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Escritores actuales | sección
Martí Ballester Jesús | categoría
Homilía dominical | tema
Autor: P. Jesús Martí Ballester
Navidad
24 de diciembre - Misa vespertina de la Vigilia 25 de diciembre - Misa de medianoche Misa de la aurora Misa del día
 
Navidad
Navidad
MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA DE NAVIDAD
24 DE DICIEMBRE DE 2004
"EMMANUEL". DIOS ESTA CON NOSOTROS
HA APARECIDO LA GRACIA DE DIOS QUE TRAE LA SALVACIÓN PARA TODOS LOS HOMBRES.

1 San Mateo narra el nacimiento de Jesucristo como un hecho absolutamente milagroso: "La madre de Jesús estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo" Mateo 1,1. Lo que los siglos habían esperado, ya estaba aquí. El poder creador de Dios infinito se ha manifestado en el seno de María.

2 Según la ley judía, el contrato matrimonial entre José y María se había sellado firmemente. Sólo faltaba la ceremonia de la boda, que culminaba en el momento en que la desposada era llevada a vivir con el desposado.

3 Cuando José ve a María encinta, quizá al volver de Ain-Karem, tras su visita a Isabel, sabiendo que entre ellos no ha habido relación carnal, se derrumbó interiormente. No le cabía en la cabeza, pero cada día la silueta de María lo evidencia más y más. Sin embargo José no reacciona con cólera, ni se arranca con un ataque de celos: "El celoso es un furioso: no perdonará hasta el día de la venganza" (Prv 6,34. Quizá pensó si habría sido violada en el viaje. O también llegó a pensar que allí había algo que él no podía entender y que no debía entremeterse.

4 María observaba a José y sufría viendo cómo sufría. Pero callaba. Cuando José miraba a María, aunque la veía sufrir, se esforzaba por traslucir serenidad. Y callaba también. El silencio de José y de María en estas circunstancias es muy delicado. Cómo sufren los dos muchachos. Están viviendo una negra y oscura noche. Dolor agudo de San José. Dolor de angustia de Santa María.

5 "José, que era bueno, no quería denunciarla". José es "justo", es decir, fiel a la Ley. Y aquí hay colisión de leyes: la del amor al prójimo y la de repudiar públicamente a la esposa infiel. Lo que pone de manifiesto la caridad y la delicadeza y el tierno amor de José: no quiere hacer daño a la que ya es la mitad de su vida. Decide repudiarla en secreto, renunciando al derecho sobre su esposa. Se le hace pedazos el corazón pensando que tiene que abandonar a aquella frágil criatura, a la que tanto ama. Es la noche de la fe de Abraham a quien se le pide sacrificar a su hijo tan esperado y tan amado. Y sin poder desahogarse con nadie. ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo esta angustia? ¿Será eterno el silencio de Dios?

6 "Un ángel del Señor dijo a José: No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo". José sintió unos enormes deseos de salir corriendo abrazar a María. A ella le bastó verle la cara para saber que Dios había hablado a José. José acaba de morir. Ahora mismo ha nacido un hombre nuevo, capaz de hacerse cargo del importante ministerio de ser el padre legal de Jesús, que viene a salvar al mundo de sus pecados. Como María, José ha recibido su Anunciación.

7 Isaías lo había profetizado: "La virgen está encinta y dará a luz un hijo, que se llamará Emmanuel=Dios con nosotros" (Is 7,14).

8 Y Pablo "fue elegido para predicar el evangelio de Dios, que por sus profetas había anunciado antes en la Escrituras Santas, acerca de su Hijo, el nacido de la estirpe de David según la carne, Jesucristo, Nuestro Señor (Rm 1,1), a quien sea la gloria por los siglos, Amén".

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

25 de diciembre
MISA DE MEDIANOCHE
1. «Caído se le ha un clavel
hoy a la Aurora del seno;
¡qué glorioso que está el heno
porque ha caído sobre él!
Cuando el silencio tenía
todas las cosas del suelo,
y coronada de hielo
reinaba la noche fría,
en medio la algarabía
de tiniebla tan cruel,
caído se le ha un clavel.
De un solo clavel ceñido
la Virgen, Aurora bella,
al mundo le dió, y ella
quedó cual antes, florida.

CALENDA O PREGON DE NAVIDAD.

