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Autor: Carl A. Anderson, Caballero Supremo, Caballeros de Colón | Fuente: Encuentro Mundial de las Familias Carl A. Anderson: Familia y solidaridad
La familia debe ser una comunidad en la que tanto el padre como la madre aceptan y viven su responsabilidad. Debe ser una comunidad solidaria con aquellos cuya comunidad familiar se ha roto o herido
Carl A. Anderson: Familia y solidaridad
I. Introducción
Hoy, podría parecer obvio hablar acerca de la familia
cristiana y la solidaridad. Hemos hablado de la familia y
la justicia, de temas sociales, de verdad y libertad, así
que parece natural que siga la solidaridad. Sin embargo, en
otra época, hablar de la familia cristiana y la solidaridad
al mismo tiempo hubiera parecido radical e incluso contradictorio. Como
observó una vez el Cardenal Ratzinger, mientras otros términos de
unidad como Eucaristía y Comunión son claramente cristianos, la solidaridad
“proviene de fuera…fue desarrollada por Pierre Leroux entre los primeros
socialistas…en contraposición de la idea cristiana de amor como nueva
respuesta racional y efectiva de los problemas sociales”1
Leroux abandonó la
religión cristiana y, para compensarlo, desarrolló la idea de una
nueva “religión de la humanidad”. Aunque muchos no siguen conscientemente
la idea de Leroux de una “religión de la humanidad”
como base de la solidaridad, la solidaridad y la unidad
del género humano están a menudo divorciadas de Dios y
de “la idea cristiana del amor”. Por lo tanto, es
importante comprender cómo purificó el Papa Juan Pablo II el
concepto de solidaridad para llevarlo más allá del concepto socialista,
incluso al punto de describir la solidaridad como “una virtud
indudablemente cristiana” que “encuentra sus más profundas raíces en la
fe cristiana” y que “se expresa en el amor cristiano”.2
Muchos
santos canonizados por el Papa Juan Pablo II mostraron la
virtud cristiana de la solidaridad, pero pocos inspiraron a Karol
Wojtyla como sacerdote y como papa, especialmente en relación a
su comprensión de la fraternidad cristiana, como Adam Chmielowski de
Cracovia, a quien el mundo conoce como el Santo Hermano
Alberto. El Papa no solo predicó más de cuarenta homilías
sobre el Hermano Alberto, sino que incluso antes, mientras era
seminarista clandestino y obrero en la planta química de Solvay,
escribió un obra teatral sobre la devoción de este santo
artista por los pobres.
El título de la obra es Hermano
de Nuestro Dios, y ya ponía de manifiesto la cuestión
de la familia y la humanidad. En algún momento de
la obra, Max, amigo de Adam, pone en tela de
juicio la preocupación de Adam por los pobres. Según Max,
las obras de caridad de Adam no son características de
su vocación artística. A su amigo también lo confunde que
Adam no pueda ignorar a los pobres y continuar con
su trabajo real como pintor. Max dice:
“Claro, debe ser una
forma de evadir su responsabilidad…
“¿Cómo puedo hacerme responsable de un
ciudadano que desperdició su vida y hoy ha caído en
más bajo?”
Pero Adam lo contradice. Su trabajo con los pobres
no es una forma de huir de la realidad y
de su vocación, sino de acercarse a éstas. Dice:
“Max, aún
piensas que el patrón de la pobreza humana corresponde al
patrón del castigo…Pero esto no es solo huir de la
responsabilidad.
Es huir de algo, más bien de alguien, que está
en uno mismo y en toda esa gente”.3
Hoy, la solidaridad
enfrenta los mismos problemas. La solidaridad puede no parecer atractiva
cuando se ve como una recompensa por un comportamiento y
no como una respuesta a una persona, una unidad necesaria
entre personas. Pero la respuesta es observar la verdad acerca
de la persona humana – ese “alguien en uno mismo
y en toda la gente” – que nos une de
manera más sólida que cualquier ideología política o económica.
