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Escuela de Virtudes | tema
Autor: Francisco Castañera
Conciencia, es importante formarla
Es hacer que a través de nuestra voluntad, hagamos el bien y evitemos el mal
 
Conciencia, es importante formarla
Conciencia, es importante formarla


Podemos encontrar diferentes definiciones para la Conciencia:

a). Conciencia Metafísica:
Es la propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos; aquélla mediante la cual la persona es capaz de volverse sobre sí misma y verse como ser inteligente, libre, espiritual y a la vez material.

b). Conciencia Psicológica:
Aquélla por la que la persona percibe su propio yo, sea como objeto actual de su conocimiento, sea como sujeto de toda acción que realiza en el mundo.

c). Conciencia Moral: La capacidad de percibir el bien y el mal, y de inclinar nuestra voluntad a hacer el bien y a evitar el mal.


Naturaleza de la conciencia.

La Conciencia Moral, se expresa a través del juicio de conciencia que indica: Bonum faciendum, malum vero vitandum, hay que hacer el bien y evitar el mal. A este juicio solemos llamar "voz de la conciencia". Tal juicio, aparentemente simple, es de importancia trascendental, pues de él depende la moralidad de nuestros actos y nuestro valor como personas humanas.

La educación de la inteligencia

Siendo la inteligencia la facultad de "aprender y razonar", reviste una importancia casi sin discusión su vigilancia y desarrollo. Los niños están llenos de una curiosidad innata y es necesario que como padres sepamos aprovechar esta tendencia para encauzarla en la búsqueda de información válida y correcta sobre cuestiones vitales.

La formación de la conciencia.

La adquisición de conocimientos no es el único fin de la inteligencia, porque su manifestación más importante es en realidad la conciencia moral. Es decir, la recta razón que nos dicta lo que tenemos que hacer cuando, en pleno goce de nuestra libertad, nos encontramos ante una elección. La conciencia moral no es innata, se forma y ésta es obligación de nosotros los padres.

La recta conciencia.
La conciencia es recta si el juicio que formula acerca de la bondad o maldad de mi acto es conforme con la ley o norma moral objetiva. La conciencia es el elemento subjetivo del comportamiento humano, no es una facultad que está a merced del capricho de la persona, sino que ha de seguir la norma que le marca la ley objetiva.

El acto moral.
Es el acto humano considerado bueno o malo. Para poder emitir un juicio sobre un acto humano existen 3 elementos:

a) Objeto del acto, desde el punto de vista moral. Por ejemplo, hablar.
b) Circunstancias (qué, a quién se dirige, dónde, con qué medios, premeditación, alevosía, ventaja, etc.). Habrá que comenzar por uno mismo, analizando las consecuencias de los actos.
c) La finalidad o intencionalidad del acto. La semilla de la pasión dominante de nuestros hijos es la intencionalidad con la que hacen -y después harán- las cosas en la vida.

La ley y la moralidad.
Por lo tanto, si la conciencia es el elemento subjetivo y formal de la moralidad del acto humano, la ley, natural o revelada, es el elemento objetivo y material. No puede darse lo uno sin lo otro: quien exagera el cumplimiento exclusivo de la ley, descuidando la conciencia, cae en el ritualismo, en el formalismo y en el fariseísmo; quien afirma exclusivamente la conciencia termina en el subjetivismo o en el relativismo.

Sin embargo, el fijarse sólo en un aspecto o el pretender contraponer los dos como términos irreconciliables es no darse cuenta de que uno mismo es su autor y que, por lo tanto, se complementan mutuamente: tras la ley está la esencia divina, idéntica a Dios, y tras la conciencia está la voluntad divina, creando al hombre a su imagen y semejanza.

En el Nuevo Testamento la ley nueva es la ley del amor, la cual, en la conciencia del cristianismo, es a la vez ley y gracia por el Espíritu Santo que habita en su corazón. Cuando se vive con autenticidad, la ley alcanza el punto perfecto de interiorización y la conciencia es llevada a cumplir cuanto aquélla prescribe. Así, armonizadas y complementadas mutuamente, ley y conciencia, nos libramos tanto del legalismo como del subjetivismo.


Deformación de la conciencia.

La recta conciencia no es algo adquirido de una vez por todas: Como todo lo que está ligado a la vida humana, nace, crece, se desarrolla, se modela o se deforma, se renueva o se apaga y envejece con la misma persona, según el cuidado que ésta le dedique. Es un hábito y una actitud que hay que estar formando y revisando toda la vida.


