La cantidad de $170,000 que Catholic.net necesita alcanzar dividida entre los 250,000 usuarios diarios del portal corresponde a un importe de menos de ¡0.70 dólares por cada uno!
En la práctica es imposible recibir 0.70 dólares de cada uno de los 130,000 usuarios, ¡pero quizá sí es posible recibir 50 dólares de 3,400 de ustedes! ¿Podría usted formar parte de ese "grupo de los 3,400" de cuya generosidad depende la sobrevivencia y el desarrollo de Catholic.net? ¡Por favor, piénselo! ¡Envíe su donativo hoy mismo!
Autor: P. Cipriano Sánchez | Fuente: Catholic.net Tema III. Matrimonio como Sacramento
Matrimonio como Sacramento (P. Cipriano Sánchez, L.C.)
Tema III. Matrimonio como Sacramento
Hay un dicho italiano que dice que el “matrimonio es
milagroso” porque “cuando uno se casa es ciego y después
se te abren los ojos”. Se pueden hacer muchas
bromas sobre eso pero, con mucha frecuencia, no captamos todo
lo que hay detrás del momento, del instante de lo
que es el sacramento del matrimonio y de lo que
significa. Dentro de todo este ciclo de conferencias y reuniones que
ustedes tienen como “Crecer en Familia”, la reflexión que hoy
quiero tener, viene un poco a intentar explicar este hecho
que ustedes tienen que vivir todos los días.
Quisiera hacer una
breve referencia a la historia.
Cuando Dios crea al
hombre y a la mujer, lo hace con un plan
maravilloso. Al leer la Biblia se ve lo que
Dios pensó originalmente del matrimonio: Adán y Eva son creados
a imagen y semejanza de Dios y para la comunión. El
hebreo tiene una expresión muy hermosa. Para nosotros las
palabras hombre y mujer son como dos palabras distintas.
Sin embargo, el escritor de la Sagrada Escritura quien
escribe en hebreo, pone al hombre y a la
mujer en el matrimonio, en una perspectiva de comunión
(se refiere a ellos como “varón y varona”). También Dios los
creó para que todo lo que fuese la vivencia de
su fecundidad, lo viesen como una bendición, como algo que
los va a enriquecer; por eso cuando bien dice la
Biblia: “...y los bendijo Dios diciendo: multiplíquense y llenen la
tierra...”, está hablando de que los hijos y lo que
va a ser la vida familiar, se convierten en una
bendición. Y por último, cuando Dios crea al hombre y a
la mujer, les entrega la tierra, por eso dice: “...dominen
la tierra...”.
Pero, ¿qué sucede con el pecado?
El pecado
viene a romper todo esto. Viene a destruir totalmente
todo este orden: + de comunión entre los dos +
de bendición en la fecundidad + del dominio de la
tierra. Y entonces, lo que era una comunión entre el hombre
y la mujer se convierte en una situación de dominio.
Si ustedes leen el capítulo 3 del Génesis, Dios
le dice a Eva: “...por haber hecho esto, tu deseo
será hacia tu marido y él te dominará...”. Ese
desequilibrio que existe entre el hombre y la mujer dentro
del matrimonio, no es fruto de otra cosa sino del
pecado original. Cuando le dice a Eva: “...darás a luz a
tus hijos con dolor...”, lo que está diciendo en el
fondo es que la fecundidad, que era una bendición, se
convierte también en una situación de conflicto, de problema y
de dolor. Cuando le dice a Adán: “,,,comerás el pan con
el sudor de tu frente...”, lo que está diciéndole es
que la tierra ya no va a estar sometida a
él, ni los bienes materiales. Sino que él quedará
sometido a ellos. Entonces el pecado viene a romper totalmente este
orden que originalmente estaba presente en el matrimonio. Es así, que
al leer la Biblia, nos damos cuenta de que existe
un tremendo desorden en muchos campos dentro del matrimonio.
Los judíos le preguntaron a Jesús si es lícito divorciarse
y tomar otra esposa, y Él les responde que no,
porque “...al principio Dios los hizo hombre y mujer y
por eso dejará el hombre a su padre y a
su madre y se unirá a su mujer, y los
dos serán una sola carne...”. Lo que hace
Jesucristo (y es precisamente nuestro punto de arranque), es volver
a restituir la posibilidad de un amor auténtico, de
un amor complementario, fecundo y dueño de las cosas de
la creación en toda la tierra.
Y esto, ¿qué tiene que
ver con la vida matrimonial?
