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Iglesia en misión permanente II
Laicos en la Iglesia /Misión Aparecida

Por: Leonardo Biolatto | Fuente: Catholic.net

Fundamentos de la misión permanente

Entrar en estado permanente de misión no es un capricho, no es una idea suelta. La misión permanente responde a una realidad teológica, al Dios que ha creado el mundo y no lo ha dejado solo, sino que interviene en la historia de los hombres y es, con todo lo que eso implica, Señor de la historia1. Las palabras de Jesús al final del Evangelio según Mateo: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia” (Mt. 28, 20b) son verdaderas y son prueba irrefutable del compromiso adoptado por el Señor para concretar la misión que le dio el Padre de acuerdo a su deseo de “que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim. 2, 4).

Ahora bien, físicamente, Jesús no está caminando nuestro mundo como lo hizo en Palestina. ¿Cómo se concretará su misión? La respuesta, más que sabida, es que la tarea ha sido encomendada a la Iglesia con estas solemnes palabras: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt. 28, 19a). La misión de Jesús es la misión de la Iglesia. “Así como tú me has enviado al mundo, así yo también los envío al mundo” (Jn. 17, 18) oraba el Maestro a su Padre. La identificación con Cristo es configuración con su ser y con su actuar, es ser adoptados en la filiación divina y compartir una misma Buena Noticia. La Iglesia prolonga la misión de Jesucristo, la hace extensiva en el mundo, anuncia a todos los hombres a los que Él no pudo anunciar físicamente. En la Iglesia se perpetúa el envío que surgió en el seno de la Santísima Trinidad, cuando el Padre envió a su Hijo que se encarnó por obra y gracia del Espíritu Santo.

Por ello, si Dios quiere que todos los hombres se salven, necesariamente pensó en una misión permanente, una misión histórica, una misión evangelizadora que hablara de la Buena Noticia siempre, en todo lugar, en cada rincón del mundo, a cada segundo. La Iglesia, por ende, está en el designio salvífico de Dios desde la eternidad, pensada para anunciar, pensada para perpetuar, pensada para una misión permanente. La ascensión de Cristo y el posterior envío del Espíritu Santo en Pentecostés fueron etapas de concreción del plan divino. “En Cristo, Dios nos eligió antes de que creara el mundo, para estar en su presencia santos y sin mancha” (Ef. 1, 4), para que “nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria” (Ef. 1, 12). Elegidos para dar testimonio de nuestra esperanza (cf. 1Ped. 3, 15), para que la gloria de Dios se manifieste en nuestra fe, en lo que creemos, en lo que hacemos, en lo que anunciamos. La Iglesia es siempre anuncio, el cristiano es siempre proclamación, porque las obras cotidianas son el mensaje de salvación, son la muestra al mundo de un Cristo vivo que opera hoy, en las historias personales, en hombres de carne y hueso, comunes, vecinos, familiares, amigos, compañeros de trabajo. Ese es el anuncio querido por Cristo, el que comparte las penas y alegrías del existir; este es el anuncio que realizó el Maestro de Nazareth, conviviendo con los hombres, pasando sed y hambre, sufriendo el calor, trabajando a la par por el pan cotidiano, comiendo y bebiendo con ellos (cf. Mt. 4, 2; Mt. 21, 18; Mc. 11, 12; Jn. 19, 28; Mt. 9, 10; Mc. 2, 16; Mc. 6, 3).

El Dios de los cristianos es un Dios cercano, deseoso de convivir, de penetrar la historia. La Iglesia, si realmente se considera continuadora de la misión de Cristo, debe aprender a vivir esa convivencia con los hombres que ama el Señor. Si Jesús no rehusó de anunciar la Buena Noticia en los ambientes comunes y mundanos, mucho menos su Iglesia debería hacerlo. Hacer misión permanente es estar (o tratar de estar), como Dios, anunciando en todo momento, anunciando a todos, anunciando en todo lugar. El tiempo y el espacio requieren ser cubiertos por la evangelización. Es una urgencia, como lo fue en los inicios de la Iglesia, como lo será en los últimos días. Nos urge el mundo que, implícita o explícitamente, reconoce su necesidad de Dios y “el amor de Cristo nos urge” (2Cor. 5, 14), nos interpela, nos impulsa. El meollo de la evangelización es el amor. No se comparte el mensaje de salvación por proselitismo, sino por un deseo sincero de compartir los bienes espirituales. “Por eso, la plena adhesión a Cristo, que es la Verdad, y la incorporación a su Iglesia, no disminuyen la libertad humana, sino que la enaltecen y perfeccionan, en un amor gratuito y enteramente solícito por el bien de todos los hombres”2. Considerada así, como un bien para la humanidad, la Buena Noticia no puede esperar a ser proclamada; el mismo corazón del hombre, aún desconociendo la existencia de Cristo, desea tener los bienes necesarios.

Una Iglesia que misiona permanentemente es una Iglesia que sirve a la humanidad, que ama a los hombres, que quiere el querer de Dios. Una Iglesia que misiona es una Iglesia discípula de un Maestro misionero, sierva de un Señor y de sus mandatos universales, hermana de aquellos que se han encontrado con la Verdad, de aquellos que la buscan y de los que la desprecian también.

La elección del lema para la Quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe no fue obra del azar, sino inspiración del Espíritu Santo. “Discípulos y misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida” es síntesis del recordatorio que necesita escuchar la Iglesia. Es necesario volver al discipulado, volver al Maestro, para poder anunciarlo, y ese anuncio debe ser anuncio de vida para los pueblos, no para hombres aislados, sino para comunidades que transforman sus elementos de muerte en la luz de la Resurrección. Las líneas programáticas del lema hablan a gritos de misión permanente , no de objetivos aislados, de pastoral de grupos enfrentados en una misma parroquia. La propuesta para la Misión Continental es un diseño de pastoral orgánica, unificadora, que dé a los pueblos (donde se incluyen cristianos y no cristianos) la vida que sólo Dios puede dar: la vida eterna y verdadera.



1 Según el documento “Jesucristo, Señor de la historia” de la Conferencia Episcopal Argentina, del año 2000, “Jesús es Señor de la historia por su nacimiento, […] enviado a poner su carpa en medio de nuestras vidas pequeñas para hacerlas grandes y luminosas”. También “Jesús es Señor de la historia por su pasión y su muerte. No se alejó de las historias de los seres humanos reales ni esquivó la conflictividad que atraviesa el tiempo de los hombres”. Y, finalmente, es “Señor de la historia por su Resurrección” y “por su nueva presencia a partir de Pentecostés”. Terminará afirmando el número 9 del documento que “Jesús es Señor de la historia porque nos da la certeza de que la historia de cada ser humano concluye en el Dios que quiere que todos se salven”.
2 Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización nn. 7, Congregación para la Doctrina de la Fe, 2007.