II. La
Comunión de las Personas
Por esta razón, cuatro décadas después de
escribir Hermano de Nuestro Dios, Juan Pablo II describe la
“solidaridad” en su encíclica Sollicitudo Rei Socialis en términos de
unidad. Escribe: “Por encima de los vínculos humanos y naturales,
tan fuertes y profundos, se percibe a la luz de
la fe un nuevo modelo de unidad del género humano,
en el cual debe inspirarse en última instancia la solidaridad.
Este supremo modelo de unidad, continúa Juan Pablo, “que es
reflejo de la vida íntima de Dios, Uno en tres
Personas, es lo que los cristianos expresamos con la palabra
comunión”4 Para Juan Pablo II, la Trinidad es el “supremo
modelo de unidad” del género humano.
Especialmente en este contexto y
congregados tan cerca de la grandiosa Basílica de Nuestra Señora
de Guadalupe, recordamos la visita de Juan Pablo II a
la Ciudad de México para darnos la Exhortación Apostólica Postsinodal
Ecclesia in America. Este grandioso documento que la próxima semana
celebra su décimo aniversario, toma como subtítulo “Sobre el Encuentro
con Jesucristo vivo: camino para la conversión, la Comunión y
la solidaridad en América”.5 En él escribe que así como
la comunión es el fruto de la conversión, así también
la “solidaridad es…el fruto de la comunión que se funda
en el misterio de Dios uno y trino, y en
el Hijo de Dios encarnado y muerto por todos. Se
expresa en el amor del cristiano que busca el bien
de los otros, especialmente de los más necesitados”.6
Sus primeras audiencias
generales sobre el Génesis (que se conocieron como las catequesis
de los miércoles dedicadas a la Teología del Cuerpo), fueron
grandes avances en la comprensión del hombre como ser creado
para la comunión justamente porque fue creado a imagen del
Dios Trino. De acuerdo con el Papa, “el hombre se
ha convertido en ‘imagen y semejanza’ de Dios no sólo
a través de la propia humanidad, sino también a través
de la comunión de las personas, que el hombre y
la mujer forman desde el comienzo”.7
En otras palabras, estar hecho
a la imagen de Dios no es simplemente estar moldeado
como Él, sino funcionar como imagen de Dios, es decir,
estar ontológicamente destinado a una vida de comunión amorosa con
otros. Es el fundamento de la civilización del amor; más
aun, esta antropología cristiana proporciona una comprensión del hombre que
llama a construir una civilización de amor no solo como
posible opción, sino como la más necesaria realización de la
humanidad.
III. La Interdependencia en Benedicto XVI y Juan Pablo II
No obstante, algunos pueden considerar esta visión de la persona
demasiado ideológica o religiosa, o demasiado idealista y alejada de
la vida diaria, de manera que llega a ser irrelevante.
Como Marcello Pera señaló, hoy, “la gente ya no cree
en fundamentos ‘últimos’”.8 En consecuencia, resulta que dependemos cada vez
más de diferentes facetas de esta comunión para transmitir el
mensaje. Una de las facetas tangibles de la comunión que
están en juego es la interdependencia del amor. En Sollicitudo
Rei Socialis, Juan Pablo II declaró que existe una “necesidad
de solidaridad que asumirá la interdependencia y la transferirá al
plano moral”.9
En Mulieris Dignitatem, Juan Pablo II lo vio en
la solitaria búsqueda de Adam, no solo de un compañero,
sino de una esposa: “En la ‘unidad de los dos’
el hombre y la mujer son llamados desde su origen
no sólo a existir ‘uno al lado del otro’, o
simplemente ‘juntos’, sino que son llamados también a existir recíprocamente,
el uno para el otro ”.10
Bendedicto XVI lo aborda después
más extensamente. En la relación de Adán y Eva, estar
uno con el otro puede entenderse más plenamente en el
contexto de ser uno a partir del otro.
