Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Más allá del conflicto: el amor
Cuando Dios entra en la vida de la familia, La armonía de pareja llega a niveles de belleza insospechada cuando los dos viven en actitud de amor verdadero
Más allá del conflicto: el amor
Es lo más normal del mundo que existan conflictos en
la vida matrimonial. Como también debería ser normal superar esos
conflictos con una buena dosis de amor.
En el noviazgo la
pareja empieza a descubrir puntos de vista, deseos y proyectos
diferentes, a veces incluso contrapuestos. Después del matrimonio, el esposo
y la esposa conservan su modo de ver las cosas,
sus opiniones, sus proyectos, sus decisiones profundas. A la vez,
surgen nuevas situaciones, se producen cambios en el corazón de
las personas: comienza un periodo de tensiones y conflictos más
profundos.
Por ejemplo, pocos meses antes de casarse unos novios no
se ponían de acuerdo respecto al uso de la casa
que estaban comprando en común. El novio era asistente de
vuelo, y pasaba bastantes días fuera de su ciudad. Los
dos discutían una y otra vez sobre qué hacer cuando
él saliese de viaje. Ella no quería quedarse sola en
la casa y pensaba irse a vivir, durante los días
de ausencia del futuro esposo, a casa de sus padres.
En cambio, él decía que la casa debe tener siempre
a alguien, que el hogar es el hogar donde se
vive, y que ella debía permanecer allí aunque se encontrase
sola.
Otro caso, muy frecuente, es el de esposos que no
se ponen de acuerdo sobre si abrirse o no abrirse
a la llegada de un nuevo hijo. Unas veces es
ella quien lo desea, mientras él se opone. Otras veces
es al revés: el esposo sueña con un nuevo bebé
en casa, y ella no se siente con fuerzas o
no lo ve oportuno “por ahora”.
Son dos casos entre los
miles que ocurren cada día entre los muros domésticos. Otras
veces el desacuerdo vierte sobre cosas pequeñas: la intensidad de
la luz de noche, el canal de televisión que es
mejor para los padres o para los hijos, el lugar
de paseo para este domingo...
Pequeños y grandes conflictos se suceden,
día a día, entre los esposos. En algunos casos, esos
conflictos llegan a desgastar la vida de pareja y llevan
a tensiones y rabias profundas, a peleas, a separaciones.
Existen cursos,
artículos, libros, centros de asesoría familiar, que ofrecen herramientas para
afrontar y superar estas situaciones. Se dan consejos para aprender
técnicas de diálogo, o para relativizar el propio punto de
vista para integrarlo en uno superior, o para construir un
modo de convivencia en el que de modo realista a
veces ceda ella y otras veces ceda él, etc.
Las técnicas
y los libros son de gran ayuda. Pero hace falta
ir más a fondo y preguntarse si los esposos realmente
han asumido, como parte esencial de la vida matrimonial, el
compromiso de crecer cada día en el amor mutuo.
Lo propio
del amor es precisamente descentrarse, ponerse uno mismo a un
lado para buscar el bien del otro por encima incluso
de los deseos más profundos. La armonía de pareja llega
a niveles de belleza insospechada cuando los dos viven en
esa actitud de amor verdadero y, por lo mismo, son
capaces del sacrificio por el bien del otro.
Ella, entonces, se
desvive por su esposo, estudia sus gustos, busca maneras de
hacerle feliz, trabaja para que sienta cada día más dicha
al llegar a casa. Por su parte, él hace lo
mismo, con sorpresas y gestos de cariño que dejan a
la esposa sorprendida ante quien vive como novio fresco y
apasionado.
En ese contexto de amor mutuo se comprende la belleza
de la apertura a la llegada de cada hijo. El
hijo que empieza a vivir en un hogar enamorado es
acogido como corona, como plenitud, de un amor que no
se limita al “tú-yo”, sino que transciende el “nosotros” en
la fecundidad, en la apertura al maravilloso regalo de Dios,
al hijo.
Juan Pablo II lo explicaba de un modo sintético
y claro en el n. 10 de la Carta a
las familias (2 de febrero de 1994): “Las palabras del
consentimiento matrimonial definen lo que constituye el bien común de
la pareja y de la familia. Ante todo, el bien
común de los esposos, que es el amor, la fidelidad,
la honra, la duración de su unión hasta la muerte:
«todos los días de mi vida». El bien de ambos,
que lo es de cada uno, deberá ser también el
bien de los hijos. El bien común, por su naturaleza,
a la vez que une a las personas, asegura el
verdadero bien de cada una”.
Las diferencias de opinión, las maneras
distintas de juzgar las cosas, no desaparecerán en esta perspectiva,
es verdad. Pero uno aprende a ver su criterio no
como algo a defender a cualquier precio, sino como algo
que es transformado en un nivel superior, donde la propia
“realización” cede el paso a la entrega al otro (a
la otra) y a la fecundidad esponsal que culmina en
cada uno de los hijos.
Además, en el dinamismo de quienes,
por amor, buscan siempre antes el bien ajeno que el
propio, ¿no es posible crear un clima de diálogo donde
expresar el propio punto de vista implica sentirse escuchado, acogido,
comprendido, incluso casi hasta el extremo en que la otra
parte cede con el deseo de contentar al amado? Habrá
veces en que las dos partes expongan sus diferentes apreciaciones,
pero buscarán en común aquello que sea mejor para todos
(para los esposos, para los hijos).
Las familias cristianas, de modo
especial, rezarán y renovarán cada día un amor que une
a los esposos entre sí y con Dios. Cuando Dios
entra en la vida de la familia, los pequeños o
grandes problemas de la jornada son vistos con una óptica
mucho más profunda y más serena, porque el Amor ha
llegado a ser el centro del hogar.
El horizonte del amor
permite, por lo tanto, vivir más allá del conflicto. Habrá
en ocasiones momentos de tensión, pues todos somos seres humanos
y el egoísmo nos acompaña como lastre incómodo desde que
nos levantamos hasta que nos acostamos. Pero el amor permitirá
superar esos momentos con una palabra de reconciliación y con
el esfuerzo por volver al diálogo sereno y constructivo, en
la búsqueda del mejor bien del ser amado que es,
en definitiva, el mejor bien para toda la familia.
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Fernando Pacual
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