Autor: Juan Ignacio González Errázuriz | Fuente: http://encuentra.com/ El orden de la castidad conyugal
Los esposos deben adquirir y poseer sólidas convicciones sobre los verdaderos valores de la vida y de la familia, y también una tendencia a procurarse un perfecto dominio de sí mismos, mediante la razón y la voluntad libre
El orden de la castidad conyugal
Los esposos deben adquirir y poseer sólidas convicciones sobre los
verdaderos valores de la vida y de la familia, y
también una tendencia a procurarse un perfecto dominio de sí
mismos, mediante la razón y la voluntad libre.
La encíclica Humanae
Vitae después de exponer la doctrina de la Iglesia sobre
la regulación de la natalidad, en su capítulo III, bajo
el título “Directivas Pastorales”, señala algunos elementos esenciales para que
lo que en ella se enseña pueda ser llevada a
la vida práctica por los cristianos. En el número 21,
el Papa Pablo VI se refiere a la necesidad de
dominio de si mismo, con estas luminosas palabras: “Una práctica
honesta de la regulación de la natalidad exige, sobre todo,
a los esposos adquirir y poseer sólidas convicciones sobre los
verdaderos valores de la vida y de la familia, y
también una tendencia a procurarse un perfecto dominio de sí
mismos. El dominio del instinto, mediante la razón y la
voluntad libre, impone sin ningún género de duda una ascética,
para que las manifestaciones afectivas de la vida conyugal estén
en conformidad con el orden recto y particularmente para observar
la continencia periódica. Esta disciplina, propia de la pureza de
los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere
un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero,
en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan íntegramente
su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida
familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la
solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el otro
cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor,
y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren
así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz
para educar a los hijos; los niños y los jóvenes
crecen en la justa estima de los valores humanos y
en el desarrollo sereno y armónico de sus facultades espirituales
y sensibles” [1]
“La castidad significa la integración lograda de
la sexualidad en la persona, y por ello en la
unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual.
La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del
hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y
verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona
a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado
del hombre y de la mujer”[2].
No es una exageración
señalar que hoy la virtud de la castidad no goza
de buen prestigio y que sobre ella existe mucha ignorancia,
hasta llegar a considerarla como una carga imposible, fruto de
visiones exageradas de la sexualidad, impuestas por la doctrina católica.
Frente a esa visión pesimista, la enseñanza de la fe
es clara: “La castidad implica un aprendizaje del dominio de
sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La
alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y
obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y
se hace desgraciado (cf Si 1, 22). "La dignidad del
hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente
y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro
y no bajo la presión de un ciego impulso interior
o de la mera coacción externa. El hombre logra esta
dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue
su fin en la libre elección del bien y se
procura con eficacia y habilidad los medios adecuados"(GS, 17)” [3].
Es cierto, sin embargo, que hay signos de superación de
ese “desprestigio” y que poco a poco la enseñanza moral
sobre la sexualidad vuelve a ser objeto de la catequesis
de la Iglesia [4]. Por arrancar – según algunos –
de una excesiva predicación sobre los pecados relacionados con el
sexto mandamiento, hemos caído en su silencio preocupante. Según Pieper,
es verdad que la virtud de la templanza, en cuanto
se la entendía como castidad, fue sobrevalorada y se le
dio más importancia que a otras[5]. Por otra parte, “
no faltan -aunque sean cada vez menos- quienes desestiman la
vida conyugal, haciéndola aparecer a los jóvenes como algo que
la Iglesia simplemente tolera, como si la formación de un
hogar no permitiese aspirar seriamente a la santidad”[6]. No puede
dejar de señalarse que en ciertos casos las opiniones meramente
personales de teólogos o sacerdotes sobre estas materias han sido
tomadas como regla de conducta moral por muchas personas, especialmente
jóvenes, hasta llegar a una completa ignorancia de las enseñanzas
del Magisterio, como queda comprobado, muchas veces, en el trabajo
pastoral con la juventud. En esta materia, quizás más que
en otras, la diversidad de opiniones – distante de la
enseñanza de la Iglesia – ha traído una grado de
confusión del cual es difícil salir. Prueba de ello, es,
por ejemplo, el asombro con que muchos católicos han recibido
las enseñanzas de Catecismo de la Iglesia sobre el sexto
mandamiento y sobre el matrimonio. Se puede señalar que en
este ámbito se ha desarrollado con particular fuerza lo que
podríamos llamar la teoría de “mi verdad” y “tu verdad”,
dejando la bonda o maldad de un determinada conducta a
la sola apreciación del sujeto, desconociendo la verdad objetiva que
sobre esta materia ha enseñado la Iglesia desde siempre.
Este
proceso – como es lógico – ha afectado la catequesis
sobre el uso del matrimonio, de manera que a fuerza
de silencio u opiniones personales erradas, en muchos ambientes católicos
se ha llegado a la convicción de que cuando dos
personas han contraído matrimonio, en la vida íntima entre ambos
“todo es posible”. Es común escuchar afirmaciones por el estilo,
incluso en jóvenes que provienen de hogares católicos o que
han sido formados en colegios que siguen las orientaciones de
la Iglesia. Nuestras dificultades en estas materias no han venido
desde fuera de la Iglesia, de un ataque exterior que
pretende mostrar la doctrina católica como una exageración, sino desde
dentro, de personas y grupos que – sin negar su
buena fe, naturalmente, – viendo las dificultades que pueden existir
para vivir la virtud de la pureza cristiana en un
mundo erotizado, han creído solucionarlas adaptando la moral de Cristo
al mundo. Habría que recordar la enseñanza paulina: “Y no
os amoldéis a este mundo sino por el contrario transformaos
con una renovación de la mente, para que podáis discernir
cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno,
agradable y perfecto”.[7]
A la luz de lo que ha
ocurrido con esta virtud en el orden matrimonial, las enseñanzas
del Papa Pablo VI en la Humanae vitae son proféticas
y se vuelven a confirmar como el verdadero camino para
la vivencia de la castidad dentro de la vida conyugal.
