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Autor: P. Jesús Martí Ballester
Los caminantes de Emaús
III Domingo de Pasuca. Ciclo A. Lo reconocieron al partir el pan...
 
Los caminantes de Emaús
Los caminantes de Emaús
III Domingo de Pasuca. Ciclo A.
10 de abril de 2005


  • Los caminantes de Meaux, con la moral por los suelos, hasta que Jesús les explicó las Escrituras. Ya, con el corazón caliente, le hospedaron en su casa y les partió el pan.

    1. Es la tarde del domingo de Pascua. Cristo ya ha resucitado. Ahora va buscando a dos ovejas que sufren la desilusión y el desengaño: <¡Nosotros esperábamos que El fuera el futuro liberador de Israel!> Era la común tentación mesiánica. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis el pueblo de Israel, que lee la Biblia, espera al Mesías. Unos con tinte espiritual, como iniciador de una era de paz, justicia e igualdad, que supera la estructura de pecado; otros, con matices materiales, derivados de una interpretación literal de los profetas, casi siempre poetas, e hiperbólicos por su imaginación oriental y porque se dirigen a un pueblo primitivo e infantil.

    Los montes que destilan mosto, los vergeles verdes y perfumados, el clima afortunado, la longevidad de las gentes, la superación de enfermedades y deficiencias y hasta el nacionalismo estrecho y fánatico, habían sido interpretados a la letra, por el primitivismo de la cultura que no conocía los géneros literarios. Así había escrito Miqueas 4,13: “Levántate y trilla, hija de Sión. Yo haré tu cuerno de hierro y de bronce tus pezuñas, y triturarás a numerosos pueblos, y consagrarás su botín al Señor de toda la tierra”.

    Entendido literalmente este texto, da pie al más cruel nacionalismo, idolatría del siglo XX que continúa en el XXI. Habían mitificado al Mesías. Y los discípulos de Jesús no se libraban de esa mentalidad. La llevaban en su raiz y se respiraba en el ambiente. En él habían sido educados en las sinagogas. Respiraban el mismo clima. Habían puesto una esperanza falsa en Jesús. Sólo aspiraban a éxitos y ventajas terrenales. Por eso, cuando ha llegado la realidad, han puesto de manifiesto su falta de horizonte trascendente, de fe. No habían comprendido a Jesús.

    2. Les puede ocurrir igual a los cristianos. Se puede mirar a Jesús con miras terrenas: en busca de éxito, como motivo de encumbramiento, o de adquirir prestigio social, o modo de conseguir consuelos y regalos espirituales: "Muchos siguen a Jesús hasta partir el pan, pero no hasta beber el cáliz" , leemos el Kempis. Y cuando llega la cruz, como los de Emaús, se sienten defraudados. Y entonces, como ellos, se cede a la tentación de volver al mundo viejo y a las viejas costumbres. De aquí deducimos lo importante que es tener ideas claras y cómo las catequesis y las homilías deben ser bien preparadas para que las personas reciban una formación sólida, sin buscar satisfacer curiosidades innecesarias.

    3. Jesús les sale al encuentro. Y, después de interesarse por su preocupación “¿de qué habláis?; ¿por qué estáis tristes?”, les hace entender que “eran torpes para entender lo que habían escrito Moisés, los Profetas y los Salmos”. "¡Qué necios sois y torpes para creer lo que anunciaron los Profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?" Lucas 24,13.

    4. Otro sentido le podemos encontrar al “nosotros esperábamos”... apropiado a nuestra propia peripecia vital. Cita Nouwen a un capellán francés que, después de quince años de oir confesiones, había aprendido dos cosas: “Que la gente nunca está contenta y que nunca maduramos”. ¡Cuántos planes frustrados, ilusiones desvanecidas, fracasos y contradicciones, frustraciones y desengaños!... Es la hora de decírselo al Señor. ¡Ojalá aprendamos a orar de esta manera, ahora que ya sabemos dónde podemos encontrar a Jesús, que es en todas partes! A él le gusta que le expongamos nuestras inquietudes e insatisfacciones problemas, penas, y decepciones.

    Los recovecos de nuestro corazón, las dificultades de nuestro temperamento, las pulsiones de nuestros instintos. Eso nos alivia, y él nos entiende mejor que nadie: ¡Es hombre y nos ha hecho El! Y nos quiere. A una muchacha que rehuía confesarse con San Juan de la Cruz porque era santo, y le creía exigente, le dijo el Santo: “No soy santo, pero los santos son los más comprensivos de los confesores”. Cuando tal vez no encontramos a nadie que nos quiera comprender, o aunque quiera, no pueda, nos va a resultar una medicina saludabilísima, ir a Jesús y abrirle el corazón.