2. Millones de años después de la creación, cuando la tierra era materia incandescente, girando sobre sí misma. Millones de años después de brotar la vida sobre la faz de la tierra; miles y miles de años después de que aparecieran los primeros humanos, capaces de recibir el Espíritu de Dios; unos mil novecientos años después de que Abrahán, obediente a la llamada de Dios, partiera de su patria sin saber a dónde iba; unos mil doscientos años después de que Moisés condujera por el desierto hacia la tierra prometida al pueblo hebreo, esclavo de Egipto; unos mil años después de que David fuera ungido rey de Israel por el profeta Samuel; unos quinientos años después de que los judíos, cautivos en Babilonia, retornaran a la patria por decreto de Ciro, rey de los persas; en la ciento noventa y cuatro Olimpíada de los griegos; el año setecientos cincuenta y dos de la fundación de Roma; el año cuarenta y dos del reinado del emperador Octavio César Augusto estando el universo en paz: El Hijo de Dios Padre, habiendo decidido salvar al mundo con su vida, concebido por obra del Espíritu Santo, transcurridos los nueve meses de su gestación en el seno materno, hace ahora dos mil años, en Belén de Judá, hecho hombre, nació de la Virgen María, Jesucristo. La solemnidad de esta noche nos recuerda aquella otra, la más importante del año: la Vigilia pascual. El nacimiento de Cristo presagia su pasión y su resurrección gloriosa; el pesebre y la noche de Belén evocan la cruz y las tinieblas del Calvario; los ángeles que anuncian al recién nacido a los pastores nos recuerdan a los ángeles que anunciaron al Resucitado a los discípulos. Es pues la Pascua del Señor Jesús -nuestra pascua, feliz Pascua- que en verdad celebramos en la conmemoración de la Navidad. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande, y a los que habitaban en las sombras, una luz les brilló. Que esta nueva luz que ahora encendemos signifique el comienza de una Navidad que se renueva, dos mil años después de la primera en Belén, en el comienzo del tercer milenio. No tengáis miedo: hoy, en nuestra Iglesia, nace el Salvador, la gran alegría para todo el mundo, Aquel que vive y reina, inmortal y glorioso, por los siglos de los siglos. Amén.

EL ORIGEN DEL DÍA DE NAVIDAD

3. Para desarraigar los restos paganos, la Iglesia primitiva con estudiada pedagogía sustituía las fiestas paganas, y las cristianizaba. Así, el 25 de diciembre que en el Imperio se celebraba la fiesta pagana del Sol que nace, «Natalis Invicti" en el culto de Mitra, fue sustituída esta festividad pagana por la del nacimiento de Cristo, Sol que viene a iluminar las tinieblas del mundo, «luz del mundo».

LA "MISA DEL GALLO”

4. El Papa Sixto III, introdujo en Roma, la costumbre de celebrar en Navidad una vigilia nocturna (maitines y laudes), a medianoche, "mox ut gallus cantaverit", en un pequeño oratorio, llamado "ad praesepium", "ante el pesebre", situado detrás del altar mayor. Terminada la misa, en la cual sólo comulgaba el Papa, presidía el solemne oficio de la noche en la Basílica de San Pedro.

5. La celebración Eucarística de esta Noche Santa, cuyas lecturas nos describen el hecho del nacimiento de Cristo y las circunstancias en que acontece, comienza con una invitación instante y urgente a la alegría: «Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo»... El salmo nos hará repetir como profesión de fe gozosa: "Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor" Por eso: «Cantad al Señor un cántico nuevo» Salmo 95; y el versículo del Aleluya será un eco anticipado del mensaje angélico: «Os anuncio una gran alegría». La causa de esta alegría es el nacimiento de Cristo. Pero, por encima del suceso que nos narra el evangelio, hemos de descubrir su contenido y hondura, con la ayuda del Espíritu de Sabiduría y de Entendimiento: en el niño que acaba de nacer, "la luz de la gloria brilló ante nuestros ojos» Prefacio, ya que el hijo de mujer, en quien «la naturaleza humana se ha unido a la de Dios» Oración sobre las ofrendas, es la luz que ha «iluminado esta noche santa», como hemos dicho en la 0ración Colecta. Así la fiesta de Navidad no es sólo la evocación de un acontecimiento pretérito, sino una actualización y presencialización de su estar presente. En la Comunión, cantaremos: «La Palabra se hizo carne y hemos contemplado su gloria». En la Eucaristía, Cristo, nacido de la Virgen María, es el alimento de nuestro camino, para nuestra ascen sión «penetrando con fe profunda este misterio y amándolo cada vez más entrañablemente» hasta llegar agozarenelcielo el «esplendor de su gloria». Todo es un gran misterio, escondido en el arcano de Dios.

