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Homilías Sacerdotales | tema
Autor: P. Juan Pablo Esquivel
XVI aniversario de mi ordenación sacerdotal
Hay momentos de la vida en los cuales el Señor nos pide pasos decisivos, que dejarán una huella indeleble y señalarán rumbos definitivos… Momentos en los cuales un “Sí” (o un no!) a su voluntad pueden determinar para siempre todo lo que viene después...
 
XVI aniversario de mi ordenación sacerdotal
XVI aniversario de mi ordenación sacerdotal
Martes 20 de diciembre
XVI aniversario de mi ordenación sacerdotal

“Señor y Dios nuestro, a cuyo designio se sometió la Virgen Inmaculada aceptando, al anunciárselo el ángel, encarnar en su seno a tu Hijo; tu que la has transformado, por obra del Espíritu Santo, en tempo de tu divinidad, concédenos, siguiendo su ejemplo, la gracia de aceptar tus designios con humildad de corazón. Por nuestro Señor Jesucristo…”


En la perspectiva de este nuevo aniversario, la primera palabra, una vez más, quiere ser de gratitud a la Divina Providencia. Una gratitud unida a la súplica, como hace siempre el cristiano, según el modelo que hemos aprendido de nuestros hermanos mayores en el Antiguo Testamento.

Además, “el que agradece, recibe dos veces”, reza un dicho popular. Y aunque esa gratitud pueda parecer interesada, en realidad aquí el “interés” es santo y noble: se trata de agradecer por tanto amor, y de pedir la gracia de la fidelidad a ese amor.

Para expresar mi reconocimiento, no encuentro palabras más sugestivas y más cargadas de historia salvífica (y de historia personal!) que las del salmo 137: “El Señor completará en mi la obra que ha comenzado”, dice para sí el salmista. Pero, consciente de que esta seguridad no proviene de sí mismo, sino de la certeza de la Fidelidad del que es Fiel (con mayúsculas), añade inmediatamente: “Señor, tu misericordia es eterna: ¡no abandones la obra de tus manos!”… También yo, en presencia de los ángeles, que serán mis compañeros en esta jornada, y de tantos hermanos y hermanas en la fe, elevo hoy el canto del corazón, canto de alabanza y acción de gracias, confiando el permanente sustento de la fuerza del Espíritu Santo.

La oración que reproduzco al inicio de esta reflexión es la colecta de la Misa de este día. Allí se hace referencia a la Virgen Madre, protagonista privilegiada de estos días de Adviento, que por amor se somete y acepta los designios del Señor.

Someterse… Aceptar… Son palabras que de por sí indican una actitud interior de receptividad positiva, frene a algo que no necesariamente es bueno… Más aún: estas palabras en el uso normal (sobre todo someterse) insinúan una cierta renuncia interior al propio juicio, al propio parecer, para ponerse-debajo (so-meterse) de otro juicio, de otro parecer…

En todo caso, queda claro que quien acepta algo que viene del Señor, y se somete a su voluntad, no lo hace en función de lo bueno o malo que se prepara a recibir, sino en función de Quien lo pide, Quien lo manda, Quien está detrás de lo que se propone para ser aceptado…

En el Evangelio que leemos hoy, la Virgen se somete, acepta… Si pensamos en la inquietud inicial de la escena, provocada por la aparición del ángel, y aumentada aún mucho más por lo extraordinario de este anuncio-pedido, valoraremos mejor la plena disponibilidad manifestada en su respuesta; Ella confía, se abandona, manifiesta una entrega incondicional no en función de lo que entiende o no, sino del Señor, del cual - como si fuera poco! - se define esclava… Creo más que importante señalar esta diferencia: María no apoya la fuerza inmensa de su “Sí” en lo que ella comprende del mensaje, sino en el mensaje mismo, y sobre todo en Quien envía al mensajero… Y la diferencia entre una y otra cosa es infinita. Si así no fuese, al pie de la Cruz podría haber experimentado que todo lo que se le anunciaba en este momento se derrumbaba fatalmente… Pero Ella también allí - como eminente hija de Abraham - “esperando contra toda esperanza, creyó” … Esta fe de María está hecha precisamente de aceptación, de sometimiento, de quien se pone como esclava… Son palabras escandalosas para nuestra sensibilidad postmoderna, que deshaciéndose de todo punto de referencia objetivo (sobre todo si es absoluto) revela muchas veces haber perdido el sentido de todo, incluso de la vida y de la muerte.

