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| Jesucristo: Sumo y Eterno Sacerdote |
Los sacerdotes de la Antigua Alianza sacrificaban en
el altar animales, pero no se sacrificaban ellos. Todos hemos
de ser como él, sacerdotes y víctimas, porque nuestro sacerdocio
es el suyo.
Jueves después de Pentecostés.
1. "Os he
llamado amigos, porque os he manifestado todo lo que he
oído a mi Padre. No me habéis elegido vosotros a
mí, soy yo quien os he elegido y os he
destinado a que os pongáis en camino y deis fruto,
y un fruto que dure" (Jn 15,15).
Jesús entrega su amistad
y pide la nuestra. Ha dejado de ser el Maestro
para convertirse en amigo. Escuchad como dice: Vosotros sois mis
amigos... No os llamo siervos, os llamo amigos, porque todo
lo que he oído a mi Padre os lo he
dado a conocer…En aras de esa amistad, que es entrañable,
que es verdadera y ardorosa, desea atajar a los que
aún pudieran no hacerle caso. "No sois vosotros -les dice-
los que me habéis elegido, soy yo quien os he
elegido".
Es un compañero deseoso de salvar, de alegrar y de
llenar de paz a sus amigos. "Os he hablado para
que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue
a plenitud". El Maestro está con los brazos abiertos de
la amistad tendidos hacia nosotros. Y con la alegría como
promesa y como ofrenda. Nunca se ha visto un Dios
igual. Camina ahora mismo y por cualquier calle. Por la
acera de tu casa, seguro. Y está diciendo que es
amigo tuyo, que te quiere igual que a su Padre
y que desea llenarte de alegría. Lo va repitiendo al
paso, según se acerca a tu puerta (ARL BREMEN).
2.
Por lo mismo que Dios ama, creó el mundo:
¡Cuánta maravilla, cuánta belleza!:"¡Oh montes y espesuras,plantados por la mano
del Amado!,¡oh, prado de verduras de flores esmaltado!,decid si por
vosotros ha pasado" (San Juan de la Cruz)Creó los hombres.
Los hombres desobedecieron y pecaron. (Gén 3,9). El pecado es
un desequilibrio, un desorden, como un ojo monstruoso fuera de
su órbita, como un hueso fuera de su sitio, buscando
el placer, la satisfacción del egoísmo, de la soberbia. Como
un sol que se sale del camino buscando su independencia.
Frustraron el camino y la meta de la felicidad. De
ahí nace la necesidad de la expiación, del sufrimiento, del
dolor, por amor, para restablecer el equilibrio y el orden.
Dios envía una Persona divina, su Hijo, a "aplastar la
cabeza de la serpiente", haciéndose hombre para que ame como
Dios, hasta la muerte de cruz, con el Corazón abierto.
3. Ese Hombre Dios, el Siervo de Yahvé, que,
"desfigurado no parecía hombre, como raíz en tierra árida, si
figura, sin belleza, despreciado y evitado de los hombres, como
un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, considerado leproso, herido
de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por
nuestros crímenes, como cordero llevado al matadero" Isaías 52,13, inicia
la redención de los hombres, sus hermanos. Él es la
Cabeza, a la cual quiere unir a todos los hombres,
que convertidos en sacerdotes, darán gloria al Padre, al Hijo
y al Espíritu, e incorporados a la Cabeza, serán corredentores
con El de toda la humanidad.
El Padre, cuya
voluntad ha venido a cumplir, lo ha constituido Pontífice de
la Alianza Nueva y eterna por la unción del Espíritu
Santo, y determinando, en su designio salifico, perpetuar en la
Iglesia su único sacerdocio. Para eso, antes de morir, elige
a unos hombres para que, en virtud del sacerdocio ministerial,
bauticen, proclamen su palabra, perdonen los pecados y renueven su
propio sacrificio, en beneficio y servicio de sus hermanos.
"Él
no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a
todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano,
ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por
la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.
Ellos renuevan en su nombre el sacrificio de la redención,
y preparan a sus hijos el banquete pascual, donde el
pueblo santo se reúne en su amor, se alimenta con
su palabra y se fortalece con sus sacramentos. Sus sacerdotes,
al entregar su vida por él y por la salvación
de los hermanos, van configurándose a Cristo, y así dan
testimonio constante de fidelidad y amor" (Prefacio).