6. La Navidad es la fiesta que mayor repercusión ha alcanzado y tiene en la vida exterior de las gentes: villancicos, y belenes, las distintas costumbres populares, las felicitaciones, los christmas, el árbol de Noel, y las cenas de Navidad. Un espíritu mezquino podrá decir que tales costumbres son en sí reprobables y se esforzarán por desmantenarlas o desbocarlas por el consumismo desmadrado, que, precisamente en las fiestas navideñas se nuestra irrefrenable y causa de feroces trastornos depresivos que nos debe obligar a reflexionar sobre esa nueva forma de ansiedad que ensombrece el comportamiento del hombre contemporáneo. Ansiedad que es la expresión paroxística de un desasosiego espiritual, de una zozobra de índole metafísica que tratamos en vano de acallar con remedios químicos o materiales. La pérdida de alicientes duraderos - convicciones morales resistentes a las veleidades de cada momento, concepción trascendente de la vida que no abarca únicamente su dimensión religiosa, sino también la conciencia de que estamos en el mundo para desarrollar una misión perdurable e intrínsecamente valiosa- despoja al hombre de su mejor posesión; cuyo expolio deja un hueco -la nostalgia de una vida más plena, la certeza de que estamos dilapidando nuestros días- que se trata de llenar con sucedáneos que sólo contribuyen a ahondarlo y hacerlo más aflictivo. Se toman pastillas y se hace humear la tarjeta de crédito para anestesiar el dolor de una amputación en la que se ha perdido lo mejor del ser humano. Las fiestas navideñas resultan la ocasión idónea para recuperar los motivos duraderos que hacen más inteligibles nuestros días, más trascendentes e intrínsecamente valiosos. Motivos que están ahí, esperando a renacer sólo con dar la espalda al ruido y la furia de la banalidad contemporánea, que Kierkegaard denunció con la enfermedad del ruido, de la que está enferma la humanidad. Para que esto no se consiga hay una consigna peor aún, el intento calculado de paganizarlas. Ciertamente, "si hacemos alegrías cuando nace uno de nos - qué haremos cuando nace Dios". Cuando una familia se alegra cada vez que una nueva cuna se mece en la casa, la familia del pueblo de Dios, la Iglesia se regocija también, al celebrar el nacimiento del Redentor, y lleva esta alegría dulce e íntima a la vida familiar y social. Existe el riesgo de atender solamente a lo exterior, o darle preeminencia sobre lo interior. El riesgo se previene con una buena preparación durante el Adviento. La predicación del día de Navidad debe contribuir eficazmente a hacer interior y cristiana la fiesta, a la inversa de lo que hizo la Iglesia primitiva. Los sentimientos que pueden excitarse nos los dan las leçciones del segundo nocturno: "Demos gracias a Dios...Reconoce, oh cristiano tu dignidad" (San León Magno).

7. En medio del horizonte cerrado de la tragedia, el profeta Isaías, 9,1, avizora un rayo esplendoroso de luz y de redención de los hebreos oprimidos, que le hace prorrumpir en un canto lleno de exultación porque ha sido vencido el opresor del pueblo elegido, a la llegada de un misterioso niño adornado de dotes excepcionales, que inaugurará una venturosa era de paz. El profeta entona un canto de alegría, contraponiendo dos situaciones muy diferentes: la primera, en que Dios cubrió de oprobio a la parte de Palestina, Zabulón y Neftalí, ambas situadas al oeste del lago de Genesaret. En la deportación de Teglatfalasar III, de estas dos tribus, moradoras en sombras de muerte, pesa el yugo de la tiranía de los conquistadores asirios, usurpadores del norte de Palestina, y contrasta con un tiempo nuevo que inaugurará la gloria del camino del mar, "via marís", bordeando el lago de Genesaret, que desde de Egipto ascendía por la costa palestina, hasta llegar al Carmelo camino de Nazaret, y volvía hacia Damasco por encima del lago de Galilea. Oprobio y humillación. Grandeza y glorificación, en una misma región: la del norte de Palestina: La Galilea de los gentiles, Galaad, contagiada de idolatría, era sincretista, estaba situada en la otra ribera del Jordán. El profeta ve, que la redención del pueblo israelita se va a iniciar por aquella despreciada región del norte, ahora tan castigada y humillada.

8. Esto nos lo confirmará Mateo cuando nos presente a Jesús, inaugurando el anuncio «la buena nueva del reino de los cielos", a orillas del lago de Tiberíades. Mateo veía ya realizada la misma luz vista por Isaías, y que le había hecho saltar de gozo, siete siglos antes. Si Dios había escondido su faz a la casa de Jacob, ahora anuncia con júbilo un horizonte luminoso de salvación al pueblo que vivía en sombras de muerte, con las huella abiertas de la devastación y de la guerra. Vivían en la miseria y en la desventura. Pero ellos, habituados y resignados ya a este ambiente de tristeza, acaban de ver un fulgor de esperanza y de salvación. La alegría de aquellos corazones abocados a un estado de miseria sin esperanzas de redención es descrita por Isaías con imágenes: el júbilo de la siega de las mieses, pasadas ya las incertidumbres de la marcha de la cosecha, y el ejército vencedor que se reparte el botín. Las gentes humilladas de los confines de Galilea de los gentiles van a ser liberas de la asfixia de un dogal. Van a desaparecer todos los vestigios de la guerra. En la nueva edad venturosa, la característica será la paz. ¡Oh, la región de los Balkanes, Kosovo y la de Chechenia, Grozni, Irak, ¡Oh, Afganistán, Ruanda y Cuba y Colombia y Euskadi, Irak y la misma Tierra de Jesús y todos los pueblos derrumbados y deportados! ¡Esperad la liberación, y tened la seguridad de que los que cayeron, caen y caerán aún, serán semillas de vida, no lo dudéis! El profeta salta de júbilo de ha surgido un Príncipe libertador, que es un niño, con dotes excepcionales de realeza; dotado de perspicacia como gobernante, admirable consejero para conducir con sabiduría y prudencia. Con un título excepcional: "Dios fuerte". Un niño que nace de una mujer joven y virgen, que garantiza la naturaleza humana y divina del Mesías. Será un hombre verdadero, con su cuerpo y alma racional, y al mismo tiempo, Dios.