Por otra parte, no se ha insistido suficientemente en que
todas las virtudes cristianas pueden llegar a vivirse – incluso
en grado heroico – mediante la ayuda de la gracia
sobrenatural. “La santa pureza la da Dios cuando se pide
con humildad”[8]. Quizá esta todavía muy presente en ciertos ambientes
el pensamiento de Pelagio que “sostenía que el hombre podía,
por la fuerza natural de su voluntad libre, sin la
ayuda necesaria de la gracia de Dios, llevar una vida
moralmente buena (…)”. El pensamiento católico en esta materia se
mueve entre dos extremos, igualmente erróneos: el pelagianismo, ya indicado,
y el de los reformadores protestantes, que enseñaban que el
hombre está radicalmente pervertido y su libertad anulada por el
pecado de los orígenes; identificaban el pecado heredado por cada
hombre con la tendencia al mal ("concupiscentia"), que sería insuperable[9].
“La castidad es una virtud moral. Es también un don
de Dios, una gracia, un fruto del trabajo espiritual (cf
Ga 5, 22). El Espíritu Santo concede, al que ha
sido regenerado por el agua del bautismo, imitar la pureza
de Cristo (cf 1 Jn 3, 3)”.[10]
“La castidad –
no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada
– es una virtud que mantiene la juventud del amor
en cualquier estado de vida. Existe una castidad de los
que sienten que se despierta en ellos el desarrollo de
la pubertad, una castidad de los que se preparan para
casarse, una castidad de los que Dios llama al celibato,
una castidad de los que han sido escogidos por Dios
para vivir en el matrimonio”[11]. “La castidad es la afirmación
gozosa de quien sabe vivir el don de si, libre
de toda esclavitud egoísta. La castidad torna armónica la personalidad,
la hace madurar y la llena de paz interior”[12]. Santo
Tomás de Aquino, en su tratado sobre la castidad hace
una valoración totalmente positiva de lo sexual, pues lleva a
sus consecuencias últimas el supuesto de que “Omnia creatura Dei
bona est”, todo lo que Dios ha creado es bueno.
Muchos antes, San Juan Crisóstomo, con su certera pluma, al
explicar la afirmación del libro Santo de que hombre y
mujer en el matrimonio llegan a ser una sola carne,
añade “¿Por qué has de avergonzarte, cuando es una cosa
tan pura? ¡Eso de sonrojarte es propio de los herejes![13].
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[1] Pablo VI. Encíclica Humanae Vitae, n. 21. En adelante
HV
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2337, 1
[3] Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 2339, 1
[4] Especialmente importante ha
sido la catequesis del Papa Juan Pablo II sobre el
matrimonio y la antropología cristiana (cfr nota 36). Entre los
documentos del Magisterio reciente sobre amor y sexualidad, pueden señalarse:
Sexo y Moral, Declaración “Persona humana” acerca de ciertas cuestiones
de ética sexual, de la Sagrada Congregación para la Doctrina
de la Fe, de 29 de diciembre de 1975; Orientaciones
Educativas sobre el amor humano. Pautas de educación sexual, de
la Sagrada Congregación para la Educación Católica, Roma, 1 de
noviembre de 1983; Sexualidad humana: verdad y significado. Orientaciones educativas
en familia, del Pontificio Consejo para la Familia, Roma, 8
de diciembre de 1985; Un enfoque Etico-Cristiano de la vida
y de la sexualidad, Comisión Doctrinal de la Conferencia Episcopal
de Chile, septiembre de 1990; Moral. Juventud y sociedad permisiva,
Una invitación a una vida más Evangélica, Monseñor Carlos Oviedo
Cavada, Arzobispo de Santiago, 24 de septiembre de 1991. Un
estudio particularmente interesante es el del Obispo Auxiliar de Rancagua,
Monseñor Luis Gleisner Wobbe, titulado “La transmisión de la vida
en los planes de Dios” publicado por la Fundación Cultura
Nacional (1996).
[5] Cfr. Pieper, Josef. Las virtudes fundamentales, Rialp.1980
p. 249.
[6] Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, n. 92,
4
[7] Rm 12, 1-2
[8] Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino,
n. 118.
[9] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 406,
1.
[10] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2345, 1.
[11] Beato
Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa. El Matrimonio
vocación cristiana, n. 25.
[12] Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad
Humana: Verdad y significado. Orientaciones educativas en familia, n.17. 1995.
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La castidad es la pureza,la
limpidez de mi ser personal,con
la cual yo vivo mi relación con
otros seres humanos,siendo todos
seres sexuados iguales en
dignidad y complementarios.Por
tanto,vivir la castidad dentro o
fuera del matrimonio,requiere
que yo haya aprendido al
autocontrol casto de mi esfera
genital,para ponerlo siempre
como don para el bien del otro.