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El ámbito natural donde se acoge al ser humano
sin reservas, por el mero hecho de ser persona, es
justo la familia. En cualquier otra institución —en una empresa,
pongo por caso— resulta legítimo, y a menudo necesario, que
se tengan en cuenta determinadas cualidades o aptitudes, sin que
al rechazarme por carecer de ellas se lesione en modo
alguno mi dignidad (el igualitarismo que hoy intenta imponerse para
«evitar la discriminación» sería aquí lo radicalmente injusto).
Por el
contrario, una familia genuina acepta a cada uno de sus
miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de persona, como
el resto de las instituciones (de ahí el famoso precepto
kantiano); y además… su condición de persona. Y basta. Y,
al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como personas.
Por eso
cabe afirmar que sin familia no puede haber persona o,
al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y ello, según
acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna,
sino al contrario, en virtud de la propia excedencia, que
«nos obliga» a entregarnos… o quedar frustrados, por no llevar
a término lo que demanda nuestra naturaleza, nuestro ser.
La realización
y la madurez de la persona dependen en gran medida
de la armonía que logre en sus diversas relaciones, y
en primer lugar, en las que se refieren a la
vida de familia.
Las relaciones en familia tienen características que las
hacen únicas: son íntimas, continuas, variadas y complejas.
Existen diversas formas
de relaciones familiares:
1. Relaciones entre esposos (conyugales). 2. Relaciones entre padres e hijos 3. Relaciones
entre hermanos
1. RELACIONES ENTRE ESPOSOS
La primera relación familiar es entre los
cónyuges. Es una relación entre dos personas que, libre y
voluntariamente, por amor, decidieron unir sus vidas para formar una
nueva familia, y que se han comprometido ante Dios Nuestro
Señor, a amarse y respetarse todos los días de la
vida. Esta unión es bendecida por el mismo Jesucristo a
través del sacramento del matrimonio.
La armonía familiar depende de
que esta relación sea amorosa, amable y sólida. Si los
esposos se aman, se comprenden y se apoyan mutuamente, la
unión familiar se dará. Cada uno de ellos aportará al
matrimonio y a la familia su riqueza personal, él como
hombre, ella, como mujer.
Si esa relación conyugal brilla por
la entrega, la generosidad y el amor, los hijos crecerán
sanamente, llenos de seguridad, pues saben que sus padres se
aman.
Desgraciadamente, en muchos matrimonios, se olvida la relación conyugal
como base de la armonía familiar, se olvidan de que
primero son esposos, antes que ser padres. Se centran en
ser padre o madre y destruyen su matrimonio y a
la familia entera.
La relación conyugal mantiene el diálogo entre
esposos, aumenta el cariño, el amor, la ternura y la
confianza. Si padre y madre están unidos como esposos y
como padres, la familia quedará revestida del verdadero amor, y
los hijos crecerán aprendiendo a amar al ver el amor
de sus padres.
Además de la relación
de marido y mujer, deberán conjuntar armónicamente otro papel: el
de SER PADRES. Ante la disyuntiva de ser padres
o cónyuges en determinado momento, la respuesta es por vía
de la CONFLUENCIA, más que por el de la incompatibilidad.
Deben esforzarse por lograr la armonía de ambas funciones
y que para ambos sea de interés común la familia
y la educación de los hijos.
2. RELACION ENTRE PADRES E HIJOS.
Para
que los hijos se sientan amados y aceptados en la
familia, hay que dedicarles un tiempo especial. Convivir con ellos.
El padre con todos y cada uno de los hijos,
al igual que la madre. Cada hijo es una persona
única e irrepetible y necesita atención personal.
Ser cariñoso y
atento con todos y cada uno de los hijos. Cuando
los padres lleguen del trabajo o de otras actividades, aunque
estén cansados, jugar con ellos, escucharlos, atenderlos. Que se sientan
amados y aceptados. ¡Que descubran en el rostro de sus
padres la alegría y el deseo de estar con ellos!.
