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Amor y comunicación | tema
Autor: Francisco Cardona Lira
Amor entre esposos: la dimensión desconocida
Amar es un acto voluntario que nos hace crecer como personas. Amar al otro, como Dios nos ama, es el desafío del matrimonio hoy. Conoce las tres dimensiones del amor conyugal: espiritual, afectiva y corporalmente.
 
Amor entre esposos: la dimensión desconocida
Amor entre esposos: la dimensión desconocida


Amar es un acto de la voluntad. Es buscar el bien de la persona amada. Es decir, buscar su bien porque es persona, y que como tal tiene un alma, un cuerpo y sentimientos.

El amor es darse, es servicio fecundo, es entrega, es generosidad. Amar es el acto más sublime del ser humano. Es actuar como Dios mismo actua.

El amor espiritual de los esposos implica dos voluntades que se comprometen y buscan libremente el bien del otro. Dos inteligencias que han de esforzarse por ayudarse mutuamente a alcanzar su mejor bien, su salvación.

La máxima expresión del amor conyugal se encuentra en la intimidad corporal de los esposos, ya que con ella plasman en su matrimonio la entrega total.

NATURALEZA DEL AMOR CONYUGAL

El Papa Juan Pablo II, en su encíclica Familiaris Consortio, nos habla hermosamente del hombre y de la mujer llamados al amor:

“Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor. Dios es amor (1 Jn 4,8) y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano”. (FC 11).

¿Qué es amar?
¡Qué vocación más sublime tiene el ser humano! Está llamado a amar. Pero, ¿qué es amar?.

Amar no es, simplemente, desear el bien de los demás. No basta con desearlo. Hay que buscarlo, trabajar por él. Es hacer un esfuerzo por darme a los que yo digo que amo.

Amar, pues, es un acto de voluntad, no un mero deseo o sentimiento. Y ese acto ha de ser libre y voluntario. Un acto que nazca desde nuestro interior. Que yo quiera buscar el bien de las personas que yo amo.

Si Dios nos ha creado por amor, significa que Él, libre y voluntariamente, ha pensado en cada uno de nosotros, ha buscado nuestro bien, por ello nos ha llamado a la existencia. Además, Dios nos ha llamado al amor. Es decir, nos ha invitado a vivir en el amor, que es Él mismo. Dios es amor.

Dice San Agustín en el libro de sus Confesiones:
Nos hiciste, Señor, para Ti. Y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti.

¡Qué vocación tan sublime!. Haber sido creados por amor, y llamados a vivir en el amor. Pero Dios no solo ha creado únicamente al hombre y se olvida de él. Sino que, voluntariamente, por amor, lo conserva como persona.

Si Él se olvidara un segundo de sus creaturas, dejaríamos de existir. Pero no, Él, que lo ha creado por amor, se ha comprometido a buscar su bien desde ahora y para siempre. Porque Él es fiel en su amor. Él no deja ni un instante de amar, de buscar el bien, de pensar en el hombre.

Si esta es la naturaleza del amor, podemos dedudir cómo ha de ser el amor de los esposos.


El Papa Juan Pablo II nos dice al respecto:
En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo, el hombre está llamado al amor en esta totalidad. El amor abarca también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual... En consecuencia, la sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno al otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte. (FC 11).

Si la persona humana está compuesta de sus tres dimensiones: espiritual, afectiva y biológica; el amor abarcará esta integridad.

La donación amorosa de los esposos comprenderá esas tres dimensiones:

1. AMOR ESPIRITUAL:

El amor ha de ser esa búsqueda generosa, delicada, detallista, por encontrar el bien del esposo o de la esposa. Será un continuo acto de voluntad. Es un compromiso fundamental en la vida conyugal.

Recordemos las palabras del compromiso matrimonial el día de la boda:

“Yo,... , te acepto a ti,... , como mi esposo(a). Y prometo serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, y a amarte y respetarte todos los días de mi vida”. (Rito para el Sacramento del Matrimonio).

Ese día se estableció esa promesa mutua de amor, de buscar el bien del otro todos los días de la vida.