9. Fue una chispa instantánea, una revelación divina, la que recibió Isaías. Además, es Padre sempiterno, y Príncipe de la paz, gobernante y sabio. Gobernará paternalmente a su pueblo, buscará la paz y comprensión, como Príncipe de ella, sin tiranía ominosa. La Paz, basada en la justicia, será el ceñidor de sus lomos. Paz idealizada con imágenes vivas, que son profecía de un reinado espiritual basado en la paz de las conciencias, de santidad y de gracia, de justicia de amor y de paz. Todo misterioso: Este es el "misterio mantenido en secreto durante siglos" de que habla san Pablo, en el que aparece el maremoto de la acción de Dios, actuando desde la profundidad de su Sabiduría. Abraham y David lo veían en una nube llena de oscuridad. También los Profetas. Los anuncios del misterio mesiánico eran eso, misterio. Pero no podían imaginar, que el mismo Dios llegara a la "locura" de hacerse hombre. "Mientras se mantenía en lo oculto y Dios reservaba sabiamente su designio, podía parecer que nos tenía olvidados y no se preocupaba de nosotros; pero, cuando por su Hijo querido, reveló y manifestó y manifestó todo lo que estaba preparado desde el principio, puso a la vez todas cosas a nuestra disposición: la posibilidad de disfrutar de sus beneficios, y la de verlos y poseerlos. ¿Quién de nosotros se hubiera atrevido a imaginar jamás tanta generosidad? (Carta a Diogneto). Nada semejante podía ser predicado de ningún rey histórico; sólo se van a evidenciar en la persona del Mesías liberador y glorioso que desde la época de la monarquía se había generalizado en el pueblo en general.

10. Pablo nos dará una intensa lección de teología y de vida: El hecho de que Dios se haya manifestado a todos los hombres, nos enseña desde su amor, a renunciar a la impiedad y a los deseos del mundo, y a vivir sobria, justa y piadosamente en este mundo, aguardando la bienaventurada esperanza y la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Cristo Jesús, que se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad para formar un pueblo santo y purificado, dedicado a las obras buenas. Tito, 2,11. Todas las virtudes que Pablo exige a las diversas categorías de fieles tienen su fundamento en Cristo, quien, con su venida al mundo, nos ha hecho visible la voluntad que Dios tiene de salvar a todos los hombres y nos ha enseñado cómo debemos vivir, al mismo tiempo que alienta nuestro trabajo con la esperanza de la gloria del cielo y de su gloriosa manifestación en la parusía, el que ofreció su vida por nosotros para adquirirse un pueblo santo. Este es uno de los pasajes de las cartas de San Pablo más cargado de doctrina, resumen de su teología. Parece que el lenguaje está inspirado en escenas, entonces frecuentes de monarcas que hacían su solemne manifestación al pueblo y repartían numerosos beneficios, llamados colectivamente «gracia» recibiendo a cambio de sus súbditos el apelativo de "salvadores». Pablo se vale de esta terminología áulica, muy expresiva para sus lectores, y la aplica a Jesucristo y a su obra, que hace visible la «gracia o amor benéfico de Dios, que fue un continuo reparto de beneficios y que se consumará en su segunda aparición del último día. La gracia de la salvación dan a la lectura carácter navideño. Todos, aún en los climas más remotos, celebran hoy su apertura a la gracia de Dios, Verbo encarnado, que viene a redimirnos y a darnos ejemplo de vida. Si cuando vino Dios nació en un pesebre, nosotros hemos de aprender a renunciar los deseos del mundo y a vivir sobria y justamente, negando toda impiedad, aguardando la dicha que esperamos. Los hombres y las mujeres de edad. Los jóvenes también. Cada uno tiene un papel diferente según sus posibilidades. Sobriedad, dignidad, ponderación, fortaleza en la fe, caridad, perseverancia, buen consejo, sensatez. Son consejos muy «humanos»: virtudes naturales. La cualidad más recomendada a todas las categorías es la moderación y mansedumbre. Los cristianos de Creta eran impetuosos. Lo primero que nos exigen los no creyentes hoy, es que los cristianos den prueba de lo que «dicen», viviendo ellos los valores esenciales de la simple humanidad. Y la razón de todo está en que la gracia salvadora de Dios se ha manifestado a todos los hombres. Por ella aprendemos a rechazar el pecado y las pasiones. Aunque semejan lecciones de un curso de moral griega elemental, pues San Pablo predicaba sencillamente un buen humanismo... no embriagarse, amar a su mujer o a su marido, buena administración del hogar, guardar buena conducta, todo es obra de Dios: la gracia, el don gratuito de Dios está ahí. En el fondo, Dios quiere, en primer lugar que seamos hombres Y, para ello, nos da su gracia. Para vivir en el mundo presente con sensatez, justicia, piedad. Pero el «sentido», la razón de nuestra conducta es que "estamos esperando la dicha que esperamos y la Manifestación de la gloria de Jesucristo, nuestro gran Dios Salvador. Este es el carácter específico del cristiano: hombre como todos los demás, invitado a vivir los mismos valores como sus contemporáneos, pero «sabiendo a donde va», y bien orientado. Su conducta tiene un sentido, un objetivo final, que justifica todos sus esfuerzos, el encuentro con Jesús: «Aguardad la dicha». «Cuando Jesucristo se manifestará».

