacin, publicidad o entretencin. La universidad tradicionalmente ha ocupado los espacios de la cultura oral (el aula) y de la escrita (el libro). Pero la nueva cultura audiovisual se ha desarrollado preferentemente fuera de la universidad y con criterios ms industriales que culturales, lo que ha llevado a algunos a hablar de "industria cultural" que es, en cierto sentido, una contradiccin en los trminos, puesto que la cultura exige personalizacin, que es exactamente lo contrario que realiza la industria. Pero es tan alto el impacto de los medios audiovisuales en su velocidad de circulacin y en su capacidad de persuasin que prcticamente monopolizan el espacio pblico de la sociedad, determinando qu es real y qu es ficcin y cul es la prioridad con que deben enfrentarse sus problemas. En muchos aspectos, los medios de comunicacin han ido desplazando el valor que tenan las instituciones, asignndoles ellos mismos el prestigio y el grado de confiabilidad del que gozan.

En este contexto, no es difcil que las universidades deformen tambin su visin sobre s mismas y sobre su arraigo en la sociedad, buscando encontrar prestigio en la oferta de soluciones tcnicas y en la eficacia de sus resultados, subordinando y hasta olvidando la tradicin sapiencial a la que pertenecen. La tendencia internacional actual de la educacin superior pareciera encaminar a las universidades a formar un solo gran sistema industrial universitario con acreditaciones estandarizadas de planes de estudios y competencias equivalentes, de tal modo que en el futuro sea indiferente estudiar en un sitio o en otro, con un profesor u otro.

Pienso que las universidades catlicas tienen, en este contexto, la particular oportunidad de prestar un servicio a la sociedad manteniendo viva su tradicin sapiencial, reflejndola en la amplitud de la mirada con que logren juzgar la realidad social y cultural de sus respectivos pases y en la solidaridad intergeneracional que logre suscitar entre profesores y estudiantes que reconocen como un don el aprendizaje recproco. Slo sobre estos pilares es posible promover un dilogo permanente a favor de la dignidad de la vida humana como valor supremo del orden justo y no slo el valor de la informacin y de la eficiencia que son los que promueve el orden funcional de la sociedad.




1 Todas estas citas proceden de la mencionada conferencia de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona

2 Heidegger Martin, "Qu significa pensar?", Editorial Trotta, Madrid 2005, pg. 207

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