Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net Historia de un nuevo Jonás
Testimonio de fe de Sabrina Pietrangeli Paluzzi, publicado en el libro del dr. Giuseppe Noia, Il figlio terminale
Historia de un nuevo Jonás
El embarazo iba bien. Sabrina y Carlos se preparaban para
acoger en el hogar al tercer hijo, después de que
Dios les hubiera dado dos niñas, Priscila (5 años) y
Viviana (2 años).
Priscila tenía una especial ilusión por conocer el
sexo del nuevo hijo. ¿Será niño? ¿Será niña? Pensaba que
ya con sus 5 años podía colaborar con sus padres
a la hora de escoger qué nombre dar a su
hermanito para el día del bautismo.
El 8 de mayo de
2003 Sabrina, Carlos y Priscila fueron al hospital para una
ecografía que sería, así pensaban todos, de rutina. El embarazo
había cumplido 21 semanas y siempre se esperan los resultados
con algo de ansiedad y de aprensión.
La doctora estaba confundida,
miraba y miraba. Algo no marchaba bien. ¿Qué ocurría? El
cuerpo parecía normal, pero los riñones y la vejiga estaban
muy hinchados. Además, no se veía líquido amniótico. Seguramente habría
algún grave defecto urinario: era necesario hacer más análisis.
El resultado
fue recibido como una ducha de agua fría. Sabrina y
Carlos ni se preocuparon por preguntar el sexo del nuevo
hijo, lo cual dejó muy desconcertada a Priscila.
Llegó la hora
de un nuevo análisis. La situación había empeorado. La ecografía
mostraba que seguramente la vejiga habría reventado. Se notaba, además,
una completa obstrucción urinaria. No quedaba ninguna esperanza de vida
para aquel hijo, que parecía condenado a terminar pronto, en
el mismo útero o inmediatamente después de nacer.
Empezaron a llegar
palabras que hablaban de muerte, incluso de aborto. Un médico
decía: “Señora, le aconsejaría que interrumpiese el embarazo. Con esta
edad gestacional, se trataría de un parto, pues la ley
no permite el aborto para un feto tan grande...”
Las palabras
del doctor resultaban absurdas para Sabrina. Escribirá más tarde: “Aborto,
ley, feto. Mi hijo está vivo, y no se da
cuenta de que está condenado a muerte. Mi hijo está
vivo. Está vivo, respira. Mi hijo no necesita una madre
que le lleve a dejar de vivir. Yo quiero que
mi hijo muera dentro de mí, en el mejor lugar
para morir, no es una sala de operaciones, donde nadie
le conectará a un respirador después de nacer para salvarle
la vida. El recuerdo de mi hijo no será el
recuerdo de un aborto”.
Llegaba la hora de explicar a Priscila
la situación: su hermanito (seguían sin saber su sexo) no
podía vivir mucho tiempo.
“Le explicamos que esta vida era para
el Cielo, no para la Tierra. Que el Cielo tenía
necesidad de un ángel que velase por los niños más
abandonados. Que el Señor nos podría dar otras vidas, pero
que ahora deberíamos ser generosos y dejar que este niño
volviese a Dios, porque pertenecía a Él”.
Amigos y conocidos empiezan
a criticar a Sabrina y Carlos por no recurrir al
aborto. Incluso la madre de Sabrina le aconseja que terminase
con la vida del hijo. “Líbrate de él. En definitiva,
ya te han asegurado que no hay esperanzas. Imagina que
por mala suerte llegases hasta el final del embarazo. Está
iniciando el calor, ¿por qué tienes que padecer esto? Además,
te arriesgas a sufrir una septicemia. Tienes ya dos hijas.
¿No te das cuenta de los riesgos que corres?”
Sabrina responde
con firmeza: “Mamá, no insistas. Sigo con el embarazo, aun
a costa de morir con él. No pongo mis manos
sobre esta vida”.
La situación no resulta fácil. Sabrina se levanta
por las mañanas, viste a las niñas, intenta ocultar sus
lágrimas. Siente algo especial cuando el hijo da algún golpe
en sus entrañas. Reza y reza, y recibe el apoyo
de los miembros de su comunidad católica.
