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Autor: P. Cipriano Sánchez, L.C. | Fuente: Catholic.net Tema VII. Primera parte. Crecer en Virtudes
Crecer en virtudes. La familia: Primera escuela de Virtudes. Prudencia. Justicia. Fortaleza. Templanza.
Tema VII. Primera parte. Crecer en Virtudes
LA FAMILIA: PRIMERA ESCUELA DE VIRTUDES
La madurez natural
del ser humano es resultado del desarrollo armónico de las
virtudes humanas. Y es difícil pensar conseguirlo sin contar
con la familia, ya que en ésta, se puede lograr
que las personas las desarrollen motivadas por el amor, por
saber que todo miembro de la familia tiene el deber
de ayudar a los demás miembros a mejorar. El
hogar y la vida en familia son la
primera escuela de virtudes donde se trasmiten de forma natural
a través de la vida cotidiana.
Virtud viene del latín vir
que significa fuerza, e incluye todo aquello que perfecciona a
la persona.
Es un hábito operativo bueno, una disposición
estable en el individuo para la acción. Es fuente de riqueza
espiritual y perfección para el hombre que la practica.
En esta
repetición de actos, lo más importante es:
* que hacen ser
más y obrar mejor * que potencian y engrandecen
la capacidad de actuar * que facilitan el uso correcto de
la libertad.
El ser humano, formado por cuerpo y espíritu en
una unidad sustancial, se ve sometido constantemente a impulsos que
tiran de él en direcciones opuestas: por un lado, su
parte material o sensible lo inclina fuertemente a la obtención
de los bienes materiales; y por otro, su razón
y su voluntad lo llevan a la búsqueda de la
verdad y del bien. Las virtudes actúan como un principio de
unidad que permite al hombre integrar la razón y sentimientos,
de modo que ambos converjan en un justo medio, subordinando
las tendencias inferiores a las tendencias dictadas por la razón
(superiores). Cuando la persona carece del mando unificador (virtudes), puede fácilmente
“absolutizar” el aspecto sensible de la realidad, ya que es
el más inmediato y gratificante a corto plazo, pero lleva
en sí mismo el germen del descontrol y la dispersión. Aunque
la sensibilidad es lo que permite disfrutar de la realidad
viva, es la razón la que está diseñada para dirigir
el accionar humano.
Dijimos que la virtud
es un hábito operativo bueno, que orienta nuestras acciones al
bien de manera continua e implica repetición. Pero esta
repetición no puede ser una rutina de actitudes y comportamientos,
es necesaria la presencia activa de la inteligencia y de
la voluntad para conseguir en cada momento la verdad y
la bondad.
Las virtudes son valores hechos vida. Son actos
humanos nacidos del amor. El estudio sistemático de las virtudes tuvo
sus inicios en la época de Aristóteles, quien investigó científicamente
el funcionamiento de las mismas como base de las perfecciones
del hombre.
Hay tres Virtudes Teologales: Fe, Esperanza y Caridad.
Siguiendo a Santo Tomás, se pueden considerar como “hábitos
operativos infundidos por Dios en las potencias del alma, para
disponerlas a obrar según el dictamen de la razón iluminada
por la fe”. Tienen por objeto al mismo Dios
y son infusas, es decir, recibidas directamente por Dios.
Hay cuatro
Virtudes Cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Estas
son adquiridas, es decir, el hombre puede esforzarse para desarrollar
la virtud más y mejor a nivel natural. En
torno a ellas giran todas las demás.
A todos los padres
de familia les gustaría que sus hijos fueran ordenados, generosos,
sinceros, responsables, leales, etc., pero existe mucha diferencia entre un
deseo reflejado en la palabra “ojalá”, y un resultado deseado,
previsto y alcanzable. Los padres tendrán que poner mucha
“intencionalidad” en su desarrollo, para lo que pueden apoyarse en
estos aspectos:
a) La intensidad con la que se vive b) La rectitud de
motivos al vivirla c) La aclaración intelectual de lo que significa cada
virtud d) El ejemplo de la persona que está luchando por superarse
personalmente.
Para decidir qué virtudes deberían considerarse prioritarias para cada edad,
hace falta tener en cuenta:
1) los rasgos de la edad en
cuestión 2) la naturaleza de cada virtud 3) las características y posibilidades reales de
quien estamos educando 4) las características y necesidades de la familia y
de la sociedad en la que se vive 5) las capacidades personales
de los padres.