Cuando un hijo se siente rechazado por el padre o
la madre, sufrirá mucho en las diferentes etapas de su
vida.
Que esa relación esté llena de cariño, paciencia, interés,
amabilidad, detalles. No dejar que la comodidad, la flojera o
el egoísmo dominen sobre estos sentimientos. Si los padres están
cansados, pedirle a Dios fuerzas para darle el mejor tiempo
a los hijos. Aceptar a los hijos tal cual son,
con sus cualidades y sus defectos; dar gracias a Dios
por tenerlos, ser cariñosos, afectuosos, amorosos; respetarlos, comprenderlos y tenerles
mucha paciencia. Ser responsables de su educación, ser justos con
ellos y tratarlos según su edad.
Deberes de los padres
El papel de los padres en la educación de
sus hijos tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede
suplirse. Lo que sus padres no hagan por ellos, nada
ni nadie lo hará. De ahí que el derecho y
el deber de los padres de educar a sus hijos
sean la primera obligación que no se la pueden delegar
a nadie. Ellos son los que deben realizarla.
Para llevar
a cabo esta educación a los hijos, los padres deben
verlos como hijos de Dios, como imágenes y semejanza de
Dios. Más aún, ver al mismo Jesucristo en ellos: Nos
dice San Mateo:Porque tuve hambre, y ustedes me alimentaron; tuve
sed y ustedes me dieron de beber;... Señor, ¿cuándo te
vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te
dimos de beber,... ? ... En verdad les digo que,
cuando lo hicieron con alguno de estos más pequeños, a
mí me lo hicieron.
Así, al ver a Jesucristo mismo
en esas caritas inocentes de los hijos, los padres de
familia los educarán respetando ante todo su dignidad como personas.
Los padres son los primeros responsables de la educación de
sus hijos. Al crear el hogar adquieren esta responsabilidad. Por
tanto, un hogar, especialmente si es cristiano, tendrá como normas
a la ternura entre todos sus miembros, el perdón sincero
y amoroso ante los errores, el respeto en el trato
entre todos, la fidelidad y el servicio desinteresado a los
demás miembros del hogar.
a)La educación de las virtudes
El
lugar más apropiado para que los hijos crezcan en las
virtudes es la familia. Será necesario su esfuerzo constante y
asiduo por dar buen ejemplo constantemente. Pues es parte de
su gran responsabilidad. Pero, ¿cómo podrán los padres educar a
sus hijos en algunas virtudes que ellos mismos no tengan,
si se ha dicho que es fundamental educar con el
ejemplo?. No es necesario ser perfecto. Basta a los hijos
ver que los padres también se esfuerzan en practicar esa
virtud. El ejemplo del esfuerzo es lo que arrastrará a
los hijos. Al reconocer ante los hijos los propios defectos,
un padre de familia se hace más apto para guiarlos
y corregirlos.
Nos dice la Sagrada Escritura: “El que ama a
su hijo, le corrige sin cesar... el que enseña a
su hijo, sacará provecho de él” (Si 30, 1-2). “Padres,
no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante
la instrucción y la corrección según el Señor” (Ef 6,4).
El hogar es un medio natural para que los hijos
aprendan a vivir en sociedad. Aprovechen los padres esta realidad
para enseñar a sus hijos a guardarse de los peligros,
riesgos y degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.
b)La
educación en la fe
Por la gracia del sacramento del
matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio
de evangelizar a sus hijos. Los papás serán los primeros
mensajeros de la fe para sus hijos. ¡Qué hermoso es
ver a una madre y a un padre que, desde
los primeros años de vida de su hijo, le empiezan
a hablar de Dios! ¡Qué alegría le da al Señor
ver a aquellos niños muy pequeños acercarse a Él en
la Iglesia y mandarle un beso cariñoso! ¡Benditos los padres
que van introduciendo poco a poco a sus hijos al
contacto personal con Dios! ¿Cómo será la vida de fe
del niño cuando sea adulto? Será según los cimientos que
sus padres le dieron de niño. Los padres tienen la
misión de enseñar a sus hijos a orar y a
descubrir su vocación de hijos de Dios. Así, en ese
contacto con Dios, la familia crecerá como cristianos. ¡La familia
que reza unida, permanecerá unida!.
