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Escuela de Virtudes | tema
Autor: Pa´quete salves
Los valores y la superación personal
Los valores medios de superación
 


Corrían los años de 1530. En España vivía un hombre llamado Íñigo. Soldado vividor, alegre, violento. Todo un hombre de armas, olvidado de toda responsabilidad. Nada le importaba, a no ser que fuera aquello que le permitiera gozar de la vida sin preocupaciones o compromisos.

Formó parte del ejército y fue enrolado para defender un castillo, donde fue herido gravemente en una pierna. Casi dos años tardó en recuperarse. Tendido en su cama leyó mucho. Entre esos libros, se encontraban las vidas de los santos. Se impresionó tanto por la vida de éstos que se propuso ser uno de ellos. Aquel soldado violento, irresponsable y vividor encontró en Jesús al valor más grande que un ser humano podrá tener: Imitarlo con su vida, transformarse en Él.

Pasaron los años. Poco a poco, Iñigo fue dominando su terrible temperamento y carácter. Sus malos modos y violencia fueron sustituidos por la amabilidad y la cordialidad. Su inconstancia, en constancia. Su egoísmo se modificó en servicio a Dios y a los demás.

Jesucristo convirtió su vida. Le dio tal fuerza que aquel soldado se superó como persona y alcanzó a Dios. Su nombre: San Ignacio de Loyola.

La fuerza de un gran valor
San Ignacio, antes de decidir serlo, tenía su corazón puesto en el placer, la guerra, la comodidad. Cuando descubrió un valor más alto y sublime en Jesucristo, decidió alcanzarlo con todas sus fuerzas. Escogió el valor más alto de todos, aquel que supera a todos los demás, aquel que le da todas las posibilidades que anhela un corazón: imitar a Jesucristo y luchar por él.

Y tú, ¿qué valor tienes que te pueda transformar la vida, que te ayude a alcanzar la felicidad, a ser mejor?

Cuando un valor es el centro de la vida, cuando todo se hace movido por él, se le llama ideal.

La fuerza de un gran ideal encauzará todos los esfuerzos que realices para tratar de alcanzarlo. Recuerda que tu vida es muy valiosa, que se vive una sola vez. ¿A qué la vas a dedicar? ¿Dónde piensas encontrar la felicidad? ¿Qué es lo que le puede dar sentido grande y profundo a tu vida?

Hay quienes la dedican a conseguir dinero. Posiblemente sea poco el que logre, pero cada día pensará en cómo ganar más. Otro la dedicará a trabajar. Vivirá para ello. Antes de morir, se preguntará: ¿Para qué tanto esfuerzo? ¿De qué me ha servido? ¿Qué le voy a presentar a Dios? ¡Qué triste ha de ser ese momento!. El tiempo de vivir se habrá acabado.

¿Dónde se encuentra un valor tan grande que no se acabe, que le dé sentido a la vida, que dé realmente la felicidad? ¿Cuál será ese ideal que valga la pena sacrificar todo con tal de alcanzarlo? ¿Cuál es ese ideal capaz de darnos la auténtica felicidad?

Jesucristo, el más alto y noble ideal.
Si encuentras en Jesucristo ese gran valor que te entusiasme, darás a tu corazón todas las posibilidades que desee para ser verdaderamente feliz.

Quien, a la manera de San Ignacio, decide imitar a Jesucristo en su vida, llenará de felicidad sus días, pues tendrá un gran motivo para enfrentarse con alegría a las dificultades que se le presenten; educará a sus hijos con ilusión y paciencia; trabajará diariamente con la satisfacción de saber que lo hace por amor a Dios; sufrirá con serenidad y abnegación las enfermedades; cumplirá como su Maestro sus responsabilidades de padre, madre, hijo, trabajador, amigo, ciudadano. Cada día estará más cerca de su gran meta, llegar a Dios.

Los miles y miles de Santos que la Iglesia ha tenido, descubrieron en Jesucristo a su más grande modelo a imitar, a la razón más poderosa que les daría sentido a sus vidas, al amigo fiel que nunca les abandonaría.
Jesucristo, el único valor en el mundo que nunca se ha de acabar, que permanecerá desde ahora hasta la eternidad, que da la auténtica felicidad.

Ya decía San Agustín hace cientos de años:
“Nos hiciste, Señor, para ti. Y nuestro corazón inquieto está, hasta que no descanse en ti”.

El corazón del hombre está creado para desear a Dios. Nada podrá llenar ese deseo profundo de poseerlo. Jesucristo es el valor de los valores, el tesoro de los tesoros.
Quien conoce a Jesús, quien lo ama, jamás tendrá hambre, ni sed. Pues Él saciará los deseos más profundos del ser humano.

Jesucristo, el mejor motivo para la superación personal.

Para crecer como personas, para superarnos durante toda la vida, necesitamos algo que nos estimule para esforzarnos. Y, ¿qué mejor motivo que imitar a Jesucristo?

Toma en tus manos a las Sagradas Escritura. Ábrelas en los Evangelios y contempla a Jesucristo actuar. Míralo en acción. Contempla cómo trata a todas y cada una de las personas; obsérvalo perdonar, comprender, ayudar; siente la ternura con la que acoge a los niños, a los pecadores, a los enfermos; palpa su esfuerzo por cumplir sus obligaciones; siempre atento a escuchar a todos, a dar una palabra de aliento, de ánimo, de amistad; escucha sus palabras llenas de amor, de comprensión, de exigencia; admira su valentía, su inteligencia clara; alégrate con Él al verlo sanar a los enfermos, al recuperar a los pecadores, al ver a la multitud que lo quiere escuchar; aprende a soportar los sufrimientos en su Pasión, en el abandono en la cruz, al recibir los latigazos; ¿Quieres superarte? ¿Quieres ser mejor esposa o esposo? ¿Deseas ser buen padre o buena madre? Ahí tienes a Jesús. Hombre verdadero y Dios verdadero. Tu modelo, tu tesoro, tu ideal.

¿Te cuesta mucho salir adelante? ¿Tienes sufrimientos que te agobian? ¿El desánimo, la dificultad, el miedo se presentan en tu vida? Ahí está Jesús. Imítalo y vencerás.
¿Acaso crees que es imposible parecerse a Él, o imitar su forma de ser, o superarse como Él? Ahí tienes a María, su madre. Ella, el primer y mejor ejemplo de la imitación de Cristo. Ahí tienes a los apóstoles, hombres rudos, pescadores, sin cultura. Ahí tienes a los santos de la Iglesia: personas como tú, pero enamoradas de su gran ideal, de su gran valor: Jesucristo.

¿Por qué ellos pudieron imitar a Cristo? ¿Por qué se superaron tan grandemente que hasta llegaron a ser santos? La respuesta es sencilla de entender: porque quisieron ser como su maestro, como Jesucristo. De ellos nació una decisión: Quiero ser como Jesús. Quiero vivir para Jesús. Quiero vivir en Jesús.

El que imita a Jesucristo, ha descubierto al más grande y magnífico tesoro.

Toma el Evangelio según San Juan 6, 25-51, y lee. Aquí el Señor nos dice: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí, ya no tendrá más hambre, y el que cree en mí, jamás tendrá sed”.

También, encontrarás en Juan 4, 1-45, lo que sucede con la persona que descubre en Jesús al más grande tesoro. Es el pasaje del encuentro del Señor con la samaritana: “ El que beba del agua que yo le diere no tendrá jamás sed, que el agua que yo le dé se hará en él una fuente que salte hasta la vida eterna”.



   

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