Esto constituye otra
faceta de la imagen de Dios que descubrimos en la
persona humana. Además de la noción de una trinidad “interior”
del intelecto de San Agustín, la voluntad y el espíritu
en el hombre, y contribuyendo con la trinidad “social” entre
los hombres de Juan Pablo II, el Cardenal Ratzinger presentó
una imagen de Dios como una trinidad de “ser” y
escribe: “El verdadero Dios es por su propia naturaleza enteramente
un ser-para (Padre), un ser a partir de (Hijo) y
un ser-con (Espíritu Santo). El hombre, por su parte, es
precisamente a imagen de Dios en la medida en que
el “a partir de”, el “con” y el “para” constituyen
el patrón antropológico fundamental”.11
En otras palabras, ser “a partir de”,
ser “con” y ser “para” otras personas es la estructura
fundamental de la existencia humana. Cuando reconocemos esta realidad fundamental
y actuamos de acuerdo con ella en solidaridad y comunión
con el prójimo, reflejamos realmente la solidaridad y comunión que
existe en la Trinidad entre el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo.
El amor humano y la interdependencia no pueden
comprenderse solo a nivel horizontal. Cuando es así, a menudo
se reducen a la dependencia mutua o incluso al abuso
mutuo. En cambio, el amor humano y la interdependencia están
iluminados por nuestra común interdependencia vertical, una dependencia entre personas
que primero se vuelve evidente en la relación con aquellos
que nos dieron la vida. Al respecto, considero que la
aclaración de Benedicto XVI nos brinda un gran avance en
la comprensión y la defensa de la solidaridad, tanto en
la familia como más allá de ella.
Los cimientos bíblicos se
exploran en la Catequesis de la Audiencia General sobre la
Teología del Cuerpo de Juan Pablo II, cuando señala el
hecho de que el diseño del hombre por Dios se
expresa incluso antes de la creación del hombre.12 Como dice
el Génesis, “Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen.”.13
Esta intención divina coloca al hombre aparte del resto de
la creación y establece la conexión íntima entre Dios y
el hombre. Como señala Juan Pablo II, es “como si
el Creador entrase en sí mismo; como si al crear,
no sólo llamase de la nada a la existencia con
la palabra “hágase”, sino que de forma particular sacase al
hombre del misterio de su propio Ser”14 En consecuencia, el
hombre “no se debe entender como un “retrato”, sino como
un ser vivo que vive una vida semejante a la
de Dios”.15
En su soledad, Adán empezó a discernir cómo vivir
una vida similar a la vida de Dios, una vida
que necesita una comunión de personas. Más aún, cuando sufre
la prueba de su soledad, Adán no se compara a
sí mismo con los animales con los que comparte el
mundo. Mira al creador y se compara a sí mismo
con Dios. Entonces descubre que “el hombre se asemeja más
a Dios que a la naturaleza”.16 La importancia de los
orígenes se refleja en las palabras de Adán en el
segundo relato de la creación, cuando Adán reconoce a Eva
y exclama “¡Esta sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha
sido sacada del hombre”.17
En la familia, la persona humana se
revela como interdependiente desde el comienzo. El Cardenal Ratzinger expuso
esta idea al hablar sobre el embarazo y el aborto.
En el vientre, la vida del bebé depende de su
unión con su madre. Pero, como Adán, la mera presencia
no es suficiente, y en el embarazo, la presencia del
bebé con la madre necesita de la bondad de la
madre.
“Este ser-con complementa el ser del otro…para convertirse en un
“ser para”. En este aspecto, “el bebé en el vientre
de la madre es sencillamente un retrato de la esencia
de la existencia humana en general”. Esta imagen de la
madre y su hijo es el modelo fundamental de la
existencia y la solidaridad del ser humano. Es la razón
por la que la Madre Teresa puede decir que el
aborto es el mayor destructor de la paz.
Esta realidad humana
fundamental de “ser-para” los otros se aplica tanto para las
personas físicamente maduras como para los niños. Aun así, la
importancia de la continuidad del amor se hace patente en
otras áreas de la vida. A nivel genético, es obvio
en la forma en que cada niño se asemeja a
su madre o a su padre. A nivel personal, la
reconocen cada madre y padre cuando intentan identificar dichas similitudes
inmediatamente después del nacimiento. La reconocen los niños nacidos como
resultado de donadores anónimos que intentan encontrar a sus padres
anónimos. Simbólicamente, se expresó su confusión cuando la madre del
primer bebé chino nacido de fertilización in Vitro le dio
a su hija no sólo el nombre de la madre,
sino también el nombre del médico que realizó el procedimiento.18
IV.