PRUDENCIA
Toda virtud es prudente. La prudencia es
la virtud que nos ayuda en el conocimiento de la
realidad objetiva, de lo que es verdad, y en la
realización de lo que consideramos bueno.
Tiene una doble función:
*
Conocer la realidad objetiva * Ordenar nuestro
querer y obrar para realizar el bien que deseamos.
Al conocer
la realidad, la virtud facilita la reflexión adecuada antes de
enjuiciar cualquier hecho o situación y, como consecuencia, se podrá
tomar la decisión más acertada de acuerdo con criterios rectos
y verdaderos.
Se trata por lo tanto de enseñar a discernir,
a formar dichos criterios, a enjuiciar y decidir.
Para el conocimiento
de la realidad (primera función), será necesario fomentar:
1. La disposición
para conocer la realidad y ser coherente con ella. 2. Docilidad y
humildad para aceptar lo que nos dicen y reconocer las
propias capacidades y limitaciones. 3. Una gran objetividad para afrontar la realidad
y decidirse por el bien, venciendo toda tentación de cobardía,
injusticia e intemperancia.
Para ordenar nuestro querer y obrar hacia el
bien (segunda función), es necesario:
1. Formar criterios rectos y verdaderos. 2. Desarrollar la
capacidad crítica para apreciar los acontecimientos de acuerdo a esos
criterios. Saber enjuiciar correctamente. 3. Tener la capacidad de decidir, de
poner en marcha nuestro querer y obrar para realizar el
bien de acuerdo con un enjuiciamiento correcto.
El fin de la
prudencia más que conocer, es ayudarnos a decidir correctamente. Es el
modo que el hombre tiene de poseer, mediante sus decisiones
y acciones, el bien propiamente humano: la verdad. Es la madre
de las virtudes y conductora de todos los hábitos buenos.
Lo
contrario, o el vicio de la prudencia, es la Imprudencia,
que incluye la precipitación, la inconsideración y la inconstancia y
está relacionada con la falta de dominio sobre las pasiones.
Cuando
nuestros hijos empiecen a tomar decisiones personales dentro de una
zona limitada de autonomía, necesitarán de la Prudencia. Cuando
esto sucede tenemos que guiarlo para que sepa en qué
cosas debe obedecer y pedir consejo, y en cuáles puede
decidir libremente. Necesitará de nosotros en situaciones nuevas donde
no tenga la información adecuada, aunque poco a poco, se
tendrá que enfrentar a un mayor número de decisiones que
tomar. Preparar a nuestros hijos para la etapa de toma
de decisiones, que por lo general se da en la
adolescencia, requiere de un adiestramiento previo por nuestra parte, en
el desarrollo de una serie de capacidades en los hijos:
· de
observación · de distinguir entre hechos y opiniones · de buscar información, distinguiendo entre
lo importante y lo secundario · de seleccionar fuentes · de reconocer los propios
prejuicios · de analizar críticamente la información recibida y comprobar cualquier aspecto
dudoso · de relacionar causa y efecto · de reconocer qué información es necesaria
en cada caso · de recordar.
Un ejercicio que ayuda a nuestros
hijos a desarrollar estas habilidades es la lectura, pues implica
un análisis mental, memoria, reconocimiento del tema principal y secundario,
asimilar y sintetizar. Fomentemos con nuestro ejemplo este hábito
sugiriendo lecturas formativas para la familia. El contacto con el arte
es otra manera indirecta de desarrollar la capacidad de observación
y de sensibilizar, analizando un poco el contexto y vida
del artista en cuestión, así como los elementos gráficos que
constituyen la obra; investigar sobre ello amplia la información
con que contamos. Otro ejercicio útil es el análisis de programas
de TV o anuncios, señalando los valores y antivalores que
encontramos bajo un criterio correcto. El juicio nos lleva
a poner sobre la mesa los valores, hacerlos tangibles y
asimilarlos a nuestros criterios de actuación.
Educar en la prudencia es
también permitir que asuma las consecuencias de sus errores, no
tratar de resolverles la vida. Un buen consejo oportuno
es valioso, pero tomar la decisión por ellos, no los
hará madurar. Se notará que un hijo está desarrollando la virtud
de la prudencia, porque pide consejo, porque busca las fuentes
adecuadas para documentarse, porque pondera esa información y la discute
con sus padres y otras personas, porque llega a ser
una persona de criterio y porque actúa o deja de
actuar después de considerar las consecuencias del acto para él
y para los demás.