Estas actitudes de una esclava que se somete, y a la que - paradójicamente - hoy aclamamos como Reina y Señora de todo lo creado, no provocan amargura, ni resentimiento, ni alienación. Provocan visitas, y alabanzas, y cantos, y la gloria más grande, escondida en los servicios más humildes, que María prestará a su prima embarazada durante los próximos 3 meses… La actitud de la Virgen surge de su profunda humildad de corazón; humildad que no es apocamiento ni auto-negación, sino afirmación en la propia existencia del primado de Dios, de Su grandeza, de Su Amor…

Hay momentos de la propia vida en los cuales el Señor nos pide pasos decisivos, que dejarán una huella indeleble y señalarán rumbos definitivos… Momentos en los cuales un “Sí” (o un no!) a su voluntad pueden determinar para siempre todo lo que viene después. Y hay también, quizás inmediatamente después, otros momentos en los cuales la fe y la humildad nos piden recoger serenamente el maná de cada día, lavar pañales que en pocas horas volverán a ensuciarse, y caminar alimentados por una Providencia que da hoy el pan para hoy, y no para mañana… Y creo que la grandeza, la consistencia espiritual y salvífica de estos momentos está determinada no tanto por lo que se hace, sino por la fe, la esperanza y el amor con que se hace lo pequeño de cada día…

Cuando la Virgen dio su sí, un misterio increíble, inimaginable, comenzó a crecer en su corazón y (literalmente!) en su seno. Fue el punto sin retorno más importante de toda su vida, y el más alto de toda la historia universal. De ahora en más, toda la expectativa mesiánica que Israel concentraba en el templo de Jerusalén, ahora se centrará en Ella; todos lo hombres y todos los pueblos de todos los tiempos que busquen la salvación tendrán que ver con esta humilde nazarena de 15 años, que acaba de decir que sí, para siempre, a lo grande y a lo pequeño, a lo que comprende y a lo que no, a lo que ve y a lo que no… Sí para siempre, que al pie de la Cruz será sellado con el martirio de quien muere sin morir… Sí del cual la Pascua eterna será la lógica consecuencia y coronación.

Con este espíritu celebro con Uds. este aniversario; renovando mi sí, mi disponibilidad, serenamente, silenciosamente, humildemente, lejos de la tierra que me vio nacer como hombre y como sacerdote, en una montaña (como María, y con ella!). escondido de las miradas de este mundo, y abriéndome a las miradas de lo alto.

En mi corazón (no en la Misa, porque nadie la comprendería!), con los ángeles que me hagan coro, cantaré todo el día esta canción, que les invito a cantar conmigo…


¿Quién será la mujer,
que a tantos inspiró poemas bellos de amor?
Le rinden honor la música y la luz,
el mármol, la palabra y el color.
¿Quién será la mujer que el rey y el labrador
invocan su dolor?
El sabio, el ignorante, el pobre y el señor,
el santo al igual que el pecador…

MARÍA ES ESA MUJER
QUE DESDE SIEMPRE
EL SEÑOR SE PREPARÓ
PARA NACER COMO UNA FLOR
EN EL JARDÍN QUE A DIOS ENAMORÓ

¿Quién será la mujer radiante como el sol,
vestida de resplandor
la luna a sus pies, el cielo en rededor,
y ángeles cantándole su amor?
¿Quién será la mujer humilde que vivió
en un pequeño taller?
Amando sin milagros, viviendo de su fe,
la esposa siempre alegre de José…
 

 
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