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Autor: Juan Pablo ll, en el lV Encuentro Mundial de las Familias La familia es patrimonio de la humanidad
Discurso por TV de Juan Pablo II en el IV Encuentro Mundial de las Familias, celebrado en Manila del 22 al 26 de enero
La familia es patrimonio de la humanidad
Discurso por TV de Juan Pablo II en el
IV Encuentro Mundial de las Familias, celebrado en Manila del
22 al 26 de enero.
1. Estoy con vosotros con
el pensamiento y la oración, queridas familias de Filipinas y
de tantas regiones de la tierra, reunidas en Manila con
motivo de vuestro IV Encuentro Mundial: ¡os saludo con afecto
en el nombre del Señor!
En esta ocasión, me es grato
dirigir un cordial saludo y la bendición a todas las
familias del mundo, que representáis: a todos «gracia, misericordia y
paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús,
Señor nuestro» (1 Tm 1,2).
Agradezco al señor cardenal Alfonso López
Trujillo, Legado Pontificio, las amables palabras que me ha dirigido,
también en nombre vuestro. A él y a sus colaboradores
en el Consejo Pontificio para la Familia deseo expresar mi
satisfacción por el cuidadoso y esmerado empeño que han puesto
en la preparación de este Encuentro. Mi viva gratitud también
al señor cardenal Jaime Sin, Arzobispo de Manila, que os
acoge con generosidad en estos días.
2. Sé que en la
sesión teológico-pastoral que acabáis de celebrar habéis profundizado en el
tema: «La familia cristiana, buena noticia para el tercer milenio».
He elegido estas palabras, para vuestro Encuentro Mundial, con el
fin de subrayar la sublime misión de la familia que,
acogiendo el Evangelio y dejándose iluminar por su mensaje, asume
el necesario compromiso de dar testimonio del mismo.
Queridas familias cristianas:
¡anunciad con alegría al mundo entero el maravilloso tesoro que,
como iglesias domésticas, lleváis con vosotros! Esposos cristianos, en vuestra
comunión de vida y amor, en vuestra entrega recíproca y
en la acogida generosa de los hijos, ¡sed en Cristo
luz del mundo! El Señor os pide que seáis cada
día como la lámpara que no se oculta, sino que
es puesta «sobre el candelero para que alumbre a todos
los que están en la casa» (Mateo 5,15).
3. Sed, ante
todo, «buena noticia para el tercer milenio» viviendo con empeño
vuestra vocación. El matrimonio que habéis celebrado un día, más
o menos lejano, es vuestro modo específico de ser discípulos
de Jesús, de contribuir a la edificación del Reino de
Dios, de caminar hacia la santidad a la que todo
cristiano está llamado. Los esposos cristianos, como afirma el Concilio
Vaticano II, cumpliendo su deber conyugal y familiar, «se acercan
cada vez más a su propia perfección y a su
santificación mutua» (Gaudium et spes, n. 48).
Acoged plenamente, sin reservas,
el amor que primero os da Dios en el sacramento
del matrimonio y con el que os hace capaces de
amar (cfr. 1 Jn 4,19). Permaneced siempre aferrados a esta
certeza, la única que puede dar sentido, fuerza y alegría
a vuestra vida: el amor de Cristo no se apartará
nunca de vosotros, su alianza de paz con vosotros no
disminuirá (cfr. Isaías 54,10). Los dones y la llamada de
Dios son irrevocables (cfr. Romanos 11,29). Él ha grabado vuestro
nombre en las palmas de sus manos (cfr. Isaías 49,16).
4.
La gracia que habéis recibido en el matrimonio y que
permanece en el tiempo proviene del corazón traspasado del Redentor,
que se ha inmolado en el altar de la cruz
por la Iglesia, su esposa, venciendo la muerte para la
salvación de todos.
Por tanto, esta gracia lleva consigo la peculiaridad
de su origen: es la gracia del amor que se
ofrece, del amor que se consagra y perdona; del amor
altruista que olvida el propio dolor; del amor fiel hasta
la muerte; del amor fecundo de vida. Es la gracia
del amor benévolo, que todo cree, todo soporta, todo espera,
todo tolera, que no tiene fin y sin el cual
todo lo demás no es nada (cfr. 1 Corintios 13,7-8).
Ciertamente,
esto no siempre es fácil, y en la vida cotidiana
no faltan las insidias, las tensiones, el sufrimiento y también
el cansancio. Pero no estáis solos en vuestro camino. Con
vosotros actúa y está siempre presente Jesús, como lo estuvo
en Caná de Galilea, en un momento de dificultad para
aquellos nuevos esposos. En efecto, el Concilio recuerda también que
el Salvador sale al encuentro de los esposos cristianos y
permanece con ellos para que, del mismo modo que Él
amó a la Iglesia y se entregó por ella, también
ellos puedan amarse fielmente el uno al otro, para siempre,
con mutua entrega (cfr. Gaudium et spes, n. 48).
5. Esposos
cristianos, sed «buena noticia para el tercer milenio» testimoniando con
convicción y coherencia la verdad sobre la familia.
La familia fundada
en el matrimonio es patrimonio de la humanidad, es un
bien grande y sumamente apreciable, necesario para la vida, el
desarrollo y el futuro de los pueblos. Según el plan
de la creación establecido desde el principio (cfr. Mateo 19,4.8),
es el ámbito en el que la persona humana, hecha
a imagen y semejanza de Dios (cfr. Génesis 1,26), es
concebida, nace, crece y se desarrolla. La familia, como educadora
por excelencia de personas (cfr. «Familiaris consortio», 19-27), es indispensable
para una verdadera «ecología humana» (Centesimus annus, n. 39).
Os agradezco
los testimonios que habéis presentado esta tarde y que he
seguido con atención. Me hacen pensar en la experiencia adquirida
como sacerdote, arzobispo en Cracovia y a lo largo de
estos casi 25 años de pontificado: como he afirmado otras
veces, el futuro de la humanidad se fragua en la
familia (cfr. Familiaris consortio, n. 86).
Queridas familias cristianas, os encomiendo
dar testimonio en la vida cotidiana de que, incluso entre
tantas dificultades y obstáculos, es posible vivir en plenitud el
matrimonio como experiencia llena de sentido y como «buena noticia»
para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Sed protagonistas
en la Iglesia y en el mundo: es una necesidad
que surge del mismo matrimonio que habéis celebrado, de vuestro
ser iglesia doméstica, de la misión conyugal que os caracteriza
como células originarias de la sociedad (cfr. Apostolicam actuositatem, n.
11).
6.En fin, para ser «buena noticia para el tercer milenio»,
no olvidéis, queridos esposos cristianos, que la oración en familia
es garantía de unidad en un estilo de vida coherente
con la voluntad de Dios.
Proclamando recientemente el año del Rosario,
he recomendado esta devoción mariana como oración de la familia
y para la familia: rezando el Rosario, en efecto, «Jesús
está en el centro, se comparten con él alegrías y
dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos,
se obtienen de Él la esperanza y la fuerza para
el camino» (Rosarium Virginis Mariæ, n. 41).
Al confiaros a María,
Reina de la familia, para que acompañe y ampare vuestra
vida, me alegra anunciaros que el quinto Encuentro Mundial de
las Familias tendrá lugar en Valencia, España, en el 2006.
Os
imparto ahora mi bendición, dejándoos una consigna: ¡con la ayuda
de Dios haced del Evangelio la regla fundamental de vuestra
familia, y de vuestra familia una página del Evangelio escrita
para nuestros tiempos!
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