c)Proveer a las necesidades físicas
y espirituales de los hijos
El respeto y el afecto
de los padres se traducen, durante la infancia de los
hijos, ante todo en el cuidado y la atención que
consagran para educar a sus hijos, y para proveer a
sus necesidades físicas y espirituales. No basta procrear a los
hijos. Es necesario proveerles de todo lo necesario para que
puedan desarrollarse integralmente como personas. Esfuércense los padres en dar
a sus hijos, en la medida de sus posibilidades, todo
lo que requieran: casa, comida, sustento. No escatimen los esfuerzos
para lograrlo. Dentro de las necesidades espirituales se encuentra el
enseñar a los niños a pensar bien, para que sean
capaces de decidir por lo mejor. Esto es educarlos para
la vida. Finalmente, será deber de los padres, apoyar a
sus hijos cuando sean mayores al elegir su profesión y
estado de vida. Ellos decidirán lo que crean más conveniente,
siempre que sea algo honesto. En esos momentos, los padres,
en un ambiente de confianza y respeto, den sus consejos
y pareceres a los hijos. Al igual, no presionen a
sus hijos en la elección de su futuro cónyuge. Sin
embargo, ayuden a sus hijos con consejos juiciosos.
Deberes de
los hijos
Dado que la paternidad humana tiene su fuente
en la paternidad divina, los hijos honren a sus padres.
El respeto de los hijos a sus padres se nutre
del afecto natural nacido de la familia. Es exigido por
el precepto divino, el cuarto mandamiento de la ley de
Dios: honrarás a tu padre y a tu madre
La
piedad filial, es decir, el respeto a los padres, está
hecho de gratitud para quienes con su amor, su trabajo
y su vida, han traído a sus hijos al mundo
y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría
y en gracia. Recordemos lo que dice el libro
del Eclesiástico, en las Sagradas Escrituras: Con todo
tu corazón honra a tu padre, y no olvides los
dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido,
¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?. (Si. 7,
27-28).
El respeto de los hijos se expresa sobretodo en
la docilidad y la obediencia verdaderas.
Guarda, hijo mío, el
mandato de tu padre y no desprecies la lección de
tu madre. Grábalos constantemente en tu corazón, cuélgalos a tu
cuello. Ellos guiarán tus pasos, te velarán cuando duermas, y
te hablarán al despertar (Proverbios 6,20-22).
Mientras el hijo vive
con sus padres, debe obedecer a todo lo que éstos
dispongan para su bien o el de la familia.
San
Pablo en su carta a los colosenses: Hijos, obedezcan
en todo a sus padres, porque esto es grato a
Dios en el Señor(Col. 3,20).
El cuarto mandamiento de la
ley de Dios, recuerda a los hijos cuando ya sean
mayores de edad su responsabilidad para con sus padres. En
la medida de sus posibilidades han de prestarles toda la
ayuda material y moral en los años de vejez y
durante sus enfermedades, incluso en momentos de soledad y de
abatimiento.
Nos dice la Sagrada Escritura: El Señor glorifica
al padre en los hijos, y afirma el derecho de
la madre sobre su prole. Quien honra a su padre
expía sus pecados; como el que atesora es quien da
gloria a su madre. Quien honra a su padre recibirá
contento de sus hijos, y en el día de su
oración será escuchado. Quien da gloria al padre vivirá largos
días, obedece al Señor quien da sosiego a su madre
(Si. 3,2-6).
Hijo, cuida de tu padre en su vejez,
y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya
perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la
plenitud de tu vigor... Como blasfemo es el que abandona
a su padre, maldito del Señor quien irrita a su
madre (Si 3,12-13.16).
