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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net
25 años de la Carta de los Derechos de la Familia
El documento mantiene todo su valor a causa de los continuos ataques que algunos grupos de presión realizan contra la familia.
 
25 años de la Carta de los Derechos de la Familia
25 años de la Carta de los Derechos de la Familia

El 22 de octubre de 1983 era publicado un documento que interesaba, interesa e interesará, a todas las familias del mundo: la Carta de los derechos de la familia.

El documento mantiene todo su valor a causa de los continuos ataques que algunos grupos de presión realizan contra la familia.

Hay que reconocer que estos ataques nacen de una visión equivocada de las estructuras familiares. Para algunos, la familia sería una realidad en peligro de extinción o, al menos, una institución “opcional”: los que quieran formar una familia lo pueden hacer, pero sin que cuenten con ningún apoyo especial. Para esta opinión, la sociedad se organiza según un modelo de tipo individualístico y, en el fondo, profundamente egoístico.

Curiosamente, mientras se ataca a la familia se trabaja para que otros tipos de agregaciones humanas, que no cumplen con lo propio de la familia, reciban el apoyo de gobiernos nacionales e internacionales, y lleguen a recibir los mismos derechos reconocidos en casi todas las sociedades a las verdaderas familias.

¿Por qué se ha llegado a esta situación? No es fácil hacer un análisis de este fenómeno, que requeriría un espacio mucho más amplio. Señalemos aquí dos elementos que pueden servir para comprender lo que nos está pasando.

En primer lugar, hay grupos poderosos, especialmente en el mundo occidental, que proponen una mentalidad individualística. Para estos grupos lo principal es la máxima libertad de cada adulto, e incluso de los adolescentes o de los niños. Si un hombre y una mujer deciden por un tiempo vivir juntos, su decisión ha de ser respetada. Si algún día optan por una “unión” más estable, como sería el caso del matrimonio, tienen el derecho de hacerlo, pero sin obligarles a ser “fieles”, lo cual sería garantizado a través de leyes que faciliten al máximo el divorcio. Con leyes divorcistas, quien entra a formar parte de un matrimonio puede estar seguro de que, cuando quiera, podrá romper su decisión y buscar otro compañero u otra compañera, con todo el apoyo de la ley y, si es posible, sin perder mucho dinero.

El matrimonio y la familia, en esta perspectiva, queda reducida a una asociación más, débil, frágil, que puede ser cambiada como quien cambia de club de fútbol. Cuando la libertad es exaltada al máximo, sin embargo, se corren peligros muy graves. Un exceso de libertad puede llevar al aislamiento, al egoísmo, a vivir solos, sin compromisos, sin lazos familiares, en una situación total de desamparo. Sin familia, cada hombre queda sólo ante los demás, ante el estado, ante los organismos internacionales.

La familia, en cambio, permite que cada joven ingrese en la vida social desde un núcleo de afectos y un compromiso de amor que enriquece enormemente su vida. A la vez, la misma sociedad se potencia y se fortifica si cada uno de sus miembros entra a formar parte de ella desde y con el apoyo de familias sanas, transmisoras de valores y de un profundo sentido de la solidaridad.

La segunda causa que explica los ataques a la familia es profunda: los miembros de muchas sociedades no condividen ninguna visión ética común. Siempre ha habido diferentes opiniones sobre lo que sea el bien y el mal. Pero no han faltado momentos de la historia en los que muchos principios éticos eran aceptados por la gran mayoría de la población, y eran exigidos como condición para poder participar en la vida social. La prohibición del robo, por ejemplo, goza hoy día de una aceptación similar a la mentalidad desde la cual, en otras épocas históricas, se prohibía la poligamia o el divorcio legal.

Muchos gobiernos y dirigentes, sin embargo, prefieren dejar de lado, en los temas familiares, cualquier referencia a fundamentos éticos. De este modo, la familia es vista nuevamente como algo opcional, como una estructura sumamente maleable, sin que ninguna opción o modo de entender la vida familiar pueda ser considerada “buena” o “mala”.

Esta perspectiva, sin embargo, está llena de errores. La familia verdadera se construye sobre un principio ético fundamental: la capacidad de cada hombre y de cada mujer de entregarse, de darse al otro de un modo estable, fecundo y exclusivo. Tal capacidad tiene una enorme importancia social, pues sólo con familias edificadas sobre principios éticos válidos es posible construir una vida social sana, en la que los esposos encuentran un apoyo mutuo para consolidar su fidelidad, y en la que los hijos pueden crecer en la armonía que debe reinar en todo hogar construido desde el amor sincero y completo.

La actual destrucción de la familia está empezando a revelar sus dramáticas consecuencias en algunos países que se autodenominan “desarrollados”. El bajo número de nacimientos, el acceso libre al aborto, el abandono de los hijos, la soledad de los padres que caminan hacia la ancianidad sin apoyos familiares, el aumento del número de mujeres no casadas con hijos, son hechos gravísimos que van a poner en crisis el sistema de pensiones, sanidad y asistencia de muchos países. El cariño y las atenciones higiénicas que recibían los ancianos gracias a las mal llamadas “familias tradicionales”, ¿cómo van a ser cubiertas en un mundo individualista, edificado sobre el principio de una libertad sin responsabilidad, donde los principios éticos no son absolutos?

Hay que volver a coger, entre nuestras manos, un documento añejo. Los últimos 25 años de historia han mostrado la urgencia de la Carta de los derechos de la familia. Toca a cada uno, pero especialmente a las familias que quieren vivir en plenitud su riqueza personal y social, el luchar para que esos derechos no sean pisoteados por grupos o ideologías que no sólo van contra la familia, sino contra la dignidad misma del ser humano y contra los cimientos sobre los que puede construirse una sociedad sana, justa y auténticamente solidaria.

Cf. Carta de los derechos de la familia


 
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