Sin raíces
La verdad es que, aunque una persona esté aislada
social y geográficamente de otras personas, nadie puede sobrevivir sin
encomendarse a otros individuos y a una comunidad. Por esta
razón, no puede existir la verdadera autonomía, ni tampoco puede
ser un ideal al que se aspire. “Cada vez que
exista una tentativa de liberarnos de este patrón, no estamos
en el camino hacia la divinidad, sino hacia la deshumanización,
hacia la destrucción del propio ser mediante la destrucción de
la verdad”.19
Cuando Marcello Pera lamentó que “la gente ya no
cree en los fundamentos “últimos”, lo hizo en el contexto
del distanciamiento de Europa de su moral e historia cristianas.
Pero este distanciamiento de los fundamentos es parte de un
distanciamiento más fundamental visto también a nivel de las personas,
especialmente dentro de la familia. A través del divorcio, el
abandono y algunos usos de la tecnología de la fertilidad,
la paternidad se ha separado de la presencia. Es decir,
hoy, para muchos niños, ser a partir de un padre
ya no significa estar con un padre y por lo
tanto ya no significa tener un padre presente que sea
para el niño.
Asimismo, la paternidad se separa del matrimonio cuando
“ser con” una esposa se separa de la aceptación de
que un hijo “es a partir de” la pareja. El
resultado es lo que Carle Zimmerman describe como “familia atomista”.
Hace
nueve meses, un hijo publicó su diario de las semanas
anteriores a que su madre eligiera terminar con su vida
mediante el suicidio asistido. Cuando el médico dudó que su
dolor fuera insoportable – tercer y último requisito para la
eutanasia – la conversación de la madre y su hijo
se convirtió rápidamente en una inquietante fragmentación de amor y
de vida. Al narrar la situación, su hijo escribe,
Mamá deja
su taza de café en la mesa. “Bueno, de todos
modos tengo que morir, ¿no?” Entonces nos pregunta qué pensamos.
Interrumpo:
“Debe ser tu propia decisión. Ninguno de nosotros puede decir
nada”.
Pero a Mamá le cuesta decir que quiere morir. Digo
al fin,”pienso que lo que para ella es insoportable no
es tanto su dolor y enfermedad, sino el temor de
empeorar y perder el control”.
Cuando [el Doctor] Martin está finalmente
convencido de que Mamá quiere terminar con esto, acepta llamar
a otro médico. Sale haciéndonos enfáticos movimientos de cabeza a
todos”.20
No se trata de la empatía o interdependencia que se
encuentra en el fundamento de la civilización del amor. La
verdadera conmiseración o compasión – en el sentido más verdadero
de las palabras – es sufrir junto con alguien. Más
aun, esta decisión, este silencio, esta medida de la vida
no es el fundamento de ninguna civilización.
Finalmente, esta decisión de
la madre moribunda fue apoyada por el valor de la
autonomía individual y el temor de “perder el control”. Pero
a pesar de que la autonomía es un valor importante,
no es el más importante. La comunidad es más importante
que la autonomía, especialmente esta comunidad especial que es también
una comunión de personas.
En el fundamento de la comunidad se
encuentran el aprecio, la gratitud y el respeto por el
don y la dignidad de la vida humana.
Quizás lo que
esta madre esperaba escuchar, necesitaba escuchar, era algo completamente diferente
a “Debe ser tu propia decisión. Ninguno de nosotros puede
decir nada”. Quizás, lo que esperaba escuchar de sus hijos
era: “Te amamos. Te necesitamos. Quédate con nosotros”. Cuando una
familia valora la existencia de una vida como un bien,
puede haber una sociedad y una civilización que valoran la
existencia de una vida como un bien. Pero esto solo
puede ocurrir si las familias no se encierran en sí
mismas. Aquí, la autonomía de los individuos y las familias
no puede tratarse como el principal o único valor.