El amor espiritual de los esposos, es pues, un compromiso que ha de perdurar toda la vida. Un compromiso de pensar en el otro, como Dios piensa en cada uno. Un compromiso de buscar los medios para que el otro sea feliz y alcance su salvación eterna, que es el mejor bien que es posible buscar para la persona amada.

¡Qué grande es el amor espiritual de los esposos! Dos voluntades que se comprometen y buscan libremente el bien del otro. Dos inteligencias que han de esforzarse por ayudarse mutuamente a alcanzar su mejor bien, su salvación. Ambos serán sujeto y objeto de su amor.

Así serán verdadera imagen del amor divino. Pensarán en el bien del otro. Buscarán ese bien. Se mantendrán en un verdadero acto de amor permanente.

Habrá amor, si hay voluntad de dar. El amor es darse, es servicio fecundo, es entrega, es generosidad.

El que verdaderamente ama, no ama algo “en” el ser amado, sino que lo ama a “él mismo”. Lo ama con todo lo que es, como es, quien es. Amar es el acto más sublime del ser humano. Es actuar como Dios mismo actúa: amando.


2. AMOR AFECTIVO:

El ser humano, en su segunda dimensión, la afectiva, posee los sentimientos, las emociones y las pasiones. Los llamaremos afectos.

Un sentimiento, es una reacción de tipo afectivo que puede ser agradable o desagradable. Por ejemplo: Me gusta ir al campo, estoy triste, no me gusta el color de esa blusa.

Una emoción, es un sentimiento que hace vibrar el cuerpo, conmueve el ánimo, de manera positiva o negativa. Por ejemplo: Me enojo porque no hay agua caliente, aplaudo cuando algo me gusta, me conmueve una película o una situación triste o alegre de una persona.

Una pasión, es un sentimiento que perdura con el tiempo. Es algo que me agrada o desagrada siempre o por mucho tiempo. Por ejemplo: Soy un apasionado de un deporte, semana con semana, año con año, disfruto ese deporte. Me encanta el orden profundamente, o el arrego de las cosas. Me apasiona dar clases o leer.

Los afectos vienen y van. Nunca sabemos cuándo han de llegar o cuándo han de irse. Simplemente, ahí están. Los afectos no son ni buenos ni malos por sí mismos. Su bondad o maldad moral dependen del manejo que la persona humana, libre y voluntariamente, haga de ellos.

De esta forma, cuando se presentan afectos que no me ayuden a alcanzar la vida eterna, que no colaboren positivamente en el cumplimiento de mis compromisos libremente contraídos, he de hacerlos a un lado. Por el contrario, si se presentan afectos que me apoyen para ser mejor, he de aprovecharlos. Es más, he de cultivarlos.

Como el amor abarca a toda la persona, en su dimensión afectiva ha de manifestarse. ¿Cómo? A través de esos afectos que me ayuden a vivir mejor mi entrega conyugal.

El sentimiento básico al inicio de un amor es el enamoramiento. Sentimiento que hace que las dos personas se atraigan mutuamente, se deseen, se agraden. El novio busca las mil y una ocasiones para estar en compañía de la novia. Su cercanía le es grata. Piensa en cómo él se “siente” . Le gusta. Le satisface. El muchacho cultiva con detalles ese afecto. Lo viste de flores, de miramientos, de atenciones. Pero lo hace porque él busca el goce de ese sentimiento.

Ese sentimiento se transforma en algo “emocionante”. Todo su ser vibra atraído por la presencia del otro.

De ahí, brota el amor apasionado. Ese enamoramiento permanente que ha de ser cuidado, alimentado, renovado constantemente, para que no se marchite con el tiempo.

¡Sí!. El amor ha de ser apasionado. Que permanezca ante las embestidas de las dificultades, del desgaste del tiempo, de la rutina. Sólo cuando el amor se convierte en pasión, dará a un matrimonio su estabilidad, su permanencia.

Sin embargo, ese amor apasionado podrá ser egoísta, si el muchacho, la novia, el marido la esposa piensan únicamente en su disfrute personal.

