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Gustavo Daniel D'Apice
| colaborador de catholic.net
Profesor
Universitario de Teología graduado
en la Pontificia Universidad
Católica Argentina adscripta
a la Gregoriana de Roma. Enseña
en la Universidad Católica de
Cuyo, en un Instituto de Teología
y Catequesis, hace aportes periodísticos
gráficos y conduce programas
teológicos de radio y TV. Laico
consagrado y con dedicación
especial a la investigación
teológica, en comunión con el
Obispo Diocesano y, por supuesto,
el Magisterio de la Iglesia,
compartiendo lo descubierto
través de los distintos medios
mencionados (àulicos, gráficos,
TV, radio FM, Internet). Cuenta
con el Auspicio Cultural de
la Subsecretaría de Cultura
de la Provincia de San Juan,
Argentina.
Autor: Gustavo Daniel D´Apice | Fuente: Gustavo Daniel D´Apice San Juan María Vianney
Juan María Vianney, el santo cura de Ars, patrono de los sacerdotes, modelo de sacerdotes y fieles, intercesor eficaz de ambos.
San Juan María Vianney
San Juan María Vianney, más conocido como el Cura de
Ars, pequeño pueblito de Francia donde fue destinado como sacerdote,
es el patrono de todos los presbíteros de la Iglesia
Católica.
De familia modesta, nacido en Francia en 1786, tuvo que
luchar contra la resistencia de su padre para seguir el
camino sacerdotal, ya que deseaba que su hijo siga el
oficio de cuidar las ovejas del rebaño que tenía, aunque
Dios lo tenía destinado para cuidar otro tipo de rebaño.
Pocas
esperanzas se tenían de él debido a su escasa lucidez
intelectual, que tantos problemas le daba con el latín, por
el que casi deja los estudios, ya que las clases
superiores se dictaban en ese idioma, y no llegaba a
entender ni las mínimas preguntas que se le hacían.
Un sacerdote
al que acudieron para su formación tomó el encargo de
prepararlo en el idioma universal de la Iglesia para que
pudiera continuar, y superado ese escollo, se encontró con los
problemas de la filosofía.
El padre Balley, que lo preparaba, toma
entonces al candidato y lo prepara en la filosofía y
la teología.
Aunque con notas bastante bajas, el Obispo consulta por
su comportamiento, y enterado de que, a pesar de sus
escasas luces intelectuales, es una buena persona, de excelente conducta
moral, y que sabe resolver con sabiduría los problemas de
conciencia, decide ordenarlo, confiando en que “Dios hará el resto”.
En
1818 llega a un pueblito perdido de Francia, Ars, con
escasos 200 habitantes y pocos practicantes de la religión católica,
más famoso por sus bares y cabarets, por la vida
licenciosa de sus habitantes y la falta de piedad y
amor a Dios.
El cura se arrodilla y pide a Dios
que lo ilumine en su misión. Reza y hace penitencia
por su pueblo. Un solo hombre acude a la Misa.
Al final de su ministerio en la comunidad, uno solo
no acudirá.
Varias veces fue tentado a abandonar su ministerio presbiteral
y refugiarse en algún monasterio contemplativo, y hasta había emprendido
la huída algunas veces, pero su capacidad de pedir a
Jesús que se “haga Su Voluntad” en él, hizo que
desistiera en todas las ocasiones.
El demonio lo tentó y azotó
muchas veces, pero el santo cura permanecía inalterable en su
puesto, a pesar que solía azotarlo, moverle la cama por
las noches y hasta incendiarle el dormitorio.
Las predicaciones las preparaba
por la noche y ante el Santísimo Sacramento en el
Sagrario. Las escribía y las recitaba muchas veces para aprenderlas
de memoria.
Pero luego desde el púlpito se olvidaba de todo
ello, y las palabras salían claras y los pensamientos sonoros,
y la gente se volcaba a la conversión y el
seguimiento de Jesucristo, haciendo honor a la Palabra de Jesús
en los Evangelios de “no preocuparse por lo que se
vaya, ya que el Espíritu Santo pondrá sus palabras en
nuestras bocas”.
Pronto los bares y centros de diversión comenzaron a
perder adeptos, y la Iglesia antes desierta se abarrotaba de
gente para escucharlo y para oír sus sabios consejos en
el confesionario.
Ars se convirtió en un centro de peregrinación religiosa
para ver, escuchar, y si fuera posible confesarse con el
santo cura, que pasaba entre 12 y 16 horas atendiendo
a los que llegaban en el confesionario, del que llegó
a decir que era su “pequeña tumba”, en la que
pasaba la mayoría del tiempo.
Los turnos para verlo se
repartían anticipadamente.
Los pasajes de tren comenzaron a agotarse con semanas
de anticipación, y varios hoteles alrededor de la Iglesia albergaban
a los peregrinos.
Leía las conciencias y manifestaba los pecados de
sus penitentes antes de que los pronunciaran a sus oídos,
y muchas veces recordaba algunos ya olvidados pero no confesados
a Jesucristo a través del sacerdote.
Compartía lo escaso que tenía
si alguien padecía más que él, y su generosidad y
bondad ganaron los corazones con alegría.
41años estuvo en ese lugar
y todo lo transformó. La fuerza del Espíritu Santo actuaba
en él, y Jesús Resucitado era su guía y su
poder. Los problemas y dificultades de todo tipo los colocaba
confiadamente bajo la providencia del Padre Celestial.
Murió el 4 de
agosto de 1859 a los 73 años de edad. Fue
canonizado en 1925 y proclamado por Pío XI “patrono de
todos los sacerdotes” en 1929.
Ejemplo acabadamente cristiano de ministros y
ministrados.
Gustavo Daniel D´Apice Profesor de Teología Pontificia Universidad Católica http://es.catholic.net/gustavodaniel http://gustavodaniel.autorcatolico.org http://es.netlog.com/dialogando/blog gusdada@uolsinectis.com.ar
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