4. Por
eso, si los cristianos debemos tomar nuestra cruz, los sacerdotes,
más, por más configurados con Cristo, con sus mismos poderes.
Los sacerdotes de la Antigua Alianza sacrificaban en el altar
animales, pero no se sacrificaban ellos. Los sacerdotes nos hemos
de inmolar porque Cristo se inmoló a sí mismo. Hemos
de ser como él, sacerdotes y víctimas, porque nuestro sacerdocio
es el suyo.
5. Una idea infantil del cristiano,
que se acomoda al mundo, una mentalidad inmadura del sacerdote,
lo hace un funcionario. De ahí surgen consecuencias de carrierismo,
al estilo del mundo, excelencias, trajes de colores, que obnubilan
el sentido sustancial del sacerdote-víctima, que conducen a la esterilidad,
y contradicen la misión: "para que os pongáis en camino
y deis fruto que dure". El fruto que dura es
el de la conversión, la santidad, que permanecerá eternamente. Os
he puesto en la corriente de la gracia, os planté
para que vayáis voluntariamente y con las obras deis fruto.
Y precisa cuál sea el fruto que deban dar: "Y
vuestro fruto dure".
Todo lo que trabajamos por este mundo
apenas dura hasta la muerte, pues la muerte, interponiéndose, corta
el fruto de nuestro trabajo. Pero lo que se hace
por la vida eterna perdura aun después de la muerte,
y entonces comienza a aparecer, cuando desaparece el fruto de
las obras de la carne. Principia, pues, la retribución sobrenatural
donde termina la natural. Por tanto, quien ya tiene conocimiento
de lo eterno tenga en su alma por viles las
ganancias temporales.
Así pues, demos tales frutos que perduren, produzcamos
frutos tales que cuando la muerte acabe con todo, ellos
comiencen con la muerte, pues después que pasan por la
muerte es cuando los amigos de Dios encuentran la herencia
(San Gregorio Magno).
6. Después de la "conversión"
de Constantino, el clero eclesiástico hizo su entrada en este
mundo, corrió serio peligro de perder su propia naturaleza, que
no consiste en el poder, sino en el servicio. Además,
entró en competencia con el poder secular al aparecer en
la escena de la historia política. Este encuentro y confrontación
con la jerarquía civil condujo no sólo a una ampliación
político-social de las tareas apostólicas, sino que también oscureció el
aspecto colegial del servicio de la Iglesia.
Ha dicho
el Cardenal Lustiger, arzobispo de París: "Ya sé que Napoleón
identificó al obispo con los prefectos y con los generales,
pero yo me había sensibilizado mucho contra la Iglesia como
sistema de promoción y de poder, y determiné que nunca
me metería en situaciones que favorecieran la promoción".
7.
En el curso del siglo XI comienza la teología medieval
a distinguir claramente, en la elaboración del tratado de sacramentos,
entre el Orden y la dignidad, y puso de relieve
la sacramentalidad del Orden de la Iglesia. A partir de
entonces se designa esencialmente como Orden el sacramento que confiere
el poder de celebrar la eucaristía.
8. Aunque el lenguaje
de la Curia romana imprimió su sello a la tradición
cristiana, la ordenación no fue considerada nunca como un simple
acceso a una dignidad y como transmisión de unos poderes
jurídicos y litúrgicos, pues siempre se confirió mediante un rito,
porque la ordenación es un acto sacramental que transmite una
gracia de santificación; los llamados son tomados del mundo y
consagrados al servicio de Dios, son separados para atender a
su misión especial.
El obispo, el sacerdote, el diácono no
tienen de suyo nada del sacerdote romano, que era un
funcionario del culto público, poseía cierto rango y tenía que
realizar determinados actos. El "sacerdocio" cristiano pertenece a otro orden;
no es primariamente "religioso" ni cultual, sino carismático; es el
ordo de los que han recibido el espíritu y, en
virtud de su orden, están habilitados para continuar la obra
de los apóstoles.
Las jerarquías del ministerio aparecen en
los escritos de los Padres de la Iglesia, no tanto
como títulos que conceden ciertos derechos, sino más bien como
tareas que ciertos hombres llamados a edificar el cuerpo de
Cristo toman sobre sí, a veces incluso contra su propia
voluntad.
