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Autor: Benedicto XVI | Fuente: zenit Benedicto XVI: «Los abuelos: su testimonio y su presencia en la familia»
Discurso a la asamblea plenaria del Consejo Pontificio para la Familia
Benedicto XVI: «Los abuelos: su testimonio y su presencia en la familia»
CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 11 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el
discurso que dirigió Benedicto XVI a la asamblea plenaria del
Consejo Pontificio para la Familia, el 5 de abril, congregada
sobre el tema: «Los abuelos: su testimonio y su presencia
en la familia».
* * *
Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado
y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:
Me
alegra encontrarme con vosotros al final de la XVIII asamblea
plenaria del Consejo pontificio para la familia, que ha tenido
por tema: «Los abuelos: su testimonio y su
presencia en la familia». Os doy las gracias por haber
aceptado mi propuesta de Valencia, donde dije: «Ojalá que,
bajo ningún concepto, sean excluidos del círculo familiar. Son un
tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas generaciones, sobre
todo cuando dan testimonio de fe» (Encuentro festivo y testimonial,
8 de julio de 2006: L´Osservatore Romano, edición en
lengua española, 14 de julio de 2006, p. 11). Saludo
en particular al cardenal Ricardo Vidal, arzobispo de Cebú, miembro
del comité de presidencia, que se ha hecho intérprete de
los sentimientos de todos vosotros, y dirijo un afectuoso saludo
al querido cardenal Alfonso López Trujillo, que desde hace dieciocho
años guía con celo y competencia el dicasterio. Sentimos su
ausencia en medio de nosotros. Le deseamos una pronta curación
y oramos por él.
El tema que habéis afrontado es
muy familiar a todos. ¿Quién no recuerda a sus abuelos?
¿Quién puede olvidar su presencia y su testimonio en el
hogar? ¡Cuántos de nosotros llevan su nombre como signo de
continuidad y de gratitud! Es costumbre en las familias, después
de su muerte, recordar su aniversario con una misa de
sufragio por ellos y, si es posible, con una visita
al cementerio. Estos y otros gestos de amor y de
fe son manifestación de nuestra gratitud hacia ellos. Por nosotros
se entregaron, se sacrificaron y, en ciertos casos, incluso se
inmolaron.
La Iglesia ha prestado siempre una atención particular a
los abuelos, reconociendo que constituyen una gran riqueza desde el
punto de vista humano y social, así como desde el
punto de vista religioso y espiritual. Mis venerados predecesores Pablo
VI y Juan Pablo II -de este último acabamos de
celebrar el tercer aniversario de su muerte- intervinieron muchas veces,
subrayando el aprecio que la comunidad eclesial tiene por los
ancianos, por su dedicación y por su espiritualidad. En particular,
Juan Pablo II, durante el jubileo del año 2000, convocó
en septiembre, en la plaza de San Pedro, al mundo
de la «tercera edad», y en esa circunstancia dijo:
«A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con
la edad, conservo el gusto por la vida. Doy gracias
al Señor por ello. Es hermoso poderse gastar hasta el
final por la causa del reino de Dios». Son palabras
contenidas en la carta que aproximadamente un año antes, en
octubre de 1999, había dirigido a los ancianos, y que
conserva intacta su actualidad humana, social y cultural (Carta a
los ancianos, n. 17: L´Osservatore Romano, edición en lengua
española, 29 de octubre de 1999, p. 7).
Vuestra asamblea
plenaria ha afrontado el tema de la presencia de los
abuelos en la familia, en la Iglesia y en la
sociedad, con una mirada que abarca el pasado, el presente
y el futuro. Analicemos brevemente estos tres momentos. En el
pasado, los abuelos desempeñaban un papel importante en la vida
y en el crecimiento de la familia. Incluso en edad
avanzada, seguían estando presentes entre sus hijos, con sus nietos
y, a veces, entre sus bisnietos, dando un testimonio vivo
de solicitud, sacrificio y entrega diaria sin reservas. Eran testigos
de una historia personal y comunitaria que seguía viviendo en
sus recuerdos y en su sabiduría.
