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Autor: P. Raniero Cantalamessa, ofmcap. -predicador de la Casa Pontificia | Fuente: Zenit.org Las ventajas de tener a Jesús como «amigo de familia»
Si deseamos descubrir cómo deberían ser, según la Biblia, las relaciones entre el hombre y la mujer en el matrimonio, debemos mirar cómo son entre Cristo y la Iglesia
Las ventajas de tener a Jesús como «amigo de familia»
Invitaron a Jesús a las bodas
II Domingo del Tiempo Ordinario
Isaías 62, 1-5; I Corintios 12, 4-11; Juan 2, 1-11
El
Evangelio del II Domingo del Tiempo Ordinario es el episodio
de las bodas de Caná. ¿Qué ha querido decirnos Jesús
aceptando participar en una fiesta nupcial? Sobre todo, de esta
manera honró, de hecho, las bodas entre el hombre y
la mujer, recalcando, implícitamente, que es algo bello, querido por
el Creador y por Él bendecido. Pero quiso enseñarnos también
otra cosa. Con su venida, se realizaba en el mundo
ese desposorio místico entre Dios y la humanidad que había
sido prometido a través de los profetas, bajo el nombre
de «nueva y eterna alianza». En Caná, símbolo y realidad
se encuentran: las bodas humanas de dos jóvenes son la
ocasión para hablarnos de otro desposorio, aquél entre Cristo y
la Iglesia que se cumplirá en «su hora», en la
cruz.
Si deseamos descubrir cómo deberían ser, según la Biblia,
las relaciones entre el hombre y la mujer en el
matrimonio, debemos mirar cómo son entre Cristo y la Iglesia.
Intentemos hacerlo, siguiendo el pensamiento de San Pablo sobre el
tema, como está expresado en Efesios, 5, 25-33. En el
origen y centro de todo matrimonio, siguiendo esta perspectiva, debe
estar el amor: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo
amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo
por ella».
Esta afirmación –que el matrimonio se funda en
el amor- parece hoy darse por descontado. En cambio sólo
desde hace poco más de un siglo se llegó al
reconocimiento de ello, y todavía no en todas partes. Durante
siglos y milenios, el matrimonio era una transacción entre familias,
un modo de proveer a la conservación del patrimonio o
a la mano de obra para el trabajo de los
jefes, o una obligación social. Los padres y las familias
eran los protagonistas, no los esposos, quienes frecuentemente se conocían
sólo el día de la boda.
Jesús, sigue diciendo Pablo
en el texto de los Efesios, se entregó «a fin
de presentarse a sí mismo su Iglesia resplandeciente, sin que
tenga mancha ni arruga ni cosa parecida». ¿Es posible, para
un marido humano, imitar, también en este aspecto, al esposo
Cristo? ¿Puede quitar las arrugas a su propia esposa? ¡Claro
que puede! Hay arrugas producidas por el desamor, por haber
sido dejados en soledad. Quien se siente aún importante para
el cónyuge no tiene arrugas, o si las tiene son
arrugas distintas, que acrecientan, no disminuyen la belleza.
Y las
esposas, ¿qué pueden aprender de su modelo, que es la
Iglesia? La Iglesia se embellece únicamente para su esposo, no
por agradar a otros. Está orgullosa y es entusiasta de
su esposo Cristo y no se cansa de tejerle alabanzas.
Traducido al plano humano, esto recuerda a las novias y
a las esposas que su estima y admiración es algo
importantísimo para el novio o el marido.
A veces, para
ellos es lo que más cuenta en el mundo. Sería
grave que les faltara recibir jamás una palabra de aprecio
por su trabajo, por su capacidad organizativa, por su valor,
por la dedicación a la familia; por lo que dice,
si es un hombre político; por lo que escribe, si
es un escritor; por lo que crea, si es un
artista. El amor se alimenta de estima y muere sin
ella.
Pero existe una cosa que el modelo divino recuerda
sobre todo a los esposos: la fidelidad. Dios es fiel,
siempre, a pesar de todo. Hoy, esto de la fidelidad
se ha convertido en un discurso escabroso que ya nadie
se atreve a hacer. Sin embargo el factor principal del
desmembramiento de muchos matrimonios está precisamente aquí, en la infidelidad.
Hay quien lo niega, diciendo que el adulterio es el
efecto, no la causa, de las crisis matrimoniales. Se traiciona,
en otras palabras, porque no existe ya nada con el
propio cónyuge.
A veces esto será incluso cierto; pero muy
frecuentemente se trata de un círculo vicioso. Se traiciona porque
el matrimonio está muerto, pero el matrimonio está muerto precisamente
porque se ha empezado a traicionar, tal vez en un
primer tiempo sólo con el corazón. Lo más odioso es
que a menudo es el que traiciona quien hace recaer
en el otro la culpa de todo y se hace
la víctima.
Pero volvamos al episodio del Evangelio, porque contiene
una esperanza para todos los matrimonios humanos, hasta los mejores.
Sucede en todo matrimonio lo que ocurrió en las bodas
de Caná. Comienza en el entusiasmo y en la alegría
(de ello es símbolo el vino); pero este entusiasmo inicial,
como el vino en Caná, con el paso del tempo
se consume y llega a faltar. Entonces se hacen las
cosas ya no por amor y con alegría, sino por
costumbre. Cae sobre la familia, si no se presta atención,
como una nube de monotonía y de tedio. También de
estos esposos se debe decir: «¡No les queda vino!».
El
relato del Evangelio indica a los cónyuges una vía para
no caer en esta situación o salir de ella si
ya se está dentro: ¡invitar a Jesús a las propias
bodas! Si Él está presente, siempre se le puede pedir
que repita el milagro de Caná: transformar el agua en
vino. El agua del acostumbramiento, de la rutina, de la
frialdad, en el vino de un amor y de una
alegría mejor que la inicial, como era el vino multiplicado
en Caná. «Invitar a Jesús a las propias bodas» significa
honrar el Evangelio en la propia casa, orar juntos, acercarse
a los sacramentos, tomar parte en la vida de la
Iglesia.
No siempre los dos cónyuges están, en sentido religioso,
en la misma línea. Tal vez uno de los dos
es creyente y el otro no, o al menos no
de la misma forma. En este caso, que invite a
Jesús a las bodas aquél de los dos que le
conozca, y lo haga de manera –con su gentileza, el
respeto por el otro, el amor y la coherencia de
vida- que se convierta pronto en el amigo de ambos.
¡Un «amigo de familia»!
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