Las máscaras de la conciencia.

Existe una divergencia entre lo que uno es y lo que uno aparenta y surge cuando damos la espalda a la verdad, a la propia verdad de nuestro ser, cuando a éste le impedimos irradiar, desde el centro íntimo de nuestro corazón, hasta el entorno social de nuestra actividad humana.

Conciencia Indelicada.

Empezamos a deformar la conciencia cuando admitimos a sabiendas pequeñas transgresiones a los deberes de nuestra vida cotidiana, a nuestros compromisos con Dios y con el prójimo. Por ejemplo: la falta de esfuerzo habitual en los actos de piedad, sobre todo, en la misa o en la oración; el ambiente de disipación interior que pone sordina a la voz del Espíritu Santo en el alma; la falta de laboriosidad en el trabajo o en el estudio; los pequeños engaños; las pequeñas concesiones a nuestras pasiones de pereza y comodidad; la falta de control de las pasiones irascibles, etc.

Conciencia Adormecida.

Es cuando nuestra conciencia no responde a estímulos, sea emitiendo juicios acerca de la maldad o bondad de nuestros actos, sea urgiendo a actuar o dejar de actuar, según la voluntad de Dios. Puede ser por tibieza espiritual, por irreflexión o insensibilidad. La pereza y vida de sentidos o el torbellino de la actividad no deja espacio para la mirada y el oído interior. O también, porque se le ha aplicado "un calmante espiritual" bajo la forma de un propósito o principio moral falseado: "hay que tomar las cosas con calma", "no hay que ser exagerado", "hay que obrar con recta intención" aunque lo que hagamos no siempre coincida con la voluntad o con las exigencias objetivas de nuestra condición de cristiano.

Conciencia Domesticada.

La conciencia también se puede domesticar y recortar a una medida cómoda. Tenemos entonces una conciencia mansa, que nos presenta los grandes principios morales suavizados, que nos ahorra sobresaltos, remordimientos y angustias. Ante las faltas, sabe encontrar justificantes: "estás muy cansado", "todos lo hacen", "obraste con recta intención, lo hiciste por un buen fin", "es de sentido común", etc.

Conciencia Falsa o Deformada.

Se presenta cuando la conciencia emite un juicio que no concuerda con la norma objetiva de la ley. La persona es responsable de ello cuando, debiendo hacerlo, desconoce las implicaciones de la ley o cuando su depravación moral debilita su capacidad de discernimiento ético. Sin embargo, cabe la posibilidad de que la persona juzgue u obre al margen de la ley moral, creyendo de buena fe que dicha ley no existe o creyendo interpretarla adecuadamente.

Puede haber deformaciones por defecto o por exceso. Si la conciencia exagera el papel de la ley hasta hacerla opresiva y angustiante, tenemos la conciencia escrupulosa; si lo disminuye hasta hacerla casi desaparecer, tenemos la conciencia laxa, que exagera la licitud de los actos y admite excusas donde no las hay. Un caso típico de conciencia deformada lo constituye la conciencia farisaica, es decir, el afán de aparentar exteriormente rectitud moral, estando llenos por dentro de rapiñas y codicia.


La formación de la conciencia

Para formar una recta y sana conciencia en nuestros hijos habremos de obrar primordialmente con el ejemplo. Así pues, todo lo que a continuación se sugiera hacer con ellos, tendremos que vivirlo personalmente primero nosotros, modelarlo con nuestro cónyuge después, y hasta entonces pensar en exigir una actitud o respuesta a nuestros hijos. Habremos de ser deseables de imitar por nuestros hijos.


a). Vigilancia Continua.
La conciencia no es una facultad estática, exige una formación continua, que empieza con la vigilancia. Como padres de familia debemos estar atentos y analizar qué es lo que guía nuestra conciencia, si nuestro egoísmo, o las sugerencias del demonio y los criterios del mundo o la voluntad de Dios, el Evangelio, la ley de Dios y de la Iglesia, los deberes paternos, etc.

b). Balance.
Se sugiere un balance diario de nuestra conciencia, así como una gran sinceridad con nosotros mismos para ver cómo vamos con relación a nuestro deber paterno.

c). Orientación Moral.
Una guía espiritual es una forma muy adecuada de formar nuestra conciencia. El orientador moral analiza junto con nosotros nuestra situación personal, con sus logros y proyectos, con sus conflictos y posibilidades; repasa con nosotros el plan de Dios y a la luz del Evangelio.