Por eso no se puede desligar al amor afectivo del amor espiritual. Este último buscará el bien de la persona amada. Buscará la felicidad del cónyuge, no el propio disfrute de los sentimientos personales.

Cuando se limita el amor a los afectos, la persona que los siente será el centro de esa relación amorosa. Quedará encerrado en un goce personal, egoísta y particular de los sentimientos gratos que origine. El amor, ese llamado a darse a los demás, a darse al cónyuge con totalidad, a buscar el bien de la persona amada, degenerará en un amarse a sí mismo, en un egoísmo, en una desviación contraria al amor auténtico.

De esta forma, si un matrimonio finca su existencia en un sentimiento egoísta de disfrute personal de cada uno de los miembros de la pareja, tarde o temprano se derrumbará.

El amor espiritual y el amor afectivo, han de ir de la mano. Uno junto al otro, complementándose, para que la naturaleza del amor, esa búsqueda del bien de la persona amada, quede revestida e integrada en una sola pieza.

Así, ese afecto amoroso, ha de ser cultivado con todas las fuerzas de la inteligencia y de la voluntad, con finura de alma, con generosidad. Entonces, la pareja vivirá en un ambiente de ternura, de cariño, de atenciones, de delicadezas mutuas, de... amor del bueno. No desearán el goce personal, sino el gozo de ver al otro feliz.

Si el amor busca el bien de la persona amada, el amor afectivo se convierte en una obligación para los cónyuges: fomentar, cuidar y hacer crecer los buenos sentimientos de la pareja, hasta desembocar en un amor apasionado.

Los sentimientos son el ingrediente que le da sabor al matrimonio. No son la base de éste.


3. AMOR CORPORAL

En las Sagradas Escrituras, en el libro de Tobías, encontramos el siguiente relato, lleno de hermosura:
Tobías se levantó del lecho y dijo a Sara: "Levántate, hermana, y oremos y pidamos a nuestro Señor que se apiade de nosotros y nos salve". Ella se levantó y empezaron a suplicar y a pedir el poder quedar a salvo. Comenzó él diciendo: “¡Bendito seas tú, Dios de nuestros padres… tú creaste a Adán, y para él creaste a Eva, su mujer, para sostén y ayuda, y para que de ambos proviniera la raza de los hombres. Tú mismo dijiste: ‘no es bueno que el hombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él’. Yo no tomo a ésta mi hermana con deseo impuro, mas con recta intención, Ten piedad de mí y de ella y podamos llegar juntos a nuestra ancianidad”. Y dijeron a coro: “Amén, amén”. Y se acostaron para pasar la noche. (Tb 8, 4-9).

En la constitución pastoral Gaudium et Spes, leemos:

Los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan la recíproca donación, con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud. (GS 49,2).

La máxima expresión del amor conyugal se encuentra en la intimidad corporal de los esposos. Es el tercer ingrediente del amor. Es una manifestación integral del amor que ellos se profesan mutuamente. Se aman espiritualmente, afectivamente y, ahora, complementan ese amor con la totalidad de la entrega mutua, por medio de su cuerpo, en un diálogo amoroso, tierno, lleno de entrega y de generosidad.


El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice:

La sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer. En el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene a ser un signo y una garantía de comunión espiritual. Entre bautizados, los vínculos del matrimonio están santificados por el sacramento.
(CIC 2360).

La entrega total mutua entre los esposos, en toda su integridad como personas, es el sentido más profundo del amor conyugal, sin el cual, cualquier acto dentro de la vida matrimonial carecería de sentido pleno.

Con la intimidad corporal, los esposos plasman en su matrimonio la entrega total. El don de sí adquiere su plenitud. Adquiere, además, la garantía de comunión espiritual. Dos voluntades que libremente se entregan entre sí, conforman esa unidad que las Sagradas Escrituras nos anuncian:

Por eso el hombre dejará a sus padres para unirse a una mujer, y serán los dos una sola carne”. (Gén 2,24).


 

 
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