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Homilías Sacerdotales | tema
Autor: P. Juan Pablo Esquivel
XVII aniversario de ordenación sacerdotal - 20 de diciembre - 1989/2006
Impresiona pensar cuántas generaciones de cristianos han aclamado al Sumo y Eterno Sacerdote con estas mismas palabras, que sirven además para agradecer y alabar por el don del sacerdocio en su Iglesia y a su Iglesia…
 
XVII aniversario de ordenación sacerdotal - 20 de diciembre - 1989/2006
XVII aniversario de ordenación sacerdotal - 20 de diciembre - 1989/2006
HOMILÍA DEL MIÉRCOLES 20 DE DICIEMBRE DE 2006
XVII ANIVERSARIO DE ORDENACIÓN SACERDOTAL

Salmo 109: El Mesías, Rey y Sacerdote


Oráculo del Señor a mi Señor:
“Siéntate a mi derecha
y haré de tus enemigos
el estrado de tus pies”.

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
“¡somete en la batalla a tus enemigos!”

Eres príncipe desde el día de tu nacimiento
entre esplendores sagrados
“Yo mismo te engendré como rocío
antes de la aurora”

El Señor lo ha jurado, y no se arrepiente:
“Tu eres sacerdote eterno
según el orden de Melquisedec.”

El Señor a tu derecha, el día de su ira
quebrantará a los reyes
En su camino beberá del torrente
por eso levantará la cabeza.

Este salmo, con el cual la Iglesia alaba al Señor cada Domingo al atardecer, y que todos los sacerdotes escuchamos cantar solemnísimamente el día de nuestra ordenación es el que he elegido para meditar y compartir en el día en que celebro el XVII aniversario de mi ordenación sacerdotal, día en que las palabras de este salmo se cumplieron de un modo nuevo también sobre mí…

Impresiona pensar cuántas generaciones de cristianos han aclamado al Sumo y Eterno Sacerdote con estas mismas palabras, que sirven además para agradecer y alabar por el don del sacerdocio en su Iglesia y a su Iglesia…

“El texto se presenta como un salmo real, ligado a la dinastía de David, y probablemente hace referencia al rito de entronización del soberano. Sin embargo, la tradición judía y cristiana ha visto en el rey consagrado el perfil del Consagrado por excelencia, el Mesías, el Cristo. Desde esta perspectiva, el Salmo se convierte en un canto luminoso elevado por la Liturgia cristiana al Resucitado en el día festivo, memoria de la Pascua del Señor”(1) .

El título que sugestivamente se aplica a este salmo es como una síntesis de su contenido: el Mesías, Rey y Sacerdote. Creo que, para resumir acabadamente su contenido, sería justo añadir: victorioso.

Pero hay que detenerse un poco a considerar el cómo de estos títulos grandilocuentes, en el contexto del Evangelio, para hacerse una idea fiel de Aquel a quien describen:

Mesías: no en sentido político, sino en el más profundo sentido existencial y salvífico de la palabra: Mesías Salvador, de todo aquello que signifique una amenaza para la realización y la felicidad plena del hombre, comenzando por la salvación del pecado y sus consecuencias, especialmente de la muerte (de todo el salterio, éste es el salmo mesiánico por excelencia).

Rey: lo es plenamente, pues todo está de hecho sometido a su poder; pero su realeza "no es de este mundo"... No es un rey que reina desde palacios y hace pesar su autoridad como poder, sino un rey que se pone efectivamente al servicio de los suyos, por los cuales da la vida (no cesamos de afirmar esta realeza en cada una de nuestras oraciones: "por Jesucristo, Tu Hijo, nuestro Señor, que reina contigo y el Espíritu Santo, ahora y por los siglos de los siglos").