El papel
de la solidaridad en la familia, y a través de
ella, es más que solo otra “virtud social” junto con
la “verdad, libertad, justicia, subsidiaridad y…caridad”.21 Para que el futuro
de la solidaridad pueda fundamentarse en esta comunión las personas,
la defensora de esta comunión es primero, y antes que
todo, la familia, no únicamente como la que enseña las
virtudes sociales, sino como el primer modelo de la comunión
Trinitaria de las personas.
Es aquí donde no solo encontramos a
la familia en la solidaridad, sino que es su
modelo vital
y su núcleo. Por esta razón, Juan Pablo II dijo:
“No podemos hablar de
solidaridad en la comunidad moderna sin mencionar
también la vida familiar”. 22 Sin solidaridad en el seno
de la familia, no puede existir solidaridad más allá de
ella. Sin comprensión y protección en el seno de la
familia, no es fácil comprender a esa familia humana que
es la sociedad, esa familia cristiana que es la Iglesia
o esa familia de familias que es la parroquia.
V. Desafío
de la niñez
Durante su primera jornada apostólica, Juan Pablo II
vino a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe e
hizo una llamado a la nueva evangelización, empezando por predicar
la verdad sobre la persona humana. Asimismo, durante su primera
jornada apostólica al Santuario Mariano de Aparecida, Benedicto XVI hizo
un llamado a construir no solo un Continente de Esperanza
en todo el hemisferio, sino a construir un Continente de
Amor. Hoy, estamos en espera de la próxima encíclica del
Santo Padre intitulada Caritas in Veritate (“Amor en la Verdad”),
en la que aborda temas sobre la sociedad y la
globalización.
Mientras nos preparamos, debemos tomar el tiempo de examinar no
solo la condición de nuestros países y nuestros continentes, sino
también la de nuestras familias. En su discurso durante la
entrega del Premio Nobel, la Madre Teresa usó acertadamente el
refrán que dice que “el amor empieza en nuestra propia
familia”.23 ¿Qué tipo de cimientos existen para la solidaridad si
no están presentes en el seno la familia, con la
presencia de los hijos cuya existencia depende de la bondad
de los demás?
Por ejemplo, una encuesta internacional realizada por el
Instituto Gallup preguntó a la gente si en su país
se trataba a los niños con dignidad y respeto. En
América Latina en general, cerca de 60 por ciento de
los encuestados respondieron que no. En Haití, fueron casi 90%
los que dijeron que no se trata a los niños
con dignidad y respeto.24 Nos vienen muchas preguntas a la
mente. ¿Cuál es el trato que se da a estos
niños que indica indiferencia por la dignidad y el respeto?
¿Por qué no los tratan con dignidad y respeto? Y
lo que es importante, ¿cambia este trato? ¿A qué edad
se tratará a los niños con respeto, si es que
alguna vez sucede? Y cuando estos niños crezcan, ¿sabrán a
su vez cómo tratar a otros con dignidad y respeto?
Pero
hoy, aquí, tan cerca del cerro del Tepeyac, es necesario
hacer una pregunta aún más fundamental. ¿Cómo es posible este
trato hacia los niños en un continente en que tantos
saben de memoria las palabras de Nuestra Señora de Guadalupe?
“¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás
bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente
de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi
manto, en el cruce de mis brazos?”25
¿No dirigió estas palabras
a un hombre laico preocupado por la salud y el
bienestar de su familia?
En el Capítulo V de Ecclesia in
América, intitulado “Camino para la Solidaridad”, Juan Pablo II escribe:
“De la dignidad del hombre en cuanto hijo de Dios
nacen los derechos humanos y las obligaciones”.26 Pero al leer
estas palabras, debemos preguntarnos: “¿Cómo hemos de reconocer la dignidad
de nuestro prójimo como “hijo de Dios” si no tenemos
consideración por los niños que nos rodean?”
Juan Pablo II observó
que nada puede reemplazar el corazón de una madre siempre
presente y esperando en el hogar.
