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Autor: Tomás Melendo Granados | Fuente: Catholic.net Tema IV: 2a parte. Familia, sé lo que eres
Los padres, el núcleo primordial. Por encima de todo, la familia. Amor que se desborda. El derecho esencial de los hijos
Tema IV: 2a parte. Familia, sé lo que eres
Es preciso definir el núcleo de la existencia familiar, pues
es el punto en el que habremos de incidir para
elevar el nivel y la eficacia de las actividades de
cualquier familia que aspire a ser lo que por esencia
le corresponde.
En principio, determinar la sustancia y el objetivo de
la institución familiar no parece complejo. Juan Pablo II los
ha señalado con insistencia y claridad: «En una perspectiva que
además llega a las raíces mismas de la realidad, hay
que decir que la esencia y el cometido de la
familia son definidos en última instancia por el amor.
Por esto
la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar
el amor».
El amor, por tanto, define y fundamenta la
institución familiar; y el amor en su acepción más noble:
de amistad o benevolencia. Pero, ¿entre quiénes?
EL NÚCLEO PRIMORDIAL
Primero los
padres
Es frecuente que los padres no sientan la necesidad de
formarse mejor hasta que alguno de los hijos plantea dificultades
que los superan. Acuden entonces al centro educativo para hablar
con el preceptor o se inscriben en un curso de
orientación familiar. El «problema», por decirlo con dramatismo, es el
hijo.
Aquí, los cónyuges deben comprender que toda su actividad paterna
resultará inútil hasta que, en el seno de la familia,
no dirijan su mirada e influjo renovador hacia ellos mismos:
son los padres quienes deben cambiar en primer término para
provocar un perfeccionamiento en sus hijos. Cualquier progreso en la vida
familiar es fruto de una modificación en la vida de
los cónyuges, que se implican más, y más decididamente, en
el seno del propio hogar.
Sin ese radical compromiso, todo resulta
inútil. La familia es insustituible para la maduración y existencia de
la persona en cada uno de sus niveles de desarrollo:
desde la indigencia absoluta del recién concebido, pasando por la
inseguridad y las dudas del niño o el adolescente, hasta
la aparente firmeza autónoma del adulto, la plenitud del hombre
y la mujer, y la fecunda pero frágil riqueza del
anciano.
Desde este punto de vista, es imprescindible indicar a los
padres que la familia es necesaria, no sólo para que
sus hijos se perfeccionen; sino también, ¡y antes!, para que
ellos —el padre y la madre—se santifiquen como personas (que
es el objetivo terminal de cualquier existencia humana, sin cuyo
logro no alcanza sentido).
La idea de la familia-refugio ha ocupado
un papel preeminente en la sociedad occidental desarrollada: el ámbito
familiar resultaría indispensable como remedio para la debilidad del ser
humano y justo en la proporción en que sus miembros
se encuentran necesitados de protección y apoyo.
Pero esto, que no
carece de verdad, no es lo más serio que puede
afirmarse de la familia. El hecho de que el Dios
creador del Universo se nos haya revelado como familia, da
una certera pista a la hora de ponderar las relaciones
entre familia y persona.
Si la Trinidad personal de Dios, en
quien no falta ninguna perfección, «tiene que» constituirse como familia,
queda claro que ésta no deriva de indigencia alguna, sino,
al contrario, de la plenitud del ser personal que, por
naturaleza, está llamado al don, a la entrega, y requiere
un hábitat adecuado para poder ofrendarse.
Análogamente, la persona humana está
más llamada a entregarse conforme más se plenifica. Por eso,
cuanto más perfecta es una persona, tanto más necesita de
la familia como el ámbito en el que, sin reservas
ni trabas, puede dar y darse.
Por encima de todo, la
familia
Respecto a semejantes verdades, la orientación de Juan Pablo
II no puede ser más diáfana: «El hombre, por encima
de toda actividad intelectual o social por alta que sea,
encuentra su desarrollo pleno, su realización integral, su riqueza insustituible
en la familia. Aquí, realmente, más que en cualquier otro
campo de su vida, se juega el destino del hombre».
Los
padres pueden fácilmente caer en la cuenta de que equivocan
el rumbo cuando —aun con la mejor de las voluntades—
descuidan la atención directa e inmediata a los demás miembros
de su familia, para dedicarse a otros menesteres, profesionales o
sociales, en los que incluso alcanzan éxito absoluto.
Porque ese triunfo
no es capaz de ahogar la desazón íntima que les
asalta siempre, en los momentos más humanos, por desatender el círculo
familiar, en el que habrían de encontrar «su realización integral,
su riqueza insustituible».
