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| XVI aniversario de mi ordenación sacerdotal |
Martes 20 de diciembre XVI aniversario de mi ordenación sacerdotal
“Señor y
Dios nuestro, a cuyo designio se sometió la Virgen Inmaculada
aceptando, al anunciárselo el ángel, encarnar en su seno a
tu Hijo; tu que la has transformado, por obra del
Espíritu Santo, en tempo de tu divinidad, concédenos, siguiendo su
ejemplo, la gracia de aceptar tus designios con humildad de
corazón. Por nuestro Señor Jesucristo…”
En la perspectiva de este nuevo
aniversario, la primera palabra, una vez más, quiere ser de
gratitud a la Divina Providencia. Una gratitud unida a la
súplica, como hace siempre el cristiano, según el modelo que
hemos aprendido de nuestros hermanos mayores en el Antiguo Testamento.
Además, “el que agradece, recibe dos veces”, reza un dicho
popular. Y aunque esa gratitud pueda parecer interesada, en realidad
aquí el “interés” es santo y noble: se trata de
agradecer por tanto amor, y de pedir la gracia de
la fidelidad a ese amor.
Para expresar mi reconocimiento, no
encuentro palabras más sugestivas y más cargadas de historia salvífica
(y de historia personal!) que las del salmo 137: “El
Señor completará en mi la obra que ha comenzado”, dice
para sí el salmista. Pero, consciente de que esta seguridad
no proviene de sí mismo, sino de la certeza de
la Fidelidad del que es Fiel (con mayúsculas), añade inmediatamente:
“Señor, tu misericordia es eterna: ¡no abandones la obra de
tus manos!”… También yo, en presencia de los ángeles,
que serán mis compañeros en esta jornada, y de tantos
hermanos y hermanas en la fe, elevo hoy el canto
del corazón, canto de alabanza y acción de gracias, confiando
el permanente sustento de la fuerza del Espíritu Santo.
La
oración que reproduzco al inicio de esta reflexión es la
colecta de la Misa de este día. Allí se hace
referencia a la Virgen Madre, protagonista privilegiada de estos días
de Adviento, que por amor se somete y acepta los
designios del Señor.
Someterse… Aceptar… Son palabras que de por sí
indican una actitud interior de receptividad positiva, frene a algo
que no necesariamente es bueno… Más aún: estas palabras en
el uso normal (sobre todo someterse) insinúan una cierta renuncia
interior al propio juicio, al propio parecer, para ponerse-debajo (so-meterse)
de otro juicio, de otro parecer…
En todo caso, queda claro
que quien acepta algo que viene del Señor, y se
somete a su voluntad, no lo hace en función de
lo bueno o malo que se prepara a recibir, sino
en función de Quien lo pide, Quien lo manda, Quien
está detrás de lo que se propone para ser aceptado…
En
el Evangelio que leemos hoy, la Virgen se somete, acepta…
Si pensamos en la inquietud inicial de la escena, provocada
por la aparición del ángel, y aumentada aún mucho más
por lo extraordinario de este anuncio-pedido, valoraremos mejor la plena
disponibilidad manifestada en su respuesta; Ella confía, se abandona, manifiesta
una entrega incondicional no en función de lo que entiende
o no, sino del Señor, del cual - como si
fuera poco! - se define esclava… Creo más que importante
señalar esta diferencia: María no apoya la fuerza inmensa de
su “Sí” en lo que ella comprende del mensaje, sino
en el mensaje mismo, y sobre todo en Quien envía
al mensajero… Y la diferencia entre una y otra cosa
es infinita. Si así no fuese, al pie de la
Cruz podría haber experimentado que todo lo que se le
anunciaba en este momento se derrumbaba fatalmente… Pero Ella también
allí - como eminente hija de Abraham - “esperando contra
toda esperanza, creyó” … Esta fe de María está hecha
precisamente de aceptación, de sometimiento, de quien se pone como
esclava… Son palabras escandalosas para nuestra sensibilidad postmoderna, que deshaciéndose
de todo punto de referencia objetivo (sobre todo si es
absoluto) revela muchas veces haber perdido el sentido de todo,
incluso de la vida y de la muerte.
Estas actitudes de
una esclava que se somete, y a la que
- paradójicamente - hoy aclamamos como Reina y Señora de
todo lo creado, no provocan amargura, ni resentimiento, ni alienación.
Provocan visitas, y alabanzas, y cantos, y la gloria más
grande, escondida en los servicios más humildes, que María prestará
a su prima embarazada durante los próximos 3 meses… La
actitud de la Virgen surge de su profunda humildad de
corazón; humildad que no es apocamiento ni auto-negación, sino afirmación
en la propia existencia del primado de Dios, de Su
grandeza, de Su Amor…
Hay momentos de la propia vida
en los cuales el Señor nos pide pasos decisivos, que
dejarán una huella indeleble y señalarán rumbos definitivos… Momentos en
los cuales un “Sí” (o un no!) a su voluntad
pueden determinar para siempre todo lo que viene después. Y
hay también, quizás inmediatamente después, otros momentos en los cuales
la fe y la humildad nos piden recoger serenamente el
maná de cada día, lavar pañales que en pocas horas
volverán a ensuciarse, y caminar alimentados por una Providencia que
da hoy el pan para hoy, y no para mañana…
Y creo que la grandeza, la consistencia espiritual y salvífica
de estos momentos está determinada no tanto por lo que
se hace, sino por la fe, la esperanza y el
amor con que se hace lo pequeño de cada día…
Cuando
la Virgen dio su sí, un misterio increíble, inimaginable, comenzó
a crecer en su corazón y (literalmente!) en su seno.
Fue el punto sin retorno más importante de toda su
vida, y el más alto de toda la historia universal.
De ahora en más, toda la expectativa mesiánica que Israel
concentraba en el templo de Jerusalén, ahora se centrará en
Ella; todos lo hombres y todos los pueblos de todos
los tiempos que busquen la salvación tendrán que ver con
esta humilde nazarena de 15 años, que acaba de decir
que sí, para siempre, a lo grande y a lo
pequeño, a lo que comprende y a lo que no,
a lo que ve y a lo que no… Sí
para siempre, que al pie de la Cruz será sellado
con el martirio de quien muere sin morir… Sí del
cual la Pascua eterna será la lógica consecuencia y coronación.
Con
este espíritu celebro con Uds. este aniversario; renovando mi sí,
mi disponibilidad, serenamente, silenciosamente, humildemente, lejos de la tierra que
me vio nacer como hombre y como sacerdote, en una
montaña (como María, y con ella!). escondido de las miradas
de este mundo, y abriéndome a las miradas de lo
alto.
En mi corazón (no en la Misa, porque nadie la
comprendería!), con los ángeles que me hagan coro, cantaré todo
el día esta canción, que les invito a cantar conmigo…
¿Quién
será la mujer, que a tantos inspiró poemas bellos de
amor? Le rinden honor la música y la luz, el mármol, la
palabra y el color. ¿Quién será la mujer que el rey
y el labrador invocan su dolor? El sabio, el ignorante, el pobre
y el señor, el santo al igual que el pecador…
MARÍA ES
ESA MUJER QUE DESDE SIEMPRE EL SEÑOR SE PREPARÓ PARA NACER COMO UNA
FLOR EN EL JARDÍN QUE A DIOS ENAMORÓ
¿Quién será la mujer
radiante como el sol, vestida de resplandor la luna a sus pies,
el cielo en rededor, y ángeles cantándole su amor? ¿Quién será la
mujer humilde que vivió en un pequeño taller? Amando sin milagros, viviendo
de su fe, la esposa siempre alegre de José… |
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