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Autor: Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net
Aprender a hablar en familia
Aprender a dialogar en familia es algo asequible a todos. Basta con apagar, de vez en cuando, el interruptor general de la electricidad de la casa y reunir a “toda la tribu” en el cuarto más grande para, simplemente, escuchar y hablar
 
Aprender a hablar en familia
Aprender a hablar en familia

A veces nos quejamos de que las familias no se hablan. No es que no se hablen el papá y la mamá, los papás y los hijos, los hermanos entre sí. Lo que pasa es que parece que no hay tiempo para sentarse y discutir, con calma, sobre los temas que interesan a todos.

Resulta necesario, hoy como siempre, aprender el difícil arte del diálogo. La primera lección es fácil de comprender pero difícil de practicar: para poder entablar un verdadero diálogo hace falta abrir un buen espacio en el propio tiempo para, simplemente, ponerse en actitud de escucha. Sí: escuchar es la primera condición para poder empezar un diálogo, pues nos permite acceder a la intimidad, a los intereses, a los dolores y cansancios del otro. Al mismo tiempo, dispone nuestro corazón para la acogida. Dialogar no es siempre dar. Muchas veces, quizá la mayoría, será recibir, aceptar, tal vez aguantar, pero todo con un cariño especial: alguien me abre su corazón, su vida, sus angustias y sus esperanzas. Me interesa lo que dice porque me interesa lo que es, lo que sueña, lo que ama.

Encontrar tiempo para escuchar significa dejar de lado otras cosas que nos interesan mucho, pero que no son tan importantes. Muchas veces nos quejamos de la falta de tiempo. Y, sin embargo, pocos hombres y pocas culturas han gozado y gozan del tiempo libre que el mundo moderno ha puesto a disposición de muchos (aunque, por desgracia, no de todos). Lo que pasa es que ese tiempo libre ha quedado llenado por mil cosas que nos impacientan, nos agobian, nos aplastan. Conviene, de vez, en cuando, renunciar, dejar, apagar, detener el frenesí habitual. Sentarse con la esposa o el esposo, llamar a los chicos (que también viven frenéticamente entre el deporte, los estudios, los amigos y la televisión, si es que no han caído en el vicio devastante de los “videojuegos”) y crear un clima para la escucha. Lo que uno deje de lado será siempre menos importante que el amor entre los esposos y el amor entre padres e hijos. Aunque se trate de no ver algún día un partido de mi equipo favorito...

Si el tiempo es una condición elemental para que se dé un diálogo en la familia, la segunda condición resulta igualmente básica, pero un poco más difícil. Conversar significa que escucho a alguien que me dice algo, o que hablo ante alguien que me escucha. “¡Elemental, has descubierto América...!” podrá decir alguno. Pero no es tan fácil tener “algo que decir”, encontrar eso nuevo, interesante, humano, enriquecedor, que hace que tengamos unas ganas enormes de hablar, de gritar, de comunicar lo que hemos descubierto u otro me ha enseñado.

Muchos silencios en familia nacen de la triste realidad del “no sé qué decir a los míos”. Esto puede tener dos causas: o los míos no se interesan para nada de mí (y entonces ya no son tan “míos”); o yo pienso que soy tan pobre humanamente que no puedo decir nada nuevo.

Basta con abrir un poco los ojos ante el misterio de la vida para encontrar que hay mucho, muchísimo que decir. Hoy será el esposo y padre que cuenta una aventura en su trabajo, y cómo ha descubierto que un amigo, tenido por todos como tramposo, resultó ser de una honestidad ejemplar. Mañana será la esposa y madre que también habrá descubierto algo en el trabajo o en las tareas domésticas, o que habrá escuchado un programa interesante en la radio. No son pocas las familias en las que los papás cuentan a los hijos una película que acaban de ver, o un viaje interesante que hicieron de jóvenes, o la historia del abuelo o de la abuela, esos ancianos que también tienen mucho que decir en el mundo familiar. Y los pequeños y los no tan pequeños podrán también enriquecer a los demás con las aventuras de la escuela, o un accidente en el juego, o el encuentro por la calle con un misterioso señor de barbas largas que anda todos los días con un carrito ruidoso por entre las palomas de la plaza mayor...

Cada hombre y cada mujer tienen su “pequeña historia” y su “pequeña ciencia”, encierran un libro que experiencias y de consejos que pueden servir para todos. También los jóvenes pueden dejar perplejos a sus mayores cuando exponen reflexiones que dan mucho que pensar por el radicalismo y el anhelo de justicia que es propio de quien empieza a asomarse al mundo de los adultos (muchas veces ya acomodados en nuestras perezas o cobardías). Pero no por ello dejarán esos mismos jóvenes de sentir la necesidad de una palabra de aliento a la hora de escoger una carrera, de optar por un trabajo, de iniciar a salir con un chico o una chica que quizá mañana podrá ser el esposo o la esposa para siempre...

Aprender a dialogar en familia es algo asequible a todos. Basta con apagar, de vez en cuando, el interruptor general de la electricidad de la casa y reunir a “toda la tribu” en el cuarto más grande para, simplemente, escuchar y hablar. Así se ahorrará algo en la cuenta de luz. Pero, sobre todo, se ganará mucho en la cuenta del amor familiar. Y ese no tiene precio en el mercado.

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