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Autor: P. Pedro Castañera L.C. | Fuente: Catholic.net Tema IV: 1a Parte. La familia fundada en el matrimonio
Por qué la familia. Nuestras responsabilidades.¿Qué podemos hacer para proteger a la familia?
Tema IV: 1a Parte. La familia fundada en el matrimonio
LA FAMILIA FUNDADA EN EL
MATRIMONIO.
La familia tiene su génesis en esta relación fundamental que
es el matrimonio. Es el encuentro entre el hombre
y la mujer lo que revela el poder de originar
su propia familia.
“La familia y la persona humana caminan indisolublemente
unidas. La familia, antes que lugar de íntima convivencia,
antes que organismo nuclear de la sociedad, antes que ser
una forma celular tributaria de un modelo socioeconómico, es la
revelación al hombre de su propia identidad de hombre.
Es el primero, el más específico, el más real y
concreto encuentro humano del hombre.”
El matrimonio, como la primera y
más radical de las instituciones sociales humanas, tiene el poder
de generar la vida, concibiéndola y albergándola dentro de una
previa humanización de la dualidad sexual. La unión conyugal es
así la gran articulación que nos prueba el nexo esencial
entre matrimonio y familia. Esto es, la comunión conyugal actúa
como núcleo amoroso previo del que surgen articulaciones de consanguinidad,
paternidad, maternidad, filiación y fraternidad, constituyendo todo, un conjunto de
única comunidad de vida y amor.
La entrega única, total y
exclusiva de los esposos y su forma de amar incondicional
(es un “te quiero a ti, sólo a ti y
para siempre”), se permea a la familia, a sus amigos
y finalmente a la sociedad. De ahí su importancia
como esperanza para una sociedad más humanizada.
¿Por qué la familia?
Tomás Melendo Granados
Para querer más… ser mejor
Hace algunos meses impartí
una conferencia a un grupo de empresarios bastante selecto, bastante
internacional… y bastante atípico. Tan atípico como para pedirme, justo
como empresarios —lo único que los unía—, que les hablara
del amor conyugal.
Al terminar la exposición, un mexicano inició algo
a caballo entre una pregunta y una reflexión pública:
«Si
no he entendido mal, la calidad del amor entre los
esposos no se juega solo dentro del matrimonio. Quien quiera
amar de veras tiene que esforzarse por mejorar en toda
su vida». Un sexto sentido me llevó a contener las ganas
de responderle y a permanecer en silencio. Y, en efecto,
prosiguió:
«Solo si voy siendo mejor persona podré querer más a
mi mujer, pues tendré mucho más que darle cada vez
que me entregue a ella». Resistí de nuevo la tentación de
intervenir… y añadió:
«Presiento además que si no encamino ese perfeccionarme
a la entrega, en el fondo lo estoy despilfarrando. Y
me parece que eso constituye un claro deber: cuanto mejor
voy siendo, más obligado estoy a darme a mi mujer
y a mis hijos». El silencio se tornó más denso, acaso
porque ni por él mismo ni por los que le
estaban oyendo —todos volcados en cuerpo y alma en los
negocios—, se atrevía a sacar la conclusión inevitable. Pero lo
hizo:
«Lo cual quiere decir que mi verdadera y más radical
realización no la encuentro en la empresa, sino en mi
familia».
Una inversión definitiva
Audaz, además de agudo. Sabía lo que se
estaba jugando y sabía de lo que hablaba: de la
necesidad de instaurar una modificación profunda en el modo de
entender y vivir las relaciones entre familia y persona (y,
como consecuencia, muchas otras, como las propiamente laborales). Durante bastante tiempo,
aunque no de manera exclusiva, la necesidad de la familia
se ha explicado enfatizando la múltiple y clara precariedad del
hombre. Por ejemplo, respecto a la mera supervivencia venía a
decirse que, mientras la dotación instintiva permite a los animales
manejarse desde muy pronto por sí mismos, el niño abandonado
a sus propios recursos perecería inevitablemente. O se aducían razones
psicológicas, como la ineludible conveniencia de superar la soledad, de
distribuir las funciones en casa, el trabajo o los ámbitos
del saber para lograr una mayor eficacia…
Siendo todo esto cierto,
me parece que no alcanza el núcleo de la cuestión.
