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Autor: Jorge Enrique Mújica Del mundo de la fama al mundo de la fe
La historia de Eduardo Verástegui es una de esas conversiones que reclaman examen de conciencia y exigen revisión de la propia vida
Empezó a trabajar a los 17 años cantando en un
grupo que se llamaba “Kairo”. Viajes, discos, videos, telenovelas en
México… La fama fue subiendo y cumpliéndose sus “sueños”. Ya
sin el grupo siguió cantando como solista. En uno de
sus viajes México-E.U. le conoció un director de casting de
la “Century Fox” y lo contrató para grabar películas
en Hollywood.
Con 28 años y jornadas de estudio de ocho
horas al día, a los siete meses aprendió inglés. La
maestra, para su sorpresa, resultó ser una católica convencida que
sembró en él la inquietud por buscar la verdadera felicidad.
“Después de doce años de carrera, de lograr todos esos
sueños que pensé me iban a dar la felicidad, de
haber llegado de un pueblo chiquito a Hollywood, de hacer
una película en inglés, de tener doce managers, publicistas, agentes,
abogados, todo tipo de personas trabajando para mí para lanzar
el próximo “latin lover, Don Juan, casanova”; y de pronto
¡confundido porque no era feliz! ¡Y claro: mexicano, católico practicante;
según yo practicaba porque iba a misa una vez al
año y traía un Rosario colgado!” Así narró hace poco
el comienzo de su conversión a un grupo de jóvenes
que le escuchamos pasmados.
“Si amas tanto a Dios como dices
–le dijo la maestra–, traes el Rosario, tienes una Virgen
en tu casa, vas a misa una vez al año
y crees que lo estás sirviendo, ¿por qué le insultas
tanto?; ¿por qué rompes este mandamiento…? Desde ahí empezaron las
lágrimas. Tres meses de llorar y llorar. Por la gracia
de Dios me di cuenta de que estaba viviendo en
una incoherencia total, contradicciones todo el tiempo. Así es que
dejé todo: mis manager, mi carrera; fui a hablar con
un sacerdote…”
Fue tan fuerte la acción de la gracia de
Dios que estuvo a punto de meterse en un seminario.
Pero el consejo del sacerdote le impulsó a otra misión:
fundar una productora de cine. “Allí donde está la oscuridad,
ahí es donde debes estar porque si Dios cerró los
ojos ahí necesitamos ser una luz en la oscuridad”, le
subrayó el padre.
Para colmo le dio un libro que le
cambio la vida (“Roma, dulce hogar”): “Cuando cerré ese libro,
hace tres años, empecé a asistir a misa todos los
días. Ese libro me ayudó mucho a discernir: o es
realmente Dios o no lo es. Y si sí es
(que me quedó bien claro por la gracia de Dios
que estaba actuando en ese momento) quiero estar ahí en
ese momento todos los días del resto de mi vida.
Me fui a un retiro como cinco días y ahí
fue donde salió la idea de armar “Metanoia films”, porque
la palabra metanoia, conversión en griego, era lo que estaba
pasando. Dejar todo lo que en un momento pensé que
iba a ser la felicidad para seguir a Dios y
entregar mi vida completa a Dios, que yo creí que
iba a ser en el seminario, como monje de clausura
o algo así y Dios me la puso de manera
diferente”.
Pero no paró todo ahí. Con la productora lista, contratos
jugosos rechazados, dispuesto a promocionar los valores, se empezaron a
sentir las pruebas por la falta de dinero: Sabía que
Dios lleva a los hombres a las aguas profundas no
para ahogarlos sino para limpiarlos pero ¡ya nos andábamos ahogando!
En noviembre de 2004, invitado por el amigo sacerdote, fue
a Roma, saludo a Juan Pablo y le presentó “Metanoia
films”. Una semana después conoció a Sean, un católico que
le compró parte de la compañía y le dio el
dinero para hacer la película: “¡Justamente una semana después de
haber conocido al Santo Padre! Para nosotros fue un milagro
clarísimo”.
Como la temática lo exigía, antes de iniciar el rodaje
decidió ir a una clínica de abortos para platicar con
alguna chica. “Cuando llegué empecé a ver a estas chavas
entrando; niñas de 15 a 23 años, en su mayoría
latinas… ¡No pude ni hablar! Obviamente ni decirles “Fíjate que
estoy haciendo una película, me gustaría saber el dolor que
traes para…” ¡No pude! Se me cerraron los labios y
lo único que hice fue observar la gente que estaba
fuera tratando de convencerlas con sus panfletos, con todo lo
que les estaban platicando”.
Al final terminó hablando con una joven
que le había reconocido. Se la llevó a otro sitio,
y a platicar y platicar. Le enseñó un video pro
vida, le regaló cosas, le habló de la belleza de
ser portadora de una vida… Al final la joven se
subió al auto de su marido y no aborto.
Tras filmar
la película, el esposo de la chica le habla y
le pregunta si pueden llamar al niño: “Eduardo”. Verástegui fue
al hospital, llevó sacerdote y bautizaron al niño. “Una de
las excusas que tenían para abortar era que la niña
anterior había salido con los ojitos un poco malos; el
segundo hijo les salió con una burbuja en la cabeza
y pensaron que el tercero también les iba a salir
así y nada, gracias a Dios el tercero fue el
que salió físicamente sano. Me quedó muy claro que fue
la gracia de Dios y que a uno lo utiliza
simplemente como un instrumento, pero ha sido la cosa más
bella que he hecho en toda mi vida…”
La idea de
la película “Metanoia films”es salvar muchas vidas. Que cualquier chica
embarazada que quiera abortar y vea la cinta, quede tocada
en su corazón y cambie su decisión.
La historia de Eduardo
Verástegui es una de esas conversiones que reclaman examen de
conciencia y exigen revisión de la propia vida. “¿Si el
pudo, por qué yo no?”, se preguntarán muchos. La respuesta
estará no en el fácil responder: “¡claro, es que el
es famoso y yo no!”, sino en la actitud de
correspondencia a la gracia que da Dios, al amor de
Dios que es el mismo para todos. Cada uno actúa
desde el puesto que le toca. Ninguno es innecesario porque
en todo cuerpo tanto vale el corazón como el cerebro,
la vista como el tacto. Todo depende del fruto que
sepamos dar según el propio papel.
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