JUSTICIA
Es dar a cada cual lo que
le corresponde y supone un derecho previo que no puede
ir en contra del derecho natural (por ejemplo, la ley
del aborto: alegar “este es mi cuerpo y hago con
él lo que quiero”, va en contra del derecho a
la vida de otro ser humano). Ser justo significa reconocer al
otro en cuanto a otro, que tiene derecho a lo
suyo; hacer el bien o el mal significa dar
o retener lo que pertenece a otra persona con la
que estoy comprometida de alguna forma. No basta la
intención de nuestros actos, debe hablar de justicia. El hombre que
merece ser llamado el mejor, es el que es el
más justo. La justicia tiene una supremacía sobre la
Templanza y la Fortaleza, en cuanto a que no sólo
ordena al hombre en sí mismo, sino también la convivencia
con los demás. La más auténtica perversión del bien humano es
la injusticia y tiene su origen en dos causas:
la falsa prudencia del sabio y la violencia del poderoso. Como
vemos la Justicia se realiza en función de los demás,
por lo que no podemos desligarla de la Caridad.
La Justicia reside en la voluntad, no en el entendimiento
y encuentra su pleno cumplimiento en tres estructuras:
1. La relación de
los individuos entre sí (Justicia Conmutativa) 2. El todo social con los
individuos (Justicia Distributiva) 3. Los individuos con el todo legal (Justicia Legal)
El
niño pequeño realiza en ocasiones, actos injustos porque no los
considera como tales. Pero en cuanto empieza a razonar,
reconoce la injusticia al tratar que todos reciban lo mismo.
Esto es alrededor de los siete u ocho años. Hacia
los once años se da cuenta que lo justo no
es necesariamente el trato igualitario, sino más bien un trato
de equidad, teniendo en cuenta la responsabilidad y las circunstancias
de cada persona. Los padres empezamos a mostrar a los pequeños
las reglas del juego, luego vendrán las reglas impuestas por
el grupo.
¿Qué herramientas son útiles para la construcción de esta
virtud?
De 7 a 9 años:
· Aprender a establecer un acuerdo con
un hermano o amigo y cumplirlo. · Aceptar reglas, una vez conocidas. · Respetar
la propiedad ajena. · Respetar las necesidades y derechos ajenos: las habitaciones
de los hermanos, el silencio en momentos de estudio, llamar
a la puerta, no interrumpir conversaciones.
De 9 a 13 años:
· Seguir
insistiendo en actuaciones justas, explicando lo que es injusto. · Ayudarles a
comprender los motivos para ser justos. · Aclarar las diferentes condiciones y
circunstancias de cada persona. · Enseñarles a rectificar y por lo tanto,
a reparar. · Ayudarles a reflexionar sobre la actuación adecuada, después de
sufrir una injusticia de otro. Esto es muy doloroso,
pero tenemos que fomentar el perdón, no la venganza, pues
a quien más daña es a él mismo. · Hablar de los
demás con respeto, buscando lo positivo. Evitar el chisme
y la calumnia. · Devolver lo que nos prestan, en buenas condiciones. · Hacerles
ver las posibilidades que tiene los demás de realizar un
acto bueno. · Cumplir con las órdenes de los papás y otras
autoridades. · Evitar actos de injusticia, aunque sean pequeños y parezcan no
tener importancia, paro repetidos crean un ambiente en el que
es difícil realizar actos positivamente (contar pequeñas mentiras, colarse en
la fila del cine, entrar al cine cuando no tienen
edad, etc.). · Fomentar su capacidad de reparar o rectificar ante el
error, pedir perdón.
Es importante ser justo con cada uno de
nuestros hijos, de acuerdo a su condición y circunstancias: edad,
necesidades, estados de ánimo.
Aprovechemos el sentido de idealismo de los
jóvenes, por ejemplo, para involucrarlos en alguna labor social.
Es importante que nos vean que forma parte de nuestro
diario actuar. Al adolescente también es importante enseñarle lo que implica
su papel de hijo, de hermano, de compañero y de
ciudadano en su diario actuar, ayudarlo a comprender lo que
es justo en cada momento. Esto es el derecho
al respeto por parte de los demás, el derecho a
la ayuda para alcanzar una mayor plenitud humana, derecho de
participar de acuerdo en sus capacidades, derecho a convivir en
orden y derecho a la intimidad. Obviamente compensados con
el deber de actuar en congruencia, asumiendo las consecuencias lógicas
de sus actos, ya sea en el cumplimiento o en
la transgresión de sus deberes.