Los hermanos deben aprender a cultivar la solidaridad entre
ellos. Los padres deben ayudar y fomentar el amor entre
los hermanos, el respeto entre ellos y sobre todo, el
sentido de amor por el más débil. Son los hermanos
el principal sostén cuando uno de ellos pasa una dificultad
económica, de salud o trabajo y si no aprenden a
ayudarse desde pequeños, de mayores les será más difícil.
El
gran fruto de las relaciones familiares será el amor, la
confianza, el cariño, la unión familiar, la alegría de vivir.
Buscar el ejemplo de la Sagrada Familia: en la Biblia,
en San Lucas 1-3, se puede observar a José dedicado
a su familia, María educando a Jesús, y el niño
Jesús sujeto a sus padres.
Contemplar la relación amorosa de
Jesús con su Padre Celestial. Siempre dialogando con Él a
través de la oración, contándole todas sus alegrías y sus
penas. (Oración en el Huerto de Getsemaní: San Lucas 22,
39-46)
Lo propio de las relaciones fraternas es estar unidos, debe
ser fuente de amor y solidaridad entre ellos. Suelen
ser extensas y profundas, abarcan las distintas etapas del desarrollo.
La amistad entre hermanos no siempre se da, aunque
exista un fuerte lazo de cariño. Es necesario enseñarles
a ser buenos hermanos, hablando con ellos sobre el valor
de la fraternidad. Si nosotros tenemos hermanos,
poner de ejemplo situaciones positivas.
Es también labor de los padres
prevenir situaciones conflictivas y de rivalidad, que se originan muchas
veces por competir por el amor de los padres o
por las preferencias que perciben. Por ello es muy
importante evitar siempre las comparaciones.
Cuando se dan conflictos, debemos saber
actuar:
· Tolerando algunos conflictos cuando no sean de importancia. · Hablando con cada
hijo por separado para escuchar su versión. · Enseñándoles a resolver sus
conflictos mediante el perdón. · No tomando partido ni involucrándose. · Aprovechando los conflictos
para educar en valores y virtudes. · Propiciando un ambiente de alegría,
aceptación y cariño. · Reforzando conductas positivas: promoviendo proyectos en común, viajes,
visitas, jugando juntos, compartiendo, haciéndose favores entre sí, ayudándose a
realizar alguna tarea.
Debemos cuidar algunas obligaciones que los hijos deben
cumplir con sus hermanos: Amor incondicional, comprensión, respeto, ayuda material y
espiritual. Los hermanos mayores ayudan a la transmisión y cumplimiento de
normas y costumbres con su buen ejemplo.
Para terminar, retomemos la función de los padres que corresponde
a SERVIR. En nuestra sociedad, pareciera que existe un rechazo al
servir o al sacrificio. Tendemos a pasarla bien a
cualquier precio. Cada vez es menos frecuente que nos
enseñen que también se aprende sufriendo o renunciando, si las
circunstancias así lo exigen. Lograr dar trato personal en la vida
de familia, cuidar y hacer crecer la intimidad de cada
uno, implica necesariamente esfuerzo y una continua actitud de servicio
de los padres (sin hacer por los hijos lo que
ellos pueden hacer).
El SERVICIO, con el sacrificio que implica, se
justifica por el AMOR. Basta con preguntar a una
mamá que se despierta en la madrugada varias veces a
dar de comer a su bebé, si se cuestiona el
sacrificio que implica. Pierde su calidad de “víctima” porque
lo hace por amor. El significado positivo de servir,
es poner a disposición de otros, lo que somos, sabemos
y tenemos, para ayudarlos a crecer y a ser felices.
Tutores del Curso
¿Cuales son los puntos que consideras más importantes para educar
a los hijos en una buena relación filial?
Este curso ha sido producido por Catholic.net con el
apoyo solidario del Comité para la Iglesia en América Latina
de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB).
Los hallazgos, conclusiones y recomendaciones expresadas aquí son del autor
y no reflejan la opinión de la USCCB. Para
más información sobre el trabajo solidario de la Conferencia de
Obispos Católicos de Estados Unidos en América Latina y el
Caribe, visite su sitio Web.United States Conference
of Catholic Bishops (USCCB)
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