9. El Orden sacramental es una dimensión
esencial para la Iglesia, y por eso fue incluido entre
los sacramentos. Si se quiere comprender el sentido y la
función de este "sacramento" particular en lugar de atribuir el
sacerdocio cristiano y toda la jerarquía de la Iglesia a
un único acto de institución, como hizo el Concilio de
Trento, parece que está más en consonancia con la Sagrada
Escritura y la realidad de las cosas partir de la
Iglesia como "sacramento original".
De esta forma no nos exponemos
al peligro de separar el orden de la Iglesia histórica
para colocarlo en cierto modo por encima de ella, pues
es un sacramento esencial para la existencia de la Iglesia
y en el que ésta se actualiza.
10.
El desdoblamiento del ordo en varios grados y la
introducción de diversas ordenaciones están tan relacionados con la historia
de la Iglesia como con la Escritura. Son producto de
un desarrollo, y, en definitiva, la cuestión de si se
ha de hablar de un único sacramento del orden o
de si el episcopado y el presbiterado constituyen sacramentos diversos
es más una cuestión terminológica y teológica que dogmática.
Las
funciones del obispo y las del sacerdote, las funciones del
sacerdote y las del diácono, no están delimitadas entre sí
de forma absoluta; las funciones respectivas son asignadas por el
derecho, pero este derecho no es un todo inmutable. La
validez de las ordenaciones depende de la actuación de la
Iglesia tomada en su totalidad, y no del acto sacramental
considerado aisladamente. La validez o no validez de una ordenación
no es algo que se pueda determinar tomando como base
el rito, con independencia del marco general de la misma.
11. La estructura del ministerio eclesial se puede considerar,
igual que el canon de la Escritura y el número
septenario de los sacramentos, como el resultado de un desarrollo.
Desarrollo que se produjo todavía en tiempo de los apóstoles;
por eso ha conservado en la tradición de la Iglesia
el carácter de algo que existe por necesidad jurídica. En
la Iglesia tendrá que haber siempre un "ministerio para velar",
un "presbiterado" y una "diaconía".
Sin embargo, las expresiones concretas
de esta estructura esencial pueden cambiar con el tiempo y
de hecho han cambiado; más aún, tienen que cambiar por
razón del carácter forzosamente limitado de las diversas expresiones históricas
del ministerio y de la obligación que éste tiene de
asemejarse constantemente a su modelo, Cristo.
12. Lo
mismo que Dios concedió el espíritu de profecía a los
setenta ancianos que había llamado Moisés a participar con él
en el gobierno del pueblo, así también comunica a los
sacerdotes el Espíritu Santo para que se asocien al ministerio
de los obispos. El presbítero colabora con el obispo en
la totalidad de sus funciones de gobierno de la Iglesia.
Las funciones del presbítero tienen una íntima conexión con el
ofrecimiento de la eucaristía. Por eso la función del presbítero
en la Iglesia ha de entenderse partiendo de la Cena
y de las palabras de Cristo, que mandó a los
apóstoles hacer "en memoria de él lo mismo que él
había hecho" (1 Cor 11). Por eso defendió el Concilio
de Trento este aspecto básico del ministerio sacerdotal.
El Concilio
Vaticano II añade: "Los presbíteros ejercitan su oficio sagrado sobre
todo en el culto eucarístico o comunión, en donde, representando
la persona de Cristo, el sacerdote es al mismo tiempo
presidente de la celebración eucarística, él ofrece el sacrificio in
nómine Ecclesiae o, en persona Ecclesiae y consagrante, sacrificador, y
como tal ya no actúa meramente in persona Ecclesiae, sino
in persona Christi y proclamando su misterio, unen las oraciones
de los fieles al sacrificio de su Cabeza, Cristo, representando
y aplicando en el sacrificio de la misa, hasta la
venida del Señor (1 Cor 11,26), el único sacrificio del
Nuevo Testamento, a saber: el de Cristo, que se ofrece
a sí mismo al Padre como hostia inmaculada (Heb 9,11-28)".
13. El sacerdote nos introduce en la memoria
del Señor, no sólo en su pascua, sino en el
misterio de toda su obra, desde su bautismo hasta su
pascua en la cruz. Él exhorta a la asamblea de
los creyentes a vivir en sintonía con el sacrificio de
la cruz, que ésta vuelve a vivir en el presente
en espera de su consumación definitiva. Por eso el ministerio
del sacerdote no se puede limitar a la celebración de
un rito; compromete toda la vida y se desarrolla de
acuerdo con todo el orden sacramental.
