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Autor: P. Juan Pablo Esquivel
Homilia del DOMINGO DE CORPUS CHRISTI
Alguien que me espera...
 
"Corpus Christi”

( Ciclo "C" )

La multiplicación de los panes es el único milagro de Jesús que se encuentra relatado en los cuatro evangelios... Se trata de un milagro muy especial: presenta muchos elementos eucarísticos (por eso lo leemos hoy), especialmente, los gestos de Jesús en el momento de realizar el milagro: Jesús... tomó el pan... y elevando los ojos al cielo, lo bendijo, lo partió, y lo dio a sus discípulos... Son las mismísimas palabras de la Consagración en la Misa.

¿ Cuál es el contexto del milagro más grande...?
v Una multitud que no tiene alimentos, en un lugar desierto (figura del mundo ...)
v Y los medios que tienen los discípulos son irrisorios, insignificantes frente a las necesidades de esa multitud (también nosotros debemos transformar al mundo, con medios humanamente insignificantes).

Sin embargo, hay una orden terminante del Señor a los discípulos: “Ustedes tienen que darles de comer...” (también a nosotros Jesús nos dice lo mismo: tenemos que saciar el hambre de las multitudes, del mundo entero: el hambre de pan, de felicidad, de Dios, de paz, de justicia...
¿Cómo hacerlo? ¿Es posible? ¿Vale la pena probar? ¿No es acaso una empresa destinada de entrada al fracaso?...

Pero también el Evangelio muestra que el alimento no se obtiene por medios humanos ni por recursos comunes, sino por una intervención extraordinaria del Señor Jesús, aportando este pan misterioso que nunca se acaba y alcanza para todos... porque ese Pan es Él mismo, es su propio Cuerpo, entregado realmente por nosotros en la Cruz, y que se nos entrega sacramentalmente en cada Misa.

“Todos comieron y quedaron satisfechos. Se recogió lo que había sobrado, y eran doce canastos de pedazos.” Jesús ha transformado la total escasez en absoluta superabundancia...
Y así quiere hacerlo hoy... comenzando por nuestros corazones (con sus debilidades, limitaciones, estrecheces, escaseces, etc.). Cristo quiere hacerse Pan para que lo comamos, para entrar en nuestros corazones y transformarlos.

La Eucaristía es el alimento de los débiles y hambrientos. Supone ciertas condiciones... pero también las va creando en nosotros...
Si pudiésemos ver lo que ocurre en el alma de una persona cuando comulga... moriríamos de alegría... (Dios con nosotros, en Alianza eterna de amor...). Si es así, permítanme proponerles un “breve examen de conciencia eucarístico”:

¿Cómo es que tantas veces somos tan fríos e indiferentes frente a Cristo Eucaristía? ¿Cómo es posible que nos de lo mismo ir o no a Misa (no es un “rito”, una “obligación, sino Alguien que me espera...), comulgar o no hacerlo, visitar a Cristo al pasar frente a una Iglesia, o seguir de largo?... ¿No será que tenemos poca fe en el milagro más grande del mundo, en el gesto de amor más increíble de la historia, en la realidad tan grande y profunda que Dios nos muestra y nos ofrece compartir? ¿Y también: cómo puede ser que si compartimos un mismo Pan, que hace que formemos un solo cuerpo, no nos sintamos un poco más responsables los unos de los otros?

En nuestro tiempo, la Eucaristía se ha vuelto no pocas veces objeto de reivindicaciones y piedra de escándalo. Pienso, por ejemplo, en quienes se rasgan las vestiduras por el hecho de que cuando estamos en pecado grave no podamos acercarnos a comulgar sin antes reconciliarnos. Y que cuando hay una situación que - sin abrir juicios sobre las personas - contradice objetivamente las enseñanzas de Jesús en el Evangelio (por ejemplo la situación de nuestros hermanos que están divorciados y en una nueva unión) esa abstención deba ser permanente...

Esta discusión, llevada adelante tantas veces con buena voluntad y con sincero deseo de vivir una vida cristiana plena, olvida sin embargo un aspecto fundamental: la Eucaristía no es un derecho, sino un don. Y que un don no puede ser exigido, porque en ese caso deja de ser tal... Y encima, contribuye a agrandar esta confusión una cierta concepción de la Eucaristía que la presenta como una especie de “premio” para los buenos, o un “certificado de buena conducta espiritual” para cristianos “vip”...

