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Educar a un hijo | categoría
El fin de educar | tema
Autor: Francisco de Paula Cardona Lira | Fuente: Catholic.net
La autoridad en la familia
Analizaremos como ha de ser la autoridad de los padres en la familia.
 
La autoridad en la familia
La autoridad en la familia


Para analizar el tema de la autoridad en la familia es necesario que recordemos juntos algunas ideas:

1) Recordemos que toda persona es imagen y semejanza de Dios, poseedora de una dignidad inmensa y que hay que respetar desde su concepción hasta su muerte natural.

2) La finalidad de la persona es llegar a ser mejor cada día y llegar a Dios.

3) El matrimonio existe para que los esposos se ayuden mutuamente y para que eduquen a sus hijos, con la ayuda de Dios.

4) Los hijos han de desarrollar sus capacidades de pensar, amar y decidir, así como educar sus sentimientos.

5) Amar es buscar el bien de la persona que amamos porque es quien es.

La autoridad

Como habrán podido ver, la autoridad en la familia ha de ser un instrumento que empleemos para ayudar a los hijos a que sean mejores personas, para que se eduquen pensando, amando y decidiendo cada día mejor, para que los padres se ayuden mutuamente en la educación de sus hijos. Todo esto, dentro del verdadero amor que busca el bien de la persona que amamos. En este caso, los hijos.

La autoridad en la familia ha de ser un servicio generoso, amoroso y eficaz que los padres regalen a sus hijos. Por medio de la autoridad, los padres irán ayudando, poco a poco, a que los hijos sean mejores, a que se acerquen a Dios, a que logren la formación y vivencia de virtudes. No es para que los padres dominen, manden y exijan a los niños los caprichos que, como padres, puedan tener.

Quien realmente quiera tener autoridad con sus hijos y en la familia en general, se ha de convertir en el servidor de ellos. Querrá ayudarles a ser mejores por medio de su actuación como autoridad.

¿Por qué regañas a tu hijo? ¿Porque estás muy cansado y no quieres que te moleste? ¿Porque se equivocó— en la forma que le dijiste que barriera el patio? ¿Por qué? Esta es la pregunta que, como padres, nos hemos de hacer siempre que mandemos algo a nuestros hijos. ¿Por qué lo hago? ¿Busco su bien? ¿Deseo que sea mejor persona?
Recuerda que los hijos son el fruto del amor, de la entrega total y mutua de los cónyuges. Ese fruto se transforma en una nueva vida, en una persona imagen y semejanza de Dios, ¡En tu hijo!.

Por tanto, la autoridad en la familia ha de ir inspirada por el cariño que tengas por tus hijos, por el verdadero amor que busca el bien de ellos, por el respeto a sus personas, por el dominio personal de tus enojos, flojera y egoísmo. Estará revestida de generosidad, pues debes esforzarte para vencer tus comodidades con tal de ayudar a que tu hijo sea mejor. Será, también, una autoridad adecuada según las necesidades de cada uno de los miembros de la familia. No podrás exigir lo mismo a un niño que a una niña; a quien es flojo o mas inquieto, a quien es inteligente o a quien lo es menos.

Será un servicio entusiasta, incansable, con las ganas de colaborar en la mejora real del niño.

¿Cuántos papás creen que la autoridad en la familia es únicamente para mandar, para que cumplan lo que ellos quieren? Se les olvida que Jesucristo se identifica con cada uno de ellos: "Lo que hicieras a cada uno de estos, los mas pequeños, a mí me lo hiciste". Son palabras de Jesucristo. Entonces, ¿Por qué no servir a Dios en cada uno de nuestros hijos? ¿Por qué no atenderle y amarle en ellos?
Quien realmente sea la autoridad de la casa, ha de ser el servidor de todos.

¿Qué se necesita para ser buena autoridad en la familia?

1. Necesitas apoyar siempre la autoridad del otro cónyuge. "Si tu madre lo dijo, esfuérzate por obedecerla. Ella te quiere mucho". Y no decir al niño: "No le hagas caso. Ella no sabe nada" No caigas en esa postura. Cuida que el prestigio de tu cónyuge siempre esta apoyado por ti.

2. No tengas miedo de mandar, de ejercer la autoridad. Quien sirve a los demás, vive la felicidad en esta tierra. Pues se asemeja a Jesucristo, que no vino a ser servido, sino a servir. Quien manda, sirve, y se asemeja más a Nuestro Señor.

3. Esfuérzate por dar buen ejemplo a tus hijos. Quien se esfuerza por ser ejemplo, tendrá el derecho de mandar. "Guarda tus zapatos en el ropero, Juanito". Él irá a hacerlo. Pero, tú ¿guardas tus zapatos en el tuyo?

4. Cada vez que ejerzas tu autoridad, des una orden o una indicación, dialoga con tus hijos. Explícales por que han de hacerlo. "Mira, Juanito. Hay que dejar los zapatos en el ropero para que nadie se vaya a tropezar con ellos en la noche. También, para que te acostumbres a guardar todo en su lugar, para que mañana los encuentres rápido y no pierdas el tiempo en buscarlos"

5. Comprende a cada uno de tus hijos. Para mandar a Juanito se necesita exigirle mucho, pues es muy distraído. En cambio, a Manuelito basta que se lo digas una vez. Sin embargo, con Juanito haz de tener muchísima paciencia. Con Manuelito menos. Cada quien necesita un servicio educativo diferente.

6. Mantén siempre la calma, la serenidad, el dominio personal. Nunca ejerzas tu autoridad en la familia si estás de mal humor, enojado o con un coraje. Eso te hará que no pienses bien. Lo mas probable es que puedas ofender a alguno de tus hijos. ¡Detente! ¡Serénate! ¡Respira hondo! ¡Tranquilízate! Cuando lo hayas hecho, entonces ahora sí, da la orden que se necesite.

7. Sé muy perseverante, no te rindas, continúa día a día. La autoridad hay que ejercerla siempre, sin desfallecer. El día que no lo hagas, se perderá todo lo que hayas logrado. "Paquito es muy enojon. Todos los días, unas seis o siete veces, le tengo que estar ayudando para que domine esos enojos. Pero ya me cansé. Llevo cinco meses haciéndolo. Lo voy a dejar en paz". Si así lo haces, Paquito empezara nuevamente a ser muy enojon y lo que hayas logrado, se perderá.

8. Confía mucho en Dios Nuestro Señor. Pídele su ayuda para que siempre seas autoridad en la familia con espíritu de servicio. Recuerda, Cristo vino a servir y no a ser servido.


Contempla a Jesucristo sirviendo como esclavo a los apóstoles al lavarles los pies en San Juan 13, 1-19. El dice: "Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habeis de lavaros vosotros los pies unos a otros".



 
 

 
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