14. Pero no
sería fiel a la tradición quien pretendiera defender que las
funciones del sacerdote son de naturaleza estrictamente sacramental y cultural.
También es función del sacerdote proclamar la palabra de Dios.
La misma Cena, en la que el Señor llama a
su sangre "sangre de la alianza", lo pone de manifiesto,
pues no hay ningún rito de alianza sin una proclamación
de la palabra de Dios a los hombres. El acontecimiento
de la alianza es al mismo tiempo acción y palabra.
Esta relación aparece todavía más clara cuando se parte de
la base de que eucaristía (1 Cor 11,24) no significa
tanto una "acción de gracias" en el sentido actual de
esta expresión, cuanto una clara y gozosa proclamación de las
"maravillas de Dios", de sus hechos salvíficos. Cuando Jesús declara:
"Cada vez que coméis de ese pan y bebéis de
esa copa proclamáis la muerte del Señor, hasta que él
vuelva" (1 Cor 11,26), su acto de bendición ritual tiene
también el sentido de una proclamación de la palabra de
Dios.
El ministerio de ofrecer la eucaristía ratifica y complementa
simplemente una proclamación de la palabra, que va desde el
kerigma inicial hasta la catequesis y la misma celebración litúrgica.
Predicar, bautizar y celebrar la eucaristía son las funciones esenciales
del sacerdote.
Sin embargo, dentro del presbiterio dichas funciones pueden
estar distribuidas distintamente, según que unos se dediquen más a
tareas misioneras y otros a la acción pastoral dentro de
la comunidad reunida (Mysterium Salutis). Predicar y enseñar, de otra
manera, ¿cómo podrán hacer y administrar los sacramentos con provecho
y eficacia salvadores?
15. El sacerdocio hoy está bastante
desvalorizado. Las cosas poco prácticas no se cotizan. Esta generación
consumista sólo tiene ojos para sus intereses. Ha perdido el
sentido de la gratuidad. Un beso y una sonrisa no
sirven para nada, pero los necesitamos mucho. Un jardín no
es un negocio, pero necesitamos su belleza. Cultivar patatas y
cebollas es más productivo, pero los rosales y las azucenas
son necesarios.
16. El sacerdote sirve. Siempre está
sirviendo. Es necesario como la escoba para que esté limpia
la casa. Pero a nadie se le ocurre poner la
escoba en la vitrina. El sacerdote perdona los pecados, es
instrumento de la misericordia de Dios. En un mundo lleno
de rencores y envidias, el sacerdote es portador del perdón.
Está siempre dispuesto a recibir confidencias, descargar conciencias, aliviar desequilibrios,
a sembrar confianza y paz.
El sacerdote ilumina. Cuando nos
movemos a ras de tierra, nos señala el cielo. Cuando
nos quedamos en la superficie de las cosas, nos descubre
a Dios en el fondo. El sacerdote intercede. Amansa a
Dios, le hace propicio, le da gracias, da a Dios
el culto debido. Impetra sus dones.
El sacerdote ama. Ha
reservado su corazón para ser para todos. El sacerdote es
antorcha que sólo tiene sentido cuando arde e ilumina. El
sacerdote hace presente a Cristo. En los sacramentos y en
su vida. Es el alma del mundo. Donde falta Dios
y su Espíritu él es la sal y la vida.
No hace cosas sino santos.
Todos hemos de ser santos,
pero sin sacerdotes difícilmente lo seremos. Es grano de trigo
que si muere da mucho fruto. Nada hay en la
Iglesia mejor que un sacerdote. Sí lo hay: dos sacerdotes.
Por eso hemos de pedir al Señor de la mies
que envíe trabajadores a su mies (Mt 9,38).
17. "No
me habéis elegido vosotros a mí, os he elegido yo
a vosotros". La elección indica siempre predilección. Si voy a
un jardín, miro y remiro: tallo, capullo, color, aguante...Elijo, corto
y me la llevo. Pero sé que yo no podré
ni cambiar el color, ni darles más resistencia, ni aumentarles
la belleza.
Cuando Dios elige, elige a través de su
Verbo: "Por Él fueron creadas todas las cosas". Cuando un
joven elige a su novia, es él quien elige. Si
eligiesen sus padres u otros, probablemente saldría mal. Cuando Dios
elige esposa, respeta a su Hijo, que se ha desposar
con ella. Cuando Dios elige ministros suyos, deja a su
Verbo la elección. Porque han de continuar sus mismos misterios.
