Autor: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer Multiplicación de los panes
Ciclo A Domingo 18 / Mt 14,13-21 - ¿Creemos que Cristo es capaz de saciar nuestra hambre? ¿Creemos que Él puede cambiar nuestra vida, llenarla, renovarla?
Multiplicación de los panes
Mateo 14, 13-21 En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la
muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en
barca a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la
gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar
vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a
los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos
a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde, despide
a la multitud para que vayan a las aldeas y
se compren de comer. Jesús les replicó: No hace falta
que vayan, dadles vosotros de comer. Ellos le replicaron: Si
aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
Les dijo: "Traédmelos". Mandó a la gente que se recostara
en la hierba y, tomando los cinco panes y los
dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición,
partió los panes y se los dio a los discípulos;
los discípulos se los dieron a la gente: Comieron todos
hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras.
Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
Reflexión
Como
ya en el tiempo de Jesús, así también hoy el
pan de cada día sigue siendo el problema principal para
la mayor parte de la humanidad. Y los hombres de
hoy no sufren sólo hambre del cuerpo, sino también hambre
del espíritu, hambre del corazón, hambre de fraternidad y de
amor.
Y nos damos cuenta que esto pasa porque los
cristianos no hemos tomado muy en serio el mensaje del
Evangelio, porque después de más de 2000 años de cristianismo
no hemos logrado construir todavía un mundo de fraternidad.
Es
Jesucristo quien alimenta a los hombres con su palabra de
vida y, como en el Evangelio de hoy, les da
de comer pan. Pero no sé si Uds. han notado
la disposición que Jesús exige, antes de realizar este milagro,
la orden que da, la condición que impone.
Un acto
de confianza. Ante todo, les pide un acto de confianza, un
gesto de entrega en sus manos: les manda sentarse en
el suelo. Mientras están de pie, no dependen más que
de ellos mismos: conservan al menos la posibilidad de buscar
comida ellos mismos. Pueden encontrarse con un amigo, con un
vendedor ambulante, pueden ir a buscar algo a otro sitio,
pueden marcharse.
Pero al tomar asiento están renunciando a toda
posibilidad de bastarse a sí mismos. No tendrán más remedio
que entregarse a Él, confiarse a Él.
Cuando oyen esta
invitación a sentarse, yo creo que no pocos dudan. Su
exigencia les muerde el corazón, luchan en su interior con
la inquietud, con el miedo, con el orgullo. Les pide
precisamente lo que menos ganas tienen de darle. Porque se
sienten intranquilos, agitados por el hambre. Y Él les pide
que se tranquilicen, que se entreguen a Él, que tengan
confianza en Él. ¿Van a fiarse de Él? ¿Van a
creer que es capaz de alimentarlos? ¿Van a darle, por
lo menos, la oportunidad para mostrarlo?
¿Qué hubiéramos hecho nosotros
en su lugar? ¿Qué sentiríamos nosotros el día en que
por primera vez nos encontráramos en la necesidad de decirle
sinceramente: danos hoy nuestro pan de cada día? ¿No nos
veríamos tentados de intentar cualquier otra cosa, en vez de
recurrir a Dios? ¿No sería terrible tener que admitir que
no tenemos ningún otro recurso más que Él?
En fin,
algunos, en un verdadero acto de fe, se sientan -
quizá con los ojos cerrados. Luego, les van siguiendo los
demás. Muchos vacilan todavía hasta decidirse, abandonarse. Y entonces hay
un momento extraordinario, en el que los 5000 se sientan,
en el que todos juntos hacen un acto de fe.
Y cuando el pan empieza a circular entre sus manos,
cuando cada uno se queda con todo lo que quiere,
y cuando ven que todavía sobra - pienso que entonces
ya nadie se extraña demasiado. El verdadero milagro se ha
realizado antes. El verdadero milagro lo ha hecho Jesús con
ellos mismos: era el milagro de su fe y de
su amor.
También a nosotros se nos pone la misma
condición, la misma exigencia: ¿Creemos nosotros en Él? ¿Creemos que
Cristo es capaz de saciar nuestra hambre? ¿Creemos que Él
puede cambiar nuestra vida, llenarla, renovarla?
Tenemos fe en todo
el mundo, excepto en Dios. Y si somos sinceros, me
parece que estas cuestiones nos dejarán muy inseguros e inquietos.
Queremos creer, deseamos creer, pero nos cuesta vivir de la
fe. Tenemos fe en todo el mundo, excepto en Dios.
Ponemos nuestra salud en manos de un médico, de un
cirujano. Entregamos nuestro dinero a un banquero. Y nuestra vida
la ponemos en manos de cualquier chofer, a pesar de
todos los accidentes que ocurren. La vida no sería posible
sin confiar en los demás.
Sólo en Dios no confiamos,
o confiamos poco. Estamos convencidos de que sabemos conducir mucho
mejor que Él. Apenas nuestra vida da un viraje un
poco brusco, se detiene o acelera más de le normal
- y ya nos ponemos a dar gritos de angustia.
Imaginémonos un viaje familiar en el que todos los hijos
desconfían de su padre que está manejando el coche: le
critican por todo el camino; le gritan ante cualquier obstáculo...
sería un viaje horroroso. Pero eso es lo que hacemos muchas
veces con Dios.
Siempre encontramos motivos muy razonables para no
creer. La fe sigue siendo siempre un acto por encima
de nuestras fuerzas naturales, una gracia a la que tenemos
que abrirnos, una oscuridad que tenemos que soportar. La fe
es tener la luz suficiente para poder movernos con confianza
en un margen de oscuridad.
Queridos hermanos, que Cristo nos
dé la gracia de una fe profunda, una entrega sin
reservas, una confianza total en Él y en su amor.
¡Qué así sea! En el nombre del Padre, del Hijo
y del Espíritu Santo. Amén.
Padre Nicolás Schwizer Instituto de los Padres
de Schoenstatt
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