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| El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado |
Domingo 22º del Tiempo Ordinario. Ciclo C. 2 de septiembre de
2007 1. Las lecturas de hoy tienen la virtud de
la humildad, fundamento del Reino, como quicio. Nos la recomienda
el Eclesiástico, y Jesús toma una de sus parábolas de
los Proverbios: "Más vale escuchar "Sube acá" que ser humillado
ante los nobles" (25,7). Hay en el hombre un
instinto que le hace aspirar siempre a grandezas; se lo
pide el alma, que siente una irresistible inclinación a alcanzar
un ideal, un algo superior y más alto. Para conseguirlo
se le ofrecen dos caminos, el de la soberbia, que
es el que siguieron los ángeles rebeldes, Adán, y los
filósofos paganos, que "pretendiendo ser sabios, resultaron unos necios" (Rm
1,22), y también escogieron los hombres, que por querer situarse
más alto de lo que les correspondía, y pretendiendo sobresalir
sobre los demás, y arrastrados por el orgullo, cayeron en
un estado miserable. El verdadero camino de la auténtica elevación
es el camino de la humildad, que es el que
siguió Cristo y los santos y que conduce a la
gloria.
2. No consiste la humildad en negar las propias cualidades,
que son dones divinos que hay que hacer fructificar, como
nos enseña Jesús en la parábola de los talentos (Mt
25,14); ni tampoco en negarse a aspirar a hacer cosas
grandes, que suele camuflar pereza, ni en hablar mal de
sí mismo, o en fingir que se tienen tantos y
tantos defectos, sino en un conocimiento verdaderísimo de sí mismo,
por el cual el hombre desprecia su maldad, como dice
San Bernardo. “Est virtus qua homo verissima sui agnitione sibi
ipsi vilescit”. Santa Teresa del Niño Jesús fue reprendida como
soberbia por un confesor, a quien manifestó sus deseos de
ser una gran santa. Lo que no es humildad es
aspirar inmoderadamente a cosas grandes escribe Santo Tomás. Santa Teresa
dice que la "humildad es andar en verdad, que lo
es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino
la miseria y ser nada; y quien esto no entiende
anda en mentira" (Moradas VI 6, 8). Estas palabras de
la Santa con frecuencia se emplean indebidamente, especialmente cuando cada
uno quiere imponer la que cree su verdad, y se
omite la segunda parte de la frase. -¿Tu verdad? No,
la verdad. / Y ven conmigo a buscarla... escribió
Machado en su célebre verso. El humilde no lo es
porque se compara con los demás, sino con Dios, y
ve que es nada ante él, pues ve la diferencia
infinita que hay entre su pequeñez humana y la grandeza
de Dios.
3. La humildad es el fundamento de la
vida cristiana, pues Dios resiste a los soberbios. Y ella
conserva los frutos de las demás virtudes que dan muy
buen olor. La actitud del hombre humilde, que no se
supervalora, atrae más a Dios y a los hombres, que
la generosidad: "Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás
el favor de Dios, que revela sus secretos a los
humildes" Eclesiástico 3, 17. Tanto más acepto a Dios será
el hombre, cuanto más se humille ante él. Así obró
Abraham cuando intercedió por Sodoma, y mereció que Dios compartiera
con él el plan de la destrucción de Sodoma: "Me
he atrevido a hablar a mi Señor, yo que soy
polvo y ceniza"? (Gn 18,27).
4. Porque él "ha preparado
su casa a los desvalidos; él es padre de huérfanos,
protector de viudas, alivió la tierra extenuada con la lluvia
copiosa, y su rebaño habitó en la tierra, que su
bondad preparó para los pobres" Salmo 67.
5. Y, después de
este preámbulo, la lección gráfica y oportuna de Jesús: Un
sábado, había sido invitado a comer en casa de un
fariseo importante y había allí un hombre enfermo de hidropesía,
lo curó y lo despidió, naturalmente como siempre, sin pasarle
factura, que será la marca de fábrica de su Reino.