Si ustedes se fijan, cuando USTEDES
se casan, tienen planes, ideas, proyectos, ilusiones. Cuando empiezan a “rodar
la carretita”, nos damos cuenta que las ruedas no
son tan perfectas y que las “llantas” aparecen más de
lo debido y que los “animales” que tiran de la
carreta son bastante pesados, y que el caminito no jala
como pensábamos que iba a jalar, y entonces empieza a
generarse una “desarmonía” dentro del matrimonio. Incluso pasa una
cosa muy curiosa: con el paso del tiempo, cosas que
antes eran perfectamente tolerables al inicio, empiezan a ser intolerables.
(Al principio, cuando tu marido roncaba, decías: “¡Ay mira
qué curioso como ronca mi marido!”. Hoy las cosas
han cambiado ligeramente y le pones la almohada encima). El punto
importante es darnos cuenta que el camino de la vida
matrimonial es un camino que a veces, en teoría, tendría
que caminar muy armónico, como un reloj. Sin embargo, en la
vida diaria se van generando ciertos desequilibrios que van rompiendo
la comunión conyugal. Se pueden llegar a situaciones como
las que nos hablaba el capítulo 3 del Génesis donde
en lugar de haber equilibrio, hay dominio de él sobre
ella, de ella sobre él (en el fondo da igual).
La vida de familia se convierte en una carga,
en un peso sobre uno y entonces vienen las fugas.
Cuántas veces el marido se refugia en el trabajo
(¡qué flojera llegar a la casa, ahí está mi mujer
que me va a dar lata”). O la mujer
en cosas como el gimnasio, con las amigas, las compras
o la nada (“a ver cómo me escapo de la
casa porque las paredes se me caen encima”). De pronto, la
vida matrimonial es más importante por las cosas que tenemos,
que por las personas que las vivimos. Entonces, la casa
es “muy bonita” porque tiene cosas, no porque viven personas
dentro de la casa; o “en casa estamos muy a
gusto porque ya compramos...”.
El punto importante aquí es que existe
una solución a esta realidad, la posibilidad de que esto
se arregle y se recomponga. He ahí la clave del
Sacramento del Matrimonio.
En el Sacramento del Matrimonio, como en otros
sacramentos, hay elementos que nos hablan de una presencia especial. En
el Bautismo, detrás del acto de “echar agüita” en la
cabeza, está el hecho de que Dios se está uniendo
al alma de ese niño. Hay una presencia real
de Dios. En la Confesión, no es simplemente que digo mis
pecados, me absuelven y quedo limpio; sino que existe
la certeza de una presencia “limpiadora” (por así decirlo) de
Dios en mi vida. El Sacramento del Matrimonio es, antes que
nada, la certeza de una presencia de Dios. Los
seres humanos podemos a veces decir: “será o no será
que Dios está en mi vida”. Pero este sacramento nos
da esa certeza.
¿Y esto, para qué sirve?
Todo el tema
del matrimonio es siempre una carga, es algo que se
tiene que sacar adelante. Lo que ustedes se prometieron
el día que se casaron, no es precisamente una cosa
fácil:
1. “Yo te acepto a ti...”
Esto es lo primero y no eras
una monada precisamente (aunque en ese momento lo fueras, los
años se han encargado de mostrar la real situación). Aceptar
tu persona no es fácil, aceptar tu vida, tu pasado,
tu futuro sobretodo. Aceptar... aceptarte...aceptar todo lo que tu seas,
todo lo que tu tengas. Eso no es cosa
fácil. ¿Se puede llevar a cabo?
2. “...Y prometo serte fiel...” Es
una promesa muy seria. La promesa de la fidelidad,
y todos lo sabemos, no es sencilla ni para el
hombre, ni para la mujer. No es fácil.
Porque hoy en día, hay una gran corriente que dice:
¿qué tiene de malo? ¿qué problema hay? ¿quién se entera?.
Es más, cuántas veces sucede que nos quieren vender
como moderno lo que es una deformación tremenda. Habrán
escuchado con bastante frecuencia, todo este “rollo” del show de
“Sólo para Mujeres”. Hace veinte años era simplemente impensable.
Hoy es posible y hasta llena teatros, cines, gracias
a que se ha ido metiendo en el corazón, en
este caso de la mujer, el mismo pensamiento que tenía
el hombre sobre el tema: “¿qué tiene de malo?...es arte...”. El
problema es que ese pensamiento se va metiendo poco a
poco y entonces, ese “prometo serte fiel” ya no es
tan sencillo, no es tan fácil y se pone como
entre corchetas, como entre paréntesis para ver si funciona o
no.
3. “...En lo próspero y en lo adverso,
en la salud y en la enfermedad...” Es decir, en todas
las circunstancias materiales o personales que tengamos que atravesar.
