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1. Descripción de los rasgos más característicos.
Uno de los caracteres más
ricos. La vida del apasionado está hecha fundamentalmente de sacrificio,
toma muy en serio cosas tan vitales como la familia,
la patria, la religión. La persona de este carácter es
servicial, honorable, amante de la sociedad. Está dotado de una
comprensión inteligente para cualquier tipo de problemas y es compasivo
con la debilidad, pena o aflicción ajena.
Es, así mismo, dominador,
ambicioso, apto para mandar. A veces fanático e impaciente, hasta
agresivo. Peca de temeridad arrastrando a los demás consigo. Se
deja guiar por la regla y por la razón, que
considera como normas supremas de su obrar. De aquí que
observe el orden de una manera meticulosa. Puede convertirse en
un hombre o mujer severa, dura, obstinada, de las que
atosigan con el ejercicio de su autoridad. Organiza jerárquicamente su vida
afectiva y es generalmente reservado. Tiene una gran capacidad de
trabajo, y ese trabajo tiene como base la responsabilidad; se
concentra en lo que hace y es constante y organizado.
Está siempre orientado hacia la acción que desea resulte lo
más perfecta posible y, generalmente, consigue llevarla a feliz término.
Es además puntual y de conducta honorable.
El exceso de orden,
indiferencia por los deportes, poca resistencia física, desinterés por las
artes son otros rasgos de este carácter. La inteligencia del
apasionado es muy apta para la abstracción y el razonamiento
lógico. Sus intereses intelectuales son de carácter social, metafísico y
religioso. Posee capacidad inventiva, gran memoria, buena atención, imaginación y
comprensión. Prefiere trabajar solo.
La misma seriedad en lo que emprende
ya constituye por sí misma una valiosa ayuda tanto para
su castidad personal como en el trato con el otro
sexo. Sin embargo, por su orgullo mantiene una excesiva seguridad
en sí mismo que le puede hacer caer en la
sensualidad y en fallas graves en el campo de la
sexualidad.
2. Comportamiento religioso.
El carácter apasionado tiene un profundo espíritu religioso; anhela
vivir con sinceridad y coherencia su propia fe. Comprende y
siente la necesidad del ideal religioso. Se apasiona por los
problemas espirituales. Posee una verdadera piedad y caridad cristianas.
Sus aptitudes
le permiten aceptar un ideal elevado y sobrenatural y ser
fiel al mismo, aun a costa de un esfuerzo duro
y continuo. No se deja dominar por los placeres de
los sentidos. Caracteriológicamente hablando, es el que está mejor dispuesto
para aceptar y ser consecuente con los principios que impone
la religión, especialmente en la vida práctica; no una religión
vaga, meramente teórica basada en el sentimiento, sino en acciones
nobles y en el esfuerzo continuo. Pero, por ser orgulloso,
no acepta el servicio humilde, "yo he nacido sólo para
cosas grandes"´ suele pensar.
Experimenta la necesidad de un contacto íntimo
con Dios. En la oración se pone a disposición de
Dios para trabajar por su Reino, porque lleva el sentido
de la grandeza de Dios. Pero en esa oración busca
más el objetivo que ha de alcanzar con su actividad
que la fuente de donde ha de sacar los recursos
para vivificarla sobrenaturalmente.
Además del innato sentimiento religioso, posee una clara
disposición a orientar sus acciones y su misma vida al
servicio de Dios; es muy generoso y la sobriedad en
los placeres de los sentidos le facilita el progreso espiritual.
Su orgullo es, sin embargo, su gran defecto, que se
manifiesta en la falta de docilidad, en la excesiva confianza
en sí mismo, en la independencia de Dios y de
los directores en el apostolado.
