La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net 25 años de la Carta de los Derechos de la Familia
El documento mantiene todo su valor a causa de los continuos ataques que algunos grupos de presión realizan contra la familia.
25 años de la Carta de los Derechos de la Familia
El 22 de octubre de 1983 era publicado un
documento que interesaba, interesa e interesará, a todas las familias
del mundo: la Carta de los derechos de la familia.
El
documento mantiene todo su valor a causa de los continuos
ataques que algunos grupos de presión realizan contra la familia.
Hay que reconocer que estos ataques nacen de una visión
equivocada de las estructuras familiares. Para algunos, la familia sería
una realidad en peligro de extinción o, al menos, una
institución “opcional”: los que quieran formar una familia lo pueden
hacer, pero sin que cuenten con ningún apoyo especial. Para
esta opinión, la sociedad se organiza según un modelo de
tipo individualístico y, en el fondo, profundamente egoístico.
Curiosamente, mientras se
ataca a la familia se trabaja para que otros tipos
de agregaciones humanas, que no cumplen con lo propio de
la familia, reciban el apoyo de gobiernos nacionales e internacionales,
y lleguen a recibir los mismos derechos reconocidos en casi
todas las sociedades a las verdaderas familias.
¿Por qué se ha
llegado a esta situación? No es fácil hacer un análisis
de este fenómeno, que requeriría un espacio mucho más amplio.
Señalemos aquí dos elementos que pueden servir para comprender lo
que nos está pasando.
En primer lugar, hay grupos poderosos, especialmente
en el mundo occidental, que proponen una mentalidad individualística. Para
estos grupos lo principal es la máxima libertad de cada
adulto, e incluso de los adolescentes o de los niños.
Si un hombre y una mujer deciden por un tiempo
vivir juntos, su decisión ha de ser respetada. Si algún
día optan por una “unión” más estable, como sería el
caso del matrimonio, tienen el derecho de hacerlo, pero sin
obligarles a ser “fieles”, lo cual sería garantizado a través
de leyes que faciliten al máximo el divorcio. Con leyes
divorcistas, quien entra a formar parte de un matrimonio puede
estar seguro de que, cuando quiera, podrá romper su decisión
y buscar otro compañero u otra compañera, con todo el
apoyo de la ley y, si es posible, sin perder
mucho dinero.
El matrimonio y la familia, en esta perspectiva, queda
reducida a una asociación más, débil, frágil, que puede ser
cambiada como quien cambia de club de fútbol. Cuando la
libertad es exaltada al máximo, sin embargo, se corren peligros
muy graves. Un exceso de libertad puede llevar al aislamiento,
al egoísmo, a vivir solos, sin compromisos, sin lazos familiares,
en una situación total de desamparo. Sin familia, cada hombre
queda sólo ante los demás, ante el estado, ante los
organismos internacionales.
La familia, en cambio, permite que cada joven ingrese
en la vida social desde un núcleo de afectos y
un compromiso de amor que enriquece enormemente su vida. A
la vez, la misma sociedad se potencia y se fortifica
si cada uno de sus miembros entra a formar parte
de ella desde y con el apoyo de familias sanas,
transmisoras de valores y de un profundo sentido de la
solidaridad.
La segunda causa que explica los ataques a la familia
es profunda: los miembros de muchas sociedades no condividen ninguna
visión ética común. Siempre ha habido diferentes opiniones sobre lo
que sea el bien y el mal. Pero no han
faltado momentos de la historia en los que muchos principios
éticos eran aceptados por la gran mayoría de la población,
y eran exigidos como condición para poder participar en la
vida social. La prohibición del robo, por ejemplo, goza hoy
día de una aceptación similar a la mentalidad desde la
cual, en otras épocas históricas, se prohibía la poligamia o
el divorcio legal.
Muchos gobiernos y dirigentes, sin embargo, prefieren dejar
de lado, en los temas familiares, cualquier referencia a fundamentos
éticos. De este modo, la familia es vista nuevamente como
algo opcional, como una estructura sumamente maleable, sin que ninguna
opción o modo de entender la vida familiar pueda ser
considerada “buena” o “mala”.
Esta perspectiva, sin embargo, está llena de
errores. La familia verdadera se construye sobre un principio ético
fundamental: la capacidad de cada hombre y de cada mujer
de entregarse, de darse al otro de un modo estable,
fecundo y exclusivo. Tal capacidad tiene una enorme importancia social,
pues sólo con familias edificadas sobre principios éticos válidos es
posible construir una vida social sana, en la que los
esposos encuentran un apoyo mutuo para consolidar su fidelidad, y
en la que los hijos pueden crecer en la armonía
que debe reinar en todo hogar construido desde el amor
sincero y completo.
La actual destrucción de la familia está empezando
a revelar sus dramáticas consecuencias en algunos países que se
autodenominan “desarrollados”. El bajo número de nacimientos, el acceso libre
al aborto, el abandono de los hijos, la soledad de
los padres que caminan hacia la ancianidad sin apoyos familiares,
el aumento del número de mujeres no casadas con hijos,
son hechos gravísimos que van a poner en crisis el
sistema de pensiones, sanidad y asistencia de muchos países. El
cariño y las atenciones higiénicas que recibían los ancianos gracias
a las mal llamadas “familias tradicionales”, ¿cómo van a ser
cubiertas en un mundo individualista, edificado sobre el principio de
una libertad sin responsabilidad, donde los principios éticos no son
absolutos?
Hay que volver a coger, entre nuestras manos, un documento
añejo. Los últimos 25 años de historia han mostrado la
urgencia de la Carta de los derechos de la familia.
Toca a cada uno, pero especialmente a las familias que
quieren vivir en plenitud su riqueza personal y social, el
luchar para que esos derechos no sean pisoteados por grupos
o ideologías que no sólo van contra la familia, sino
contra la dignidad misma del ser humano y contra los
cimientos sobre los que puede construirse una sociedad sana, justa
y auténticamente solidaria.
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR