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Autor: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net
La Iglesia y la anticoncepción
Cuando la sociedad y los medios de comunicación impulsan a los matrimonios a renunciar a su fecundidad, la Iglesia nos invita nuevamente a abrir el corazón a la fe.
 
La Iglesia y la anticoncepción
La Iglesia y la anticoncepción

El tema de la anticoncepción provoca no pocas críticas a la Iglesia católica. Muchos creen que la oposición del Papa y de los obispos al uso de los anticonceptivos es algo anticuado, o que va contra los derechos de la mujer, o que no responde al afecto y respeto que la Iglesia debería mostrar hacia todos sus hijos, también hacia aquellos que no comprenden la doctrina católica sobre este punto.

A pesar de las críticas, no son pocos los matrimonios que acogen esta enseñanza de la Iglesia. Unos, por verdadera convicción. Han estudiado, han reflexionado, han descubierto que en el uso de métodos anticonceptivos se da un desorden, se daña el respeto hacia el hombre o la mujer, se hiere la relación de pareja, se obstaculiza la confianza en la Providencia que es fundamental para la vida de todo cristiano. Son matrimonios que viven con serenidad su apertura a la llegada de nuevos hijos, que respetan el designio de Dios sobre la vida humana integral (cuerpo y alma, biología y espiritualidad, fecundidad sexual y amor pleno), sin manipular ni falsear aquellos actos de amor que unen a los esposos y que permiten el origen de cada nueva vida.

Otros respetan la doctrina católica pero sin llegar a comprenderla del todo. También estos católicos tienen su mérito, pues reconocen en la Iglesia la presencia de Cristo y la acción del Espíritu Santo. Saben que es parte de su vida cristiana el seguir los mandamientos de Dios y las indicaciones del Papa y de los obispos que están unidos al Papa. Reconocen que lo que dice la doctrina católica es lo mejor para ellos, aunque pueden sentir que no llegan a comprenderlo del todo, aunque tengan a veces miedo a la llegada de un hijo en un momento “no oportuno”, aunque sufran críticas o incomprensiones de otros. Pero quizá con un poco de esfuerzo puedan llegar a comprender por qué la Iglesia enseña, en este tema, una doctrina que se opone tanto a la mentalidad de este mundo.

En este sentido, es conveniente volver a leer los principales documentos donde se nos habla del matrimonio y donde se toca el tema de la anticoncepción. Tenemos esa estupenda encíclica de Pablo VI, la Humanae vitae. En ella descubrimos comprensión y respeto hacia el plan de Dios sobre el matrimonio, sin que se dejen de lado problemas reales de algunas parejas que ven conveniente espaciar o retrasar el nacimiento de los hijos con aquellos métodos naturales que respetan la moral católica. Tenemos también una exhortación apostólica de Juan Pablo II sobre la familia, la Familiaris consortio, en la que se habla de los males y errores que se producen con el uso de los anticonceptivos. Algunas partes de la encíclica Evangelium vitae (también de Juan Pablo II) expresan una clara denuncia de la mentalidad antivida que se esconde entre quienes promueven y fomentan la anticoncepción.

Estos y otros documentos eclesiales pueden ayudarnos a descubrir la belleza del matrimonio cuando se vive según el querer de Dios. De modo especial, permiten descubrir cómo algunas técnicas (píldoras anticonceptivas, uso de preservativos, esterilización, etc.) son contrarias al bien del matrimonio y a la propia fidelidad a nuestra fe cristiana porque tales técnicas van contra la apertura a la vida que debe caracterizar el acto sexual entre los esposos. Pero ayudarán mucho más a descubrir que un mandato negativo (no debemos usar anticonceptivos) se convierte en una invitación a descubrir lo positivo, la riqueza de la vida matrimonial que se basa en el respeto de todas las riquezas y potencialidades del esposo y de la esposa.

Cuando los esposos asumen esta riqueza y viven su donación mutua abiertos a la vida, entonces pueden descubrir maneras maravillosas para madurar en el amor. También cuando Dios permite (es siempre un don de Dios) el que se inicie una nueva vida, el que se produzca una nueva concepción. Tal vez no estaba esperada, incluso tal vez puede ser vista como poco oportuna. De nuevo la fe dará luz y energías para abrir los corazones a quien ya está en medio de los esposos, en el seno materno; a quien, como hijo, espera recibir ese amor que es el distintivo de los cristianos, la señal de esa plenitud humana de quien sabe acoger, dar, entregarse totalmente al otro. Más cuando ese otro es un hijo nacido como resultado del amor y de la felicidad que viene del vivir según Dios, en la Iglesia, con la confianza que nos da Jesucristo: “No tengáis miedo” (Mt 28, 10).

Sí: también los esposos pueden escuchar esa invitación del Señor. Cuando la sociedad y los medios de comunicación impulsan a muchos matrimonios a renunciar a su fecundidad, a adulterar incluso su amor a base de técnicas inmorales, la Iglesia nos invita nuevamente a abrir el corazón a la fe, a descubrir en cada nueva concepción un proyecto inmenso, un amor sin límites, una fidelidad y una esperanza para el futuro humano.

Lo recordaba Juan Pablo II en la Carta a las familias: “Así, pues, tanto en la concepción como en el nacimiento de un nuevo ser, los padres se hallan ante un «gran misterio» (Ef 5, 32). También el nuevo ser humano, igual que sus padres, es llamado a la existencia como persona y a la vida «en la verdad y en el amor». Esta llamada se refiere no sólo a lo temporal, sino también a lo eterno (...) El origen del hombre no se debe sólo a las leyes de la biología, sino directamente a la voluntad creadora de Dios: voluntad que llega hasta la genealogía de los hijos e hijas de las familias humanas. Dios «ha amado» al hombre desde el principio y lo sigue «amando» en cada concepción y nacimiento humano. Dios «ama» al hombre como un ser semejante a él, como persona. Este hombre, todo hombre, es creado por Dios «por sí mismo»” (Carta a las familias n. 9).

Colaboradores de Dios en su amor a los hombres: eso son los padres que se abren a la vida, que viven su paternidad responsable en el respeto lleno de confianza a la Iglesia de Dios. Colaboradores de Dios y padres buenos, capaces de encender lámparas de alegría en un mundo que necesita testigos del amor y la esperanza.

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