Y uno diría, el ser fiel en lo próspero
no debería costar. Y yo diría, ¡quién sabe!. Cuántas
veces la prosperidad material viene acompañada de muchos problemas
conyugales. Por ejemplo: el marido puede decir, “no me
reconocen, yo me mato, yo trabajo, yo me desvelo, yo
me quedo calvo por ustedes...soy un papá económico nada más...”.
Y lo que debería ser positivo por la prosperidad material,
se convierte en un motivo de litigio. Para los hijos, nunca
es “bastante” lo que el papá les da (“ya no
sólo tenemos una tele, tenemos tres... ya tenemos DVD... y
cómo es posible que todavía no tengamos el perrito “Poochie”...”).
Es curioso que lo que debería servir para unirlos
(un coche, casa, poder comer todos los días, salud, un
buen colegio para los niños, etc.) es motivo de pleito.
La prosperidad material puede acabar separando. Y también en lo
adverso, porque cuando tenemos que empezar a “apretarnos el cinturón”
prescindiendo de algunas cosas, nos olvidamos de aquel antiguo refrán:
“Contigo, pan y cebolla”. O sea, “si contigo somos
pobres, ¿qué problema hay? Si lo importante es estar contigo”.
Y también en la adversidad social, humana, psicológica.
La salud,
la enfermedad, lo próspero, lo adverso, son situaciones donde el
ser humano es probado. En ese momento se sabe
de qué material está hecho. Y generalmente es de
un material bastante endeble. Y el problema no es que descubramos
que es endeble o frágil, sino, ¿qué hacemos con eso? Podemos
decir, “es que soy de un temperamento fuerte, o flojo,
o delicado, o simplón, o complicado”. Sin embargo, el
ser como tú eres, no es el problema. Sino ¿qué
hacer con esa forma tuya de ser?. Eso
sí es el problema. Los discapacitados en el campo físico, han
hecho un reto de lo que para muchos es un
problema (el no tener manos, pies, vista), lo han hecho
una posibilidad de superación personal. Esto lo entendemos muy
bien en este campo. Pero en el campo interior, ¿cuáles
son tus discapacidades?. Pueden ser psicológicas (“me cuesta el
perdonar, el aceptar, el verme humillado, el comunicarme contigo...”).
Y tienes dos opciones: sentarte a llorar tu discapacidad, o
vencerla.
...En la salud, en la enfermedad, en lo próspero, en
lo adverso... Todo esto en el fondo es un
reto. Es un reto en el cual, nosotros como
seres humanos, no estamos solos. Tenemos alguien que nos
apoya. Es la gracia de Dios.
4. “...Y prometo
amarte y respetarte todos los días de mi vida...” Prometer algo,
no significa que lo tenga, no significa que no me
cueste. A veces pensamos que el prometer amarte y
respetarte, es un “easy going” (ahí nos vamos... siento bonito...). No,
amarte y respetarte significa luchar, no contra otros, pero sí
contra nosotros mismos. Amar y respetar es una decisión que nosotros
tomamos. Tu y yo tomamos la decisión de amarnos.
No es un bonito sentimiento, no es “porque me
caes bien te respeto”, sino que YO DECIDO respetarte, igual
que YO DECIDO amarte. Por eso cuando decimos “se me
acabó el amor”, no es verdad: el amor no
se acaba; lo que se te acabaron fueron tus decisiones.
Es muy distinto. Lo que se acaba es el
hecho de que yo decido seguirte amando. Aquí lo
importante es: quiero decidirlo o no lo quiero decidir (“tú
quieres a quien quieres y no quieres a quien no
quieres”). Es como cuando dos personas no te hablaron para felicitarte
en el día de tu santo. De una piensas:
“...de seguro tuvo mucho trabajo y no pudo...”. Pero
de la otra piensas: “...¡claro!, seguro que se le
olvidó...” De una lo quisiste aceptar y de la
otra no. ¿Cuántas cosas toleramos porque las queremos tolerar? Y ¿Cuántas
cosas no toleramos porque no nos da la gana tolerar? En
este punto, viene lo que algunos autores llaman la importancia
en el matrimonio de generar una “ley de convergencia”, es
decir, de crear un esfuerzo en uno y en otro
de querer converger. Es un esfuerzo de querer seguir
haciendo las cosas. Ese es el amor.
El amor no
es la “calentura emocional” que yo siento cuando veo a
alguien enfrente. Eso todavía no es amor. Me puede
gustar esa persona, me puede atraer, pero ninguna de esas
dos cosas es amor. Amor es entregarse, es don de mí.
