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Qué opina sobre el matrimonio entre homosexuales, el uso del preservativo, la moral sexual de la Iglesia y otros temas que se han previsto controvertidos de cara a su papado
La moral sexual según Ratzinger
ENTREVISTA CON PETER SEEWALD
Después de que Ratzinger se haya convertido
en Benedicto XVI, están apareciendo diversas reediciones de todo cuanto
dijo o publicó. Galaxia Gutemberg|Círculo de lectores recupera con este
motivo "Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra
época" (2002). Una conversación (de más de 400 páginas) que
el periodista alemán Peter Seewald mantuvo con el entonces cardenal.
En ella explica lo que opina sobre el matrimonio entre
homosexuales, el uso del preservativo, la moral sexual de la
Iglesia y otros temas que se han previsto controvertidos de
cara a su papado. A continuación, reproducimos el capítulo que
dedicaron a charlar sobre el matrimonio.
PREGUNTA: La mayoría de
los jóvenes dudan hoy en día entre si contraer matrimonio
o iniciar una convivencia más bien libre. El Estado, por
su parte, intenta equiparar al matrimonio las uniones de hecho
y las parejas homosexuales. Se plantea la pregunta: ¿por qué
tiene que ser el matrimonio la única forma aceptable de
convivencia?
RESPUESTA: Por un lado, sólo un ámbito de fidelidad realmente
sólido es adecuado a la dignidad de esta convivencia humana.
Y no sólo en lo que respecta a la responsabilidad
frente al otro, sino también frente al futuro de los
hijos que surgen de ella. En este sentido, el matrimonio
nunca es un asunto exclusivamente privado, sino que tiene carácter
público, social. De él depende la configuración fundamental de una
sociedad.
Últimamente también se percibe esto, cuando convivencias no matrimoniales adquieren
formas legales. Aunque se las considera formas de unión menores,
tampoco éstas pueden pasar sin la responsabilidad pública, sin la
inclusión en lo común de la sociedad. Y ese mero
hecho manifiesta la inevitabilidad de una regulación pública y jurídica
y, en consecuencia, social, aun cuando se crea que hay
que introducir niveles inferiores.
Segundo aspecto por considerar: cuando dos personas
se entregan mutuamente y, juntas, dan vida a los hijos,
también está afectado lo sagrado, el misterio del ser humano,
que trasciende mi propia autodeterminación.
Sencillamente, yo no me pertenezco sólo
a mí mismo. Cada persona alberga el misterio divino. Por
eso la convivencia de hombre y mujer también se adentra
en lo religioso, en lo sagrado, en la responsabilidad ante
Dios. La responsabilidad ante Dios es necesaria, y ésta hunde
precisamente en el sacramento sus raíces más auténticas y profundas.
Por
eso todas las demás formas son modalidades alternativas que en
última instancia pretenden sustraerse de alguna manera tanto a la
responsabilidad mutua como al misterio del ser persona, de ahí
que introduzcan en la sociedad una labilidad que traerá consecuencias.
La
cuestión de la pareja homosexual es un tema muy diferente.
Pienso que cuando, en un matrimonio, en una familia, ya
no cuenta que sean hombre y mujer, sino que se
equipara la igualdad de sexo a esa relación, se está
vulnerando el tipo fundamental de la construcción de la persona.
De este modo una sociedad se enfrentará a la larga
a grandes problemas. Si escuchamos la palabra de Dios debemos
dejarnos regalar sobre todo la iluminación de que la convivencia
de hombre, mujer e hijos es algo santo. Y una
forma adecuada de sociedad da resultado si considera a la
familia, y con ello a la forma de unión bendecida
por Dios, la manera correcta de ordenar la sexualidad.
P: La
fórmula del matrimonio dice así: "Te acepto como mi esposa
/ marido y te prometo fidelidad en lo bueno y
en lo malo, en la salud y en la enfermedad.
Prometo amarte, honrarte y respetarte mientras viva". Esto suena muy
bien, pero ¿por qué tiene un matrimonio que esforzarse por
durar toda la vida, "hasta que la muerte lo separe"?
R:
Porque así figura en el carácter definitivo del amor humano
y en la responsabilidad que se contrae con él. No
debiéramos intentar demostrarlo racionalmente hasta el menor detalle. Aquí sale
a nuestro encuentro la gran sabiduría de la tradición que,
en definitiva, está respaldada por la palabra del mismo Dios.
Sólo darme por entero, sin reservarme una parte ni, como
quien dice, aspirar a una revisión, a una rescisión, responde
plenamente a la dignidad humana. La vida humana no es
un experimento, ni un contrato de arrendamiento, sino la entrega
del uno al otro. Y la entrega de una persona
a otra sólo puede ser acorde con la naturaleza humana
si el amor es total, sin reservas.
P: Ya hemos hablado
varias veces de sexualidad, evidentemente la Iglesia supone en ella
un gran misterio. De otro modo es inconcebible por qué
mantiene ideas tan rigurosas en esas cuestiones, incluso en el
seno del matrimonio. ¿Es una idea diferente sobre la vida,
sobre las personas, la que obliga a la Iglesia a
prohibir los anticonceptivos?
R: De hecho, la Iglesia considera la sexualidad
una realidad central en la creación. En ella la persona
está conducida al Creador en su máxima cercanía, en su
suprema responsabilidad. Con ello participa personal y responsablemente en las
fuentes de la vida. Cada individuo es una criatura de
Dios, y al mismo tiempo un hijo de sus padres.