Además de desatender al cónyuge, delegará en él
la educación de los hijos o, cuando el otro consorte
busque su propia realización fuera de casa, los encomendará a
otras instituciones —colegio, club juvenil—, cuya misión es subsidiaria respecto
a la de los padres y cuyo influjo eficaz en
los chicos se torna limitado y epidérmico.
Los padres deben ver
con claridad que la familia resulta imprescindible para el íntegro
desarrollo de sus hijos, porque en primer término lo es
también para él o ella como cónyuge y como padre
o madre.
Un padre insatisfecho por no desarrollarse en plenitud dentro
de su propio hogar, no puede aportar auténtica vida ni
apoyo sólido a sus hijos, que en ese hogar encuentran
también la principal palestra para su robustecimiento personal y la
base ineludible para el despliegue enriquecedor en cualquier otra esfera
de su vivir.
AMOR QUE SE DESBORDA
Centremos ahora nuestra atención en
la necesidad que el padre y la madre tienen de
la familia en función del crecimiento y la mejora de
sus hijos. Con otras palabras: para cumplir sus deberes paternos,
los componentes de un matrimonio no han de dirigir en
primer lugar su atención hacia los hijos, sino hacia el
otro cónyuge.
Y la razón es muy simple: la primera —y
casi única— cosa que un hijo necesita para ser educado
es que sus padres se quieran entre sí.
Se trata de
una idea desarrollada con brillante sencillez por Carlos Llano: como
la educación de los hijos no es sino la más
genuina expresión del amor paterno, y como este amor no
puede ser, a su vez, sino el despliegue del cariño
entre los esposos, el que los cónyuges se amen de
veras constituye la clave esencial, y casi el todo, de
su misión dentro de la familia.
La marcha de la familia,
en cada uno de sus componentes, está definida, casi completamente,
por el amor que se ofrenden los padres. La calidad
del amor familiar —del paterno-filial y del fraterno— está determinada
por las características y la categoría del hábitat que origina
el cariño de los cónyuges.
Fuera de ese ambiente es muy
difícil, si no imposible, que un muchacho se desarrolle pertinentemente.
Y el centro escolar o el club juvenil, a duras
penas colmarán el déficit causado por el vacío de amor
de los padres.
Dentro de este contexto, me parecen concluyentes y
luminosas las convicciones expresadas por Ugo Borghello: «Cuando se trae
a un hijo al mundo, se contrae la obligación de
hacerlo feliz. Para lograrlo […] existe sobre todo el deber
de hacer feliz al cónyuge, incluso con todos sus defectos.
Para ser
felices, los hijos necesitan ver felices a sus padres. El
hijo no es feliz cuando se lo inunda de caricias
o de regalos, sino sólo cuando puede participar en el
amor dichoso de los padres. Si la madre está peleada
con el padre, aun cuando luego cubra de arrumacos a
su hijo, éste experimentará una herida profunda: lo que quiere
es participar en la familia, en el amor de los
padres entre sí. En consecuencia, engendrar un hijo equivale a
comprometerse a hacer feliz al cónyuge».
El derecho esencial de los
hijos
Como consecuencia de ese querer recíproco, y apoyados en él,
los padres podrán enderezar un afecto profundo y vigoroso hacia
cada uno de los hijos. ¿Cuáles han de ser las
características de tal amor?
De acuerdo con la ya clásica descripción
aristotélica, se ama a una persona cuando se procura y
se le ofrenda lo que es realmente bueno para ella.
No lo que viene a suplir la falta de auténtica
dedicación al ser querido, sino lo que efectivamente lo hace
crecer, lo mejora, lo perfecciona. A este amor nuestros hijos
tienen un derecho absoluto.
Pero no tienen derecho, porque implicaría una
falsificación del genuino cariño, ni al premio desmesurado por las
buenas calificaciones, ni a la paga desmedida, ni a la
moto o al coche cuando todavía no son responsables en
otros ámbitos de su existencia, etcétera.
Porque a lo único que
éstos tienen derecho es ¡a nuestra propia persona! O, si
se prefiere, a lo más personal de nosotros: a nuestro
tiempo, dedicación, interés, a nuestro consejo, a nuestro diálogo, al
ejercicio razonado de nuestra autoridad, a la fortaleza para no
flaquear cuando —por obligación inderogable— hemos de hacerles sufrir para
provocar su maduración, a nuestra intimidad personal, a introducirse efectivamente
en nuestras vidas...