Un día le presentan
un papel con un nombre y un teléfono. En un
hospital de Roma trabaja el dr. Giuseppe Noia, un especialista
en operaciones en el útero. ¿Por qué no probar?
Sabrina siente
una voz interior: “Ve. ¡Ve! Por muy mal que vaya,
lograrás una paz muy grande. Te dirás a ti misma
que lo has intentado todo, absolutamente todo. Que se haga
la voluntad de Dios”.
Carlos piensa de otra manera. Si todo
iba a terminar en nada, ¿para qué sembrar ilusiones? De
todos modos, se somete a lo que decida su esposa.
Sabrina
llama al hospital, consigue hablar con el dr. Noia. Escucha
palabras que la llenan de una profunda sensación de ser
amada y acogida. El doctor le dice: “Lo primero, no
digas que no hay esperanzas, porque ahora estás en mis
manos y quiero intentar lo posible para salvar a tu
hijo. Sabrina, además, felicidades, porque encontrar mamás que acompañan a
sus hijos hasta el final es algo realmente bello. Verás
que el Señor te consolará de algún modo. Ven mañana
y tráeme los análisis que hayas hecho hasta ahora”.
La cita
fue un momento de decisiones no fáciles. El dr. Noia
no ocultó que la situación era difícil. Explicó que habían
sido realizadas pocas operaciones intrauterinas para los casos de insuficiencia
renal como el que padecía su hijo: de los 10
intentos sólo habían sobrevivido 3 niños.
Se habría una puerta a
la vida. El 22 de mayo de 2003 el equipo
médico del dr. Noia realizó una operación en tres fases
para curar a aquel hijo minúsculo. Una joven especialista que
participaba en la operación acariciaba la mano y la cara
de Sabrina para tranquilizarla. Luego, sacó de un bolsillo una
reliquia de santa Teresa de Lisieux y se la dejó
para encomendar el buen resultado de aquella aventura.
Había que esperar
una semana de reposo para ver cómo habían andado las
cosas. Terminados los 7 días de espera, Sabrina volvió con
el dr. Noia. Los análisis eran bueno. Pero había que
confirmarlos con la ecografía. Este momento fue muy duro para
todos. El líquido había invadido diversos órganos del hijo, y
se notaba el inicio de una descompensación cardiorrespiratoria.
El dr. Noia
se rinde: no es posible realizar una nueva operación. Sabrina
llora. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir su hijo? El doctor responde:
nos vemos dentro de unos siete días...
Los días pasan lentamente,
con el miedo a que inicie un “parto” que se
convertirá en la llegada de la muerte. Pero algo extraño
ocurre. Después del número dramático “siete”, la cuenta sigue adelante.
Sabrina ya tenía previsto en qué hospital ir a dar
a luz. Pero su hijo seguía vivo, se movía, daba
señales de normalidad. ¿Qué estaba ocurriendo?
Pasan 10, pasan 15, pasan
20 días. Después de 22 días, Sabrina llama al dr.
Noia. El doctor queda sorprendido. ¿Aún no ha muerto el
hijo? Le pide que venga cuanto antes a Roma.
Es el
23 de junio de 2003. Sabrina y Carlos llegan al
hospital y saludan al dr. Noia. Inician la ecografía. Todo
se ve perfecto. Demasiado bien. ¿Será un error? El doctor
no da crédito a lo que observa: llama a algunas
enfermeras y colegas que conocían la historia de aquel hijo
para que vean aquellas imágenes llenas de vida.
“¿Os dije el
sexo de esta criatura?” pregunta a sus padres el doctor.
“Es un varón”. Sabrina y Carlos no lo dudan: “Se
llamará Jonás, como el profeta salvado de las aguas”.
Las emociones
se suceden con rapidez. Sabrina vive esta experiencia entre lágrimas
y sonrisas. Pregunta, de todos modos, si se observan anomalías.