    Tiene paciencia para escucharnos. Y le gusta escucharnos. Está siempre buscando que le hablemos, e incluso que le gritemos: “Descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros” (1 Pe 5,7).

    5. Jesús les explica las Escrituras, les expone los acontecimientos de la historia de la salvación. Quiere purificar en sus mentes el concepto mesiánico errado; la concepción judaica de un Mesías trinfador política y nacionalmente. Había que recordarles la profecía de Isaías sobre el Siervo Doliente, que tan mal habían comprendido. No pocas veces oímos decir que si predicamos a los fieles con un poco de calado bíblico, no nos entienden. No nos entenderán nunca, si no comenzamos alguna vez. Siendo yo muy joven, predicaba una misión popular en dos parroquias a la vez. El párroco que me oía siempre, me comentó: “Cuesta seguirte, pero después te sientes alimentado”.

    Creo que hay que hacer un esfuerzo por elevar la cultura religiosa y humana de las gentes, “las buenas gentes” “Bona gent”, como las llamaba San Vicente Ferrer, en cuyas vísperas escribo. La verdad es que para hacer asequible el evangelio, hay que estudiar y prepararse y ésta creo yo que es la razón de que se salga del paso del modo más fácil, pero más ineficaz y estéril y hasta insustancial, soso y anodino, y causa de náusea de la predicación. Jesús proyecta luz sobre el sentido genuino de la Escritura, y "el corazón de los discípulos ardía".

    Ahora mismo Jesús nos está explicando las Escrituras y a través de ellas, como a los de Emaús, nos ilumina el designio de Dios sobre el hombre y sobre la historia, el camino de la justicia, de la verdad, de la fraternidad; y se nos presenta él mismo Resucitado, como clave y Señor de la historia.

    6. En la Escritura encontramos la llave de la esperanza, de nuestra búsqueda de Dios, de la verdad y del sentido de la vida. La Palabra de Dios nos enseña el camino para huir del desencanto, de la depresión y desánimo, de la desesperación y del miedo. De la alegría y la paz serena. Ella nos hace comprender que la predicación de Cristo Resucitado es el sello de Dios sobre la historia de la salvación del mundo. Es un regalo que debe ser explicado, ampliado, y aplicado a la vida de los hombres de hoy, nuestros hermanos y contemporáneos.

    7. Lo mismo que Jesús ha hecho con los de Emaús, explicarles las Escrituras, lo ha hecho Pedro con los judíos el mismo día de Pentecostés y con el mismo argumento. Al oirles hablar, rezar, cantar a gritos, entusiasmados y excitados por la acción del Espíritu Santo, los judíos estaban asombrados y algunos se burlaban y les acusaban de que estaban borrachos. Y Pedro, ya entero, salió en su defensa, y tras insinuar que se estaba cumpliendo lo profetizado por Joel, testifica que Jesús ha resucitado y ha sido exaltado por Dios, y éste será el argumento central de la predicación apostólica: “Dios ha enviado a su Hijo Unigénito al mundo para que quien crea en él no muera y se salve por él” (Jn 3,16). El resultado del discurso de Pedro, es el mismo que el de Jesús a los de Emaús: “Oyéndole, se sintieron compungidos de corazón” (He 2,37).

    8. Y sigue hoy San Pedro en su primera carta repitiendo que “Dios resucitó de entre los muertos a Jesús y le dio gloria, y en él tenemos nuestra fe y nuestra esperanza”. Y nos recuerda que esa esperanza de resucitar con él la debemos a Cristo que nos ha rescatado de la esclavitud con su sangre preciosa, la sangre de su cuerpo inmaculado, sangre del Hijo de Dios, dijo San Ambrosio. Y nos advierte que “Dios Padre es justo y juzgará a cada uno según sus obras. Por eso hemos de tomar en serio nuestra conducta en esta vida”.

    9. Como Jesús, todo hombre tiene que padecer, trabajar, ser incomprendido, perseguido, unos más, otros menos, sufrir la enfermedad, experimentar que va llegando la decadencia, y la muerte. Y esto cuesta asimilarlo. Cuesta entender la vida cristiana, que es la reproducción de la vida de Cristo. No es fácil aceptar el misterio de la Pascua. La reparación del pecado. Así lo habían dicho Moisés y los profetas. Es necesario aceptar el sufrimiento como éxodo, camino de la pascua de Resurrección.

    10. "Hizo ademán de seguir". Se encuentran a gusto con él y le ruegan que se quede. Oran. Primero escucharon, después oraron: “Quédate con nosotros, Señor, la tarde declina”. Así comienza la Carta Apostólica de Juan Pablo II, a quien estamos llorando huérfanos, para el Año de la Eucaristía: “El icono de los discípulos de Emaús viene bien para orientar un Año en que la Iglesia estará dedicada especialmente a vivir el misterio de la Santísima Eucaristía.