11. Lucas nos relata el nacimiento de Cristo en Belén como un historiador, fedatario de lo que ha conocido: César Augusto había promulgado un edicto para empadronar a todo el mundo, era el ecumenismo romano. Roma suele respetar las costumbres locales, y este empadronamiento se hace yendo a inscribirse al lugar de su origen. José, que era de la casa de David, sube a Belén, lugar de la familia de David. Y estando en Belén, "casa del pan", por su fertilidad agrícola, sucedió el nacimiento de Cristo. Lucas lo describe con sobriedad. «Dio a luz a su hijo primogénito». Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre. El hecho de que lo haga la misma María, la madre, supone una prueba del parto virginal indoloro. Como en Oriente la hospitalidad es sagrada, máxime para una mujer que acusaba su inminente maternidad, no hay razón que José y María no encuentren sitio en la posada, sino son las de decoro, y pobreza.

12. No gozaban de buena fama los pastores. Eran considerados «ladrones». Nunca un fariseo les compraría lana o leche, sospechando que habían sido robados. Pero, ¿no habría entre ellos almas sencillas? Inesperadamente, se les apareció «un ángel del Señor». Y «la gloria del Señor» los «rodeó iluminándolos». En Belén, en la Capilla del campo de los pastores, una pintura mural deliciosa representa con exquisitez la alegría de aquellos pastores, sobre todo de un niño, impresionante. Fue una teofanía. Al rodearlos de su luz, «temieron grandemente». Era el temor ante la presencia de Dios, que acreditaba al ángel, y les anunció que el Niño estaba en Belén. El anuncio del ángel es el Evangelio: la Buena Nueva «es para todo el pueblo». «Hoy os ha nacido en la ciudad de David», Belén, donde, según Miqueas, había de nacer el Mesías, un niño, descrito con los siguientes rasgos. Es: «Un Salvador», el «Cristo» es decir, el «Ungido», el Mesías.«El Señor».

13. Los pastores comprendieron que el Mesías había llegado.Y se les dio una «señal» para encontrarlo. Era necesidad, pero era garantía. Es la descripción que antes hizo: un niño fajado y reclinado en un pesebre. Posiblemente hubo otras indicaciones para señalarles el lugar donde se hallaba. Pero esto ya era suficiente. El Mesías no había nacido en un palacio, ni con el esplendor humano y pompa esperados. Y el hecho de estar reclinado en un «pesebre» les indicaba que no había que buscarlo entre gentes de Belén, ya que allí habría nacido en su casa. Terminado el anuncio del ángel, se juntó con él, allí en el campo de los pastores, «una multitud del ejército celestial» de ángeles. Todo este coro entona allí una alabanza a Dios, diciendo: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». El texto no significa que trae la paz a los hombres de buena voluntad, sino que es la buena voluntad de Dios hacia los hombres la que trae la paz a todos los hombres, que es muy diferente, pues menguada paz sería la que dependiera de los hombres de buena voluntad. Navidad no es una llamada a la buena voluntad de los hombres, sino un anuncio radiante de la buena voluntad de Dios con los hombres. Y les dio una «señal» para encontrarlo. Era necesidad, pero también, garantía. Es la descripción que antes hizo: un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. La idea fundamental es que Cristo ha venido a traer como paralela a la gloria de Dios la paz a los hombres.

14. Ha escrito San Agustín, que “la paz consiste en «la tranquilidad del orden". Supone, pues, un orden estable. Cuando en una familia el padre desempeña la autoridad y la madre representa a la obediencia del amor y ambos educan a unos hijos que se dejan educar, vive en paz. Si se rompe uno de esos elementos, la paz se habrá perdido. Sólo existirá el desorden, que exige la paz completa: Orden para con Dios. Orden entre los hombres. Orden dentro de nosotros mismos. Tres órdenes que están intrínsecamente unidos.

15. A todos los que celebramos rebosantes de gozo el misterio del nacimiento de Cristo, concédenos, Señor, la gracia de vivir santamente, para poder llegar un día a la perfecta unión con Cristo en la gloria.

16.Todo en esta noche nos habla de actualidad, de presencia del acontecimiento salvador de la Navidad. Hoy, esta noche, en efecto, viene Jesús a su Iglesia reunida en asamblea festiva, y llega trayendo todas las gracias de su Nacimiento: el Evangelio de la Gracia, el anuncio de la buena voluntad y la paz de Dios hacia los hombres, la incorporación de éstos a la vida divina, la adopción como hijos por el Espíritu Santo: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado», proclama Isaías, «Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres», declara san Pablo. El Evangelio nos dice: «Hoy os ha nacido un Salvador», y san Lucas describe el escenario del portal de Belén que será reproducido por los artistas de todos los estilos y que permanecerá para siempre en la memoria de todos los cristianos.

