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| Te daré las llaves del Reino de los Cielos |
Domingo 21 del tiempo Ordinario. Ciclo A. 21 de agosto
de 2005
1. "Colgaré de su hombro la llave del
palacio de David" Isaías 22,19. Estamos situados casi ocho siglos
antes de Cristo.
En Jerusalén reina Ezequías. Sobná ocupa el
cargo de mayordomo de palacio y el rey lo destituye,
" se labra en lo alto un sepulcro y excava
en la piedra una morada", a quien "el Señor hará
dar vueltas y vueltas como un aro, sobre la llanura
dilatada". El hecho de que el rey lo destituya indica
que ha sido destituido por Dios porque extraviaba al pueblo
porque querría de aliarse con otros pueblos para declararle la
guerra a Asiria contra la voluntad de Isaías, profeta del
Señor, confiando más en las alianzas humanas que en las
promesas divinas.
Eliacín, es ascendido a ocupar el cargo de
Sobná, vestido con su túnica, ceñido con su banda, y
adornado con sus mismos poderes, lo que resulta, una profecía
mesiánica de la elección de Pedro: "Será un padre para
los habitantes de Jerusalén. Colgaré de su hombro la llave
de la casa de David: lo que él abra nadie
lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá". Su
poder será "como el clavo" que sujeta y mantiene tensas
las cuerdas de la tienda, como señal de la unidad.
Tras la destitución de Sobná, la de Eliacín, que tantas
esperanzas ofrecía, cuya caída, como la de Saúl, debe dar
que pensar mucho a los constituidos en dignidad que no
miran su cargo como carga, para servir, sino como oportunidad
para enriquecerse y hacerse servir, aprovechando su cargo, no para
apacentar a las ovejas, sino para esquilmarlas y vestirse con
su lana, no dudando en practicar el nepotismo, desoyendo el
mandato de Cristo: “El que quiera ser primero, sea vuestro
servidor”. Y su plan de actuar: “Ensalza a los humildes
que confían en Dios, y humilla a los soberbios”.
2.
"Te daré las llaves del reino de los cielos" Mateo
16, 13.
La misma imagen con que Isaías describe el
poder de Eliacín en la casa de David, utiliza Jesús
para designar la misión de Pedro en su Iglesia. Las
mismas palabras que el Señor dice a Eliacín, dice Jesús
a Pedro: "lo que ates en la tierra, quedará atado
en el cielo, y lo que desates en la tierra,
quedará desatado en el cielo".
Esta promesa de Jesús siguió
a la profesión de fe de Pedro en la divinidad
de Jesús: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios
vivo". La profesión de fe de Pedro, como portavoz de
la fe de los discípulos, que reconoce en Jesús al
hijo de Dios vivo, es la piedra sobre la que
Jesús edificará la Iglesia. Esa profesión de fe de tan
gran calado, que supera los conocimientos humanos y sólo se
la ha podido revelar el Padre que está en el
cielo.
Los hombres, según la respuesta a la pregunta de
Cristo, lo más que podían alcanzar es que él era
un profeta, grande, todo lo grande que fue Elías, o
Jeremías, pero al fin, hombre, como ellos. Los hombres no
podían conseguir ir más lejos, ni ver más en profundidad.
Ha de ser obra de la revelación del Padre, aceptada
en la obediencia de la fe, ver en Jesús al
Hijo de Dios vivo. Del Dios viviente, Creador del cielo
y de la tierra, por quien todo late y tiene
vida, el Dios del universo, el Padre de Nuestro Señor
Jesucristo ante quien doblo mis rodillas (Ef 3,14).
3. Comenzó
desde entonces una nueva etapa en la formación de los
discípulos. Descartado el campo de la sociología del "Mesías político-religioso",
sobrepasadas las categorías humanas y nacionalistas, una vez que han
entrado en el campo de la fe, ya les puede
revelar el misterio de la Redención y del Amor, por
la humillación, el juicio de los ancianos del pueblo y
senadores, la crucifixión y la resurrección al tercer día. Los
discípulos dijeron lo que decían los hombres. Simón hijo de
Juan ha oído la voz de Dios. Por eso, porque
ha recibido la revelación de que Jesús es el Hijo
de Dios es proclamado por él mismo " bienaventurado ".
"Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te
lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi
Padre, que está en el cielo. Ahora te digo yo:
Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,
y el poder del infierno no la derrotará. Lo que
ates en la tierra quedará atado en el cielo, y
lo que desates en la tierra quedará desatado en el
cielo". Lo mismo les concedería después a todos los discípulos.
"Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra
quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis
en la tierra quedará desatado en el cielo" (Mat18,18):
4.
La Iglesia está fundada en la fe de Pedro, no
en su debilidad humana. “Este tesoro lo llevamos en vasijas
de barro, para que se vea que su poder y
su fuerza no son nuestros, sino de Dios”. No son
las cualidades humanas ni los defectos humanos los que dan
fuerza y crecimiento o le restan mérito y fecundidad a
la misión de la Iglesia, a las misiones de cada
trabajador de la Iglesia en concreto, y lo somos todos,
sino la fe de los sujetos que encarnan esas misiones.
5. Pedro, piedra, Pedro portador de las llaves, Pedro, el
Vicario de Cristo, con los mismos poderes que él sobre
la Iglesia. Jesús conocía la profecía de Isaías, sobre Eliacín.
Y la hizo servir para iluminar el ministerio petrino, y
para ofrecer la garantía de perennidad y de fruto, de
trabajo de salvación, aunque zarandeado y cribado como trigo, con
la victoria asegurada. "Porque yo he rogado por tí para
que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas,
confirma en la fe a tus hermanos"(Lc 22,31). Pedro, el
feliz porque has recibido la revelación de mi identidad de
Hijo de Dios.
6. "Porque "el Señor es sublime, y
se fija en el humilde" Salmo 137, ha elegido a
Pedro; ¿quién tiene necesidad mayor de ser humilde que el
que le ha negado? Si Dios ordena todas las cosas
para bien de los que han sido llamados según su
designio (Rm 8,28), ¿puede haber un clima mejor para la
humildad, que haber ofendido a aquél a quien representa y
prolonga, de quien ha recibido el poder de atar y
desatar? Y si había de presidir y apacentar corderos y
ovejas pecadores, ¿no necesitaba un corazón compasivo y misericordioso, para
comprender y perdonar? El que ha experimentado la debilidad en
su carne y en su corazón, está más preparado para
comprender la debilidad, y estará más lejos de la soberbia,
que se engendra, como en Lucifer, más fácilmente en los
más encumbrados.
7. Maravillados ante "el abismo de generosidad, de
sabiduría y de conocimiento de Dios" Romanos 11,13, sumerjámonos en
la contemplación del Misterio de la fe, que estamos preparando
con la predicación de la Palabra. Y sintámonos más unidos
a la Piedra fundamental de la Iglesia. De Juan Pablo
II, uno de los dos Papas invitados por el Cardenal
Meissner, Arzobispo de Colonia, a la Jornada de la Juventud
de 2005, había dicho el Cardenal Martínez Somalo, “Que la
capacidad intelectual de Juan Pablo II se debía a la
oración, ya que humanamente no existe otra explicación. El papa
es un don y un misterio, ya que disfruta de
una comunión espiritual con el Señor que le proporciona una
intuición psicológica y profunda sobre la problemática de la Iglesia
y el mundo y su poder de convocatoria es la
ratificación de su lucidez. Deseemos y trabajemos por hacernos dignos
de conseguir esa intimidad con el Señor Jesús, convencidos como
Dostoiewsky: “de que no existe nada más bello, más profundo,
más atrayente, más viril y más perfecto que Cristo; y
me lo digo a mí mismo, con un amor más
celoso que cuanto existe o puede existir. Y si alguien
me probara que Cristo está fuera de la verdad y
que ésta no se halla en él, prefiero permanecer con
Cristo a permanecer con la verdad”.
