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Autor: Pedro Castañera, LC | Fuente: Catholic.net Un cordón cordial
Dios ha querido hacerse íntimo de ti, mujer, por medio del hijo que llevaste en tus entrañas y eso exige de ti una respuesta
Un cordón cordial
Este es un gran día en el que contemplamos un
misterio, el de una mujer frágil, pequeña y pobre, que
eres tú, que es toda mujer a la que se
le ha dado el participar como protagonista en la obra
de la creación de un nuevo ser, imagen y reflejo
del mismo Dios. ¿Quién te ha constituido madre? ¿De qué
privilegio gozas que has sido hecha singularísima cooperadora de la
vida humana? ¿Qué dignísima nobleza oculta tu cuerpo y tu
alma, que toda tu persona se ha transformado en un
abrazo cálido a la vida desde el primer instante de
su aparición? ¿Qué habrá visto Dios en ti, para que
te haya dado esa gracia de ser mamá? Algo muy
encantador deberás haber tenido para que Dios te haya concedido
semejante privilegio. Algo muy noble y puro debe esconderse en
las entrañas de tu ser, para que el Señor haya
tenido el “atrevimiento” de confiarte esta misión de cocrear con
Él.
¡No sé dónde está el inicio de este misterio
incomprensible! Pensaré tal vez que, porque eres tan tierna
y delicada, Dios te concedió el ser madre; que porque
tu corazón rebosa pureza y amor, por eso puedes ser
revestida de ese título glorioso; que porque eres todo paciencia,
dulzura y perdón, has sido escogida para anidar a un
nuevo ser en tus entrañas; que porque no se halló
una capacidad de abnegación y sufrimiento como la tuya en
ninguna parte, por eso te asoció el Dios Creador
a su obra, porque eso eres, socia de Dios en
la creación de tu hijo. En efecto, de qué otra
manera se explica este misterio. Porque eres virtuosa, noble, prudente,
fiel, detallista, porque sabes donarte sin límites, sin medida, sin
esperar nada a cambio, con generoso silencio, con purísimo amor,
por eso dijo Dios: ¡ésta es la que yo estaba
necesitando!, ¡ésta es la escogida!, ¡sólo ésta puede ser madre!
¿O acaso será de otra manera? ¿O no es verdad
que todo hijo tiene derecho a ser recibido en este
mundo en un recinto sagrado lleno de ilimitado amor y
ese recinto eres tú? ¿No es cierto, que aquél que
Dios quiso que existiera necesita el alimento de un corazón
así de grande y de maravilloso, y no menos? El
Amor con A mayúscula, no se equivoca. Él sabe a
quién escoge para llevar adelante su plan. Su gracia para
tarea tan inmensa está garantizada. A ti te corresponde meditar
como María Santísima, dentro de tu corazón, las cosas grandes
que Él ha hecho en ti cuando te hizo madre
y corresponder con la donación plena y perfecta.
Que eres madre,
es un hecho, es una realidad. Que ser madre es
un don maravilloso, inmerecido, extraordinario, es también una verdad indiscutible.
Entonces la conclusión es que ser madre te obliga.
Dios ha querido hacerse íntimo de ti, mujer, por medio
del hijo que llevaste en tus entrañas y eso exige
de ti una respuesta. Ya no puedes echarte para atrás,
el don se ha derramado sobre ti de una manera
absoluta, total, avasalladora. No puedes cerrar los ojos, no puedes
hacerte la loca quitándole importancia a lo sagrado de tu
maternidad, no puedes desentenderte de la responsabilidad que implica ser
madre, no puedes hacer trivial lo que es santo, no
puedes, no debes ser indiferente frente a todo esto. Por
eso, todos los días, una buena madre, sorprendida y confundida
por tan gran regalo, debería entregarse a la labor de
purificar su corazón, de limpiar su mente, de renovarse por
dentro para hacerse digna del don que, por anticipado, Dios
ya le entregó. Una mujer que tomara conciencia de lo
que el Señor ha hecho con ella, al permitirle ser
madre, debería matar dentro de sí toda semilla de mal,
de rencor, de crítica, de calumnia, de malos pensamientos y
deseos, de vanidad y de orgullo, porque todo eso desdice
de su vocación de madre, porque ser madre es dar
vida y todo eso trae la muerte no sólo para
ella, sino también para su propio hijo y para la
sociedad entera, porque ser madre es acoger, comprender y perdonar
y esas malas semillas dentro del corazón separan, rompen y
condenan; porque hablar de una mamá es hablar de ternura,
de cariño que nada conviene con la palabra agria y
desconsiderada que, con demasiada frecuencia, sale de nuestra boca; y
porque ser madre es tener aguante, es no decaer, es
soportar sin límites, lo cual está peleado a muerte con
un corazón que sólo se ocupa de sí mismo
en mil vanidades. No traiciones lo que ya eres. No
ensucies la vocación que sin mérito propio se te dio.
No destruyas el tesoro hermoso de tu corazón maternal.
El mundo
de hoy ha dado culto a la belleza del cuerpo
y con eso nos ha querido seducir, pero lo que
el mundo necesita son mujeres que destaquen por la hermosura
de su alma. No es lo más importante el cuerpo
que porta la nueva vida, sino el corazón que la
embellece y la santifica. El cordón umbilical se cortó a
la hora de dar a luz, pero continuó fortaleciéndose el
“cordón cordial”, aquél de trascendental importancia, que ha seguido
alimentando el corazón del hijo y que jamás podrá nadie
rasgar. Mujer sé lo que tienes que ser. No dejes
que nada ni nadie te engañe con sofismas que te
alejen de tu grandísima dignidad de madre.
Que María Santísima,
la Madre del Amor Hermoso, la Madre purísima, te acompañe
siempre en esta santa misión de ser madre y te
alcance del fruto de sus entrañas, de su Hijo amadísimo
Jesús, la gracia de seguir siendo, hasta el día de
tu muerte portadora de amor y de vida.
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