17. Pero el ambiente navideño no debe hacer olvidar la profundidad del misterio. Dicen los Santos Padres: «El Hijo de Dios se hizo hombre para poder morir», el niño envuelto en pañales y depositado en el pesebre es el mismo Jesús que será envuelto en el sudario y puesto en el sepulcro. Nació pobre, porque quiso compartir la condición humana desde el comienzo de su vida, en una situación de pobreza material y espiritual consecuencia del pecado. Él, que era rico, se hizo pobre por nosotros. Y si sobre esta amarga miseria del establo y del pesebre se manifiesta todo el esplendor del cielo, es sólo para anunciar a la gente sencilla el signo más pobre de todos: un recién nacido sin más recursos que el amor de sus padres, pero que goza de la mirada complacida del Padre, por eso ocurre el estallido del júbilo celeste: Paz en la tierra y gloria en los cielos.

18. La Navidad sigue denunciándonos que todavía son millones los niños que nacen en las mismas condiciones precarias, o todavía peores, que aquellas en que Jesús vino al mundo. La Iglesia ha podido reunir los recursos para que se realicen en diversos paises del «tercer mundo» los «signos de misericordia» que se habían proyectado; pero son solo «signos», señales, que deberían indicar el camino de una cooperación generosa y continua con los hermanos que trabajan para la promoción integral de las personas. La gran misericordia de Dios tendrá la respuesta de su agradecimiento al que se podrá unir la alegría de quienes salen de su situación desesperada gracias a nuestra fratemidad.

19. Escucha, oh Padre, nuestras oraciones y concédenos a los que celebramos con alegría el dos mil aniversario del nacimiento de tu Hijo Jesucristo, engendrado en el seno de la Virgen Santa María, vivir libres de todo mal, obrar siempre el bien y llegar a rebosar de alegría con la riqueza de tus dones. Amen.

MISA DE LA AURORA
SOL QUE NACE DE LO ALTO


1. La lectura de Isaías anuncia la llegada del Salvador, que va a comenzar a reunir al pueblo de Dios a partir del humilde resto de Israel. Isaías 62,11. Los primeros llamados fueron los pastores de Belén, como lo narra el Evangelio, que es la continuación del proclamado en la misa de Nochebuena. Lucas 2,15.

2. San Pablo describe la venida de Jesús al mundo, como «aparición» o «manifestación» del Mesías como portador de la gracia salvadora de Dios. Tito 3, 4. «Jesucristo, único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre». En la misa de la aurora se refiere especialmente a la gratuidad del amor de Dios que se nos ofrece por medio de Jesucristo. Hoy es la fiesta de los pobres de dinero, pero también de afecto, de educación, de amor, esposos que no aman y maltratan a sus esposas, de los ancianos solos y abandonados, de amistades que acompañen, de padres sin hijos, de esperanza, de alegría, de pecado, de esclavitud de la droga o del sexo…

3. El Evangelio continua el de medianoche. Allí, el ángel ha anunciado a los pastores la paz que Dios otorgaba al nacer su Hijo. En éste se relata la visita de los pastores al lugar del nacimiento. Esta misa se celebra al amanecer, para sugerir la amanecida de Cristo-Luz, "Sol que nace de lo alto". Por eso se abre con una evocación de la luz: «Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor» la "luz de la Palabra hecha carne". El Señor recién nacido, ante quien se extasían los pastores, es el Mesías prometido por los profetas: es el Príncipe de la paz, anunciado por Isaías, el rey salvador profetizado por Zacarías. No sólo es el Mesías de Israel, es Dios hecho hombre. Esta es nuestra fe. Pero esa fe no ha de ser sólo una «luz que brille en nuestro espíritu», sino que es menester que «resplandezca en nuestras obras».

4. Al entregársenos en la Eucaristía el Verbo hecho carne, nos participa el amor que le impulsó a establecer su morada entre los hombres. Nos ha nacido el Señor cuyo nombre es: «Admirable, Dios, Príncipe de la paz, Padre del tiempo futuro»; y su reino no tendrá fin Is 9, 2; Lc 1,33.

5. Concede Señor todopoderoso, a los que vivimos inmersos en la luz de tu Palabra, hecha carne, que resplandezca en nuestras obras la fe que haces brillar en nuestro espíritu. El evangelio de la misa de la Aurora nos participa el gozo exuberante de los pastores y de la dicha silenciosa de María. El niño que llena a los humildes de alegría, es el Salvador prometido por Dios a su pueblo: el que convertirá a Jerusalén en la «ciudad no abandonada». Tenemos que leer la narración del acontecimiento con ojos de fe para descubrir que «ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre» Isaías 62,11. Con el Salmo 96, cantamos: Hoy brillará una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables.

6. San Pablo, en su carta a Tito 3,4, proclama que "Ha aparecido la Bondad de Dios, su Amor al hombre. No por las obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino que según su propia misericordia nos ha salvado con el baño del segundo nacimiento, y con la renovación por el Espíritu Santo; Dios lo derramó copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador. Así, justificados por su gracia, somos, en esperanza, herederos de la vida eterna.

7. Dios es amor y el amor es bondad. Dios es bueno y la bondad ama. Dios es bondad y amor y nos lo manifiesta en un niño. ¿Qué mejor signo de bondad que un niño recién nacido e inerme? ¿Qué mejor signo de amor que abajarse Dios a un niño, que hacerse niño? Decimos de una persona infantil e inmadura: es un niño, y lo consideramos peyorativo. Cuando el hombre tanto se quiere elevar y se cree tan grande, Dios inmenso e infinito se achica, se empequeñece y se hace niño. Dios cura la soberbia humana con la humildad divina. Dios nos dice que nos ama anonadándose. Ante el Dios del Sinaí dijeron los israelitas: "No nos hable Dios que moriremos... (Ex 20,19)". Ante un Dios hecho niño que llora y que sonríe, y que necesita estar prendido del pecho de su madre, y que está totalmente desvalido, el hombre se siente amado por Dios y llamado a amar, más que a temer.