Por este motivo existe en cierto modo una interrelación entre
la creación divina y la fertilidad humana. La sexualidad es
algo poderoso, y eso se ve en que pone el
juego la responsabilidad por un nuevo ser humano que nos
pertenece y no nos pertenece, que procede de nosotros y
sin embargo no viene de nosotros. A partir de aquí,
creo yo, se entiende que dar la vida y responsabilizarse
de ello más allá del origen biológico sea algo casi
sagrado. Por estos motivos heterogéneos la Iglesia también ha tenido
que desarrollar lo que los diez mandamientos esbozan y nos
dicen. La Iglesia tiene que proyectar una y otra vez
esa responsabilidad sobre la vida humana.
P: ¿Se puede ser un
buen cristiano aunque se contravengan las ideas de la Iglesia
en cuestiones de moral sexual?
R: Que uno siempre se quede
rezagado de lo grande que la Iglesia le confía en
la explicación de la palabra de Dios, es otro asunto.
Pero si uno quiere permanecer en el camino, si uno
conserva el reconocimiento fundamental de esa sacralidad de la intervención
conjunta con Cristo en la creación, tampoco sale de la
catolicidad ni siquiera en caso de fracaso. En ese caso,
precisamente en la búsqueda, uno sigue siendo, si queremos expresarlo
así, un "buen católico".
P: Los obispos italianos han exigido más
valor para procrear. Porque una sociedad que se asusta de
engendrar niños se "deshumaniza", decía uno de sus llamamientos.
R: Cuando
se extingue el amor a los hijos, verdaderamente se pierde
mucho. Antes, los italianos eran famosos por su amor a
la familia y a los hijos. Hoy en día, algunas
zonas de Italia tienen la menor tasa de natalidad del
mundo. Aquí, la nueva riqueza ha provocado cambios fundamentales. De
hecho, una gran tentación de las sociedades occidentales es considerar
a los hijos competidores que quieren arrebatarnos algo de nuestro
espacio vital, de nuestro futuro. Al igual que considerar después
a los hijos una propiedad y una autorrepresentación. En última
instancia, no se está dispuesto a aceptar sus propias exigencias,
dado que habría que dedicarles tiempo y la totalidad de
la propia vida.
Un obispo italiano me dijo que los pobres
invierten en la vida, que desean ver su futuro en
los hijos; los ricos invierten en cosas. No pretendo exagerar
el significado de la palabra, pero es evidente que entre
nosotros la inversión en cosas, en autoasegurarnos mediante valores reales
que son la multiplicación de nuestro propio Yo, es más
poderosa que la disposición a servir a otra vida. Aunque
respetemos plenamente la problemática del crecimiento de la población, hemos
de reconocer por otro lado los problemas de una sociedad
envejecida que se niega su propio futuro.
P: Palabra clave: crecimiento
de la población. A la Iglesia se le reprocha que,
con su rigurosa política de prohibición de medios anticonceptivos en
el Tercer Mundo, está provocando graves problemas que llegan hasta
la auténtica miseria.
R: Esto es un completo disparate, por supuesto.
La miseria se produce por la quiebra de la moral,
que antes ordenaba la vida en las organizaciones tribales y
en la comunidad de los cristianos creyentes, excluyendo de ese
modo la enorme miseria que contemplamos hoy. Reducir la voz
de la Iglesia a la prohibición de los anticonceptivos es
un desorden grave basado en una visión del mundo completamente
trastornada, como demostraré enseguida.
La Iglesia predica sobre todo la santidad
y la fidelidad del matrimonio. Y cuando su voz es
escuchada, los hijos disponen de un espacio vital en el
que pueden aprender el amor y la renuncia, la disciplina
de la vida recta en medio de cualquier pobreza. Cuando
la familia funciona como ámbito de fidelidad, existe también la
paciencia y respeto mutuos que constituyen el requisito previo para
el uso eficaz de la planificación familiar natural. La miseria
no procede de las familias grandes, sino de la procreación
irresponsable y desordenada de hijos que no conocen al padre
y a menudo tampoco a la madre y que, por
su condición de niños de la calle, se ven obligados
a sufrir la auténtica miseria de un mundo espiritualmente destruido.
Por lo demás, todos sabemos que hoy la rápida propagación
del sida en África está provocando justo el peligro opuesto:
no la explosión demográfica, sino la extinción de tribus enteras
y la despoblación de muchas regiones.
Por otra parte, cuando pienso
que en Europa se pagan primas a los agricultores por
matar a sus animales, por destruir trigo, uva, frutas de
todo tipo, porque al parecer ya no se puede controlar
la superproducción, me parece que esos sabios ejecutivos, en lugar
de aniquilar los dones de la creación, harían mejor en
reflexionar cómo conseguir que redundasen en provecho de todos.
No generan
la miseria aquellos que educan a las personas para la
fidelidad y el amor, para el respeto a la vida
y la renuncia, sino los que nos disuaden de la
moral y enjuician de manera mecánica a las personas: el
preservativo parece más eficaz que la moral, pero creer posible
sustituir la dignidad moral de la persona por condones para
asegurar su libertad, supone envilecer de raíz a los seres
humanos, provocando justo lo que se pretende impedir: una sociedad
egoísta en la que todo el mundo puede desfogarse sin
asumir responsabilidad alguna. La miseria procede de la desmoralización de
la sociedad, no de su moralización, y la propaganda del
preservativo es parte esencial de esa desmoralización, la expresión de
una orientación que desprecia a la persona y no cree
capaz de nada bueno al ser humano.
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