Si desde antiguo se considera la persona como lo más
perfecto que existe en la naturaleza (perfectissimum in tota natura);
si hoy es difícil hablar del ser humano sin subrayar
su dignidad y su grandeza… ¿no resulta extraño que los
animales no necesiten familia, mientras que al hombre le sea
imprescindible solo o principalmente en función de su «inferioridad» respecto
a ellos? El cambio radical que pretendo subrayar con estas líneas
es que toda persona requiere de la familia justamente en
virtud de su eminencia o valía: de lo que en
términos metafísicos podría llamarse su excedencia en el ser.
Un-ser-para-el-amor
Por
eso la persona está llamada a darse; por eso puede
definirse como principio (y término) de amor… siendo la entrega
el acto en que ese amor culmina.
Las plantas y los
animales, por su misma escasez de realidad, actúan de forma
casi exclusiva para asegurarse la propia pervivencia y la de
su especie. Porque gozan de poco ser, cabría decir, tienen
que dirigir toda su actividad a conservarlo y protegerlo: se
cierran en sí mismos o en su especie en cuanto
suya.
A la persona, por el contrario, justo por la
nobleza que su condición implica, «le sobra ser». De ahí
que su operación más propia, precisamente en cuanto persona, consista
en darse, en amar. (Y de ahí que solo cuando
ama en serio y se entrega sin tasa —«la medida
del amor es amar sin medida»—, alcanza la felicidad).
La persona
como regalo
En esto tenía razón mi contertulio mexicano. Y también
al unir esa exigencia de entrega con la familia. Porque
para que alguien pueda darse es menester otra realidad capaz
y dispuesta a recibirlo o, mejor, a aceptarlo libremente. Y
«eso» sólo puede ser otro alguien, otra persona.
A menudo
explico que, a pesar de la conciencia que solemos tener
de la propia pequeñez y de la ruindad de algunos
de nuestros pensamientos y acciones, es tanta la grandeza de
nuestra condición de personas que nada resulta digno de sernos
regalado… excepto otra persona. Cualquier otra realidad, incluso el trabajo
o la obra de arte más excelsa, se demuestra escasa
para acoger la sublimidad ligada a la condición personal: ni
puede ser «vehículo» de mi persona, ni está a la
altura de aquella a la que pretendo entregarme. De ahí
que, con total independencia de su valor material, el regalo
sólo cumple su cometido en la medida en que yo
me comprometo —me «integro»— en él. («¿Regalo, don, entrega? /
Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió
magistralmente Salinas).
Pero decía que, además de ser capaz, la otra
persona tiene que estar dispuesta a acogerme de manera incondicional:
de lo contrario, mi entrega quedaría en mera ilusión, en
una especie de aborto. Si nadie me acepta, por más
que me empeñe, resulta imposible entregarme (actio est in passo,
podría afirmarse tras las huellas de Aristóteles: la acción de
la entrega «está» —se cumple o actualiza— en la medida
en que el otro me acepta gustoso).
El porqué de la
familia
Pues bien, el ámbito natural donde se acoge al ser
humano sin reservas, por el mero hecho de ser persona,
es justo la familia. En cualquier otra institución —en una
empresa, pongo por caso— resulta legítimo, y a menudo necesario,
que se tengan en cuenta determinadas cualidades o aptitudes, sin
que al rechazarme por carecer de ellas se lesione en
modo alguno mi dignidad (el igualitarismo que hoy intenta imponerse
para «evitar la discriminación» sería aquí lo radicalmente injusto).
Por
el contrario, una familia genuina acepta a cada uno de
sus miembros teniendo en cuenta, sí, su condición de persona,
como el resto de las instituciones (de ahí el famoso
precepto kantiano); y además… su condición de persona. Y basta.
Y, al acogerlos, les permite entregarse y cumplirse como personas.
Por
eso cabe afirmar que sin familia no puede haber persona
o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y ello,
según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia
alguna, sino al contrario, en virtud de la propia excedencia,
que «nos obliga» a entregarnos… o quedar frustrados, por no
llevar a término lo que demanda nuestra naturaleza, nuestro ser.