    En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del «Pan de vida», con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de «estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

    Cristo aceptó el hospedaje. No quería otra cosa. Ya que has venido a mi casa, Señor, mira cuántas reparaciones necesita. Tengo varias sillas rotas, mi impaciencia. Cerrojos que no funcionan hay muchos, mis caprichos; el televisor de mi imaginación está desbocado, sincronízamelo; el salón de mi corazón necesita cerrojos; y los cables de mi unión contigo por la oración y el recogimiento están desconectados; ah! y la puerta de mi amor chirría y está desvencijada y me horrorizan las cruces de cualquier clase, aplícales el tres en uno de tu mansedumbre y humildad y ¿para qué decirte más? Tu Espíritu ve mejor que yo aquello que no encuentras a tu gusto y te ruego que soples fuerte para que me cures y me des alegría y espíritu generoso y me renueves por dentro con el sol de tu gracia, con el rocío de tu espíritu principal.

    11. "Recostado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo ofreció. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron". Este fue el proceso de su recuperación: Se dejaron buscar y encontrar por Jesús. En todas las apariciones del Señor resucitado, es él el que busca, de él viene la iniciativa, porque es el que más ama. Ellos le escucharon y le hospedaron en su casa. Leerle es buscarle. “Pero tú no me buscarías, si no me hubieras encontrado” (Pascal). Cuando leemos y oramos la Palabra, le escuchamos. Comieron el pan de la eucaristía. Y reconocieron que, mientras caminaban con él, les ardía el corazón.

    12. Nosotros ahora, reunidos por él para escuchar la explicación de la Palabra, vamos a partir el pan y a comerlo y a recibir la iluminación y la fuerza. Igual que los abatidos discípulos de Emaús. Y nos enseña que nuestro sitio está en la Comunidad. Aquellos, en medio de la noche, volvieron a los hermanos. Habían descubierto que donde están los hermanos está Jesús. El se fue para que ellos lo busquen en la comunidad. Unos a otros se comunican las propias experiencias, sobre todo la aparición a Pedro, que aparece en el texto en lugar destacado, como garante de la fe de la comunidad, que todos y cada uno han de construir: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”.

    13 Como ellos se reintegraron a la Comunidad de la que habían desertado, "heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño", (Mt 26,31; Zac 13,11) y testificaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan, nosotros, unidos a la comunidad orante, hacemos presente la palabra y permitimos que su acción y la del sacramento nos llenen de coraje para anunciar que Cristo ha resucitado, y que no hemos sido creados para morir, sino para vivir e inyectar la vida de Cristo resucitado en el mundo: "No me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción; por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena" Salmo 15.

    14. “Algún tiempo después se apareció Jesús a sus discípulos junto al lago de Tiberíades. Les preguntó: ¿Tenéis algo que comer? –No. – Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis” (Jn 21,1) A Jesús no sólo se le encuentra en los templos, o en los momentos de mucha intimidad en la oración. Jesús, carpintero, hombre de trabajo y de fatiga, se hace presente en nuestros mismos lugares de trabajo. Aunque su presencia escapa a nuestra vista, su acción creadora está siempre despierta para atendernos, y ayudarnos en nuestras labores diarias, para que aunque nuestros esfuerzos no hayan conseguido buenos resultados, el hará lo que para nosotros no fue posible. Estemos atentos, para escuchar, casi siempre sin saber de dónde viene, pero siempre de una manera imperceptible: "A la derecha”. Cuando trabajamos con generosidad, honradez, y esfuerzo, la pesca siempre es abundante, y no solo para el pan de nuestras casas, sino para que el mundo crea que Jesús está vivo, donde todos los días convivimos.

    15. Dice Juan Pablo II en su reciente Encíclica “Dies Domini”: En la Misa dominical es donde los cristianos reviven de manera particularmente intensa la experiencia que tuvieron los Apóstoles cuando el Resucitado se les apareció estando reunidos. En aquel pequeño núcleo de discípulos, primicia de la Iglesia, estaba presente en cierto modo el pueblo de Dios de todos los tiempos.

    La íntima relación entre la manifestación del Resucitado y la Eucaristía es sugerida por Lucas en la narración sobre los discípulos de Emaús, a los que acompañó Cristo mismo, guiándolos hacia la comprensión de la Palabra y sentándose a la mesa con ellos, que lo reconocieron cuando tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Los gestos de Jesús en este relato son los mismos que él hizo en la última Cena, con una clara alusión a la “fracción del pan”, como se llamaba a la Eucaristía en la primera generación cristiana”.

    Jesús Martí Ballester
    jmarti@ciberia.es



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