Todo parece estar muy bien, aunque hay que realizar inmediatamente
una pequeña operación para quitar el exceso de líquido amniótico.
Cuando regresa a casa, Sabrina encuentra a Priscila que está
rezando el rosario. Abraza con fuerza a su madre al
escuchar las buenas noticias, y le dice: “Mamá, tenías razón.
El Señor escucha las oraciones de los niños”.
Llamadas telefónicas, felicitaciones,
sonrisas, cambios de planes. Había que preparar la habitación para
Jonás, anunciar a la familia el próximo nacimiento, estar preparados
por si todavía quedaban serios daños en el cuerpecito del
hijo. Muchos hablaban de un milagro. Pero para Sabrina el
milagro era otro.
“A nosotros (Carlos y yo) nos bastaba con
ver el milagro espiritual que se había producido en nuestros
corazones: encontrarnos en paz, aunque la cruz fuese muy pesada.
La paz que se puede sentir solamente si uno vive
en la voluntad de Dios”.
El 25 de agosto de 2003
nacía Jonás. ¿Tendría daños en los pulmones? El dr. Noia
esperaba sólo que empezase a llorar. Y lloró mucho, muchísimo.
Escribe su madre: “Lloró como un león furioso, despreciado. Y
lloré también yo, mientras reía, y desde mi corazón brotaba
un himno de alabanza: ¡bendito eres, Señor, que haces bien
todas las cosas!”
Después de 11 días fue necesaria una nueva
operación. En los primeros 3 años no faltaron problemas: 4
operaciones, 2 transfusiones de sangre, un bloqueo renal (uno de
los riñones había quedado completamente dañado y el otro no
funcionaba del todo bien).
Cuando Jonás cumplía los 3 años, era
un niño normal, sereno, reflexivo, lleno de la alegría por
la vida. Quedaban en pie peligros y esperanzas. Sus padres
sabían muy bien que su vida no estaba asegurada ni
siquiera durante una semana. Como tampoco la de quienes nos
consideramos sanos...
Su madre escribe al final del relato de esta
historia: “Nosotros seguimos adelante. Vivimos al día, bendiciendo cada mañana
por lo que ese día tenemos a nuestro alcance. Como
dice el dr. Castorina, ´miramos nuestros pies y damos un
paso después de otro´. El mañana no nos pertenece, tenemos
que arrancar el miedo al mañana”.
Dios acompaña a la familia
de Sabrina, Carlos, Priscila, Viviana y Jonás. Los acompaña también
gracias a tantos médicos y amigos que creen en Dios
y que protegen cada vida, que dicen no a abortos
fáciles, que aceptan con amor las cruces y dolores de
cada día.
Sabrina termina su relato con estas frases: “Mis hijas
rezan espontáneamente por los niños que están en los hospitales:
ellos saben que la vida no es sólo Barbie y
Cicciobello. Pero saben también que en cada historia está presente
Dios, que no nos deja, que sigue amando a sus
hijos, que da fuerzas. Solamente hace falta pedirlas. Nuestra historia
es una prueba de ello”.
(Este artículo resume el relato de
Sabrina Pietrangeli Paluzzi, publicado en el libro del dr. Giuseppe
Noia, Il figlio terminale. Risposte di amore straordinario all´ordinaria eutanasia
prenatale, Nova Millennium Romae, Roma 2007, pp. 159-185).
Una feliz actualización:
el sábado 31 de enero de 2009, en el canal
televisivo italiano SAT2000, fue entrevistada Sabrina Pietrangeli. Explicó cómo está
su hijo Jonás, ya con algo más de 5 años.
Ha mejorado notablemente y pronto irá a la escuela.
Sabrina Pietrangeli
es presidente de la asociación "La quercia millenaria" (La encima
milenaria, cf. www.laquerciamillenaria.org), que asiste a las familias
con embarazos difíciles y que ya ha salvado la vida
de muchos niños.
En esa página pueden verse algunas fotografías de
Jonás, antes y después de su nacimiento (cf. http://www.laquerciamillenaria.org/nostrastoria.asp).
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