FORTALEZA
Esta virtud admite que el hombre
es vulnerable. Tanto la Fortaleza como la Templanza suponen
la debilidad del hombre y la existencia del mal que
hacemos o que padecemos. La función de esta virtud es el
combatir este mal, nos ayuda a resistir y a cometer
en situaciones dolorosas. Consiste en aceptar el riesgo de sufrir o
ser herido por la realización del bien. No es
el peligro lo que busca, sino la realización del bien
que la razón le demuestra. La Fortaleza le exige al hombre
lo más difícil, sin embargo no es la dificultad ni
el esfuerzo lo que constituyen la virtud, sino únicamente la
consecución del bien. La Fortaleza se subordina a la Prudencia y
a la Justicia: es una entrega de sí mismo
de acuerdo con lo que dicta la razón. Supone el temor
del hombre al mal y el hacerle frente presenta los
dos actos capitales de la fortaleza: Resistir y Acometer. El acto
más propio de la Fortaleza es el resistir y exige
una enérgica actividad, un valeroso acto de perseverancia en la
adhesión y obtención del bien. Y en el acometer, ayuda
la iniciativa y la perseverancia. Otros ingredientes necesarios son la paciencia,
que significa no perder la serenidad; la confianza que
el hombre pone en sí mismo. Es la virtud de los
convencidos capaces de luchar por un ideal. Como cristianos,
es hacer por amor las pequeñas cosas de cada día;
que en cada cosa que tenemos que lograr, pongamos
todo nuestro esfuerzo.
Si tenemos clara la idea de la necesidad
de formar a nuestros hijos, ¡a luchar! entonces por
eso aún en contra de mi cansancio, de mi irritabilidad
o de la búsqueda de mis propios intereses. Qué
importante es enseñarles a esforzarse, a dominarse por lograr el
bien; que sepan reconocerlo a pesar de las influencias
de su propio medio, a resistir las tentaciones y a
luchar por lo que quieren conseguir.
¿Qué podemos hacer como padres
por nuestros hijos?
· Dejarlos luchar contra la frustración, no resolverles mágicamente
sus problemas. · Enseñarles a controlar sus impulsos. · Retrasar los satisfactores inmediatos. · Cumplir hasta
el final con sus tareas asignadas. · Practicar algún deporte. · Enseñarles a decir
que no ante un peligro. · No decirles siempre que sí ni
ceder a sus caprichos. · Permitirles medir las consecuencias de sus actos. · Evitar
sobreprotegerlos. · Permitirles la iniciativa. · Educar en la perseverancia, de hábitos y de
actividades.
Los tres vicios que se oponen a la Fortaleza son:
1. El
temor. Se contrapone al valor que tenemos que tener
para atacar (la injusticia, por ejemplo). Cuántas veces, por
el temor al rechazo social, los jóvenes son incapaces de
luchar por sus valores. 2. La osadía. Cuando actuamos con
osadía, no tenemos prudencia, no medimos el riesgo. Es
el acometer, simplemente por el acometer mismo, sin un bien
ulterior buscado. 3. La indiferencia. Por no reconocer el deber
de mejorar o por no querer enterarse de las influencias
perjudiciales, adoptan una actitud pasiva, cómoda o perezosa.
Por lo que
debemos:
* Proporcionar a nuestros hijos posibilidades, no sólo
para que hagan un esfuerzo, sino para que aprendan a
resistir. * Estimularlos para que por su propia iniciativa,
emprendan caminos de mejora que supongan un esfuerzo continuado. *
Enseñarles la congruencia entre lo que creen y lo
que hacen, a pesar del medio en que se desenvuelven. *
Como padres, formarnos y superarnos continuamente, poniendo ejemplo
de lucha diaria por un ideal.
El desarrollo de esta virtud
les dará la fuerza interior para sobrevivir como personas, reconociendo
la situación que los rodea, tanto para resistir como para
acometer, haciendo de sí mismos personas sin miedo al dolor.
Hombres y mujeres que saben sufrir callando, que no
buscan la compasión, sin miedo al sacrificio o a la
lucha, que no se rinden ante las dificultades, sin miedo
al miedo, sin timideces ni complejos imaginarios, incompatibles con la
frivolidad, que no se escandalizan con lo que ven ni
oyen. En una palabra, personas enteras.
TEMPLANZA
La templanza tiene un
sentido y un fin: poner orden en el interior
del hombre, de donde brota la tranquilidad del espíritu.