Estimo
que esta inversión de perspectivas (que no niega la verdad
del punto de vista complementario), tiene abundantes repercusiones.
Por ejemplo, en
el ámbito doméstico, explica que la familia no sea una
institución «inventada» para los débiles y desvalidos (niños, enfermos, ancianos…);
sino que, al contrario, cuanto más perfección alcanza un ser
humano, cuanto más maduro es el padre o la madre,
más precisa de su familia, justamente para crecer como persona,
dándose y siendo aceptado: amando… con la guardia baja, sin
necesidad de «demostrar» nada para ser querido.
Una buena teoría… para
una vida buena
Por otra parte, esta forma de comprender a
la persona repercute en el modo de legislar, en la
política, en el trabajo… Solo si se tiene en cuenta
la grandeza impresionante del ser humano podrán establecerse las condiciones
para que se desarrolle adecuadamente… y sea feliz. A menudo se
oye que el problema del hombre de hoy es el
orgullo de querer ser como Dios. No lo niego. Pero
estimo que es más honda la afirmación opuesta: el gran
handicap del hombre contemporáneo es la falta de conciencia de
su propia valía, que le lleva a tratarse y tratar
a los otros de una manera bufa y absurdamente infrahumana.
Schelling
afirmaba que «el hombre se torna más grande en la
medida en que se conoce a sí mismo y a
su propia fuerza». Y añadía: «Proveed al hombre de la
conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá enseguida a
ser lo que debe; respetadlo teóricamente y el respeto práctico
será una consecuencia inmediata». Para concluir: «el hombre debe ser
bueno teóricamente para devenirlo también en la práctica».
¿Exageración de un
joven escritor? Estimo que no, si el conocer lo entendemos
adecuadamente, de modo que algo no llega a saberse (simplemente
a saberse) hasta que uno lo hace vida de la
propia vida.
En lo estrictamente humano, como quería de nuevo Aristóteles,
la teoría —¡encaminada al amor!— ostenta una prioridad absoluta.
«Mini-personas»… que
ni conocen ni aman
Ahora bien, el modelo que rige buena
parte de las Constituciones de los países «desarrollados» de nuestro
entorno resulta a menudo una suerte de mini-hombre, de persona
reducida, casi contrahecha.
Quiero decir que, con más frecuencia de la
deseada, al hombre de hoy se le niegan —teórica y
vitalmente: en la legislación y en la estructura social— justo
las características que definen la grandeza de su humanidad; por
ejemplo, la capacidad de conocer, de manera siempre imperfecta, pero
real.
Desde tal punto de vista, una democracia auténtica tendría
como base, junto con el reconocimiento de la limitación del
entendimiento humano, y mucho más fuerte que él, la convicción
de que la realidad es cognoscible. Por eso estaría basada
en el diálogo auténtico, genuino, de unos ciudadanos persuadidos de
que con la suma de las aportaciones de muchos podrán
llegar a descubrir lo que cada realidad efectivamente es y,
por tanto, el comportamiento que reclama. Por el contrario, bastantes
democracias actuales parecen basarse en un relativismo escéptico: en la
casi contradictoria convicción de que la realidad no puede conocerse
y, como consecuencia, en la apelación al simple número y,
con él, —mientras no se corrija el planteamiento, que puede
y debe corregirse— en el más tiránico y sutil de
los totalitarismos.
¿Otros ejemplos de lo que acabo de calificar como
modelo «constitucional» de mini-persona? Apenas se concibe que el hombre
actual pueda amar a fondo, con un compromiso de por
vida, jugándose a cara o cruz, a una sola carta,
como Marañón expusiera, el porvenir del propio corazón (de ahí
el avance de la admisión legal del divorcio, que impide
casarse de por vida); o que sea capaz de dar
sentido al dolor, no por masoquismo, sino porque el sufrimiento
es parte integrante de la vida del hombre, y, cuando
se rechaza visceral y obsesivamente, junto con él se suprime
la propia vida humana, cuyo núcleo más noble lo constituye
la capacidad de amar… (en el estado actual, el sufrimiento
es parte ineludible del amor: negado a ultranza el «derecho»
a padecer, se invalida simultáneamente la posibilidad de amar de
veras). Conclusión
Lo que acabo de apuntar refuerza tres de mis más
arraigadas convicciones.