Parece
que el Señor tendrá sus preferencias. Contando con que siempre
puede rectificar y enderezar, romper el cántaro y rehacerlo, y
purificar, es verosímil que cuente con lo que ya hay
en las naturalezas, creadas por El: "Omnia per ipso facta
sunt".
Una de las primeras cualidades que parece buscará será la
docilidad. Docilidad que casi siempre es crucificante. Otra, será la
sencillez: "Si no os hacéis como niños"... Manifestarse sin hipocresía,
con naturalidad.
"Vosotros sois mis amigos." ¡Cuánta es la misericordia
de nuestro Creador! ¡No somos dignos de ser siervos y
nos llama amigos! ¡Qué honor para los hombres: ser amigos
de Dios! Pero ya que habéis oído la gloria de
la dignidad, oíd también a costa de qué se gana:
"Si hacéis lo que yo os mando." Alegraos de la
dignidad, pero pensad a costa de qué trabajos se llega
a tal dignidad.
En efecto, los amigos elegidos de Dios
doman su carne, fortalecen su espíritu, vencen a los demonios,
brillan en virtudes, menosprecian lo presente y predican con obras
y con palabras la patria eterna; además, la aman más
que a la vida; pueden ser llevados a la muerte,
pero no doblegados.
Considere, pues, cada uno si ha llegado
a esta dignidad de ser llamado amigo de Dios, y
si así es no atribuya a sus méritos los dones
que encuentre en él, no sea que venga a caer
en la enemistad. Por eso añadió el Señor: "No me
habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí
a vosotros y os he destinado para que vayáis y
deis fruto".
18. HIMNO SACERDOTAL
Brota de mi corazón un himno
ardiente cuajado en el manantial del ser: Jesús Martí, yo te elijo,
vente, yo te llamo: Jesús Martí Ballester.
Cogiste mi corazón de
niño con ternura delicada y paternal, me sedujeron tu afecto y tu
cariño y me dejé cautivar.
Yo escuché tu llamada gratuita sin saber
la complicación que me envolvía, me enrolé en tu caravana de
tu mano sin pensar ni en las espinas ni en los
cardos.
Te fui fiel, aunque a girones fui dejando en mi
camino pedazos de corazón, hoy me encuentro con un cáliz rebosante
de jazmines que potencian mis anhelos juvenilesy me acercan más a
Dios.
En el ocaso de la carrera de mi vida siento el
gozo de la inmolación a Tí. Tienes todos los derechos de
exigirme, puedes pedir si me ayudas a decir siempre que ¡Sí!.
Necesitaste
y necesitas de mis manos para bendecir, perdonar y consagrar; quisiste
mi corazón para amar a mis hermanos, pediste mis lágrimas
y no me ahorré el llorar.
Mis audacias yo te
di sin cuentagotas, mi tiempo derroché enseñando a orar, gasté mi
voz predicando tu palabra y me dolió el corazón de tanto
amar.
A nadie negué lo que me dabas para todos. Quise
a todos en su camino estimular. Me olvidé de que por
dentro yo lloraba, y me consagré de por vida a consolar.
Muchos hombres murieron en mis brazos, ya sabrán cuánto les
quise en la inmortalidad, me llenarán de caricias y de
flores el regazo, migajas de los deleites de su banquete
nupcial.
Pediste que te prestara mis pies y te los ofrecí
sin protestar, caminé sudoroso tus caminos, y hasta el océano
me atreví a cruzar.
Cada vez que me abrazabas lo
sentía porque me sangraba el corazón, eran tus mismas espinas las que
me herían y me encendían en tu amor.
Fui sembrando de hostias
el camino inmoladas en la cenital consagración: más de treinta mil
misas ofrecidas han actualizado la eficacia de tu redención.
No me pesa
haber seguido tu llamada, estoy contento de ser latido en
tu Getsemaní; sólo tengo una pena escondida allá en el
alma: la duda de si Tú estás contento de mí.
Mi
gratitud hoy te canto, ¡Cristo de mi sacerdocio! Mi fidelidad
te juro, Jesucristo Redentor. Ayúdame a enriquecer con jardines a
tu Iglesia, que florezcan y sonrían aún en medio del
dolor.
Sean esos jardines para tu recreo y mi trabajo, multiplica
tu presencia por los campos hoy en flor, que lo
que comenzó con la pequeñez de un pájaro, se convierta
en muchas águilas que roben tu Corazón.
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