8. Lucas 2,14, nos relata lo que conoció por María sobre la adoración de los pastores: "Cuando los ángeles los dejaron, los pastores se decían unos a otros: «Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor.» Fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores -los humildes- "fueron corriendo". Obedientes a los ángeles, fueron corriendo. Dejaron su trabajo, los que aún de noche estaban velando. Los ángeles fueron a buscar a quienes velaban, no a quienes a esas horas se estaban divirtiendo. La revelación de Dios la reciben los que están en su puesto, abnegados, solícitos y sin ambiciones.

9. "Y encontraron a María". Una jovencísima madre, más hermosa que el sol. "Dichosa tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se ha cumplido" (Lc 1,45).

10. Habían pasado ya las zozobras y se habían solucionado los interrogantes. El Padre, a la hora oportuna y señalada por su providencia, "cuando el mundo y todo estaba en silencio, envió desde el alto cielo su Palabra" (Sb 18,14). "Y el Verbo se encarnó y nació de María la Virgen" Juan 1,17. Dios nos ha hablado. Antes nos había hablado por los profetas, desde hoy, por su Hijo niño (Hb 1,1).

11. Jovencísima madre y dichosísima con tu Hijo, que muestras a tus hermanos, sus hermanos, los pastores, a nosotros, que humildes venimos a adorarlo para recibir los rayos de su sol que nos caliente y nos broncee de Dios su fuego incandescente.

12. "Encontraron a José". Ya pasó la noche, José, pasó el invierno y cesaron las lluvias (Cant 2,11), tus dudas, y quedó tu fe, comprometida por Dios para hacer de pantalla, para ser padre del esfuerzo sin el gozo de la paternidad; el trabajo para sustentar, cuidar y defender a este hijo que cuida de tí cuando tú cuidas de él. Cuando los hombres buscan sus placeres rehuyendo sus deberes, tú te abrazas a los deberes, desprendido del placer, porque el que ama no trabaja y si trabaja ama el trabajo (San Agustín). Casto José, enseña y fortalece a tu familia, la Iglesia, para que viva excelsamente la luz de la castidad, en medio de una sociedad decadente y ajada por el afán del placer y drogada por el hedonismo y corrompida en su raíz. Familias sin niños. Y contradictoriamente, sustituidos por mascotas.

13. "María oía a los pastores". Les contaban lo de los ángeles. Y callaba y "meditaba todas estas cosas en su corazón". El silencio, hoy tan difícil, en esta sequía que dura ya tanto en este mundo, en la Iglesia, comunidad de orantes, de hombres que aman y rezan, como designaban los paganos de Roma a los primeros cristianos... Contemplar. Pobreza. Recuerdo a mi hermana moribunda, me enseñaba sus manos y me decía: “Están vacías”. Pensé en los pastores. María presentaba en la gruta al Niño y, como eran tantos y le entregaban sus regalitos, se cansaba y pensó dejar al Niño a un pastor, como todos también tenían sus manos ocupadas, se lo entregó al más pobre de todos que no llevaba nada y le entregó a él el Niño. Su suerte fue tener las manos vacías. Enséñanos a contemplar como tú, para que Dios nos revele las lecciones de Belén. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

14. Nuestra oración con el celebrante debe ser ésta: Señor, que estas ofrendas sean signo del misterio de tu Navidad que estamos celebrando: y así como tu Hijo, haciéndose hombre, nos reveló al Dios invisible, así nuestras ofrendas de la tierra nos hagan partícipes de los dones del cielo.

15. Y terminemos con Zacarías 9,9: Salta de alegría, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira, ya llega tu rey, el Santo, el Salvador del mundo.

16. Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. Aleluya.

MISA DEL DÍA
DIOS CONTINUA AMANDO A LOS HOMBRES


1. Las tres lecturas de este día tan bello nos hablan de una presencia entre nosotros: la presencia de Dios que ha querido vivir con nosotros. Isaías un pasaje jubiloso nos trae el saludo del mensajero de la paz, del portador de la buena noticia de que Dios reina. Gritan jubilosos los centinelas porque Dios se nos ha dejado ver cara a cara. Sus pies son hermosos y pequeñitos, ya se harán grandes para ir delante del rebaño y para ser clavados en la cruz. Vemos a Dios, al Inmenso, en una carita de Niño diminuta que nos sonríe y conquista y enamora. La humanidad estaba sumida en las tinieblas del mal y del pecado, igual que Jerusalén estaba destruida, el pueblo de Israel desterrado y humillado, y Sión abandonada. Pero viene Dios en la humildad de este niño y nos trae el anuncio de que Dios reina en quienes le quieran recibir, y realizará con su vida la gran victoria de Dios sobre todos los enemigos de la humanidad: el odio, la guerra y los pecados que deshumanizan a los hijos de Dios. Por eso "los ángeles cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor que vuelve a Sión" "Gloria a Dios en la tierra y a los hombres a quienes Dios ama".