Una hija que va creciendo —por ejemplo—, tiene
derecho a que su padre le dé a conocer a
su madre como mujer, a través de sus ojos de
marido enamorado. Lo cual alimentará el cariño y la admiración
de la joven por la madre, la confianza entre padre
e hija; y también la preparará para su vida de
relación con los chicos y su posible futuro como esposa
y madre.
De igual forma, desde muy pronto y más conforme
pasan los años, los hijos severán enriquecidos cuando los hagamos
partícipes de nuestros problemas personales no sólo en la medida
en que estén capacitados para conocerlos, sino cuando sinceramente les
pidamos su opinión y consejo.
Esta rigurosa relación interpersonal, en la
que, por expresarlo de algún modo, «bajamos la guardia», les
es asimismo debida en justicia, por cuanto resulta imprescindible para
su crecimiento eficaz.
Todo lo que sea «intercambiar» esa entrega comprometida
por regalos o concesiones irresponsables, equivale, en el sentido más
fuerte y literal de la expresión, a comprar a nuestros
hijos y, como consecuencia, a prostituirlos, tratándolos como cosas y
no como personas.
Esto, dicho sea de paso, destruye cualquier ambiente
familiar, porque la lógica del «intercambio», del do ut des
mercantilista e interesado, es lo más opuesto a la gratuidad
del amor que debe imperar en el hogar.
Confiar sin fingimientos
Lo
que el cariño hacia los hijos exige es que nos
pongamos personalmente en juego, que estemos dispuestos a sufrir para
poder amar y cumplir el cometido esencial que por naturaleza
nos corresponde.
Son muchísimas las personas que aseguran en la
teoría y en la práctica esta ley fundamental: en la
actual condición del ser humano, el sufrimiento, el dolor, es
un medio imprescindible para purificar nuestro amor.
Tenemos un ejemplo paradigmático
en Jesucristo. Baste con añadir estas palabras de Juan Pablo
II: «En la intención divina los sufrimientos están destinados a
favorecer el crecimiento del amor y, por esto, a ennoblecer
y enriquecer la existencia humana. El sufrimiento nunca es enviado
por Dios con la finalidad de aplastar, ni disminuir a
la persona humana o impedir su desarrollo. Tiene siempre la
finalidad de elevar la calidad de su vida, estimulándola a
una generosidad mayor».
El proceso educativo, que es siempre fruto del
amor, no puede concretarse sin una dosis de sufrimiento propio
y ajeno. Ya que el amor —es una de las
pocas verdades que entrevió claramente Freud— torna vulnerables a quienes
aman.
Todos los que nos movemos en estas lides sabemos bien
que sin confianza recíproca, cualquier intento de formación es vano.
Pero se nos escapa a veces que semejante crédito debe
ser real, sin fisuras, y justamente con ese hijo que
nos plantea más problemas y en los aspectos en que
más deja qué desear.
Ahí, precisamente, es donde hemos de depositar
nuestra esperanza, sin fingimientos, confiando con toda el alma en
que el chico o la chica, dispuesto a luchar con
todas sus fuerzas, podrá vencer, con la ayuda de Dios
y con nuestro pobre auxilio.
Y si fracasa, nosotros fracasamos también con
él; y, echando mano de nuestros mayores recursos, nos rehacemos
del fracaso y del dolor, rehacemos al muchacho, y volvemos
a depositar en él toda nuestra confianza, sincera y eficaz.
Sólo
en semejante clima, incompatible con la despreocupación «ocupadísima» de quien
no encuentra tiempo más que para sus actividades personales, es
posible el crecimiento de nuestra familia. Tanto en el interior
del matrimonio como en las relaciones paterno-filiales, lo decisivo es
«soportar», en el sentido vigorosamente solidario de servir de apoyo
por amor.
Es lo que, elevando con fuerza el punto de
mira, expone san Josemaría Escrivá:
«Si tuviera que dar un
consejo a los padres —escribe—, les daría sobre todo éste:
que vuestros hijos vean […] que procuráis vivir de acuerdo
con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros
labios, que está en vuestras obras, que os esforzáis por
ser sinceros y leales, que os queréis y que los
queréis de veras.
Es así como mejor contribuiréis a hacer de
ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros, capaces de afrontar
con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare,
de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la
solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar
el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en
la sociedad».
EN EL NÚCLEO DEL NÚCLEO
Un cambio de actitud personal...