Sacerdote: el sacerdote vive en la frontera más absoluta: la del mundo visible y del invisible. Trae, “administra” (por eso es “ministro”) las cosas de Dios a los hombres, y lleva las cosas humanas, las ofrece, las eleva hasta el mismísimo trono del Altísimo. Como su mismo nombre indica, no sólo testimonia la presencia y la sacralidad de Dios, sino también hace sacras las cosas (sacrum facere = sacrificio), ofreciéndolas con la entrega de su vida, y con la celebración de los misterios de la Fe, y particularmente con el “Santo Sacrificio” de la Misa. Jesucristo, como Sumo y Eterno sacerdote, “vive para siempre para interceder por nosotros”(2) , y es el punto de referencia absoluto para quienes reciban una participación especial en este ministerio que es y permanece siempre suyo. No es sacerdote según el “tipo” o el “orden” de Aarón (sacerdocio del Antiguo Testamento, signado por la imperfección, y la precariedad), sino del orden de Melquisedec (el rey-sacerdote de orígenes misteriosos, que ofreció pan y vino, transformándose así en imagen del Sacerdote definitivo, y del sacerdocio nuevo y eterno)... Más aún: Cristo da otro paso “sacerdotal” fundamental: no ofrece a Dios algo exterior a él: se ofrece a sí mismo como víctima santa... "Este es mi cuerpo, entregado por vosotros. Esta es mi sangre, derramada por vosotros".

Victorioso: Cristo Resucitado es el signo eminente de la victoria de la vida eterna sobre la muerte, del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la verdad sobre la mentira, de la belleza sobre el horror… Todas las guerras, batallas y luchas de este mundo tienen que ver, en una relación correcta o equivocada, con estos valores trascendentales de la existencia humana.

El salmo que inspira estas líneas tiene un fuerte e innegable sabor a victoria guerrera, protagonizada por un rey-sacerdote con rasgos de un “gladiador” de un combate mucho más importante y decisivo de los que se realizaban en el Coliseo…

Lucha no para salvar su vida, ni para conquistar fama, honores, o su propia libertad… Este “gladiador” es el Salvador del mundo. En palabras de la secuencia pascual: “lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la Vida, triunfante se levanta”.

Sus enemigos – los que quedan como estrado de sus pies – son en realidad los nuestros: y el que últimamente es derrotado es la muerte, como la síntesis de todo lo que de algún modo puede atentar contra nuestra felicidad y nuestro bien.

Esta victoria es fruto de una misión, es fruto del cumplimiento obediente de la misma: “¡somete en la batalla a tus enemigos!”. Al hacerse uno de nosotros, asumió sobre sí todo el “peso” de nuestra existencia, y se hizo cargo… hasta de nuestros enemigos!

A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, Cuerpo de Cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. El ha “levantado la cabeza”, en señal de victoria, particularmente sobre la muerte. También nosotros levantaremos la cabeza el día de nuestra liberación.

Además, no tiene fuerza confesar a Cristo victorioso, si no se puede significar, al decirlo: “Jesús, mi vencedor. En este mundo debo afrontar toda clase de combates: pero Jesús es mi victoria, Él triunfa cuando logro hacer triunfar la justicia, la conciencia profesional, la verdad, el amor... en un mundo en que fuerzas contrarias están desencadenadas. Jesús, mi sacerdote eterno... En cada Misa, renuevo la "ofrenda que hizo de sí mismo, una vez por todas en la cruz". ¡Participo de este maravilloso sacrificio que hizo, un día, de sí mismo, hasta el fin!”(3) Un día, el Señor y yo caminaremos juntos solemnemente sobre todos los enemigos, transformados en estrado suyo y mío…

El “puente” (de donde viene la palabra “pontífice”) que asegura la permanente e indestructible comunicación entre Dios y los hombres, entre el Cielo y la tierra, entre el tiempo y la eternidad está asegurado para siempre, porque la alianza que el Padre ha establecido en Cristo es definitiva: “El Señor lo ha jurado, y no se arrepiente: ‘Tu eres sacerdote eterno según el orden de Melquisedec’.”

Hacia el final del salmo se habla de un “día de ira”, día del juicio: hay una afirmación explícita de la victoria final y decisiva de Dios (es la dimensión “escatológica”, definitiva de la victoria del Señor). Jesús reivindica el papel típico del Mesías: "Todas las naciones de la tierra se reunirán ante Él… cuando se siente sobre su trono de gloria"(4) .