2. Esta Noche hemos leído el relato del nacimiento de Jesús narrado por san Lucas. En la misa de la Aurora hemos leido que los pastores fueron a Belén y encontraron al niño como les habían dicho: junto a su madre, una humilde doncella que guardaba en el corazón las cosas tan grandes que Dios iba manifestando. Junto a José, un humilde carpintero que debía velar por ambos. Un niño un pesebre como los más pobres de los pobres y el más humilde de los humildes. Dios se nos muestra sin la prepotencia de los conquistadores y sin la violencia de los poderosos. Sin armas y sin ejércitos. Sin provocar gritos de terror ni llantos de angustia. Ante su presencia amorosa los ángeles y los pastores cantan de alegría.

3. El prólogo del evangelio de san Juan nos dice lacónicamente que la Palabra de Dios, por la cual Él hizo los mundos, ha puesto su morada entre nosotros, como si hubiera plantado su tienda de pastor entre las ovejas del rebaño, para iluminarlas con la luz de su presencia que aleja las tinieblas. Esta Palabra eterna y creadora se hace carne humana para que por ella todos los hombres podamos llegar a ser hijos de Dios. Nuestro corazón debe hoy desbordar de alegría y gratitud. Por la cercanía amorosa de Dios, por la salvación y por el perdón que nos ofrece. Porque nos revela que quiere nuestra felicidad. Y que Él quiere ser para nosotros un Padre amoroso que siempre nos espera y nos acoge. Los cristianos, al celebrar el nacimiento de nuestro salvador, tenemos que comprometernos a compartir con todos esta alegría, haciendo de nuestras vidas un testimonio del amor de Dios, que se nos ha manifestado de forma tan espléndida. Un amor que da vida y trae paz, que cura y consuela, que perdona y acoge.

4. El comienzo de la carta a los Hebreos, nos habla de lo que Dios ha hecho por nosotros, por todos los seres de este mundo: nos ha dirigido su Palabra, en el pasado, en distintas ocasiones y de muchas maneras por medio de los profetas. Pero ahora ha querido hablarnos cara a cara. No desde el esplendor de su gloria y su potencia, sino en la humilde existencia de este niño, su Hijo, su heredero universal. El contraste es muy grande. La manifestación de Dios no se nos impone con fuerza arrolladora, pues los ángeles nos anuncian que nos ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor envuelto entre pañales, acostado en un pesebre, un niño indefenso en brazos de su madre. Por eso cantan la gloria de Dios en los cielos y la paz en la tierra para todos los seres humanos, los seres que Dios ama.

5. Si en las misas de medianoche y de la aurora hemos contemplado el acontecimiento del nacimiento de Jesús, en la Misa del día leemos textos que nos acercan a lo profundo del misterio, a lo invisible de la obra de Dios que manifiesta y vela a la vez aquella historia. La profecía y el salmo proclaman la finalidad universal de la Encarnación, cuyos beneficios son para todos los pueblos. En el mismo tono elevado, los prólogos de la carta a los Hebreos y del Evangelio de san Juan anuncian solemnemente las etapas de la salvación, que llegan hasta el misterio del Verbo divino que «se encarnó, y acampó entre nosotros».

6. La “fides quaerens intellectum”, la fe que busca razones ha ido indagando desde la filosofía y la teología el motivo profundo de “cur Deus homo”, ¿Por qué Dios se ha hecho hombre?,que es el título de una obra de San Anselmo. La justicia vindicativa, dirá San Anselmo, influenciado por Aristóteles. Y Duns Scoto, dirá la gloria de Dios, para recibir la gloria no sólo del seno de la Trinidad, sino de un hombre que le pueda glorificar y amar dándole gloria y amor infinitos. La Revelación de Dios marca un diferencia esencial en la justicia de Dios invocada con reminiscencias aristotélicas por San Anselmo como vindicativa, pues esta justicia justifica, hace justos, hace santos. Dios no perdona porque se expía el pecado, sino que salva y justifica porque perdona. Y perdona porque ama. Dios se encarna no para que el hombre le ame sino para amar él al hombre con la medida suya que es la de amar sin medida, amar hasta la muerte. Jesús, hecho hombre en la carne pecadora, sufriendo todas las limitaciones humanas, con una obediencia humana de una manera distinta a como obedecía y obedece en el seno de la Trinidad hasta morir en la cruz, nos ofrece la inmensidad del amor de Dios, misterio insondable, garantizado por la Palabra revelada transmitida por San Juan 3,16: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Al que así nos ha amado, ¿quién no le amará?

7. Cuando nos acerquemos a comer el fruto del vientre de María en la eucaristía, pidámosle a Ella que al mostrárnoslo como a los pastores: "Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre", llena de plenitud de gozo, nos enamore de quien tanto nos ama. Y que sepamos encontrarlo y amarlo en nuestros hermanos, sobre todo en los más pequeños y desprotegidos. Amén.

Jesús Martí Ballester jmarti@ciberia.es

 

 
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