Hoy, la evolución económica
y social ha producido profundos cambios en la vida de
las familias. Los ancianos, entre los cuales figuran muchos abuelos,
se han encontrado en una especie de «zona de aparcamiento»:
algunos se sienten como una carga en la familia
y prefieren vivir solos o en residencias para ancianos, con
todas las consecuencias que se derivan de estas opciones.
Además,
por desgracia, en muchas partes parece avanzar la «cultura de
la muerte», que amenaza también la etapa de la tercera
edad. Con creciente insistencia se llega incluso a proponer la
eutanasia como solución para resolver ciertas situaciones difíciles. La ancianidad,
con sus problemas relacionados también con los nuevos contextos familiares
y sociales a causa del desarrollo moderno, ha de valorarse
con atención, siempre a la luz de la verdad sobre
el hombre, sobre la familia y sobre la comunidad. Es
preciso reaccionar siempre con fuerza contra lo que deshumaniza a
la sociedad. Estos problemas interpelan fuertemente a las comunidades parroquiales
y diocesanas, las cuales se están esforzando por salir al
paso de las exigencias modernas con respecto a los ancianos.
Hay asociaciones y movimientos eclesiales que han abrazado esta causa
importante y urgente. Es necesario unirse para derrotar juntos toda
marginación, porque la mentalidad individualista no sólo los atropella a
ellos -los abuelos, las abuelas, los ancianos-, sino a todos.
Si, como en muchas partes se suele decir a menudo,
los abuelos constituyen un valioso recurso, es preciso hacer opciones
coherentes que permitan valorar lo mejor posible ese recurso.
Ojalá
que los abuelos vuelvan a ser una presencia viva en
la familia, en la Iglesia y en la sociedad. Por
lo que respecta a la familia, los abuelos deben seguir
siendo testigos de unidad, de valores basados en la fidelidad
a un único amor que suscita la fe y la
alegría de vivir. Los así llamados «nuevos modelos de familia»
y el relativismo generalizado han debilitado estos valores fundamentales del
núcleo familiar. Como con razón habéis observado durante vuestros trabajos,
los males de nuestra sociedad requieren remedios urgentes. Ante la
crisis de la familia, ¿no se podría recomenzar precisamente de
la presencia y del testimonio de los abuelos, que tienen
una solidez mayor en valores y en proyectos?
En efecto,
no se puede proyectar el futuro sin hacer referencia a
un pasado rico en experiencias significativas y en puntos de
referencia espiritual y moral. Pensando en los abuelos, en su
testimonio de amor y de fidelidad a la vida, vienen
a la memoria las figuras bíblicas de Abraham y Sara,
de Isabel y Zacarías, de Joaquín y Ana, así como
de los ancianos Simeón y Ana, o también Nicodemo:
todos ellos nos recuerdan que a cualquier edad el Señor
pide a cada uno la aportación de sus talentos.
Dirijamos
ahora la mirada hacia el VI Encuentro mundial de
las familias, que se celebrará en México en enero de
2009. Saludo y doy las gracias al cardenal Norberto Rivera
Carrera, arzobispo de México, aquí presente, por todo lo que
ya ha realizado durante estos meses de preparación juntamente con
sus colaboradores. Todas las familias cristianas del mundo miran a
esta nación «siempre fiel» a la Iglesia, que abrirá sus
puertas a todas las familias del mundo. Invito a las
comunidades eclesiales, especialmente a los grupos familiares, a los movimientos
y a las asociaciones de familias, a prepararse espiritualmente para
este acontecimiento de gracia.
Venerados y queridos hermanos, os agradezco
una vez más vuestra visita y el trabajo realizado durante
estos días; os aseguro mi recuerdo en la oración, y
de corazón os imparto a vosotros y a vuestros seres
queridos la bendición apostólica.
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