Insistamos,
todos los problemas educativos son, en última instancia, cuestión de(falta
de) buen amor. Así, resulta relativamente claro cómo debemos comportarnos
ante las situaciones menos favorables que pudieran darse en el
hogar: hemos de mirar, antes que nada, hacia nosotros mismos,
hacia cada uno,para mejorar nuestra actitud, nuestras disposiciones y el
calibre de nuestro querer.
La resolución de cualquier dificultad familiar encuentra
por lo regular su punto de partida y su motor
insustituible en un cambio estrictamente personal, que trae como consecuencia
una elevación en la categoría y enjundia del amor recíproco.
Examinaremos
el asunto sólo en lo relativo a la vida conyugal. Y,
con el fin de arribar a un resultado satisfactorio, recordaré:
a)que
la esencia del matrimonio es el amor; b)que el momento
resolutivo de todo amor es la entrega; y c)que esta se
configura peculiar e intensamente entre los esposos, pues cada uno
se ofrenda sin condiciones al otro, al tiempo que lo
acoge sin reservas.
Por tanto, la clave del éxito matrimonial consiste
en liberarnos de las ligaduras que nos atan al propio
yo, posibilitando una dádiva cabal y cada vez más intensa
a nuestro cónyuge; y, a la par, en desprenderse y
vaciarse de uno mismo para dar cabida en nuestro interior
al ser querido.
Lo sugiere con agudeza José Pedro Manglano: «Los
encendidos sentimientos del amor-enamorado van remitiendo en la medida en
que el antiguo "Yo" vuelve a manifestarse vivo y a
reclamar sus "derechos" y preferencias, su egoísmo. En los primeros
momentos, el yo se postraba y sometía voluntaria y alegremente
ante el amado, pero pronto vuelve a levantarse. Parecía vencido
y muerto por el arponazo del amor, pero resulta no
estarlo tanto».
Esa es la auténtica traba para el despliegue perfectivo
y la felicidad del matrimonio y de la vida familiar:
los presuntos «derechos del yo»; o, con expresión de san
Josemaría Escrivá: «la soberbia», a la que califica como «el
mayor enemigo de vuestro trato conyugal». Ahí, por tanto, debemos
incidir cuando intentemos reformar el hogar.
Se trata de un punto
poco considerado, porque en las situaciones de crisis, y en
los momentos menos dramáticos de roces o pequeñas incomprensiones cotidianas,
lo instintivo es advertir los déficits de los demás, ignorando
o poniendo entre paréntesis los propios.
Por eso, conviene prestar atención
a estas tres sensatas advertencias de Borghello:
1. «Ante cualquier dificultad
en la vida de relación todos deberían saber que existe
una única persona sobre la que cabe actuar para hacer
que la situación mejore: ellos mismos. Y esto es siempre
posible. De ordinario, sin embargo, se pretende que sea el
otro cónyuge el que cambie y casi nunca se logra».
2.«Resulta
decisivo tener una voluntad radical de don de sí al
otro. A menudo los cónyuges juzgan y "miden" el amor
del otro, el don del otro, perdiendo de esta manera
el don de sí incondicionado. El don de sí sólo
puede exigirse a uno mismo. El del cónyuge es un problema
suyo, de saber amar. Pero no se logrará exigiéndoselo, sino
creando un clima de donación».
3. «Es inútil y contraproducente pretender
en nuestro interior que el otro o la otra cambien
del modo en que yo lo digo y porque yo
se lo digo. Cabe favorecer y ayudar la mejora, pero
no "pretenderla". Lo que tenga que ocurrir ha de valorarlo
el otro o la otra».
El principio, por tanto, no puede
presentarse más neto, y es el propio Borghello quien lo
enuncia: «si quieres cambiar a tu cónyuge cambia tú primero
en algo». Y explica: «Siempre existe algo [...] en que
yo puedo mejorar. Por lo común basta que yo lo
haga para que la otra persona también cambie. Si no
sucediera así, después de algunos días de mudanza real por
mi parte, es conveniente hablar [...]
Lo importante, con el arte
del diálogo, es que cada uno reconozca las propias deficiencias
sin necesidad de encarnizarse en las de la pareja. Quien
no haya jamás probado a modificar el propio modo de
obrar para ayudar a los demás a hacerlo, basta que
lo intente y advertirá de inmediato una mejoría perceptible»… y
en ocasiones asombrosa.
Se trata de un extremo aplicable no sólo
a las situaciones más o menos complicadas, sino a todas
aquellas que convierten nuestras casas —con expresión de san Josemaría—
en ténticos «hogares luminosos y alegres».