Pero, ¿de dónde saco yo fuerzas para seguir queriendo,
para seguir teniendo los detalles que tenía, para seguirte siendo
fiel, para seguirte respetando, para seguirte amando? ¿Qué pasa el día
en que mi rencor se mete a mi voluntad? ¿Qué pasa
el día en que mi sensibilidad se quiera sobreponer a
mi inteligencia y racionalidad?
Es ahí donde entra el sacramento.
La gracia del sacramento es como un suplemento que te
sostiene en los momentos en que sientes que tú ya
no puedes. Obviamente que esto no es mágico, sino que tú
tienes que prepararte para poder recibir la fuerza y la
gracia que te va a ser necesaria. Cuando estás preparado, puedes
recibir el don de Dios que te permite ser fuerte.
(Precisamente este taller de Crecer en Familia surgió de esa
necesidad de prepararse para ser mejores familias).
Los retos van
siendo cada vez más difíciles y las pruebas también van
a venir. Pueden estar en los hijos, en el
temperamento de ustedes mismos, en las dificultades del ambiente, en
los problemas del país, etc.
¿Estoy listo o lista para
enfrentarlas? ¿Estoy preparándome para que el día que tenga
que enfrentarme a esa prueba, la gracia de Dios pueda
derramarse sobre mí y pueda saltar ese obstáculo?
A veces vivimos
sin previsión de las pruebas o dificultades que podemos encontrar.
A veces seguimos pensando que todo va a ser
como hoy, que no va a haber ningún problema.
¿Cuál es
tu fortaleza aparte de tu inteligencia y sagacidad para enfrentar
esas pruebas? ¿Cómo mantener el vínculo matrimonial? No es fácil.
Tengo
que irme capacitando. Y esa capacitación me la da
precisamente la gracia de Dios en el Sacramento del Matrimonio.
El vínculo y la estabilidad matrimonial se sostendrán por
la riqueza interior que yo tenga. Sería un error muy grande
descuidar la riqueza interior. Por preocuparnos de la riqueza exterior,
nos olvidamos de la interior y hasta nos hacemos “discapacitados”
hacia ella. No ejercitamos la capacidad de enriquecerla, de
practicarla.
¿Cuándo ha sido la última vez que dijiste “voy a
trabajar en mi persona para que mi matrimonio vaya mejor”?
Lo hacemos cuando estamos en crisis. No lo
hacemos normalmente (¿diagnóstico o autopsia?).
Como esposos, todos los días trabajen
por crecer interiormente, según sus necesidades: si mi matrimonio necesita
comunicación, ¿qué voy a hacer para mejorarla?. Espiritualidad, diálogo,
dominio de la impaciencia, etc.
Hay que elaborar un plan en
el cual voy a trabajar en mi matrimonio.
Y
son siete grandes campos o líneas en los que todo
matrimonio tendría que trabajar para que en esas capacidades esté
presente la gracia de Dios:
1. Área de mi temperamento (mi psicología).
2. Área
de la afectividad, emotividad y sexualidad.
3. Área de los hijos ¿Sé
perfectamente lo que voy a hacer con mis hijos el
próximo año y tengo un plan de trabajo con ellos,
en cuanto a valores, diversiones, ambiente, etc.?
4. Área de la familia
política.
5. Área del ambiente, amigos, amistades, diversiones. ¿Nos ayudan a
nuestro plan de vida?
6. Área del dinero, de lo material.
¿Cuál es el manejo que como esposos vamos a hacer?
7. Área
espiritual. Es fundamental que los dos crezcan espiritualmente.
Es el eje de la vida de esposos.
Una vez elaborado
el plan de trabajo comentar: ¿Cómo nos puede ayudar en nuestro
matrimonio el tener este plan de trabajo?
Este curso ha sido producido por Catholic.net con el
apoyo solidario del Comité para la Iglesia en América Latina
de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB).
Los hallazgos, conclusiones y recomendaciones expresadas aquí son del autor
y no reflejan la opinión de la USCCB. Para
más información sobre el trabajo solidario de la Conferencia de
Obispos Católicos de Estados Unidos en América Latina y el
Caribe, visite su sitio Web.United States Conference
of Catholic Bishops (USCCB)
Todos los servicios de Catholic.net son gratuitos.
Sólo nos mantenemos gracias a los donativos que, voluntariamente, nos hacen algunos de nuestros visitantes.
Necesitamos de tu ayuda para continuar anunciando el mensaje de Cristo a través de la Red.
Ayúdanos, Dios te lo recompensará. DA CLICK AQUÍ PARA DONAR