d). Sacramento de la Penitencia.
Para ir a la raíz misma del mal que deforma nuestra conciencia, hay que acudir al sacramento de la penitencia, que hace desaparecer nuestros pecados actuales y nos comunica la gracia divina.

e). Sacramento de la Eucaristía. Gracias a la Eucaristía, la conciencia moral del discípulo de Cristo llega a la vivencia radical de sus exigencias profundas. En la celebración eucarística el hombre se incorpora a Cristo de modo más consciente y pleno; en adelante la voz de su conciencia será no ya una voz vacilante y ansiosa, sino la palabra de Dios, encarnada en nuestros corazones.

f). Apertura al Espíritu Santo.
Para que haya connaturalidad entre la voluntad divina y la conciencia, el primer requisito es, pues, el estado de gracia. Para el alma en estado de gracia, la voz de la conciencia viene a ser la voz del Espíritu Santo.


Cualidades de los padres

Para que los hijos sigan nuestro ejemplo, los padres tenemos que vigilar ciertas cualidades en el “ser”, en el “hacer”, en el “tener” y al “relacionarnos”:

Cualidades en el Ser:

* Naturalidad: Decir las cosas por su nombre y en la debida proporción.
* Serenidad: Controlar los impulsos.
* Optimismo: Sacar o ver el lado bueno a lo malo.
* Buen humor: Aún consigo mismos, no tomarse demasiado en serio.


Cualidades en el Hacer:

* Orden.
* Puntualidad.
* Logros.
* Trabajo bien hecho.
* Coherencia.


Cualidades en el Tener:

* Desprendimiento.
* Generosidad.
* Señorío: "tener" las cosas, no ser "tenido" por ellas.
* Sobriedad.


Cualidades al Relacionarnos:

* Prudencia.
* Respeto.
* Fidelidad.
* Paciencia.
* Amistad.
* Amor.



Reglas de la conciencia

* Nunca está permitido hacer un mal para hacer un bien. El fin no justifica los medios.

* La "Regla de Oro": "Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros primero" (Mt 7,12).

* La caridad debe actuar siempre con respeto hacia el prójimo y su conciencia.



Ideas para formar la conciencia de los hijos:


* Estudiar y dar a conocer la base objetiva (Catecismo, Evangelio, etc.).
* Reflexionar siempre antes de actuar.
* Vida de oración. Hay que buscar el lugar para que hable Dios, el mejor formador de la conciencia.
* Vida de Sacramentos. Hay que darles el ejemplo. La confesión, vgr. , Forma la conciencia. También se sugiere pedir ayuda y consejo, mediante un guía espiritual, un confesor, etc.
* Obrar siempre de cara a Dios.
* Pedir ayuda constantemente al Espíritu Santo para que nos ilumine la conciencia.
* No desanimarse ante los fallos y aprender de las caídas.
* Formar hábitos. Por ejemplo: programar el tiempo, no desperdiciar los tiempos libres, buscar el orden, la disciplina, etc.
* Enfatizar las cualidades y virtudes de los hijos, pero sin "negar" los errores o los defectos.
* Nunca está permitido hacer un mal para hacer un bien. El fin no justifica los medios.
* La "Regla de Oro": "Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros primero" (Mt 7,12).
* La caridad debe actuar siempre con respeto hacia el prójimo y su conciencia.
* Las lecciones de valores no habrán de enfocarse sólo en lo negativo, sino también en la abundante cantidad de cualidades positivas, como vgr. : prestar cosas o ayuda, apoyar al que lo necesite (al débil, al pobre, al anciano), tener valor de decir la verdad, etc.
* Señalar a la gente honesta y valiosa con la que nos cruzamos todos los días, e inspirarles un profundo amor y respeto por esta gente.
* Alabarlos siempre que sean amables, generosos, desprendidos, etc.
* Enseñarles a los hijos que eviten las cualidades negativas como: mentiras, trampas, apodos, burlas, egoísmo, etc.
* Infundirles un profundo amor y respeto por la Iglesia, el Papa, la Virgen, Cristo, los sacerdotes, así como una gran estima por sus enseñanzas.

Lescturas recomendadas

Catecismo de la Iglesia Católica
Tercera Parte “la Vida en Cristo” art. 6, números: del 1776 a 1794






 
 

 
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