La médula de una vida
familiar lograda está entretejida por multitud de costumbres gozosas, que
sofocan los momentos de tirantez y los pequeños rifirrafes que
nunca están del todo ausentes. Por ejemplo: los detalles, también
materiales, que dan intimidad y relieve a los días de
fiesta; los regalos de los más pequeños a los familiares
cuando celebran sus santos o cumpleaños; etcétera.
Esas y otras muchas
tradiciones deben mantenerse para elevar progresivamente el tono de nuestros
hogares. Y, cuando alguna de ellas parezca languidecer, es la
propia reacción personal, con un compromiso ¡mío! más alegre y
rejuvenecido, la que debe sacarla a flote.
Y con esta última
advertencia nos situamos de nuevo en lo que considero el
núcleo de los núcleos de toda labor orientadora: comprender que
la clave para superar 99% de los problemas del hogar
consiste en empeñarse personalmente —¡cada uno!— por aquilatar la categoría
de su amor; olvidándose de sí y poniendo en sordina
los propios «derechos».
Luchando por modificar nuestra conducta, haciendo más tersa
y eficaz nuestra entrega, se enriquecerá antes que nada la
vida conyugal y, potenciada por ella, la del conjunto de
la familia; y, a la larga, la de la entera
Humanidad.
...para transformar el mundo
Casi en los inicios de su
pontificado, en 1979, Juan Pablo II asentó este principio esclarecedor
e incuestionable: «Cual es la familia, tal es la nación,
porque tal es el hombre». Y hace también más de
un lustro que me esfuerzo en mostrar que, en efecto,
de lo que hagamos en el seno del hogar depende
no ya la buena salud de nuestros respectivos países, sino
la de la Humanidad en su conjunto.
Los acontecimientos del 11
de septiembre de 2001, más allá de los horrores que
todos lamentamos, conllevan por fuerza algunas consecuencias positivas. Por una
parte, muchísima gente de buena voluntad se ha sentido interpelada
y se pregunta qué puede hacer, cada uno, para poner
fin a una situación que ha mostrado su rostro más
sombrío.
Por otro lado, resulta cada vez más patente que los
«recursos institucionales» —política, organismos públicos nacionales o internacionales, violencia más
o menos controlada— son insuficientes para remediar una debacle que
exige, por el contrario y urgentemente, una auténtica conversión de
los corazones: de cada uno, de todos.
Estimo, por eso, que
el momento es muy oportuno para poner en primer plano
lo que aquí he denominado el «núcleo» de la orientación
familiar: que ennoblecer la calidad del propio amor, antes que
nada en el interior del matrimonio, es importantísimo y goza
de una eficacia insospechada para el perfeccionamiento de las relaciones
entre todos los hombres.
En tal sentido, resultan casi proféticas, y
tremendamente operativas, las afirmaciones que Juan Pablo II hizo en
uno de los jubileos de las familias: «Al ser humano
no le bastan relaciones simplemente funcionales. Necesita relaciones interpersonales, llenas
de interioridad, gratuidad y espíritu de oblación. Entre estas, es
fundamental la que se realiza en la familia: no sólo
en las relaciones entre los esposos, sino también entre ellos
y sus hijos».
Y añadió con el vigor y la penetración
acostumbrados: «Toda la gran red de las relaciones humanas nace
y se regenera continuamente a partir de la relación con
la cual un hombre y una mujer se reconocen hechos
el uno para el otro, y deciden unir sus existencias
en un único proyecto de vida». Todas las relaciones. No
sólo las del propio hogar, sino también —aunque no alcancemos
a advertirlo, y aunque el proceso que lleve a ello
sea largo y nunca definitivo— las que componen esa prolongación
de la familia: el propio país y la entera Humanidad.
Todo
ello depende del acrisolamiento del amor conyugal; de lo que
hagan con su cariño los esposos. Pero, por desgracia, el
matrimonio no goza en nuestro tiempo de la buena salud
que sería de desear.
Considero, por tanto, que la principal misión
de los orientadores consiste en hacer eco a la exhortación
de la Familiaris consortio: «Familia, ¡sé lo que
eres!»; y en traducirla en esta otra más concreta y
exigente, dirigida a cada cónyuge: «¡sé tú el que eres!,
y consigue, mediante una purificación de tu amor, hacer de
tu matrimonio lo que por naturaleza está llamado a ser».
Es
la forma más rápida, eficaz y asequible, de contribuir a
la felicidad de todos los hombres.
Tomás Melendo Granados Catedrático de
Filosofía (Metafísica) Director de los Estudios Universitarios sobre la Familia Universidad de
Málaga www.masterenfamilias.com
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