Quiere dejar claro que la actitud y la forma de
existencia del Reino es la gratuidad. Como era un fino
observador, vio con qué descaro escogían los primeros puestos. Aprovechó
la situación para dar su mensaje, pues él no va
a las bodas por otra razón. Siempre está a punto
para entregar el regalo de su palabra de vida con
la que va estableciendo el estatus de su Reino: Jesús
aprovecha la ocasión para dar una lección de humildad. La
humildad nos abre a Dios y a los demás. Nos
hace preferir el último puesto y compartir ese puesto con
las personas a las que la sociedad rechaza. Nos ayuda
a reconocer y aceptar con paz las propias limitaciones
y las de los demás. La persona humilde tiene mayor
autoestima y verdadera paz y armonía interior. La actitud poco
evangélica de compartir mesa y honores con los “grandes” de
este mundo es una tentación en la que la mayoría,
en mayor o menor grado, caemos. No es fácil armonizar
estos comportamientos con el mensaje de Jesús. La crítica de
Jesús a los dirigentes religiosos sigue vigente. “Les gustan los
primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor
en las sinagogas, que les hagan reverencias por la calle
y que la gente los llame maestro” (Mt 23, 1-12).
“No sea así entre vosotros”.
Y dice: "Cuando te conviden a
una boda, no te sientes en el puesto principal no
sea que hayan convidado a otro de más categoría que
tú, y te digan: -Cédele el puesto a éste-. Se
trata de una actitud ante la vida humana: subir el
primero, aunque sea en el autobús de corto recorrido, buscar
y halagar a quien nos pueda subir más alto, sin
reparar en empujones, ni en intentos de soborno adulador, aunque
se prive del puesto a otros con más méritos o
más cualidades, con detrimento de la propia sociedad, que al
ambicioso poco le importa. Cuando el Siervo de Dios, Juan
Pablo II, creo cardenal al inmenso teólogo que era Von
Balthasar, él comento, se lo podrían haber dado a otro.
Cuenta Martin Descalzo que en el Concilio había un personaje
cuya misión principal de cada día era situarse a la
puerta por donde tenían que pasar los cardenales para preguntarles
a cada uno si había pasado bien la noche y
si había disminuido la jaqueca de su señora hermana. Y
subió como el humo en el escalafón. Y asegura el
autor que esta suerte de mandangas son rentables. Pero el
que por este procedimiento se encumbra, se expone a quedar
en ridículo ante los invitados, cuando hay otros, que siempre
los hay pero no aparecen, de más valor que, por
lo mismo, no están a la vista, ni en el
escaparate. Cuando aparece la ineficacia de su acción pastoral tan
diferente de su eficacia trepadora, es cuando se corre el
ridículo del fracaso. Es una enseñanza tan oportuna ésta de
Jesús que si se cumpliera en el mundo, todo mejoraría.
Correr a ocupar los primeros puestos, quizá pisoteando, sin escrúpulos,
la cabeza de los demás, es característica despreciada por todos
los de arriba, los iguales y los inferiores y, por
desgracia, seguidas por todos. Correr a ocupar los primeros lugares,
quizá pisoteando, sin escrúpulos, la cabeza de los demás, es
característica despreciada por todos y, por desgracia, seguida por todos.
De lo contrario estaríamos ya en el Reino, pero el
mundo siempre será mundo. Los que no viven según el
espíritu de Jesús convierten al hermano, o ven en
él un escalón y lo utilizan para subir, o
como un enchufe para brillar, o como un estorbo y
lo apartan, y entonces lo enmudecen o lo destruyen.
6. También
es antievangélico invitar, obsequiar, a los que te puedan corresponder.
El mundo siempre ha actuado así, pero en esta época
tan sembrada de ambición y de codicia, en un clima
tan escandaloso, Jesús nos dice que los hombres no deben
obrar según la ley del intercambio interesado: "te doy para
que me des", te invito para que me invites, te
ayudo para que me ayudes, para que me lo agradezcas
y dependas de mí, para que me encumbres. Si la
sociedad civil procede así y procedió siempre, pues ya Platón
en su Política, escribía que había que quitar a los
políticos del gobierno de la república y arrancar de sus
profesiones a los hombres grandes de valía, para entregarles a
ellos el gobierno, los que hemos de ser discípulos de
Jesús, hemos de empezar por no jugar las mismas cartas
que los del mundo que convierten la vida en un
negocio, aunque sangremos cuando nos veamos postergados. Jesús rompe radicalmente
con el modelo social y religioso basado en el honor
y la jerarquía. Propone y nos propone otros comensales, otras
preferencias. Invierte los valores. ¿Quiénes son los pobres, los lisiados,
los ciegos... a los que nos cuesta sentar a la
mesa de nuestra vida?