Pero también es verdad cuando
escribe: “Una familia reposa en un padre. Si ésta tiene
un padre, es una familia. El padre es el que
establece el vínculo de los miembros de la familia en
esa unidad cuyo nombre es familia”.27 La familia debe ser
una comunidad en la que tanto el padre como la
madre aceptan y viven su responsabilidad. Debe ser una comunidad
solidaria con aquellos cuya comunidad familiar se ha roto o
herido.
De esta forma la familia cristiana podrá caminar por el
sendero de la verdadera solidaridad y hacer suyas las palabras
de Ecclesia in America: “La solidaridad es fruto de la
comunión que se funda en el misterio de Dios uno
y trino, y en el Hijo de Dios encarnado y
muerto por todos. Se expresa en el amor del cristiano
que busca el bien de los otros, especialmente de los
más necesitados”.28
Gracias.
Carl A. Anderson, Caballero Supremo, Caballeros de Colón Encuentro Mundial de
las Familias Pontificio Consejo para las Familias Ciudad de México, México 16 de
enero de 2009
1Ratzinger, “Eucharist, Communion, and Solidarity” (Eucaristía, Comunión y
Solidaridad), Lectura en la Conferencia de Obispos de Campagnia en
Benevento, Italia, el 2 de junio de 2002. (en inglés)
2Juan
Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, §40; ibid; Ecclesia in America,§52,cita
Propositio §67.
3Karol Wojtyla. “Hermano de Nuestro Dios. Esplendor de paternidad”,
BAC, Madrid, 1990.
4Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, §40.
5Juan Pablo
II, Ecclesia in America, dado en la Ciudad de México
el 22 de enero del ano 1999, en el ano
21 desu Pontificado.
6Juan Pablo II, Ecclesia in America, §52.
7Juan Pablo
II, Audiencia General, 14 de noviembre de 1979.
8Marcello Pera, “Relativismo,
cristianismo y occidente”, Sin raíces, Ediciones Península.
9Juan Pablo II, Sollicitudo
Rei Socialis, §26.
10Juan Pablo II, Mulieris Dignitatem, §7.
11Ratzinger, Joseph Cardenal.“La
Verdad y la Libertad”, Revista Internacional Católica Communio: Edición del
verano de 1996.
12Juan Pablo II, Audiencia General, 1979.
13Génesis 1.
14Juan Pablo
II, Audiencia General, 6 de diciembre de 1978. §2.
15Juan Pablo
II, Audiencia General, 6 de diciembre de 1978. §2.
16Juan Pablo
II, Audiencia General, 6 de diciembre de §2, §3
17Génesis 2,23
18Zheng
Mengzhu. Zheng (nombre de la madre), Meng ("primer"), Zhu (apellido
del médico, Lizhu).
19 Ratzinger, Joseph Cardenal. “La Verdad y la
Libertad”, Revista Católica Internacional Communio, Edición verano 1996.
20 Marc Weide,
Diario de un mujer con enfermedad terminal que eligió la
eutanasia. “Moriré el lunes a las 6.15 pm: Cuando a
la madre de Marc Weid se le diagnosticó cáncer terminal,
ella eligió la eutanasia. Aquí publicamos el diario terriblemente franco
de sus últimos días. The Guardian, sábado 23 de agosto
de 2008 (en inglés).
21Juan Pablo II, Discurso a la plenaria
de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, viernes 2 de
mayo de 2003.
22Juan Pablo II, Santa Misa en el estadio
“Globo”, XLII visita pastoral fuera de Italia: Noruega, Islandia, Finlandia,
Dinamarca y Suecia. Estocolmo, Suecia, el 8 de junio de
1989. §6. (En ingles e italiano).
23 Madre Teresa de Calcuta,
lectura para el Premio Nobel de la Paz 1979, 11
de diciembre de 1979.
25Nican Mopohua. También citado por Benedicto XVI
en Aparecida, en la Sesión Inaugural de la V Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, el 13 de
mayo de 2007.
26 Juan Pablo II, Ecclesia in America, §57.
27
Juan Pablo II (Karol Wojtyla), Homilía en el 80 aniversario
del nacimiento del Papa Pablo VI. Catedral de Wawel, Cracovia,
26 de septiembre de 1977.
28 Juan Pablo II, Ecclesia in
America, §52.
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