3. Pedagogía pastoral.
Este es el carácter que
más santos ha dado a la Iglesia, como un san
Agustín, que de una juventud pecaminosa pasó a una vida
llena de amor purismo a Dios. San Bernardo, santa Teresa
de Ávila, san Francisco Javier, san Juan Bosco, santo Tomás
de Aquino, por mencionar algunos.
a. Actitud del formador. Al apasionado podrá ser
en el plano humano, un gran hombre, y en el
plano sobrenatural un gran santo; pero si se inclina hacia
el mal, puede llegar a ejercer una influencia totalmente dañina,
por eso la formación de apasionado requiere, de parte de
los formadores, un gran interés y una grave responsabilidad.
Necesita una
dirección sólida. El apasionado experimenta la necesidad de tener un
guía de su alma y confía mucho en él. Quiere
una dirección seria, elevada, sobrenatural. El formador no debe desvirtuar
la dirección espiritual convirtiéndola en una mera conversación para pasar
el rato amigablemente, debe valorizar al máximo el sentido religioso
que el apasionado lleva innato.
Por ser tan emotivo, posee una
marcada sensibilidad y profundo espíritu observador. Siente la necesidad de
un guía que lo oriente con firmeza, pero a la
vez, con suavidad. Por eso e1 formador deberá mostrársele comprensivo
e inspirarle confianza y simpatía. Conocerle lo más exactamente posible
para aprovechar su riqueza caracteriológica. Al tratarle, no usar ironías
ni palabras ásperas o humillantes que lo desalentarían.
b. Su vida espiritual.
El
formador debe hacerle ver la superioridad del ideal cristiano. Se
le debe presentar lo sobrenatural bajo el signo de la
caridad, como don de sí mismo a Dios y a
los hombres; y hacerle ver la grandiosidad del ideal cristiano
en medio del mundo actual. Hay que lanzarlo a la
conquista de las altas cimas de la contemplación, como vida
para su acción apostólica.
c. Combatir el orgullo y la independencia.
El apasionado
no comprende la necesidad de su dependencia de Dios. Su
formación debe empezar por la lucha constante contra el orgullo,
que es su defecto dominante. Que se acostumbre a conocerse
a sí mismo con sus cualidades positivas y sus deficiencias.
Se debe educar en la aceptación gustosa, por amor a
Dios, de los consejos y correcciones. Acostumbrarle a comprender y
apreciar las cualidades de los demás y a amarles. A
reconocer sus faltas de tacto y de delicadeza. A aceptar
los reveses y fracasos, las enfermedades y la inacción. A
comprender que él sirve al Movimiento y no el Movimiento
a él.
d. Apostolado.
Este carácter posee extraordinarias cualidades para cualquier tipo de apostolado,
sólo que le falta a veces concretar la oportunidad e
importancia del apostolado. Por lo tanto hay que ayudarle a
la reflexión como principio de acción; no es conveniente que
tome apostolados individuales por su cuenta. Debe acostumbrarse, sobretodo, a
recurrir filialmente a Dios y abrazarse a Cristo en un
sentido de abandono total para poder vencer la tendencia al
despotismo y a la incomprensión por las debilidades y deficiencias
de los demás.
Debe prestar atención a no abarcar un campo
de acción superior a sus posibilidades. Debe trabajar con la
convicción de que es un pobre instrumento en las manos
de Dios y que la obra es del Señor y
que él dará mayor gloria a Dios si trabaja con
una actitud interior de humildad y desprendimiento. Debe preocuparse por
el progreso de la obra más que pensar en el
honor en que se tiene su nombre.
Si se consigue convencer
al apasionado de que cualquier éxito en su vida debe
nacer de la fuente vivificadora de la humildad y de
la entrega a Dios, se habrá encontrado el camino ideal
para toda una vida de plenitud y de nobleza en
todos los sentidos, y su apostolado será sumamente eficaz para
el bien de las almas.
Por tanto, primero hay que ayudarle
a desarrollar la propia emotividad dirigiéndola hacia un ideal superior.
Segundo, fundamentar su emotividad y actividad en su capacidad organizadora.
Tercero, acostumbrarle a actuar según los dictámenes de la razón
y no de los sentimientos. Cuarto, prevenirle sobre la posibilidad
de derrotas penosas.
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