a) La primera, una fe absoluta en el ser
humano, en su capacidad de rectificar el rumbo y superarse
a sí mismo. No debe confundirse el diagnóstico con la
terapia. Como la filosofía, el diagnóstico no es nunca optimista
o pesimista, ni debería ser interesante o despreciable o lucrativo
o desdeñable… sino solo verdadero o falso. ¡Qué daños traería
consigo el «optimismo» que lleva a diagnosticar y tratar como
simple cefalea un tumor cerebral maligno!
b) En segundo término, que
el hombre actual necesita advertir su propia excelsitud para actuar
de acuerdo con ella… y alcanzar la propia perfección y
la dicha consiguiente.
c) Por fin, que el «lugar natural» para
«aprender a ser persona», el único verdaderamente imprescindible y suficiente,
es la familia. No solo el niño, sino el adolescente
que aparenta negarlo, el joven ante el que se abre
un abanico de posibilidades deslumbrante, el adulto en plenitud de
facultades, el anciano que parece declinar…, todos ellos forjan y
rehacen su índole personal, día tras día, en el seno
del propio hogar.
Y, así templados y reconstituidos, son capaces
de darle la vuelta al mundo, de humanizarlo. Por eso la
familia. Comentarios al autor:tmelendo@masterenfamilias.com ---
Nuestras responsabilidades
Que
el modelo a seguir sea el de la estabilidad de
la familia de padre y madre con sus hijos, y
si es posible, con una cadena de abuelos, tíos y
primos, extendiendo una red de amor mutuo.
Que sea
el ambiente natural y mejor para la formación saludable y
para el buen funcionamiento de las personalidades humanas y sus
relaciones familiares; donde se aprenda naturalmente el amor de
la existencia humana, que sirve a otros y a Dios.
¿Qué
podemos hacer para proteger a la familia?
Debemos reconocer y asumir
los siguientes compromisos
1. El primer compromiso es el matrimonio por sí
mismo. Los cónyuges debemos asumir nuevamente el deseo de
dedicarnos el uno al otro, promover la fidelidad marital y
la apertura a la vida.
2. La familia requiere de un compromiso
mutuo. Es importante que reflexionemos sobre ello para poder
encontrar así el tiempo necesario que permita a la familia
estar juntos, comunicarse entre sí, confiar mutuamente, orar juntos, etc.
3. La
familia es el santuario de la vida. En este
sentido el compromiso se dirige a la protección y proyección
de la vida desde el momento de la concepción, complementándolo
con una paternidad responsable. Consulta para este tema ¿Cuáles
son tus graves razones? de Lucrecia Rego de Planas
4. El compromiso
de elegir el tipo de educación que consideren oportuna para
sus hijos, rechazando la imposición de ideologías, de programas, modelos
o métodos que despojan a los padres del derecho
que tienen de ser agentes de educación de los hijos.
Por ejemplo, en el campo de la sexualidad, en
el que el hogar es primeramente el lugar donde se
enseña el testimonio de amor y el proyecto de vida,
y no es meramente biología pura como en los libros
de texto gratuitos donde se maneja el concepto de género.
5. El compromiso de lograr que la familia sea un campo
donde se de la satisfacción de necesidades vitales, trato personal;
que sea una escuela de virtudes, una escuela de
sociabilización.
6. Es compromiso de los matrimonios dar un buen ejemplo, amor
incondicionalmente, ejercer la autoridad, lograr la comunicación interpersonal, saber motivar.
Todos
podemos hacer algo para que la familia sea lo que
puede ser, lo que está llamada a ser. Con familias
sanas el mundo se hace grande y hermoso. Pero, sobre
todo, con familias sanas cada uno se siente seguro, respetado,
amado por aquellos que viven a su lado. Lo cual
es siempre la mejor manera de comprometernos para ayudar y
amar también a los que no son de la propia
familia, y que también necesitan recibir el testimonio y el
apoyo de quienes saben lo hermoso que es vivir enamorados
en familia.
¿Cómo
lograr que mi familia sea verdadera comunidad de amor?
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entregar la tarea" sino principalmente aprender de los comentarios
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