Se refiere al orden en el propio yo. Lo que distingue
a la templanza de las demás virtudes es que opera
exclusivamente sobre el sujeto que actúa; se revierte sobre
la persona misma.
La tendencia natural hacia el placer sensible (que
se obtiene en la comida, la bebida, la inclinación sexual),
es el reflejo de las fuerzas naturales más potentes que
actúan en la conservación del hombre. Cuando se desordenan
pueden sobrepasar a las otras energías en forma destructora. La templanza
regula el orden y medida de estas tendencias naturales.
Así, aparece como castidad, sobriedad, humildad y mansedumbre;
en contra de la lujuria, el desenfreno, la soberbia o
la cólera. La falta de templanza descompone la estructura moral de
las personas. La virtud que se ve más afectada es
la prudencia, ya que provoca una especie de ceguera del
espíritu que incapacita para ver el bien y quita la
fuerza de voluntad. La templanza prepara a la inteligencia y a
la voluntad para captar la verdad y el bien y
capacita para la entrega en el amor. Unicamente por la
templanza se llega al goce de las cosas sensibles, sin
reducirlos a su propio placer.
La castidad modera el instinto sexual
por medio de un orden dictado por la razón. La sobriedad
distingue entre lo razonable y lo inmoderado en cuanto al
uso del dinero, del tiempo y del esfuerzo, de acuerdo
con criterios rectos y verdaderos. Se consigue un autodominio. La
humildad implica reconocer nuestros propios límites, aceptar una realidad primaria
y definitiva, aceptar la condición del hombre de “ser creado”.
La humildad no es otra cosa que la verdad.
Está acompañada de la magnanimidad, es decir, el ser
capaz de aspirar a lo extraordinario y hacernos dignos de
ello; y no porque confiemos en nuestras propias fuerzas, sino
porque el hombre se abandona en la fuerza de Dios. La
mansedumbre hace al hombre dueño de sí mismo, debilita la
fuerza de sus pasiones, modera la ira y la ordena
según la razón.
La ideología del mundo de hoy nos pone,
y sobretodo a los jóvenes, una gran cantidad de estímulos
en pro de la satisfacción de sus deseos, ya sea
vía placer o consumismo. Suele tomar frases como:
· “¿Qué hay
de malo en pasarla bien?” · “Si yo trabajo, porqué no
gastar mi tiempo y dinero como quiero...” · “Cuando me divierto, no
le hago daño a nadie...” · “La moda es...”
No se trata de
censurar esta actitud, sino de buscar un fin más importante
que rija el modo de actuar del ser humano.
Que no se quede en el actuar sólo por el
placer. No se trata de no hacer daño solamente,
sino de hacer el bien, gastar el dinero en nuestro
bien y el de los demás. La “moda” no
es justificación suficiente para dejar de lado las decisiones personales,
sólo por el hecho de no ser diferente y de
quedar aislado. La sociedad de consumo hace difícil distinguir entre lo
necesario y lo superfluo y nos crea necesidades.
El
hombre sobrio no se engaña, disfruta de lo que tiene
pero no se ata a ello. Controla sus pasiones
sin permitir que sus caprichos lo controlen a él. Vivir la
sobriedad con alegría reflejará el testimonio que de esta virtud
demos a los hijos: enseñarles a valorar lo que tienen
y el esfuerzo que supone conseguirlo. Si se entiende al trabajo
únicamente como una manera de ganar dinero, es probable que
la finalidad del tiempo libre sea gastarlo. De ahí
la revalorización que debemos hacer no sólo del trabajo, sino
del uso de nuestro tiempo.
¿Cómo educar esa sobriedad? Enseñándoles:
1. A valorar
lo que poseen y lo que pueden poseer. 2. A dominar sus
caprichos con alegría. 3. A reflexionar el porqué de sus gastos. 4. La importancia
que tiene no estar atado al placer. 5. A controlar ciertas apetencias. 6. Ideales
elevados que lleven a una satisfacción profunda, en lugar de
buscar lo superficial. 7. A actuar congruentemente con lo que perseguimos con
voluntad. 8. Que nuestros reconocimientos a sus logros no son materiales.
En conclusión,
algunos objetivos educativos que se derivan de cada virtud, se
resumen en el siguiente cuadro:
Comenta alguna de tus experiencias
en la educación de virtudes
Es importante que al
participar en el foro, leas los comentarios anteriores y participes
enriqueciéndolos dando tu punto de vista, cuida el no ser
repetitivo, el objetivo del foro no es "únicamente entregar la
tarea" sino principalmente aprender de los comentarios
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