Jesús deja una sinfonía de
testimonios dotada también de una estructura claramente definida: a los
sucesores de los apóstoles, es decir, a los obispos, les
corresponde la responsabilidad pública de hacer que la red de
estos testimonios permanezca con el pasar del tiempo. En el
sacramento de la ordenación episcopal se les confiere la potestad
y la gracia necesarias para ejercer este servicio. En esta
red de testigos, al sucesor de Pedro le corresponde una
tarea especial. Pedro expresó en primer lugar, en nombre de
los apóstoles, la profesión de fe: «Tú eres el Cristo,
el Hijo de Dios vivo» (Mateo 16, 16). Esta es
la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser la
guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo
del Dios vivo. La cátedra de Roma es, ante todo,
cátedra de este credo.
8. El obispo de Roma está
obligado a repetir constantemente: «Dominus Iesus». «Jesús es el Señor»,
como escribió Pablo en sus cartas a los Romanos (10,
9) a los Corintios (1 Cor 12, 3). A los
corintios, con particular énfasis, les dijo: «aun cuando se les
dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien
en la tierra… para nosotros no hay más que un
solo Dios, el Padre…; y un solo Señor, Jesucristo, por
quien son todas las cosas y por el cual somos
nosotros» (1 Cor 8, 5).
La cátedra de Pedro obliga
al Papa a decir, como hizo Pedro en un momento
de crisis de los discípulos, cuando muchos querían irse: «Señor,
¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida
eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el
Santo de Dios» (Juan 6, 68 y siguientes). Quien se
sienta en la cátedra de Pedro tiene que recordar las
palabras que el Señor dijo a Simón Pedro en la
Última Cena: «… Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a
tus hermanos…» (Lucas 22, 32). El titular del ministerio petrino
tiene que tener la conciencia de ser un hombre frágil
y débil, como son frágiles y débiles sus propias fuerzas,
necesitado constantemente de purificación y conversión.
Pero puede también tener
la conciencia de que del Señor le viene la fuerza
para confirmar a sus hermanos en la fe y mantenerles
unidos en la confesión de Cristo, crucificado y resucitado. En
la primera carta de san Pablo a los Corintios, encontramos
la narración más antigua de la resurrección con que contamos.
Pablo la retomó fielmente de los testigos. Esta narración habla
en primer lugar de la muerte del Señor por nuestros
pecados, de su sepultura, de su resurrección, que tuvo lugar
al tercer día, y después dice: «se apareció a Cefas
y luego a los Doce…» (1 Cor 15, 5). Una
vez más, se resume así el significado del mandato conferido
a Pedro hasta el final de los tiempos: ser testigo
de Cristo resucitado.
El obispo de Roma se sienta en
su cátedra para dar testimonio de Cristo. De este modo,
la cátedra es el símbolo de la «potestas docendi», esa
potestad de enseñanza que constituye una parte esencial del mandato
de atar y desatar conferido por el Señor a Pedro
y, después de él, a los Doce. En la Iglesia,
la Sagrada Escritura, cuya comprensión crece bajo la inspiración del
Espíritu Santo, y el ministerio de la interpretación auténtica, conferido
a los apóstoles, se pertenecen mutuamente de manera indisoluble.
9.
Donde la Sagrada Escritura es extraída de la voz viva
de la Iglesia, se convierte en víctima de las disputas
de los expertos. Ciertamente todo lo que éstos pueden decirnos
es importante y precioso; el trabajo de los sabios nos
es de notable ayuda para poder comprender el proceso vivo
con el que creció la Escritura y comprender así su
riqueza histórica. Pero la ciencia por sí sola no puede
ofrecernos una interpretación definitiva y vinculante; nos es capaz de
darnos, en la interpretación, esa certeza con la que podemos
vivir y por la que también podemos morir. Para ello
se necesita la voz de la Iglesia viva, de esa
Iglesia confiada a Pedro y al colegio de los apóstoles
hasta el final de los tiempos. Esta potestad de enseñanza
da miedo a muchos hombres dentro y fuera de la
Iglesia. Se preguntan si no es una amenaza a la
libertad de conciencia, si no es una presunción que se
opone a la libertad de pensamiento. No es así. El
poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores
es, en sentido absoluto, un mandato a servir. La potestad
de enseñar, en la Iglesia, comporta un compromiso al servicio
de la obediencia a la fe.