7. El pueblo de Jesús había
sido ya anunciado por el profeta Sofonías: “Dejaré en medio
de tí un pueblo pobre y humilde, que se
acogerá al Señor. El resto de Israel no cometerá maldades,
ni dirá mentiras, ni se hallará en su boca una
lengua embustera” (3,12). Hoy nos gobiernan políticos cuya única y
exclusiva arma es mentir. Cuando Jesús ha escogido discípulos para
comenzar el Reino, no ha ido a la Escuela de
Alejandría, en busca de los alumnos de más talento; ni
a los círculos de Roma donde está el emporio de
la riqueza; ni en torno del poder en el palacio
del emperador. Eso habría sido luchar con sus mismas armas.
Buscó a los ricos para crecer más pronto y combatir
la riqueza. Buscó a los sabios para influir más en
el mundo y llenarlo de prosperidad. Buscós el poder porque
me facilita los puestos de conquista. Si con estos instrumentos
creciera, que crecería, seguro, ¿dónde quedaría la confianza en el
Señor? Jesús ha elegido la pobreza para nacer y para
vivir; la incultura, para vencer la sabiduría del mundo; la
desproporción en los medios, para confundir a la riqueza y
al poder. A una mística francesa, Gabrielle Bossy, le dice
Jesús portado bajo palio por un cardenal rodeado de obispos,
en la procesión de los enfermos en Lourdes: “Yo el
más pequeño”. “Yo soy manso y humilde de corazón” El
poeta y dramaturgo José María Pemán, describía de esta manera
su programa de vida:
“Ni voy de la gloria en
pos,
ni torpe ambición me afana,
y
al nacer cada mañana
tan sólo le pido a
Dios
casa limpia en que albergar,
pan
tierno para comer,
un libro para leer
y un Cristo para rezar.
He resuelto no correr
Tras un bien
que no me calma;
Llevo un tesoro en el
alma
Que no lo quiero perder.
8. Aunque hubiera podido
curar cualquier otro día sin el menor conflicto, Jesús cura
en sábado, algo estrictamente prohibido De esa manera demuestra su
absoluta libertad frente a la ley que esclaviza a las
personas. Para Jesús el bien del ser humano –sanar, dignificar,
liberar...- está antes que toda ley.
Jesús nos enseña a
vivir la gratuidad, como la de su amor que ofrece
sin esperar recompensa. La enseñanza de Jesús y su proceder
es buscar a los pobres, y a los ciegos, y
a los cojos e invitarlos a su banquete. Esos no
te pueden pagar, y tú recibirás tu paga el día
de la resurrección. Así te convertirás en discípulo de Jesús,
y del Padre que hace salir el sol sobre los
buenos y los malos (Mt 5,45) y da la vida,
la gracia y el cielo gratuitamente. Así entregó él su
cuerpo a la muerte por nosotros y lo recuperó en
la resurrección.
9. Jesús estaba curando a aquellos fariseos llenos
de suficiencia, que les impedía abrirse a la palabra, y
nos está ahora curando a nosotros, que hemos sido invitados
a este banquete de la Eucaristía sin méritos propios, por
sólo su amor de predilección. Y desconfiemos de nosotros mismos
si buscamos aristocracias de inteligencia, de riqueza o de poder,
como ajenos a la marca ajena de Jesús. Nuestra sociedad
hoy tiene suma necesidad de escuchar este mensaje evangélico sobre
la humildad. El Evangelio tiene un impacto social, incluso cuando
habla de humildad y modestia. Agradezcamos su invitación sirviendo a
los que "no nos pueden pagar; te pagarán cuando resuciten
los justos" Lucas 14, 7. El ya se ha puesto
en el último lugar, como el que sirve, dándosenos en
comida y bebida e invitando a los pobres y tullidos
y paralíticos al banquete que comienza ya en la Eucaristía,
prenda de vida eterna, confiando siempre en María, la humilde
esclava, para que el Señor pueda hacer a través nuestro
y en nosotros, cosas grandes, como hizo en ella.
> jmarti@ciberia.es
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