Y también se menciona un “beber del torrente”… Además del sentido quizás más literal, que probablemente se refiere al del guerrero que persigue a sus enemigos y que sólo se detiene un momento para beber del torrente, podemos pensar en el Mesías, que bebe un torrente de sufrimientos durante su Pasión; pero que también bebe en el torrente de las gracias divinas, de las cuales su humanidad se ha transformado en la fuente misma para todos, y especialmente para quienes la conocemos: estamos invitados a beber a raudales de esta fuente de Salvación eterna.

Pero todo lo que este salmo puede decir a un sacerdote, y lo que concretamente evoca en mí, va muchísimo más allá de todo lo que nos puede hacer ver un análisis simplemente literario o bíblico-teológico en abstracto. Y no encuentro palabras mejores que la que a continuación transcribo, para describir exactamente la “sensación espiritual” que este salmo me provoca:

“Este es mi salmo, Señor, tu bendición especial para mí, tu recordatorio del día en que mis manos fueron ungidas con óleo sagrado para que yo pudiera bendecir a los hombres en tu nombre.
Tu promesa, tu elección, tu consagración.
Tu palabra empeñada por mí en prenda sagrada de tu compromiso eterno:
«El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec».
Desde aquel día, el mismo nombre de «Melquisedec»
suena como un acorde en mis oídos.
Su misterioso aparecer, su sacerdocio real, su ofrenda de pan y vino
y su poder de bendecir al mismísimo Abrahán,
en quien son benditos todos los que creen.
De él viene mi linaje sagrado, el pan y el vino que mis manos reparten,
y el derecho y la autoridad de bendecir en tu nombre
a todos los hombres y mujeres, grandes y pequeños.
Mi árbol de familia tiene hondas raíces bíblicas.
Mi sacerdocio es tan misterioso como el personaje de Melquisedec.
Nunca llego a agotar el fondo de su significado.
Miro mis manos y me asombro de cómo pueden perdonar pecados,
bendecir a los niños y hacer bajar el cielo a los altares de la tierra.
La misma grandeza de mi vocación me trae dudas de mi propia identidad
y crisis de inferioridad.
¿Cómo puede la pequeñez de mi ser albergar la majestad de tu presencia?
¿Cómo puede mi debilidad responder a la confianza que has puesto en mí? ¿Cómo puedo perseverar frente a peligros que amenazan mi integridad
y minan mis convicciones?
La respuesta es tu palabra, tu promesa, tu juramento.
Has jurado, y dices que no te arrepentirás.
No cambiarás tus planes sobre mí.
No me despedirás.
No permitirás que tampoco yo rompa por mi parte el vínculo sagrado.
Y yo no quiero que lo permitas.
Quiero que tu juramento permanezca firme,
para que la firmeza de tu palabra afiance la movilidad de mi corazón.
Confío en ti, Señor.
Confío en la confianza que tienes en mí.
Y que nunca traicione yo esa confianza.
Que no te arrepientas jamás de haberme ungido, Señor.
Y que yo tampoco me arrepienta.
Que tu palabra sagrada me acompañe todos los días de mi vida:
«Eres sacerdote para siempre»”(5).

Llevándolos a todos en mi corazón,
con gran amor y no menos nostalgia,
encomendando al Señor cada una de las personas que el ha puesto en mi camino
a lo largo de estos años
y con un recuerdo especial de Teresita Romano,
que fielmente me ha acompañado en mis aniversarios
y que por primera vez me acompaña en éste desde el Cielo
desde este ensamble de montañas, mar y cielo que es Abruzzo,
los recuerdo, los abrazo, y los bendigo…

P. Juan Pablo Esquivel
20 de diciembre de 2006


(1)Juan Pablo II: Cristo, sacerdote que reconcilia a la humanidad. Intervención en la audiencia general en Castel Gandolfo, miércoles, 18 agosto 2004.
(2)Hb 7,25
(3)Noel Quesson, 50 Salmos para todos los dias. Tomo I, Paulinas, 2ª Edición, Bogota-Colombia- 988.Págs. 212-215
(4)Mateo 25, 31-32.
(5)Carlos G. Vallés, Busco Tu Rostro - Orar los Salmos, Paulinas, Sal Terrae.Santander-1989, Pág. 210

 

 
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