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Autor: Fr. Nelson M Qué es bello en un matrimonio si tiene que ser para toda la vida
¿cómo podemos comunicar de forma positiva la belleza del matrimonio, de forma que siga siendo atractivo también para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo?
Qué es bello en un matrimonio si tiene que ser para toda la vida
Hace unas semanas, en un encuentro informal del Papa Benedicto
con sacerdotes de la diócesis de Albano, uno de ellos
le preguntó: ¿cómo podemos los sacerdotes comunicar de forma positiva
la belleza del matrimonio, de forma que siga siendo atractivo
también para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo?
La gracia sacramental de los esposos, ¿qué puede dar a
nuestra vida sacerdotal?
--Lo que sigue es la respuesta del
Papa. Se trata de dos grandes preguntas:
¿Cómo comunicar a
la gente de hoy la belleza del matrimonio?
Vemos cómo
muchos jóvenes tardan en casarse en la iglesia, porque tienen
miedo de hacer una opción definitiva. Más aún, también tardan
en casarse por lo civil. A muchos jóvenes, y también
a muchos no tan jóvenes, una opción definitiva les parece
un vínculo contra la libertad. Y su primer deseo es
la libertad. Tienen miedo de fallar al final. Ven muchos
matrimonios fracasados. Tienen miedo de que esta forma jurídica, como
ellos la perciben, sea una carga exterior que apague el
amor. Es preciso ayudarles a comprender que no se trata
de un vínculo jurídico, de una carga que se asume
con el matrimonio. Al contrario, la profundidad y la belleza
radican precisamente en el hecho de que es una opción
definitiva. Sólo así el matrimonio puede hacer madurar el amor
en toda su belleza. Pero, ¿cómo comunicarlo? Creo que es
un problema que afrontamos todos nosotros.
Para mí, en Valencia
un momento importante no sólo fue cuando hablé de esto,
sino también cuando se presentaron ante mí diversas familias con
más o menos hijos; una familia era casi una "parroquia",
con muchos niños. La presencia, el testimonio de estas familias
fue realmente mucho más fuerte que todas las palabras.
Esas
familias presentaron ante todo la riqueza de su experiencia familiar:
cómo una familia tan grande resulta realmente una riqueza cultural,
una oportunidad de educación de unos y otros, una posibilidad
de hacer que convivan juntas las diversas expresiones de la
cultura de hoy, la entrega, la ayuda mutua también en
los momentos de sufrimiento, etc... Pero también fue importante el
testimonio de las crisis que han sufrido. Uno de esos
matrimonios casi había llegado al divorcio. Explicaron cómo habían aprendido
a superar esa crisis, el sufrimiento ante la alteridad del
otro, y cómo habían aprendido a aceptarse de nuevo.
Precisamente
al superar el momento de la crisis, del deseo de
separarse, creció una nueva dimensión del amor y se abrió
una puerta hacia una nueva dimensión de la vida, que
sólo podía abrirse soportando el sufrimiento de la crisis. Esto
me parece muy importante. Hoy se llega a la crisis
en el momento en que se constata la diversidad de
temperamentos, la dificultad de soportarse cada día, durante toda la
vida. Entonces, al final, se decide: separémonos.
A través de
estos testimonios hemos comprendido que en la crisis, soportando el
momento en que parece que ya no se puede más,
realmente se abren nuevas puertas y una nueva belleza del
amor. Una belleza hecha sólo de armonía no es una
verdadera belleza; le falta algo; es deficitaria. La verdadera belleza
necesita también el contraste. Lo oscuro y lo luminoso se
completan. La uva para madurar no sólo necesita el sol,
sino también la lluvia; no sólo el día, sino también
la noche.
Los sacerdotes, tanto los jóvenes como los mayores,
debemos aprender la necesidad del sufrimiento, de la crisis. Debemos
aguantar, trascender este sufrimiento. Sólo así la vida resulta rica.
Para mí el hecho de que el Señor lleve por
toda la eternidad los estigmas tiene un valor simbólico. Esos
estigmas, expresión de los atroces sufrimientos y de la muerte,
son ahora sellos de la victoria de Cristo, de toda
la belleza de su victoria y de su amor por
nosotros.
Tanto los sacerdotes como las personas casadas debemos aceptar
la necesidad de soportar la crisis de la alteridad, del
otro, la crisis en que parece que ya no se
puede convivir. Los esposos deben aprender juntos a seguir adelante,
también por amor a los hijos, y así conocerse de
nuevo, amarse de nuevo, con un amor mucho más profundo,
mucho más verdadero. Así, en un camino largo, con sus
sufrimientos, realmente madura el amor. Me parece que nosotros, los
sacerdotes, podemos también aprender de los esposos, precisamente de sus
sufrimientos y de sus sacrificios. A menudo pensamos que sólo
el celibato es un sacrificio. Pero, conociendo los sacrificios de
las personas casadas ˜pensemos en sus hijos, en los problemas
que surgen, en los temores, en los sufrimientos, en las
enfermedades, en la rebelión, y también en los problemas de
los primeros años, cuando se pasan casi todas las noches
en vela porque los niños lloran˜ debemos aprender de ellos,
de sus sacrificios, nuestro sacrificio. Y aprender juntos que es
hermoso madurar en los sacrificios y así trabajar por la
salvación de los demás.
Usted, don Pennazza, con razón ha
citado el Catecismo, que afirma que el matrimonio es un
sacramento para la salvación de los demás: ante todo para
la salvación del otro, del esposo, de la esposa, pero
también de los niños, de los hijos y, por último,
de toda la comunidad. Así el sacerdote madura también al
encontrarse con los demás. Así pues, creo que debemos implicar
a las familias. Las fiestas de la familia me parecen
muy importantes. Con ocasión de las fiestas conviene que aparezca
la familia, que se destaque la belleza de las familias.
También los testimonios, aunque quizá estén demasiado de moda, en
ciertas ocasiones pueden ser realmente un anuncio, una ayuda para
todos nosotros. Para concluir, a mi parecer sigue siendo muy
importante que en la carta de san Pablo a los
Efesios las bodas de Dios con la humanidad a través
de la encarnación del Señor se realicen en la cruz,
en la que nace la nueva humanidad, la Iglesia. El
matrimonio cristiano nace precisamente en estas bodas divinas. Como dice
san Pablo, es la concretización sacramental de lo que sucede
en este gran misterio. Así debemos seguir redescubriendo siempre este
vínculo entre la cruz y la resurrección, entre la cruz
y la belleza de la Redención, e insertarnos en este
sacramento. Pidamos al Señor que nos ayude a anunciar bien
este misterio, a vivir este misterio, a aprender de los
esposos cómo lo viven ellos, a ayudarnos a vivir la
cruz, de forma que lleguemos también a los momentos de
la alegría y de la resurrección.
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