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Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net
Matrimonios católicos a distancia
¿Cómo afrontar el tiempo de la separación, sobre todo si se trata de tiempos largos, de meses o incluso de más de un año?
 
Matrimonios católicos a distancia
Matrimonios católicos a distancia
Ocurre con relativa frecuencia que los esposos viven separados por temporadas de tiempo más o menos largas. Normalmente es por motivos de trabajo. Otras veces por situaciones familiares o de otro tipo.

¿Cómo afrontar el tiempo de la separación, sobre todo si se trata de tiempos largos, de meses o incluso de más de un año?

Para los cristianos, la vida matrimonial se cimienta en Dios. Al casarse, los esposos se han comprometido a amarse, a ayudarse, a sobrellevar las dificultades de la vida. Sus promesas matrimoniales nacen desde los compromisos bautismales y pueden ser vividas desde la ayuda constante de Dios.

Por eso, durante el tiempo de la separación lo más importante es vivir muy cerca de Dios. El esposo y la esposa (si hay hijos, con los hijos) irán a misa los domingos, participarán de la Eucaristía, y esa es la mejor ayuda para ser fieles a su amor. Buscarán también un tiempo para la confesión, cuando haga falta, porque es necesario estar limpios de pecado para mantener fuerte el lazo matrimonial. Encontrarán momentos para orar, para unirse a Dios y entre sí con el rezo de un padrenuestro y un Avemaría, o con la lectura del Evangelio. Cerca de Dios las distancias se hacen pequeñas. Cerca de Dios el amor crece en frescura y en entrega.

Lo anterior, que vale también para los esposos cuando tienen la dicha de estar juntos, es algo esencial durante los tiempos en que dura la separación física. Sin Dios el fracaso es casi seguro. Con Dios se pueden superar hasta los problemas más duros. Con Dios... y con la Virgen, que es Madre tierna y compañera de camino para todos los matrimonios cristianos.

El segundo consejo consiste en mantener abiertos y frescos los cauces de la comunicación. Si el esposo ha dejado a la esposa en casa con los hijos, debe sentir una necesidad profunda de saber cómo están, cómo va todo por casa, cómo siguen los familiares, qué ocurre en la escuela. Ella, a su vez, agradecerá infinitamente cada llamada, o tomará la iniciativa y llamará primero, para así saber cómo está él, qué tipo de trabajo lleva a cabo, dónde duerme, qué come.

En el mundo de la comunicación sería triste que los esposos tuvieran tiempo para la televisión o para contactar a otros familiares y amigos, y no dedicasen un momento abundante, de ser posible diario o varias veces por semana, para hablar entre sí, para avivar el amor, para contarse cosas “triviales” que valen mucho entre enamorados, para repetir, una y otra vez, lo mucho que se aman.

Puede ocurrir que él o que ella tenga pocos deseos de hablar, o que esté muy cansado, o que no sepa qué decir. En esos casos, hace falta avivar el ingenio y darse cuenta de que no importa la propia dificultad, sino el deseo de él o de ella de conocer noticias. Si hay amor, un poco de chispa y un mucho de voluntad de la buena permitirá no sólo marcar el número de teléfono del ausente o enviar un correo electrónico, sino hacerlo con tal cariño y delicadeza que la otra parte sentirá una caricia sincera a través de un mensaje enamorado.

El tercer consejo se refiere a una enseñanza de Cristo: “Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mc 14,38). Los esposos que están separados largo tiempo pueden sentir con más intensidad el susurro de tentaciones que les invitan a alguna amistad demasiado atrevida, o incluso a una infidelidad sumamente destructora.

Por eso hay que mantener una actitud de sano realismo. Es cierto de que no hay que ver tentaciones ni posibles acosadores en cada esquina. Pero también es cierto que somos débiles, que la ausencia puede hacerse muy larga, que un “pretendiente” sabe que las presas más vulnerables son los esposos o las esposas que viven mucho tiempo separados.

El consejo de Cristo vale siempre: velar, para que nada ni nadie pueda romper o dividir un amor que ha sido prometido delante de Dios, que quizá ya ha sido bendecido por unos hijos. Velar, para no dejar abrir rendijas a ocasiones de peligros o a visitas que conviene aplazar para cuando los esposos estén juntos. Velar, para que el amor hacia él o hacia ella se mantenga fresco, incluso se acreciente, en la oración continua por ser fieles a las promesas matrimoniales.

Pueden darse casos, y por desgracia son frecuentes, de una caída. Tal vez un mal momento, o una tentación más fuerte, o esa malicia interna que llega a dominar el propio corazón, desembocaron en unas caricias deshonestas, o en un adulterio completo y triste. En esos casos, hay que mirar a Dios, y con valentía reconocer la propia culpa, pedir perdón en el Sacramento de la penitencia. Luego, y tras suplicar mucha luz al Espíritu Santo, hay que buscar la manera para reparar el daño que sufre la esposa o el esposo (aunque no sepa nada) que ha sido traicionado. Renovar los detalles de cariño, aunque parezca difícil, puede ser el inicio de una curación profunda, a pesar de las cicatrices que toda infidelidad deja dentro de uno mismo.

Un cuarto consejo, más importante de lo que parece, se refiere a la limpieza mental y al filtro en los oídos. Limpieza mental, para no andar sospechando, o suponiendo, o fomentando celos durante el tiempo de la ausencia. Y filtro en los oídos, para no aceptar la menor alusión de alguien, aunque sea un familiar o un amigo íntimo, que aluda mínimamente a cosas que “quizᔠel esposo o la esposa están haciendo.

Los chismes, cuanto más lejos, mejor. Hay que apartar de nosotros cualquier lengua venenosa que quiera meter su cuchara entre los esposos, precisamente en ese tiempo más o menos largo en que están separados. Especialmente si el “informante” ya ha mostrado más de una vez sus pocas simpatías hacia el ausente, o sus excesivas simpatías hacia quien recibe la confidencia.

Toda vida humana tiene sus momentos de dificultad, de prueba, de lucha. El periodo de una separación larga puede ser duro para dos esposos que se aman sinceramente, sean jóvenes, sean ya maduros. Pero encontrarse ante una situación así, sobre todo si él o ella han salido de casa para ganar el sustento de los hijos, o para ayudar a algún familiar que vive lejos, debe ser no sólo un reto, sino una oportunidad maravillosa que lleve a vivir con mayor fuerza, con mayor ilusión, con mayor alegría, ese amor que llevó a los esposos a unirse para siempre.

El mismo Dios que bendijo la boda estará al lado de los esposos católicos en esos meses de distancia. Cuando llegue el día anhelado del reencuentro, ese Dios sonreirá ante un abrazo profundo y sincero que reflejará lo mucho que los dos se amaron a pesar de la distancia y del tiempo.
 
 

 
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