Sabemos que para acercarnos a comulgar debemos estar en gracia de Dios. No siempre tenemos en claro que el estar en gracia es precisamente eso: una gracia. Y así, corremos el riesgo de hacer que el Pan de la unidad, se transforme en el Pan de las prolijas divisiones y distinciones:
- los que están en gracia, y los que no...
- los que comulgan, y los “excomulgados”...
- los “laicos cualificados”, oficializados, miembros numerarios, y los que “lo miran por T.V.”...
¿Asumimos el enorme compromiso que significa en este sentido la Eucaristía?
¿Somos capaces de ser para quienes por distintos motivos no pueden acercarse a comulgar, lo que Jesús es para nosotros: Pan que alimenta y alienta, Vino que alegra el corazón, abrazo de Padre tierno, Consuelo del Espíritu, Esperanza que no defrauda?... ¿Podemos decir, con una mano en el corazón, que la Eucaristía es para nosotros, cristianos, el motor de nuestro compromiso en la transformación del mundo, recordando con realismo que la caridad, bien entendida, empieza por los prójimos más próximos?
Muchos se sienten escandalizados por una presencia del Señor en el mundo que, a fuerza de discreta, se percibe a veces como casi nula... En este contexto, para algunos que nos ven “desde fuera” la Eucaristía resulta algo así como un subterfugio espiritual para cobardes...

¿Cómo vivimos esto nosotros? ¿Damos testimonio de la Eucaristía como de ese Amor de los amores que nos susurra también a nos: “denles Uds. de comer”...?

Hoy es un día de inmensa alegría y acción de gracias: porque en la Eucaristía descubrimos a Cristo que quiere quedarse con nosotros para siempre, para alimentarnos, para fortalecernos, para que nunca nos sintamos solos. Cristo se nos da en cada Misa, y se queda con nosotros en cada Sagrario del mundo... Y en el sagrario viviente que debe ser el corazón de cada uno de nosotros... Ésta debe ser la fuente más profunda e íntima de nuestra alegría... esta es la fuente de la santidad, nuestra vocación (“Dios con nosotros”). Este es el motor, silencioso y efectivo, que transforma nuestro corazón y la historia de los hombres.

A un mundo que se muere de tristeza, que está hambriento de felicidad, y que (como en el Evangelio) está en un desierto, plagado de espejismos de falsa alegría, nosotros queremos decirle que la verdadera alegría es cristiana; que la alegría cristiana brota del deseo de vivir a fondo el propio bautismo (= ser santos); y que la santidad cristiana (que es para todos, comulguen o no comulguen) hunde sus raíces en la Eucaristía.

Por eso hoy toda la Iglesia quiere romper el silencio misterioso que circunda a la Eucaristía y tributarle un triunfo que sobrepasa el muro de las Iglesias para invadir las calles de las ciudades e infundir en toda comunidad humana el sentido y la alegría de la presencia de Cristo, silencioso y vivo acompañante del hombre peregrino por los senderos del tiempo y de la tierra. Y esto nos llena el corazón de alegría...

La Fiesta de hoy es una invitación a ser verdaderamente eucarísticos en nuestra espiritualidad... y que esa espiritualidad eucarística se manifieste en nuestro deseo de ser perfectos como el Padre celestial (es decir, misericordiosos), en nuestra alegría, en nuestra serenidad, en nuestro deseo de paz para todos, en el perdón a nuestros enemigos... (después de todo, la Eucaristía no es otra cosa que un banquete festivo, el más sublime de los de la tierra, adelanto del celestial)

Démosle de comer al mundo hambriento... ofrezcamos este Pan vivo para la vida del mundo hambriento, para que todos, viviendo a Cristo, lo pongan en la cumbre de todas las actividades, para que Jesús, exaltado sobre toda la tierra, atraiga todo hacia Él. La Eucaristía no sólo es Comunión y Presencia: antes aún de estas dimensiones, es SACRIFICIO, es decir, propiciación por todos los hombres (“Sangre de la Alianza... que se derrama por vosotros, y POR TODOS LOS HOMBRES, para el perdón de los pecados”...)

“Amor de los amores”... que por nuestro amor a Cristo Eucaristía, nosotros estemos efectivamente en camino hacia el Cielo.

Amén.

 

 
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