10. El Papa no
es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley.
Por el contrario, el ministerio del Papa es garantía de
la obediencia a Cristo y a su Palabra. Él no
debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente y vincular
a la Iglesia a la obediencia a la Palabra de
Dios, ante los intentos de adaptarse y aguarse, así como
ante todo oportunismo. Lo hizo el Papa Juan Pablo II,
cuando ante todos los intentos, aparentemente benévolos, ante las erradas
interpretaciones de la libertad, subrayó de manera inequívoca la inviolabilidad
del ser humano, la inviolabilidad de la vida humana desde
su concepción hasta la muerte natural.
La libertad de matar
no es una verdadera libertad, sino una tiranía que reduce
el ser humano a la esclavitud. En sus grandes decisiones,
el Papa es consciente de estar ligado a la gran
comunidad de la fe de todos los tiempos, a las
interpretaciones vinculantes desarrolladas a través del camino de peregrinación de
la Iglesia. De este modo, su poder no está por
encima, sino que está al servicio de la Palabra de
Dios, y sobre él pesa la responsabilidad de hacer que
esta Palabra siga haciéndose presente en su grandeza y resonando
en su pureza, de manera que no se haga añicos
con los continuos cambios de las modas.
La cátedra es
símbolo de la potestad de enseñanza, que es una potestad
de obediencia y de servicio, para que la Palabra de
Dios --¡su verdad!-- pueda resplandecer entre nosotros, indicándonos el camino.
Pero, al hablar de la cátedra del obispo de Roma,
¿cómo es posible dejar de recordar las palabras que san
Ignacio de Antioquia escribió a los romanos? Pedro, procedente de
Antioquia, su primera sede, se dirigió a Roma, su sede
definitiva. Una sede que se convirtió en definitiva con el
martirio que unió para siempre su sucesión con Roma
11.
Ignacio, siendo obispo de Antioquia, se dirigía hacia el martirio
que habría tenido que sufrir en Roma. En su Carta
a los Romanos, se refiere a la Iglesia de Roma
como la «que preside en el amor», expresión sumamente significativa.
Para la antigua Iglesia, la palabra amor, «ágape», hacía referencia
al misterio de la Eucaristía. En este misterio, el amor
de Cristo siempre se hace tangible entre nosotros. Aquí, Él
se entrega siempre de nuevo. Aquí, Él se hace traspasar
el corazón siempre de nuevo; Aquí, Él mantiene su promesa,
la promesa según la cual, desde la Cruz, habría atraído
a todos hacía sí. En la Eucaristía, nosotros mismos aprendemos
el amor de Cristo.
Gracias a este centro y corazón,
gracias a la Eucaristía, los santos han vivido, llevando el
amor de Dios al mundo de formas y maneras siempre
nuevas. ¡Gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de
nuevo! La Iglesia no es más que esa red --¡la
comunidad eucarística!-- en la que todos nosotros, al recibir al
mismo Señor, nos convertimos en un solo cuerpo y abrazamos
a todo el mundo. Presidir en la doctrina y presidir
en el amor, al final, tienen que ser una sola
cosa: toda la doctrina de la Iglesia, al final, lleva
al amor. Y la Eucaristía, como amor presente de Jesucristo,
es el criterio de toda doctrina. Del amor dependen toda
la ley y los profetas, dice el Señor (Mateo 22,
40). El amor es el cumplimiento de la ley, escribía
san Pablo a los romanos (13, 10)” (Benedicto XVI).
Jesús
Martí Ballester jmarti@ciberia.es
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